Cuatro poemas de Guillermo López Meza (Venezuela, 1990) ~

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Owen Gent

Genealogías culpables

Ahora sé como comenzó todo:
la cualidad de la misericordia
la costumbre por el abandono
las múltiples formas del fuego
los nombres prohibidos y las maldiciones.

Era la casa cayéndose sin que nadie se atreviera a dejarla
el incendio que iba por dentro, junto a la procesión
esperando en vano que Dios respondiera
quien sabe en cuál idioma y por qué razón.
Lo supe desde el principio, aunque no lo recordara:
Mi madre lo lloró al fondo de tantas botellas
que no acabaron ahogándola.
Mi abuela coqueteó con el filo de la navaja
un par de veces, sin éxito.
Mi padre salió de una celda
y le dio la vuelta al mundo para no encontrarlo
a pesar de narcóticos y estados alterados.
He visto tías y madrinas dejándose vencer
por el peso de sus esperanzas
mientras la casa, sí, la del mito, seguía cayéndose, derrumbándose
agotando su historia secreta hasta desteñirla
revelándome el misterio que ya conocía
que no dejaba de perseguirme
con sabor a tabaco y estela de locura.

Cuando le tocó el turno a los amantes
hombres corrientes
payasos, mesías y pingüinos
huyeron despavoridos
preguntándose si tanta queja no era regodeo
y sí, probablemente lo era
pero no por eso era menos sagrado
porque con toda seguridad
lo único verdaderamente legítimo es la tristeza.
No acertaron a comprender el dolor
lugar del trabajo y el esfuerzo
base y alivio para el socorro.
Y se condenaron, neciamente
a una vida sin propósitos
a que les cayera de pronto, con ímpetu de derrumbe
cada una de las penas que no se atrevieron a llorar.

Estaba en mi sangre, en mis genes
pero también en la forja, en la rabia, en el claustro
incluso en el artificio y en la carne rostizada.
Mis amigos también lo padecieron
a diario luchan la batalla y pierden terreno.
Nos sabemos rotos y más allá de toda reparación.

La hermana que no tuve pudo vencer lutos y voces secretas
pero apenas resiste las cortezas del desprecio
quiere arrancarlas una a una hasta que su fe responda
se hunde
y yo me hundo con ella.

Con la más lúcida entre mis amigas
comparto el cinismo iluminado
y esa convicción de que el sufrimiento funda templo y escuela.
Sin embargo, saber no nos redime
porque nos quebramos, al unísono
junto a musas, plantas, vacas y hombres leves
anfitriones y arcanos
lejos de cualquier amparo
y desperdiciamos las horas preguntándonos
si el amor no se parece sospechosamente al hastío.

Guardo y custodio la memoria de mis fantasmas
la casa, el incendio, las sobras
la furia, el hielo, los celos
las ruinas, por supuesto
el cuerpo amputado ofrecido a los perros
nadie me lo enseñó y siempre lo supe
confundimos el polvo hasta llamarlo alma
y todo este terror a cuestas, esta nada salvaje que nos acompaña
ya es respuesta.

Gendarme harto conocido

En horas de descanso
o en zonas de “paz”
los encuentras en la calle
verdes
parecidos a ti
a mí
a cualquiera
y olvidas temerles
hasta que vuelven a disparar.

L’amour est une mise-en-scène

Hoy de nada sirve
este calor que invoco
este incendio que reservo
este temblor que ofrendo.
Este febrero idéntico
a ese otro febrero cuando no existías.

Organizo poemas y recuerdo con ira
abjurando con esa rara palabra
que cuando no mata
revela el tinglado
descubre el tiempo y la trama
donde las profecías se turnan.

Usamos la palabra amor para desarmar.
No siempre funciona.
Quiero recuperar ese mundo en el que no existías.
Duele el recuerdo de haberte tenido
cuando menos te quise.

Historia del patriarcado

1

Quise ascender al cielo de tu musculatura dorada
conmover los pulcros salones con la rudeza de mi verbo
horadar con preguntas tus convicciones iluminadas
y asentar la duda en el corazón de los ángeles.

Tañías una lira en silencio
mientras yo pensaba en el destino de los hombres.
Dudaba por sus carnes corrompidas
sin comprender el cruel propósito
que animaba tu corrupta creación.

Ansiaba ganarme tu predilección con mi insistencia
sacudí mis alas
apagué la aureola
y supe antes de saberlo
y dije antes de decirlo
y aún así pregunté, extendiéndome como una sombra
ya seguro de mi destierro:

¿Por qué deben morir?

2

Atrás quedó el Jardín y sus perfumados frutos
el rastro de su recuerdo se disuelve en el desierto
y comienza la primera escisión.

Dibujo un vacío sobre su costado y le pongo mi nombre
más bien, prohíbo su mención.
Confunde el gesto
no es un accidente
y sonríe por la muerte de su memoria.

Agradece la excusa que le brinda mi compasión
y mientras destroza mi vientre

¡qué la arena me atestigüe!

comienza a contar su nueva historia:
el reptil y la culpa,
la manzana y la vergüenza,
mi ausencia en su costilla.

3

Al calor de la espera

¡qué comience pronto la batalla!

nos calentábamos contando historias.

Me rodeaba con su abrazo, susurrándome al oído
narrando cuentos de imperios caídos
pirámides que saludaban a los dioses
y muertos preservados en su vanidad.

El roce de su espada lastimaba mi espalda
y fingiendo descuido
afincaba mi mandíbula contra las piedras.

¡Es cosa de hombres!

Al calor de la batalla

¡qué paz tan frágil!

su espada mutila y reclama
ansioso por una recompensa:
alguna esclava que incite su cólera
alguna princesa raptada
alguna esposa destejiendo su mortaja
pero nunca este compañero de armas
suspirando a su lado
doliéndole el secreto que no debe decirse
deseando volverse piedra
con un nido de víboras creciendo en sus sienes.

4

En el diván de tus filosofías
todo diagnóstico denuncia anomalías.

Desamparados y rotos:
si Dios ya no importa

¡qué lo diga la ciencia!

firmas la sentencia, con una llama en la pupila.
Si ya no puedes quemarme

¡buenas sean vendas y cadenas!

En una celda mugrienta, el poeta escribe su carta indecente
para el efebo que inventó un amor sin nombre.
Si ni el genio nos salva

¿para qué insistimos?

5

¿Has visto la Gran Marcha? ¿Has escuchado sus consignas?
Acabamos domesticando nuestras verdades
y nos contentamos con las migajas.

Se alza confiada
la línea perpendicular de tus rascacielos
con un ojo dilatado
vigilando
que toda farsa cante su comparsa
alzándose hasta la boca húmeda de la bóveda azur
calmando su eterna hambre
por el destrozo de las grietas.

¿No eras más feliz cuando el desprecio te concedía permiso para odiar?

Allá abajo lloran y se abrazan
creyéndose libres de fustas y mordiscos.
Hasta que vuelvas a saberte distinto.
y con furor defiendas tu valía
e insistas en el quiebre

¿Por qué no un mundo fiel a nosotros
los otros?

~

Guillermo López Meza (Caracas, Venezuela, 1990). Egresado de la Universidad Central de Venezuela en el 2014, como Licenciado en Artes Mención Cine. Productor, guionista y crítico de cine.

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