Dos cuentos de Paola Assad (Venezuela, 1999) ~

09_L (1)

Jesse Draxler

El último jacarandá

—NO DEJES FLORES SECAS EN LA CAMA SIN AVISAR.

Estaba llegando tarde, lo recuerdo; no era una reunión importante, pero tenía prisa y sus malditas flores me irritaban. Terminaba saliendo con ellas regadas en el cuello de la camisa o pendiendo de la punta de la corbata. Era su forma de amargarme el día.

       Cada vez que le reclamaba, una excusa nueva florecía. Se lo tomaba como un juego. Todo se lo tomaba como un juego. Después de un tiempo, su torpe infantilismo comenzó a estorbarme. Dejé de buscarla en el clóset o debajo de la mesa cuando se escondía en la casa y esperaba a que la encontrara, dejé de aceptar ser partícipe de sus apuestas y juegos. Al principio, tomaba lo de las flores como un hecho poético, como un acertijo romántico que me retaba todos los días y me recordaba por qué estaba enamorado de ella. Sí, yo le leía las flores. Les inventaba profecíasy canciones y les pronosticaba la temperatura de mis besos en el polen mustio de las a veces margaritas, nomeolvides y cayenas.

       Lo disfrutaba.

       Pero los patrones marean. Y soy de la generación que encuentra al cinetismo como una vieja artimaña de la nostalgia.

—Es que me gusta sorprenderte. —me respondió esta vez.

—No es una sorpresa. Siempre sé que vas a dejarlas.

—¿Entonces para qué quieres que te avise?

       Le dio un beso a mis labios fruncidos y su risa me irritó más.

       Recuerdo que ese día salí y no encontré más que estupor en la calle. Yo era el estupor. La calle sólo callaba en su contaminación.

       No le preste especial atención a los Jacarandás florecidos. Di por sentado que, luego en la noche tendría sus molestas hojas en mi cama.

       Yo era un tipo preciso, con una rutina inocente que no me molestaba en el colchón: Despertar, leer la primera página del periódico (a veces la sección de deportes si estaba de humor), comer las migajas del día anterior y salir a darle la cara a una ciudad que ya me estaba pasando factura. En algún momento la creí suficiente. En algún momento pensé que ella podría encajar y que sería como si formara parte desde el principio.

       La primera vez fue dulce y rápida: el primer golpe a mis ojos esa mañana fue su figura desnuda y de espaldas vacilando entre meterse o no a la ducha. Escuchaba cómo cerraba y abría el grifo de agua caliente mientras agradecía a su espíritu de duende por haber dejado abierta la puerta del baño para contemplarla desde mi lecho de rey sin trono. Un pétalo me alcanzó la nariz como una barricada al primer respiro profundo del día. Volteé a su lado de la cama: todo estaba colmado de flores.

—¿Por qué dejas flores secas en la cama sin avisar?

       Ella volteó a mirarme por encima de su hombro, todavía oloroso a nosotros, me clavó la complicidad que recién habíamos forjado a los ojos y antes de que pudiera decir palabra, sonreí.

—Yo no dejé nada.

       Y se metió a la ducha, después de regular el agua tambaleantemente.

       Empecé a preguntárselo con menos frecuencia, luego se convirtió en una súplica y después en una orden. Estaba totalmente convencido de que solo lo hacía para obstinarme y que ella, al igual que sus juegos y sus mañas, carecía de personalidad y propósito.

       De todas maneras era rutina, un patrón que apenas hacia diferencia en mi vida.

       El día del último Jacarandá, ella se había ido temprano, prometió que volvería “a eso de las quince” “Yo llego tarde hoy”, le dije. Se encogió de hombros.

—Igual solo te desperté para avisarte que voy a dejar flores en la cama.

       O al menos eso recuerdo que dijo.

       Fue el día más frío del año. Siempre me ha gustado el comienzo del otoño en Buenos Aires, pero esta vez fue inusualmente odioso. Logré tropezarme con cada esquina de la casa hasta por fin salir.

       Justo antes de volver, observé la última metamorfosis del Jacarandá. Sentí que nos miramos mientras el frío lo teñía de cobarde.

       Al llegar en la noche, la casa despedía una suerte de luto, como si hubiera hecho un pacto tácito y definitivo que desconocía. Todas las luces estaban apagadas menos la de la lamparita negra que siempre consideré inútil pero ella amaba encenderla cuando hacía frío o para secar sus flores. Un pequeño cuerpecito oxidado con un bombillo apenas funcional que colgaba en el umbral de la entrada. No recuerdo la última vez que llegué y ella no estaba. Pero eso no fue lo más extraño.

       Al encender la luz de nuestro dormitorio, encontré una notita grapada casi al final de la cama. Era su letra temblorosa:

Cachilapo:

Esto es para avisarte que dejé flores en la cama.

✿P

       Y nunca volvió.

***

El delirio de Lady Macbeth

[…]Come, you spirits
That tend on mortal thoughts, unsex me here,
And fill me from the crown to the toe top-full
Of direst cruelty. Make thick my blood.
Stop up the access and passage to remorse,
That no compunctious visitings of nature
Shake my fell purpose, nor keep peace between
The effect and it! Come to my woman’s breasts,
And take my milk for gall, you murd’ring ministers,
Wherever in your sightless substances
You wait on nature’s mischief. Come, thick night,
And pall thee in the dunnest smoke of hell,
That my keen knife see not the wound it makes,
Nor heaven peep through the blanket of the dark
To cry “Hold, hold!”

William Shakespeare, Macbeth,
Acto I, escena V.

 

            EXIJO MUDARME DE GÉNERO. Quiero arrancarme mis pechos y mi humedad y el perfume recién hecho de los poros como quiso madre y la madre de madre, vaciar el mar en mi vientre que fertiliza todo lo que me destruye, el mar que sangra y sala cada vez más cada ciclo, que avinagra mis entrañas para poder expulsar el dulce vino que se me exige, despedirme de estas bolsas de piel y grasa y nervios cosidas a mi pecho involuntariamente que duelen y tortura y alimentan y complacen a todos menos a mí. Quiero rasgar en lo más profundo, hasta quedarme sin uñas, todos los tallos dentro de los senos que cultivan y emanan la leche que alimenta a los hombres que me rompen el corazón. Tengo que interrumpir este círculo maldito donde dependen hasta que no necesitan más de mis piernas y su centro de sol, quiero dejar de ser la que provee y la que se queda sola, mudarme de este lugar común donde la soledad y el abandono es mi único naufragio. No quiero ser mujer. Quiero ser ignorante y plantarme en un suelo resquebrajado e infértil donde apenas pueda estirar mis raíces hacia el agua de cloaca griega y los gusanos hasta morirme lentamente sin ver el mar

y sin saber mi género.

***

Paola Assad (Caracas, 1999). Escribo, leo, fotografío y lloro, esto último casi profesionalmente.

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