«La ciudad del silencio», de Ma Boyong: nota sobre el lenguaje y la censura, por Maikel Ramírez ~

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“Ese destino de furia es
lo que en sus caras persiste”
(Soda Stereo: En la ciudad de la furia)

La entrada en vigor de la reciente Ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia, forma pomposa y eufemística con la que la Asamblea Nacional Constituyente del presidente venezolano Nicolás Maduro expresa  su código de censura, coincidió con una lectura que realizaba de Planetas invisibles, libro en el que el escritor norteamericano Ken Liu compila cuentos de siete escritores contemporáneos de la ciencia ficción china, incluyendo al extraordinario Liu Cixin, autor de El problema de los tres cuerpos. El cuento que viene al caso es una distopía del escritor Ma Boyong titulada La ciudad del silencio, donde toda una ciudad padece el destierro del lenguaje mismo. Así pues, haciendo mía la advertencia de Liu de que no debemos leer estos cuentos como preocupaciones inmediatas de la situación política de la China comunista de Xi Jinping, sino, por supuesto, como iluminaciones que ofrece la ciencia ficción del porvenir de la humanidad entera, pretendo comentar algunas implicaciones del tipo de censura, que, como lo ha visto con claridad  el abogado venezolano José Ignacio Hernández, usa por primera vez al odio para su gestación.

La ciudad del silencio se ambienta en una ciudad totalitaria del año 2046, que apenas nos describen como la capital del Estado, pues no hay más Estados, como lo enfatiza el Departamento de Propaganda: “No hay más estados aparte del Estado. Es lo que es, lo que ha sido y lo que siempre será”. Un día, su personaje central, el programador Arvardan, es notificado de que le aprobaron el acceso a una sala de chat que el Estado controla, pues, en resumidas cuentas, este controla toda la red de comunicaciones. Uno de sus mecanismos de control es la ‘Lista de palabras saludables’, un conjunto de vocablos y expresiones positivas y sanas que no causan desestabilización ni en la población, ni, por supuesto, en el Estado, como sí lo hacen, por ejemplo, ‘cansado’ y ‘molesto’, un par de palabras negativas muy peligrosas, según reza la ley. Quien use una palabra ‘escudada’ (eufemismo de prohibida) recibe una notificación para que emplee una de las opciones de la lista. Con todo, esta lista no es definitiva y aumenta en la medida en que otras palabras  son resemantizadas o el lenguaje indirecto sirve para expresar las ideas contenidas en las palabras escudadas. Así, la lista conlleva la reducción progresiva de la comunicación. El otro mecanismo de control es el ‘oidor’, un aparato que las personas deben instalar en su oído cuando salen de casa con objeto de que les indique cuando usan palabras negativas, lo cual, al final, hace que opten por mantenerse en silencio. Tampoco es que esto suceda con frecuencia, ya que el Estado recomienda no salir de casa, además de que los habitantes tienen a la mano la tecnología suficiente para hacer todo por la Web. Más adelante, como resultado de haber descubierto un mensaje encriptado, Arvardan entrará en contacto con el ‘club de la conversación’, cuyos miembros han descubierto cómo evadir el oidor, y a quienes se unirá para poder maldecir por toda la escasez de alimentos, la prohibición de libros (1984, de George Orwell, entre otros), las restricciones a la libertad de expresión y corporal, y para disfrutar del amor y la sexualidad, ya que el Estado ni incluye la palabra ‘amor’ entre las palabras sanas, ni permite que las personas tengan sexo fuera del matrimonio, con decir que ni siquiera consiente que un soltero se masturbe. Dolorosamente, el Estado prescindirá de la lista de palabras sanas, por lo que ya no habrá lenguaje para expresarse. En adelante, Arvardan solo contará con sus pensamientos para unirse a los rebeldes de las montañas y luchar por el cambio de estado de cosas. La imagen final del cuento es el de una ciudad hundida en un silencio sepulcral.

