El último punto, por Golcar Rojas (Venezuela, 1964) ~

A+Tale+of+An+Empty+House

Owen Gent

Miedo. Un miedo desconocido hasta ese momento sintió cuando tecleó en la computadora “Mi tía”, el título de una historia que tenía tiempo deseando, necesitando, escribir.

Leyó las dos palabras en el monitor brillante y los dedos se le paralizaron. Como hipnotizado, sus ojos permanecían fijos sobre las cinco letras.

Incapaz de escribir una sola palabra más, cerró el archivo. Un terror desconocido le impidió siquiera volver a intentar escribir.

No era miedo a un dolor físico lo que lo abrumaba, como cuando uno teme quemarse al pasar sobre una hoguera encendida. Tampoco se parecía al miedo casi animal que experimentaba cuando, en la calle, le gritaban insultos o le amenazaban con golpearlo por ser diferente.

El temor de ese momento, no lo había sentido antes. Se parecía un poco al vacío en la boca del estómago, cuando miraba hacia abajo desde la azotea de su edificio y sentía que el vacío lo llamaba. Lo tentaba. Lo hechizaba.

Era un miedo absolutamente desconocido hasta entonces.

No era como el temor a que sus padres murieran o el pánico a los fantasmas de los cuentos del pueblo donde se crió.

No era el espanto del jinete sin cabeza a las doce de la noche. O de las brujas que de madrugada llegaban al techo para celebrar allí sus aquelarres y a quienes espantaban gritando “¡Vengan mañana por sal y remiendos!”

Era el miedo a una certeza.

Al teclear las dos palabras centradas, en negritas y en letras cursivas:

Mi tía

supo que esa historia lo mataría.

En ese instante, tuvo como una revelación, una epifanía, que le advirtió que su misión en la vida sería escribir la terrible historia de esa misteriosa tía.

Pasaron varios días. Otras historias cruzaron por su mente y las escribió. El archivo “Mi tía” continuaba allí, en la aplicación Microsot Office Word de su computadora y, cada vez que iniciaba una historia en un nuevo documento, aparecían allí, entre sus archivos, esas dos temidas palabras.

Un día, se armó de valor y abrió de nuevo el archivo.

Las cinco letras seguían allí: negritas, cursivas, centradas en la página.

Con el terror instalado en el cuerpo, escribió el primer párrafo de la oscura historia de su tía. Lo releyó varias veces y lo encontraba más ajeno cada vez.  Era una escritura extraña, como si no le perteneciera.

Hizo clic en “Guardar” y al cerrar el archivo sintió de nuevo la certeza. Estaba completamente convencido: esa historia sería su fin.

Pasaron los años. Miles de historias cruzaron por su mente. Cuentos, crónicas, ensayos, poemas. Unas cuatro novelas. Todo lo que se le ocurría, lo escribía.

La escritura se tornó una obsesión. Sentía que cada vez que ponía sus angustias y temores en palabras escritas, los exorcizaba. Se liberaba contando por escrito sus miedos y ansiedades, sus emociones y sentimientos. Sus pasiones.

De vez en cuando, entre una página y otra; entre una novela y un cuento; entre un poema y un ensayo; retomaba el temido archivo “Mi tía”. Le agregaba uno o dos párrafos a la misteriosa historia que lo atormentaba desde niño y que sabía que debía poner por escrito y la dejaba de lado para acometer otro proyecto literario.

Desde muy pequeño tenía un sueño recurrente. En ese sueño, unas veces un ángel, otras, un perro alado o algún ser mitológico, le revelaba que su misión en la vida era narrar la extraña vida de la tía.

A los setenta años, era un escritor reconocido y respetado en su país. Pero, nunca olvidó que cuando aquel día abrió el Microsoft Word y en la página en blanco tecleó “Mi tía”: cinco letras en negritas, cursivas y centradas en la línea, las visiones de sus sueños se agolparon en su mente. Esa era su misión en la vida.

Nunca le importaron los premios o reconocimientos, aunque recibió varios de instituciones que reconocían su calidad literaria. Pero jamás envió un texto a concurso o lo sometió a jurados.

Su afán nunca fue la fama y los premios los conocía muy bien desde una vez, cuando presenció la discusión de un jurado en la que no tomaron en cuenta jamás la calidad de los textos recibidos, sino las tendencias ideológicas y los grados de amistad de los jurados con el autor. Cuando escuchó que decidían darle el premio a un texto mediocre, pero ideológicamente inofensivo y de un autor anodino, pero en buenos términos con todos, se juró que no participaría nunca en las farsas de los concursos y los premios.

