[#25] Cinco poemas de «El desterrado» de Víctor Salazar (Barcelona, 1940 – Cabimas, 1983) ~

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Víctor Salazar / Fotografía incluida en su libro «El desterrado»

Víctor Salazar (Barcelona, 1940 – Cabimas, 1983). Poeta. Perteneció al grupo literario En Haa junto a Carlos Noguera, Jorge Nunes y Lubio Cardozo, entre otros. Colaboró en los diarios La Esfera, El Universal, El Nacional, Revista Nacional de Cultura, Revista Imagen, Lírica Hispana, Poesía de Venezuela, Tricolor y las ediciones Vez y Poesía. En el exterior publicó en Espiral (Bogotá), Nivel (México) y Barrilete (Buenos Aires). Es autor de los siguientes libros: Semejante al principio (1965), el cual obtuvo el I Premio del Tercer Concurso de Poesía de la Universidad del Zulia en 1966; «El desterrado» (1965); Cartas de la Calle Victoria, una elegía para Rosalba (1967); Rebelde y cotidiano (1969); Tengo algo que decir a ese Río Bolívar (1960) y Travesía (1982). 

I

He ido al fondo de mí. He puesto en evidencia la sangre de los que permanecen bajo tierra. He roto los impulsos y apartado los días. Pero nada ha cambiado. La ciudad permanece a mis espaldas. La edad se ha reducido a la violencia, a la sangre de algo inevitable. En el contorno de mi generación los asesinos mutilan y combaten a sus víctimas. Yo soy el habitante solitario. El exilado múltiple. Debajo de mis ojos está el mañana de un sobresalto taladrado. Empiezo aquí. Sobre las sombras, detrás de las ventanas. Sólo podré alcanzar los restos de una historia distinta. Otro silencio y otra voz saturarán los puentes, las violaciones, los pantanos. Otro silencio y otra voz treparán al cuello de las tempestades. Y, aún más, con todos los dominios de la sed velaremos el último cadáver.

II

Mi edad ha podido iniciarse en los ferrocarriles. Entre las estaciones devastadas. A lo largo del Sur. Posible es que negara el sacrificio. Que asistiera a las exploraciones de la sangre. Que escribiera mi nombre en los lugares públicos. Pero no digo inquiere, día de llegar y compartir con alguien los sucesos. Sólo envejecimiento. Visiones que se apartan. Hace treinta o cien años mi soledad escapaba hacia los cementerios. 
¿Qué día era entonces? 
Confusión. Desesperada realidad en mis pasos. Incisión y memoria. Frustración y principio. Cristo usurpado. Perseguido. Abaleado. Cristo ofrecido en venta a los deshabitados. Cristo de espaldas al amor y a la palabra. 
Cristo enseñado a los masturbadores en el templo. 
Despedazado, 
consumido. 
Y no volver. Ni sucumbir. Ni regresar. Ni rebelarse a los que incineraron en su sangre. 
Yo el desterrado. Yo la edad miserable hacia ninguna parte. 
El doblegado a la inutilidad precisa de los viajes.

V

Ya no conozco la señal desplazada hacia los laberintos. Fue demasiado pronto el retroceso de las crónicas.
Todos los años de una ciudad sin calles regresan al siniestro. El incendio desgarra. Los exilados se golpean para descarrilar el sufrimiento. Alguien apresa símbolos y cifras. En un acto de amor se descuartizan imágenes y manchas. Obstinado es el itinerario. Yo me conté entre los cadáveres. No escuché las historias de los que habían logrado mantenerse. Los reportajes hacinados no pudieron evitar el extravío de la memoria. Cuerpos mutilados y rostros irreconocibles. No en vano el sitio donde se ahoga el tiempo había dejado de pertenecernos.

IX

Los nombres venidos al entierro se derrumban hastiados de sus entrañas olvidadas . Tan sólo el fondo de una memoria que se asfixia, donde el aliento de otras muertes idénticas ha fijado su rostro, divaga sobre los mismos lugares del exilio, sobre la misma luz desparramada en el comienzo de sus garras. Ya no sabemos a qué tiempo aferrarnos, en qué protesta interrumpir los rostros.

X

Hubiera podido habitar frases desconocidas por los otros. Sin embargo, cuántos nombres han quedado aplastados a la caída del siniestro. Allí, donde la carne hablaba su lenguaje de funerales atravesados por el fuego. 
Detrás del tránsito manado de una memoria subterránea. Al fondo de sí mismo, vigilante de contenidas transparencias y pájaros venidos desde lejos, diluido hasta la podredumbre de los trasfondos nocturnos, reconquistado por corredores próximos a su desgarramiento, bajo los grandes túneles desbordados de estrellas moribundas, asignado al residuo de las gargantas anegadas.
Al fondo de sí mismo. 
Donde la sombra del lagarto describe presencias conocidas. 
Y la ciudad se retuerce como una serpiente devorada por los espantapájaros.

*

Esta selección de poemas corresponde a su libro
El desterrado. Caracas: Ediciones En Haa, 1965.

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