[#24] Once poemas de Elizabeth Schön (Caracas, 1921 – 2007) ~

ElizabethSchon

Elizabeth Schön / Foto por Vasco Szinetar

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Elizabeth Schon (Caracas, 1921–2007). Poeta, dramaturga y ensayista venezolana. Su obra poética es basta y prolífica. Entre sus libros destacan: El abuelo, la cesta y el mar (1965), La cisterna insondable (1971), Del antiguo labrador (1983) y Ropaje de ceniza (1993). En 1971, fue galardonada con el Premio Municipal de Poesía y en 1994 el Premio Nacional de Literatura.

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De La gruta venidera (1953)

He aquí la tempestad. Dóblase el follaje y la selva se giba como rueda de carretón. El viento tumba frutos y nidos. El rayo parte en rebanadas los grandes árboles. Escóndense los loros y los querrequerres. El trueno se confunde con el ladrido de las ramas. La oscuridad es temible, semejante al ataque del tigre hambriento. No hay rapiña ni maldad; un pájaro destrozado entrega su canto a lo eterno.

Luego, la quietud, la tranquilidad mortal del rocío. Un murciélago vuela y caen gotas sobre la hojarasca, es que alguien en la lejanía suma rubíes. La selva comienza, otra vez, a sacudir su melena de escalofríos, tumbas y, lentamente, reaparecen los millares de insectos que pululan en deseos incontrolables. La selva retorna como si la hubieran narcotizado y volviera a su encuentro, salpicada con hebras de río, tejida por los rastros de la furia de Júpiter. Casi, convaleciente, vuelve a su habitual pregón de arañazos, martillos y yunques.

De En el allá disparado desde ningún comienzo (1962)

La marginación ha estallado.
Los encuentros se alejan y se repelen
junto a debilidades suspendidas
mientras lo retraído se plasma y se oculta
en esa faz presentándose sin más fin
que mostrar las vigilancias solitarias
del recogimiento y la concentración.

De La cisterna insondable (1971)

Digo mar
resplandecen las rodelas
se alargan los alcores
mas sólo he pronunciado
aquella voz primaria
traslúcida
vibrante
con la que el hombre
se unió a la tierra y a los cielos.

De Mi aroma de lumbre (1971)

Se escribe con ribetes de sol
reminiscencias errabundas
presencias de entrañas
soplos de desiertos
restos de dinosaurios.
Se escribe con la embestida
de las cosechas de los hombres
ciudades
campos
con la luz y la sombra
yendo de una orilla
hacia la otra orilla.

De Casi un país (1972)

El reloj de El Calvario es silencioso, como silenciosas son las orillas de los lagos.

Alto, con figura de visir, con color de nube que presagia tormenta, lo colocaron junto a la escalinata para que constantemente alguien subiera o bajara y de esta manera nunca permaneciera solo.

Jamás hemos oído su campana, jamás hemos escuchado su tañido que clama: una hora concluye y otra se inicia y esto se me parece a un libro que se lee hasta la letra última para en seguida comenzar otro. Y también me recuerda a la ola que se dobla, estalla, e inmediatamente otra la sigue y hace lo mismo y así sucesivamente para siempre.

De Es oír la vertiente (1973)

Estarnos cercados.
El espacio amordaza.
La altura desaparece.
Se ha perdido la inmensidad
permaneciendo un oscuro cascarón
que busca afanosamente
el borde final del cielo.

De Incesante aparecer (1977)

Te gustaba oler el jengibre
la hierbabuena
paladear el sabor claro del horizonte.
Si te acercabas a las raíces

buscabas aquélla que de alguna manera
te podía indicar el rumbo
de la nube que no pudiste poseer.
Y mecías las hierbas
que ya nadie recuerda
y permanecías junto a ellas
por largo tiempo
llevándote entre la lengua
el grano blanco que durante días
había nutrido las aguas de los ríos
con los atardeceres y el sol.

Elizabeth Schön, foto de Alfredo Cortina

Elizabeth Schön por Alfredo Cortina / Archivo Fotografía Urbana

De Encendido esparcimiento (1981)

Si la chispa está en la chispa
es porque la chispa
no cesa de existir
y por eso está la muerte
entre la chispa del fuego
y las aguas de las orillas.
Chispa de la chispa
en la otra chispa
despertando en la caída
y el advenimiento
de la traspasable llama del aire.

De Concavidad de horizontes (1986)

Si miras el vacío encontrarás el horizonte del primer y único principio.
El vacío, el horizonte son cauces de la voz sorprendentemente única.
Y si eres humilde no preguntes, ella mira lo que tus ojos no alcanzan a ver.

De Ropaje de ceniza (1993)

Esa sangre latiendo
sin otra cercanía que la del viento.
Ese rostro contra los espacios
serenamente deshojándose hacia dentro
donde la huella no cede.
iAh de su irrompible resignación!
La piedra permanece
para que lo frágil se sostenga.

De La flor, el barco, el alma (1995)

Para mirarla
raspamos el cielo
y se desprenden las nubes
la lluvia, la centella
aun lo luminoso, esférico, espacial
desde el primer instante del sol.
Ni aun así
concluye nuestra reyerta contra la inmensidad
como si a la flor
no pudiéramos arrancarla de los cielos, de la tierra
donde cabe lo que se dice de ella
nunca parecido a cuando vive
dentro del largo pasadizo del alma.

*

Estos poemas fueron seleccionados del libro
Antología poética de Elizabeth Schön
(Monte Ávila Editores, 1998)
ISBN 980-01-1040-2

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