Las coordenadas para entender nuestro punto de discusión nos las ofrecen Steven Pinker y George Lakoff, dos de los más reputados lingüistas cognitivistas actuales. En su remarcable obra The stuff of thought: language as a window into human nature, Pinker explica que en nuestro cerebro de mamíferos se interconectan el sistema límbico, regulador de las motivaciones y las emociones, y la neocorteza, donde ocurren las percepciones, el conocimiento, la razón y la planificación. Una palabra ofensiva, sigue Pinker, no solo tiene la capacidad de ofender a una persona, sino, antes, brinda efectos retóricos y detalles que un sinónimo cortés o una palabra más neutral no podría comunicar. Otra función pragmática de la palabra ofensiva es la catarsis en momentos en los que sentimos dolor, frustración o arrepentimiento. Cuando esto ocurre, el circuito de rabia activa las emociones negativas en nuestro sistema límbico y de allí surgen conceptos con cargas emocionales fuertes y las respectivas palabras que los expresan.  Para algunos neurocientíficos, estas explosiones verbalizadas reavivan la idea darwiniana del eslabón perdido entre los gritos de nuestros antepasados primitivos y el lenguaje humano. Visto así, la ofensa podría haber jugado un papel fundamental en la evolución. Dicho todo de una vez, el lenguaje podría haber nacido en el momento en que uno de nuestros ancestros primitivos sustituyó un grito por una mentada de madre o quizá expresó el dolor que otro le causaba a través de una forma arcaica del ‘mamahuevo’ o de su variante venezolana ‘mamagüevo’, grafía finalmente registrada por la RAE. En términos fonoestéticos, esta realización venezolana puede ilustrar nítidamente la conexión entre las palabras y sus cargas emocionales, pues solemos referir el acto sexual por medio de sonidos oclusivos como [t] y [k], y hasta podemos sugerir el movimiento del acto por medio de la repetición de sonidos, como en ‘takataka’, ‘chakachaka’, ‘wakawaka’, o como en el chiste tonto en el que A le pregunta a B cómo se dice ‘tener relaciones sexuales’ en Africano y, ante el desconcierto de este, A responde entonces: “te tumbo la tanga” (una variación de este es el del supuesto ruso: ‘te klabov’, o el japonés ‘tomatu yukota’). Desde este punto de vista, nada resulta más natural que cambiemos la ‘h’ de ‘mamahuevo’ por una ‘g’.

Contra la herencia de la Ilustración que defiende la razón en detrimento de las emociones, George Lakoff ha escrito en varios lugares que una persona cuyas áreas del cerebro asociadas con las emociones sean afectadas sencillamente no puede tomar decisiones correctas. Por otra parte, mecanismos conceptuales como las metáforas, las metonimias, los marcos, los prototipos radiales y las narrativas, entre otros, se conectan con el sistema límbico, la parte, ya hemos visto, más antigua de nuestro cerebro en términos evolutivos. La narrativa épica, por ejemplo, despierta nuestra simpatía por el héroe y nuestro desprecio por el villano. Otro dato crucial es que si somos presas del miedo, se activan unos neurotransmisores que bloquean nuestra concentración y, por tanto, nuestra capacidad de análisis. Aunque a simple vista esto parece un obstáculo, es evidente que debe tener una función vital en la sobrevivencia de la especie. No podríamos ser como el personaje de comic Daredevil. Debemos, en cambio, detectar muy bien las situaciones en las que nuestra vida está en peligro.

Dicho todo lo anterior, está de relieve que el gobierno venezolano abandona la habitual legislación sobre las acciones de los ciudadanos para pretender coaccionar su sustrato biológico, pues, ya quedó visto, el odio cruza todo nuestro cuerpo y tiene su asiento en nuestra condición como especie animal. En ese sentido, podemos señalar que la práctica del gobierno venezolano es biopolítica, esto es, de control sobre la propia naturaleza humana.

