Cinco poemas de Mundia Magdaleno (Venezuela, 1976) ~

 

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Hülya Özdemir

 

País

No puedo sostener mi nombre
convertido en bola de piel
en los codos le crece una paraulata
en la lengua un codo
mi nombre en hueso
mi nombre sin cuerpo
En la noche lo hirieron
pero ha vuelto de la grieta
leche de la higuera sobre la sarna
a curarlo todo
savia blanca
derramada
Nunca debió parir
los hijos son como los buitres
se lo comen a una viva y muerta
plumas no le crecen en la cabeza
un nombre
de plumas sin cabezas
Mi nombre no tiene país
porque mi país vive sin nombre
se lo robaron estos y aquellos a cambio de un voto
lo arrojaron al río
y no pude sostener mi nombre en la corriente
Una cascada es una herida
El agua que trae mi nombre
hace crecer las flechas
y en la punta de las flechas tu nombre
el silbido del pica hueso
Qué hacen los pájaros que no son nombrados
a qué hora se los traga la noche
A dónde van a parar los picos de los pájaros
cuando no cantan
el Ávila es el pico de qué pájaro
Hay pájaros que dicen mi nombre
después de muertos
y se les hace piedra el pico
No puedo sostener mi nombre
y en cambio el mirlo
hace volar una montaña
las líneas de mi nombre
la raíz
se consuelan con la flor de mayo.

Tamarindo

Tirado sobre la hierba se yergue parásito que pretende la fruta. Lo mira el sol. Llueve sobre mí la tarde del domingo. Me come los domingos y me desmigaja en el patio. Se limpia las fauces y sigue detrás de la fruta. Come tamarindos. Las pepas ruedan por el suelo y se me adhieren a la planta de los pies. Cava dentro de mí y me hace remojar en mi propia bilis. En el pantano abro la puerta y me encuentro con su cara que mira el árbol del que penden tres mujeres muertas. Sus cabellos flotan con el viento. El olor de los tamarindos es más fuerte que el de la muerte. Su sexo es una bolsa de tamarindo. Lo chupo y el sabor ácido de sus jugos se derrama. Presiono su pulpa contra el cielo de mi boca. Lo chupo mientras se mecen sus mujeres en las ramas del árbol. Se yergue parásito y desenvaina cuatro semillas. Es un demonio verde y de él sólo quiero una muerte simple. De entre las ramas se cuela el sol y dejan ver de él las venas dentro de su vaina. Yo quiero tragarlo con el favor de la luz. No tengo miedo. Las larvas carecemos de conciencia. Cuando suena la reja, mojo, porque sé que un hombre o una mujer se comerán mi concha mientras él mira y frota su cornamenta contra el metal. Su piel se transparenta lo mismo que su sexo bermejo crece al escuchar mis aullidos. Y yo grito más y estallo contra mi grieta la cabeza de ella, también la de él, hasta que hago jugo de hierbas sus bocas. Él me mira deshecha y penetra su bolsa en la mía una vez, para devolver el fruto al árbol. Cada dos días baña a las tres mujeres y me hace subirlas. Las peino y sus cabellos me quedan entre las manos. Después de bajar y constatar la dirección de los vientos, él me desviste y frota con un estropajo. Para dormirlo, yo lamo el vientre de mi demonio hasta que me atraviesa. Llueve sobre mí la tarde del primer día. Me come y me desmigaja en el patio. La luz se acaba temprano como se acaba la luz de los domingos. Y los pájaros nos picotean el corazón.

Madre

Cuando yo nací, me recibió el vecino. Era pescador y pescadero.
No había nadie en casa, y el grito de madre lo despertó, lo trajo, y lo hizo abrirle las piernas.
Después de los hombros, se escurrió mi sexo. Dijo “es niña, es niña”. Y yo sentí que entonces me hice niña. Me puso en los brazos de madre, se puso de pie, de frente, nos observó a las dos como un tajalí antes de despedazarlo. Madre cerró las piernas. La placenta volvió a abrírselas. Yo no lloré. Miraba al pescadero mirarme. Madre oró para que la mar lo devolviera a su orilla. El pescador escuchó el rezo y lanzó sobre los tres una red de mecatillo que colgaba en la entrada de su casa. Las aguas lo mancharon de sangre y a él eso poco le importó. Madre puso mi boca en su pezón izquierdo. Pero yo seguía con mis ojos la ruta del pescador. Alzó su lanza contra la luna oscura y brillaron sus escamas, para entrar a la cueva de caldos. Yo sabía vivir ahí porque yo venía de ahí. Madre se murió un poco. Cogí aire de adentro y la besé para que volviera. El vecino sacó de ella el cardumen de un dolor negro. La dejó la hiel, sin barniz, la dejó volver con otras aguas a poblar el misterio. Y madre volvió a mirarme. El pescadero seguía en frente. Nos miraba a madre, a mí, a su pezón rosa.
Madre balbuceaba una súplica.
Madre yace, ola que se repliega al final, en la ribera, ahí donde le reza a Dios y Dios no le responde. Yace en el silencio. Mira cómo me hago palabra. Madre sabe que parió su final.
Cuando yo nací, me recibió el agua. Y madre sedienta. Y un pescadero que no sabía que sabía. Me recibí salvándola. Y desde entonces me suplica por su vida.
¡Ay madre, si pudiera matarte!

Manual

Tengo cuarenta años
la edad justa para darme cuenta de que
no es importante Dios
la física lo es más
porque la gravedad
nos termina por sembrar,
que los hijos se van
mientras se contiene el bostezo
que perdiste la vida y se van,
que los mangos maduros atraen las
moscas
y los verdes, manchan,
que no me doy cuenta todavía
por dónde se pone el Sol
ni si mi piel crece cuando llueve
o si abro los ojos al Oriente.
Tengo un poco más de la mitad de mi
vida
y dicen que formo parte de la clase
media
que estoy en medio
justo en el casi
y no llego a fin de mes
sardina por salmón
sonrisa a crédito.
Tengo
la rabia contenida en las manos
las manos hinchadas
sin decir que no quería esto
porque no lo quiero.
Que afuera la pira agrieta el cemento
que quién soy yo para que no tarde en
atravesarme a mí
que qué es mi sangre, sino la mutación
de la hiedra.
Tengo cuarenta años
y ningún manual para aprender a morir.

Ojos

Cuando madre me parió había otra niña en el cuarto. Ella me bebió de un sorbo. Recuerdo la primera vez que nos vimos. Había en su mirada ganas de estar contenida en mi vientre. Madre la sacó de mí, como se arranca la papa de la tierra. Una vez nos volvimos a encontrar: yo me subí a sus piernas a caballito. Tenía doce y me bajó la regla. Pasado los años, le robé al marido y al devolvérselo ella me regresó los ojos. Madre murió y ya no quise ver.

~

Mundia Magdaleno (Caracas, 1976). Poeta venezolana. 

Heterónimo de Indira Carpio. 

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