La luz del escenario, por Mariana Rosas Giacomán (México, 1998) ~

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Wendy Mcwilliams

Mariana Rosas Giacomán (Ciudad de México, 1998). Estudia Ciencias Políticas y escribe en el tráfico, es decir, muy seguido. A veces tiene suerte y publican sus cuentos.

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La banda de Eric era tan mala que cuando los invitaban a tocar en algún festival, todos creíamos que era con la intención de darle un toque de ironía al evento. Pero esta vez parecía ser en serio. Nos llamó a Alejandro y a mí antes que a cualquiera para darnos la noticia y fuimos nosotros los primeros en comprar boletos para el gran día. Sin embargo, a pesar de la proximidad de nuestro aniversario y de los cumpleaños de ambos, Alejandro pagó su boleto y yo el mío, como si ambos supiéramos que estábamos dentro del comienzo del fin.

El nombre del grupo en ese entonces, después de ser sometido a varios cambios, era La Sociedad de los Caníbales. Sin embargo, se les conocía como Los Sociólogos por el descuidado aspecto de sus cuatro integrantes. Eric, mi mejor amigo desde la primaria, salía al escenario con una sudadera hecha de jerga y unas botas tan usadas que su forma se había perdido y parecían haber evolucionado a calcetas. La banda tocaba covers mexicanizados de canciones de Pearl Jam y de los Ramones. A veces, cuando ya era tarde y estaban muy drogados, versionaban un éxito noventero de Britney Spears. Finalizaban cada show con “Since I’ve Been Loving You” de Led Zeppelin y cada vez algo distinto les salía mal en el proceso. A Eric se le olvidaba la letra, el baterista cortaba antes de tiempo, el solo de guitarra sonaba ofensivo para Jimmy Page. Pero en la noche del principio del fin estuvo tan bien que solo podía significar el anuncio de algo.

En realidad, Alejandro y yo no estábamos al principio del fin. Estábamos a mediados del fin, porque el principio llegó la noche en la que Alejandro se fue a la mitad de una fiesta. Ambos bailábamos bajo unas luces rojas mientras que el piso vibraba por los brincos y el techo amenazaba con caerse tras el impacto de la lluvia. Alejandro se excusó, dijo que debía hacer una llamada y salió a la tormenta. Dentro de la sala de Eric, donde se celebraba la fiesta sin motivo, giraba una nube de tabaco y sudor que calentaba el aire y hacía que el exterior pareciera amenazadoramente gélido. No fui detrás de Alejandro, no lo busqué aún si habían pasado horas de su partida. Él tampoco llamó, y cuando volvimos a vernos no se habló de la fiesta. Después de eso nuestras conversaciones se fueron acortando, como si esa nube de tabaco con sudor y música a todo volumen se interpusiera entre nosotros.

Llegamos al festival tomados de la mano. Solo lo hacíamos para no perder al otro entre la multitud. Casi no cruzábamos palabras, la nube seguía entre nosotros. Para llegar al escenario donde Los Sociólogos tocarían, tuvimos que atravesar una zona de comida gourmet con mesas de madera y lámparas colgantes de luz cálida. Alejandro se quejó de lo fresa que se estaba volviendo todo. Recordé la primera vez que fuimos al festival, cuando íbamos en el primer año de preparatoria. Eric me convenció de escapar de la casa para ir a un concierto para el que había comprado unos boletos baratísimos. Era la primera edición del festival y nadie sabía qué esperar al ver el cartel salpicado de bandas de punk, cumbia y rock mexicano de ese que comenzaba a convertirse en clásico.
Yo aún llevaba puestos los pantalones del uniforme cuando mi mejor amigo pasó por mí en el coche de su padre. Llegamos a las cinco de la tarde a un viejo autódromo convertido en un campo de lodo, basura y tiendas de acampar. De una de ellas salió Alejandro, a quien Eric me presentó como su primo hippie. Nos saludó a ambos con un abrazo prolongado y en algún momento en que se volteó le pedí a Eric que por favor no nos alejáramos de él. Y estando juntos los tres, vimos a una banda tras otra. Alejandro se gritó las letras de una canción tras otra.

Cuando Café Tacvba salió al escenario tocando “Las Flores”, alguien muy borracho me vomitó en el pantalón escolar. Se disculpó diciendo que había sido vómito de emoción y se dejó llevar por la multitud danzante. Alejandro, que se iba a quedar a dormir en la tienda de campaña para no perderse de ni una banda al día siguiente, me prestó su muda de pantalones. El resto de la presentación me tomó la mano, protegiéndome de la ola de gente que amenazaba con tragarme y hacerme volar entre sus brazos. A ambos nos sudaban las palmas pero fingíamos no darnos cuenta. Eric había enmudecido junto a nosotros, veía algo en el escenario que nadie más podía parecer comprender. Al salir un par de horas después a comer hamburguesas en un puesto callejero, Eric nos prometió que algún día él estaría tocando sobre ese escenario. Alejandro y yo seguíamos abrazados en un silencio que no era incómodo. Tomamos café quemado mientras veíamos a lo lejos unos fuegos artificiales dibujando figuras en el cielo.

Ahora Eric estaba en el escenario y se veía igual que cuando íbamos en la preparatoria, pero todo lo demás había cambiado. Ya no había lodo o tiendas de campaña, los boletos se habían vuelto carísimos y Alejandro había dejado de ser el primo hippie para convertirse en un abogado recién titulado. El silencio ahora era incómodo.

Los Sociólogos tocaron sus covers tradicionales, aunque predominó su interpretación de canciones propias. A mi alrededor la mayoría de los asistentes se sabían las letras que intentaban ser políticas o poéticas. Me sentí orgullosa de mi mejor amigo. Alejandro grababa de vez en cuando, sin embargo la mayor parte del tiempo mantenía la mirada fija a la pantalla de su celular. Le mandaba los videos a alguien cuyo nombre de contacto era solo una inicial. Imaginé a una abogada abriendo divertida los videos de Los Sociólogos tocando en el festival. Una abogada bonita, inteligente, alguien a quien Alejandro había conocido en mejores circunstancias que prestándole sus pantalones porque a ella le habían vomitado encima.

Comenzó a llover, el show estaba por terminar. Alejandro insistió en que refugiáramos en una zona techada lejos del escenario. Lo acompañé, ese momento era el final dentro del fin. Seguíamos sin hablar y él seguía sin prestarle atención a otra cosa más que al brillo en su teléfono. Cuando iniciaron las primeras notas de “Since I’ve Been Loving You” fui yo la que se excusó y salió a la tormenta. Vi por última vez las pestañas de Alejandro teñidas de azul por la luz del escenario. A lo lejos unos fuegos artificiales dibujaban figuras en el cielo.

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