Una de las asociaciones inaplazables es el de la novela distópica La naranja mecánica, de Anthony Burgess, en la que el problema de la hiperviolencia en un futuro cercano supondría la intervención del Estado en la condición humana de sus ciudadanos. Acá, ante la impotencia de resolver el problema estructural de la hiperviolencia, el Estado, en una peligrosa avanzada totalitaria, somete a los jóvenes delincuentes a un condicionamiento a través del método Ludivico (De hecho, la ley de la ANC prevé el tratamiento psicológico). A diferencia de la novela, la adaptación fílmica de Stanley Kubrick, director que para el filósofo Juan Nuño era dueño de una poética de los perdedores, hace hincapié en el fracaso del método, lo que termina convirtiendo al joven Alex Delarge en una naranja mecánica y en una víctima de los burócratas. El Estado responde con más violencia y con una biopolítica que asoma la tesis del homo sacer apuntada por el filósofo italiano Giorgio Agamben.

Existen, por supuesto, legislaciones sobre el lenguaje de odio, como lo ha analizado la filósofa Judith Butler en su brillante ensayo Lenguaje, poder e identidad, pero esto se restringe a enunciados concretos. El centro del debate se traslada, entonces, a determinar si cuando alguien usa el lenguaje racista, o el homofóbico, por ejemplo, está expresando una opinión o está discriminando en pleno acto. Lo primero tiene que ver con el significado y es defendido por quienes se apoyan en la libertad de expresión a toda costa, mientras que lo segundo tiene que ver con el uso, esto es, con la idea del filósofo del lenguaje John Austin de que cuando decimos algo realmente estamos haciendo algo. Desde el prisma austiniano, quien usa el lenguaje racista, o el homofóbico, al mismo tiempo realiza una violencia sobre el receptor del insulto. Como se aprecia, la ley de la ANC incluso supera la censura del cuento de Boyong, puesto que en este la coerción se ejerce sobre el uso de las palabras antihigiénicas y negativas, mientras que en Venezuela se hace simplemente sobre el odio que alguien pueda sentir. Basta que revisemos la llamada ley en la gaceta 41.274 para ver que odio se usa de la manera más ambigua e irrestricta, cuya interpretación, a no dudarlo, quedará a discreción de las brigadas que se proponen crear en las instituciones educativas, así como de los comités que designe la ANC.

Otras asociaciones literarias que vale la pena revisitar son la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck, y el cuento Y la tierra no lo devoró, de Tomás Rivera. Ambas obras tienen como tema la explotación de la mano de obra de personas que se encuentran en una condición de extrema precariedad y la ira que esa situación produce. En cuanto al lenguaje, el cuento de Rivera es particularmente iluminador, ya que al ver a sus familiares enfermarse y morir por el cansancio de trabajar  la tierra por muchas horas bajo el sol ardiente, el hijo mayor de la familia maldice a Dios contra la advertencia de su madre de que la tierra se abrirá y lo devorará. Pero el muchacho no solo siente alivio después de hacerlo, sino que, paradójicamente, su hermano y su papá se recuperan de los problemas de salud que los aquejaba. Es evidente, no obstante, que el problema del muchacho es de impotencia. Su reclamo furibundo a Dios desplaza la agencia de lo que realmente es un problema político.

Siguiendo a Lakoff, debemos ser categóricos al señalar que las emociones pueden ser completamente racionales cuando se encuentran en consonancia con nuestros conceptos. Digamos que si encontramos a una mujer con un bebé en brazos hurgando entre la basura para hacerse de un bocado, es racional que nos llenemos de rabia, porque nuestro concepto de indignación no tolera que nuestro prójimo coma de la basura. El problema, o lo irracional, sería que nos sentimos felices o indiferentes ante una situación así. Si secuestrasen a un familiar mío, por poner otro caso, lo racional es que me llene de miedo ante la posibilidad de que lo maten. Quien no siente ni frío ni calor ante esta situación de riesgo tiene un verdadero problema conceptual y emocional. La clásica distopía de Aldous Huxley, Un mundo feliz, se basa en este tipo de disonancias. Sabemos, sin embargo, que los individuos de esta sociedad son modificados en etapas embrionarias para que sean felices en la adultez aun cuando deberían sentir lo contrario. De manera que es natural y legítimo que un venezolano que padece a diario la crisis económica manifieste su malestar por quienes, debido a sus cargos y funciones en el Estado, deben rendirle cuentas a la ciudadanía, por quienes, en concreto,  deben explicar el porqué del desfalco del dinero público, del acaparamiento de comida en galpones estadales mientras la gente muere de hambre, de la no reestructuración de la deuda externa en menoscabo de las medicinas importadas (acaba de morir por falta de medicamentos Adrián  Guacarán, quien le cantó al Papa cuando visitó Venezuela en 1985) o del asesinato sistemático de jóvenes que manifiestan contra las constantes violaciones a los derechos fundamentales de cualquier ser humano.

