Cuatro relatos de Florángel Quintana (Venezuela, 1965) ~

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Jessica Lampit

Ellas, no

Río arriba en Louang Namtha, Laos, las mujeres hacen papel del bambú.

Las manos rugosas se juntan, se acoplan en un rito donde las cilíndricas varas son rasgadas y cortadas hasta llenar unas vasijas más antiguas que las costras de la montaña sagrada. Con paciencia, las mujeres dejan que la lluvia y la luz de las lunas danzarinas transformen la dureza del bambú en una masa grisácea-verdusca. Cuando lo decide el dios del tiempo, las mujeres toman los baldes, sacan un amasijo maloliente y ácido y lo colocan sobre grandes rocas frente a las aguas de su río ancestral. Allí, la pegajosa masa es golpeada repetidamente hasta adelgazarla. Con precisión, las mujeres estiran la fibra extendiéndola sobre una armazón doble de bambú de intrincado entrecruce. Con suspiros de sus dedos humedecidos en el río, salpican las rejillas nobles en espera que el sol, espléndido en esa época del año, se encargue de secar, rígida y bellamente, lo que va a ser el legado de su nación. Pero ellas, madres del recipiente de las palabras, son apenas artesanas. Ellas crean el papel que dará vida a los libros escritos en laosiano por los escritores de la aldea, para ser leídos solamente por los hombres.

Las mujeres tienen prohibido leer. Ellas con sus manos diestras, con su espíritu noble y con su amorosa sabiduría construyen la vasija que nutre la idiosincrasia de sus vástagos. Dan vida a la fibra que contiene miedos y sueños, pero no pueden atreverse a mirarlos, ni siquiera a la luz de las velas. Es impensable. El tua lao no está creado para ellas.

Las mujeres cantan, las mujeres oran. Pura palabra confundida en el cauce, aguas arriba; liberada entre el bosque, pero sometida a quedarse dentro de sí.  La hermosura de las palabras tejidas entre el bambú aplanado no puede pertenecerles. Tal vez podrían enamorarse de sus sueños en tinta, quizá podrían enfrentar sus miedos entre las sílabas plasmadas. En cambio, el hombre lee, el hombre escribe. Los escritores deben estar aislados seis meses para producir sus obras sin tener contacto alguno con una mujer. Entonces aquella que es dadora de vida, también es fuente de perdición. Es un ángel de manos rugosas o un hada de ojos vacíos.

Phia Ooi está vigilando el sueño de su amo. Ella en cuclillas ora, le pide a sus dioses le den atrevimiento. Tiene sus dedos dispuestos de coraje. El almácigo de hojas está salpicado de ondas de un río negro, que sube, fluye, toma curvas inesperadas y habla de historias de muchos hombres. Los ojos de ella están entre la cara del que ha escrito y la pila anhelada.

La luna se atreve y rasga la casucha en el vértice. Un hilo de luz alienta a Phia Ooi. Hoy leerá esas historias que el río le ha susurrado al viento.

Salmerón

Ha mirado ese mismo horizonte turbio desde hace 3 años. El lejano azul, el verde imposible. Si dentro de él se mirara, podría sentirse el aroma de los ríos, la fragancia de las tardes. Sueña disfrutar del sabor de la utopía: vivir con el aire moviendo los cabellos mientras se siente la arena en los pies. Hoy enrojecido, vetusto ya su cuerpo, siente que su desamparo le alivia más el fuego de sus carnes que la sangre fluyendo en su desconsolado corazón.

 Nunca pensó que vería su cuerpo repleto de llagas con nombre noruego. El dolor no aquieta la orfandad de saberse nada. Para él las horas son largos relojes derretidos, ¿verdad Salvador? Él se desgaja en pétalos sangrantes, mas escribe, en su memoria, entre cada hemisferio de sus tormentos; recita en sus recuerdos. Abandonado en el mismo pasar de los días. Hoy siempre será hoy. La luna se ve tan lejos desde aquí… ¿no lo crees Federico?

Él mira las olas. Sus manos, puertos distantes de caricias, intentan sostener la pluma de sus verbos, trazos en consonantes y vocales cantarinas, endecasílabos vitales que hablan de tristezas, memorias de horas malas.

A través de la ventana el viento se lleva las esmeraldas en el abismo y Salmerón se deshace, ya es polvo y brizna.

Prima B.

―Patty ponle su preferida.