Las veces que aceptó reconocimientos, lo hizo porque no conocía personalmente a nadie dentro de la institución que los otorgaba y no mediaba ningún vínculo afectivo entre él y los encargados de discernir a qué personalidad le conferirían ese premio.

Su vida transcurría entre lecturas y escritura. Nada más le atraía. Se fue encerrando más en sí mismo. Vivía Alejado del mundo. Se tornaba, con los años, cada vez menos comunicativo y más asocial.

La gente se le hacía extraña cuando tenía contacto personal con ella y sólo lograba explicarse y comprenderla, cuando se relacionaba por escrito.

La oralidad fue ocupando cada vez menos espacio en su vida. Las palabras pronunciadas eran las mínimas para poder relacionarse de manera básica con quienes le rodeaban y para los inevitables trámites cotidianos.

Cuando quería decir algo que consideraba importante, tenía que sentarse frente a su computador y escribirlo. Sentía que, cuando hablaba de viva voz, no lo comprendían o lo malinterpretaban. En la mayoría de los casos, estaba seguro de que la gente ni siquiera lo escuchaba.

Se convirtió en un viejo huraño, esquivo, silencioso. Cada vez más meditabundo con los años. Era un anciano hermético; aunque al leer sus textos se adivinaba una vida llena de energía y esplendor que nada tenía que ver con ese hombre de cabellos cenizos, manos temblorosas y cataratas en sus ojos enmarcados en lentes redondos de montura de oro 18.

Sus dedos sobre el teclado, parecían colibrís en pleno vuelo chupando el néctar de cada letra pulsada. Sus dedos se movían mucho más rápidos que sus labios y, aunque todo su cuerpo se fue entumeciendo y la cerviz encorvando, esos dedos no perdieron nunca su agilidad y veloz movimiento para plasmar lo que pensaba.

Un día, sentado frente al computador, pensaba en una nueva historia que contar. La vida se le había hecho monótona. Poco o nada animaba su interés. Las historias se le habían agotado. Sentía que todo lo que tenía que decir lo había dicho y estaba escrito en palabras claras e inconfundibles.

Estaba agotado y se sentía completamente vacío. Todo lo que llevaba por dentro: tristezas y alegrías. Miedos y obsesiones. Sentimientos y emociones. Deseos, aspiraciones, traumas y frustraciones; lo había volcado en sus historias. Su vida y las vidas que hubiera querido vivir estaban esparcidas entres las miles de páginas escritas a los largo de tantos años.

Cerró la página en blanco del archivo que acababa de abrir infructuosamente en Microsoft Word Office, porque no logró poner dos palabras juntas para iniciar una historia.

Recorrió con un pulso tembloroso que hacía esquivo el cursor del mouse, los títulos de los archivos. Cuando se posó sobre “Mi tía”, por primera vez sin sentir temor, lo abrió.

Abajo, en la esquina inferior izquierda de la pantalla, ponía “Página: 1 de 780 I Palabras: 448.326”.

Esos eran los números que a lo largo de su vida de escritor había acumulado escribiendo la historia misteriosa que siempre supo era su misión de vida.

“Mi tía” entre una historia y otra fue tomando cuerpo y forma. Cobró vida, mientras la suya declinaba.

Leyó una a una las 448 mil 326 palabras escritas y, aunque el texto no lo reconocía como propio, se le hacía ajeno desde la primera línea hasta la última escrita, sintió que su misión, finalmente, estaba cumplida.

Ya no tenía nada más qué escribir. Todo lo había dicho.

Agotado y en paz, decidió que eso era todo.

Tecleó las cuatro líneas que faltaban para finalizar “Mi tía” y, al poner el dedo índice sobre la tecla para pulsar del punto que indicaba el final, se desplomó sobre el teclado.

~

Golcar Rojas. Comunicador Social, baña perros y escritor. Nació en La Parroquia, Mérida, ha trabajado como periodista en la Universidad de los Andes, en el Ministerio Público, en la Cámara de Salud del Senado, en la Gobernación del Zulia. Ha sido productor de Danza Contemporánea de Maracaibo y productor, creativo y director de campañas publicitarias. Tiene cinco libros publicados en Amazon: «Te voy a llevar al cielo», «El infierno de Edelmiro» (novelas) «Textos de la concupiscencia cotidiana» (relatos), «¿Dónde queda Venezuela?» (crónicas y textos poéticos), «Historias de tía Amapola – teatro para armar» (obra de teatro)

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