Uno de los casos más emblemáticos del lenguaje de odio es el que llevó a los directores del periódico Kangura y la Radio de las Mil Colinas a la cárcel por incitar al genocidio que la población Hutu perpetró contra los Tutsis en Ruanda en 1994. Sobran evidencias de cómo desde estos medios de comunicación se estimulaba el genocidio, que van desde metáforas deshumanizadoras, como ‘cucarachas’ (matar cucarachas) hasta el anuncio de las direcciones exactas donde vivían tutsis. Nada de esto ocurrió con la oposición durante las protestas abril-julio. El gobierno nacional insiste en que los líderes opositores llamaron  a quemar chavistas, pero nunca ha demostrado ese llamado. Que se recuerde, la convocatoria siempre fue a protestar. Tampoco el gobierno nacional ha demostrado la copiosa cantidad de personas quemadas que afirma que hubo. Si recordamos bien, fueron dos, o al menos uno, pues la fiscal Luisa Ortega Díaz demostró que uno de esos casos había sido manipulado. Eso nos hace quedarnos con una sola persona, y, la verdad sea dicha, debemos estar de acuerdo en que los responsables paguen por sus actos individuales.

En cambio, sí hay abundantes pruebas de cómo el presidente enmarcó a jóvenes estudiantes como terroristas, lo que legitimaba sus asesinatos, pues entretanto protestar es un derecho constitucional, un acto terrorista es un crimen,  o los deshumanizó (“al Guaire lo que es del Guaire”) con metáforas de impureza. Igualmente, mientras los muchachos eran asesinados el presidente bailaba pletórico. Aun hoy, cuatro meses después, el presidente nunca menciona los militares implicados en los asesinatos ni las líneas de mando a la que respondían. Según sus declaraciones, los jóvenes murieron por causas mágicas, ya que se debieron a un supuesto llamado a la violencia.  Ya ni hablemos de las torturas, las violaciones, los allanamientos ilegales y los encarcelamientos por tribunales militares. En fin, toda una sistematización que delata una clara política de Estado.

A no dudar, una de las implicaciones de la censura que busca imponer la ANC que más deben preocuparle a usted y a mí tiene que ver con la literatura. La falta de limitaciones del concepto de odio hace pensar que la literatura puede ser uno de los blancos predilectos de los censores. No es nada exagerado. Recordemos que el 16 de octubre pasado, en Maiquetía, el SEBIN le confiscó varios libros al señor Simón Rodríguez, militante de Partido Socialismo y Libertad, pues eran “desestabilizadores” del gobierno de Nicolás Maduro. El cuento La ciudad del silencio es un ejemplo paradigmático de la censura en China. Originalmente, Boyong tuvo que ambientarlo en New York para evitar la censura del régimen comunista, y  fijémonos en que la versión que nos presenta Liu ni siquiera alude a China, sino que se ambienta en un lugar indeterminado. Eso nos da una idea clara de la paranoia de los censores. En 2011, por lo demás, China había prohibido los viajes en el tiempo en el cine bajo la excusa de que trataban la historia de manera superficial. Sin embargo, la verdadera razón parece radicar en que el gobierno temía la presentación de un pasado mucho más feliz que el actual, en la presentación de otra realidad posible. Tengo en mente un conjunto grueso de obras venezolanas que beben de nuestra realidad y me pregunto cuál será el veredicto de los censores.

En su reciente ensayo Sobre la tiranía: 20 lecciones del Siglo Veinte, el especialista en totalitarismos Timothy Snyder escribe que aceptar la política de lo inevitable, del cambio imposible, es un coma autoinducido. Afortunadamente, eso es precisamente lo que no hace Arvardan, y lo que no debe hacer nadie bajo la tiranía.

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