La reconozco, por supuesto: Mozart. Fantasía en D menor. La reconozco perfectamente en todos sus acordes y me sé todos los giros.

Allí a través del espejo parece la tercera vocal, una grácil, escrita en mayúscula. Su cabello en una cola; negrísimo, largo, algo ondulado. Su cara muy roja, su pecho huesudo muestra apenas el asomo de los pezones de una niña de doce, aunque bajo un leotardo que se mimetiza con su piel, tiene 17. Suda profusamente. Tendu, plié, grand jeté dice la profesora. Va, viene, parece incansable, pero su cara es drama. Danzar duele.

Sus manos largas, largos sus dedos; miembros, torso, todo en ella es dúctil. Semeja una hebra, un hilo de músculos y fibras que se amoldan rítmicamente. Piel en contorsión. Ovillo de carne.

El piano continúa y ella también. Se acompañan. Ella es música que baila. Es feliz, le sonríe a su reflejo.

Son huesudos sus pies: 26 huesos, 32 articulaciones, 19 músculos y más de cien ligamentos. Su entrenamiento doloroso ha rendido frutos: callos, marcas, deformaciones feas bajo esas zapatillas de color fucsia.

Ella está abandonada a las otras miradas. Dentro de sí solamente es ritmo, acordes, piruetas. Un trabajo corpóreo intenso. Sobre el escenario se acuesta, se recoge, se elonga, flecta sus muslos gravitando sobre el tablado caoba brillante. Espalda curvada, piernas extendidas, pies en punta, brazos gráciles, como aves, alas melodiosas.  De repente, se detiene aturdida por sus errores –los que ella siente que tiene- y se golpea la cabeza con sus huesudas manos, una vez más allí, compitiendo con sus otros ágiles extremos.

Se alza, sus pies en segunda posición. Su molestia parece consumirla y resopla como yegua cansada. Suelta su cabello, lo sacude con fuerza hacia adelante. Farfulla, se mira al espejo: ¡ya está, no sirvo! Se va, camina pesadamente hacia bastidores.

―¿Te gusta? Traje también las cornetas, así te pondré toda tu música preferida. Patty ve a buscar a la enfermera, creo que hay que limpiarla ya.

¿Le habría gustado a Mozart tocarle a una cuadripléjica?

Lee las instrucciones primero

Es el dolor. Simplemente eso, dolor. Se toman las manos y los ojos comienzan su viacrucis. La ruta de la despedida es tortuosa. Miles de espinas sobre las mejillas enrojecidas y el pecho hecho un estropicio. Entonces cada palabra suena más tonta que otra: me abandono, te dejo, no te olvido, cuídate, te amo siempre. La lingüística no sirve en estos casos, eh.

La partida, el desamor, la angustia tienen la misma faz. Se ríen de tu pesar y esa cruz que empezaste a cargar, se hace insostenible ahora. Aunque tal vez no es así, lo que ves es una mueca. Recuerda, cuando se llora, los ojos se achinan como cuando se sonríe. En tu pesar, único e irrepetible, todo es congoja, todo se confabula para que se sufra más. Es el regodeo de la depresión, a veces tan cursi vista desde la acera de enfrente, pero tan real aquí, o acá en el corazón, que la flagelación podría funcionar en casos desesperados.

Mejor es que oigas algo de jazz para que tu nariz se despeje por completo, sueltes toda la tristeza que espesa ha taponado tu, alguna vez, buen ánimo. Puedes oír la canción o la melodía compartida; podrías tomar aquella pañoleta, franela o adminículo fragante de su cuerpo y arrastrarte -más allá de la literalidad- ante la ausencia. Hay tantas herramientas útiles para sentirse peor que cualquier recomendación, siempre es poca.

Suprema sugerencia: escribe, escríbele con todas las categorías gramaticales que le hablen de tu pena, que todo tu discurso escrito sobrepase el golpe que sentiste cuando te abriste al luto.

Insisto, son dos acepciones completísimas, es simple dolor. Sencillamente habría que leer primero las instrucciones antes de enamorarse.

~

Florángel Quintana (Caracas, 1965) Licenciada en Letras (UCAB, 1991). Maestrante de Literatura Latinoamericana (USB). Solía ser docente de Literatura, Lengua Española, Lingüística hasta que el hartazgo de la apatía estudiantil y las condiciones del país le desanimaron la fe en la educación como tabla de salvación. Actualmente gestora de redes, copywriter y escritora de libros que no publica aún (la corrección juega para el equipo contrario al ego).

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