El espíritu de la ciencia-ficción (2016), de Roberto Bolaño; por Maikel Ramírez ~

“A Roberto, además, le gustaba mucho Philip K. Dick y tenía
otra sospecha muy philipdickiana de que él cuando había tenido
esa primera crisis hepática había muerto, y que todo lo que estaba
pasando frente a sus ojos en los siguientes diez años de esa crisis, era
toda la vida que no iba a poder vivir en realidad”

(Rodrigo Fresán en conversación con Mónica Maristain
En El hijo de mister playa: una semblanza de Roberto Bolaño)

He intentando infructuosamente imaginar qué cara habría compuesto Roberto Bolaño al ver que el actor neerlandés Rutger Hauer se convertía en el ciego solitario y huraño del filme Il futuro, adaptación de Una novelita lumpen que la directora chilena, y devota lectora de Bolaño, Alicia Scherson realizó en 2013 (no hace mucho empezó ha circular la información de que Scherson se dispone a adaptar la obra póstuma de Bolaño El Tercer Reich, la cual al parecer se ambientará en el Chile post Augusto Pinochet). De sobra es sabido que Hauer encarnó al carismático y revoltoso replicante de Blade runner, largometraje con el que Ridley Scott vertió en imágenes la celebérrima novela de ciencia ficción de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sobra decir también que Bolaño fue un admirador de Dick y que su obra es deudora del escritor norteamericano, cuya novela El hombre en el alto castillo, celebradísima por el escritor chileno en la serie de ensayos Entre paréntesis, encuentra ecos, justamente, en El tercer Reich.  Tengo frente a mí El espíritu de la ciencia ficción, novela que fue escrita originalmente en 1984, y, aprovechando que el sello Alfaguara hace posible su lectura, quisiera dedicarle un par de palabras.

En un anticipo de lo que serán sus novelas mayores,  entiéndase sobre todo su opus magnum Los detectives salvajes, Roberto Bolaño compuso la temprana El espíritu de la ciencia ficción con algunos de los elementos, los motivos y, desde luego, las obsesiones que mantendrá hasta su prematura muerte en 2003. La historia transcurre en la ciudad de México y tiene como protagonistas a un par de jóvenes escritores chilenos, Jan Schrella y  Remo Morán, quienes tratan de subsistir y forjarse un nombre propio dentro de la rígida jerarquía literaria de la ciudad. Allí entonces van los talleres literarios, el amor iniciático, el aliento beat que el escritor Alan Pauls observa muy bien en Los detectives salvajes, y los diálogos desternillantes, como este que se desarrolla en una peña literaria y que vale la pena reproducir en extenso:

 “¿Quién empieza a leer? Un muchacho delgado repartió tres copias de un poema. A mí no me tocó ninguna pero estirando el cuello pude leer el título en el ejemplar de mi vecino. <<El sauce>>, dijo el muchacho, je je, es un poco metafísico. Échele pa delante. Conté, cada vez más propenso a caer en un bruma mental, veinte versos como el insomne cuenta ovejitas. O tal vez treinta. O tal vez quince patadas en el culo de su propio autor, seguidas de un silencio, de unos mmm, de unas toses, de unas sonrisitas, de unos ajá ajá”

El dialogismo sobre el que Mijail Bajtín teorizó en el género novela, interviene en la estructura de El espíritu de la ciencia-ficción por medio de tres géneros discursivos más básicos, o primarios si lo decimos con la terminología bajtiniana: entrevistas a Jan tras obtener un reconocimiento, la narración desde la perspectiva de Remo y las cartas que Jan le envía a reconocidos escritores de ciencia ficción, entre ellos Alice Sheldon, James Hauer y Ursula K. Le Guin. Para el deleite de los lectores y en especial para el de los bolañitos, término que tomo prestado del libro El hijo de mister playa: una semblanza de Roberto Bolaño, de la periodista Mónica Maristain (acaba de ser reeditado en Chile),  la editorial Alfaguara ofrece imágenes de las libretas, las agendas, los dibujos y los manuscritos que muestran el peliagudo proceso de escritura de esta novela.

Adicional a la inspección moral que la ciencia-ficción realiza sobre futuros escenarios catastróficos, como lo apunta Christopher Domínguez Michael en el prólogo de esta novela, la ciencia ficción, a mis ojos,  es combustible para poner en marcha la poética de los escritores marginados que cruza la obra bolañesca. Qué puede ser mejor que esta ninguneada paraliteratura o literatura poco seria para hacer desfilar a personajes irredentos que antecederán a los Ulises Limas, Arturos Belanos, Cesáreas Tinajeros, Archimboldis, autores nazis en Latinoamérica y afines, todos ellos desamparados por los circuitos literarios influyentes y sin posibilidad de escalar al olimpo canónico.

Con su habitual ingenio desopilante y no sin cierto desdén, Anibal Nazoa escribió sobre el estéril oficio de escribir relatos de ciencia ficción en países subdesarrollados como Venezuela.  Aunque debemos dar por cierto que este género germina en naciones altamente desarrolladas, como ocurrió con su nacimiento durante el positivismo científico de los siglos XVIII y XIX, y continúa ocurriendo con la ciencia ficción china, con el extraordinario Liu Cixin a la cabeza, Nazoa no alcanzó entrever que así como la literatura latinoamericana sirvió como un relato identitario, la ciencia ficción también puede hacer lo propio o, aún, puede regresar con venganza, en forma de sátira o de la más desalentadora distopía, pues nadie puede dar por cierto que el futuro será optimista. Ejemplares de estas incursiones en Latinoamérica son Iris, de Edmundo Paz Soldán, Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac, y la antología de ciencia ficción latinoamericana ¿Sueñan los androides con alpacas eléctricas?, que reúne a Carlos Yushimito, Pedro Mairal, Bernardo Fernández, Jorge Aritzábal Gáfaro, Jorge Enrique Lage y al venezolano José Urriola. En Venezuela, entre tanto, cabe destacar los trabajos de John Manuel Silva, Gabriel Jiménez Emán, Jorge Gómez Jiménez, Ronald Delgado, Jorge de Abreu, Fedosy Santaella, Susana Sussmann, Rafael Baralt Lovera, Emmanuel Rincón, entre otros, así como las antologías  12 grados de latitud norte y Kafka en la luna, en la que el escritor Nesfran González agrupa relatos de Alberto Hernández, Alberto Castillo Vicci y Jorge Gómez Jiménez, por apenas traer algunos nombres al frente. Como quiera que sea, si señalo esto, es porque la ciencia ficción le permite a Bolaño otro de los elementos propios de su estilo: el espíritu cosmopolita o universal. Es esa precisamente la búsqueda que tensa la parte concerniente a Jan. Leamos estas líneas que iluminan bien el punto de nuestra discusión:

“Por cierto, es duro. Intento aprender, estudiar, observar, pero siempre vuelvo al punto de partida: es duro y para terminarla de amolar nací en Chile, aunque Hugo Correa (¿le suena?) podría contradecirme”

 A decir de Alans Pauls, el universalismo es una marca que empareja la obra de Roberto Bolaño con la de Jorge Luís Borges. Sabido es que Bolaño solía referirse al escritor argentino como Dios. Eso fue precisamente lo que su última compañera en la vida, Carmen Pérez de Vega, le oyó decirle a una mujer por la ventanilla de un tren en el lejano 1997. Aun cuando faltaba más de un lustro para su muerte, quiero imaginarlo con el éxtasis y la trascendencia de las palabras agónicas del replicante que representó Rutdger Hauer. Sería algo así como: “he leído cosas que ustedes jamás imaginarían: la obra de Borges”

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