El librito de Pizarnik, por Antonio Miguel Muñoz Ortiz (México 1996)

Antonio Miguel Muñoz Ortiz/Miguel Guerra (Puebla, México 1996). Beneficiario del PECDA en el área de Ensayo Literario (2019) y en Crónica (2021).  Autor de Cómo me gustaría escribir un libro de Historia contigo. Una introducción a Gerardo Arana (Ediciones Copia y Pega 2020) y la novela Una fotografía (Ybooks 2022). Cursa la maestría en Lit. Hispanoamericana en la BUAP. Textos suyos aparecen en diversas revistas bajo su nombre o el seudónimo “Miguel Guerra”, entre las que destacan Broken English, Letralia, Círculo de Poesía, Revista Plástico y Punto de Partida.

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El librito de Pizarnik

No querer traer sin caos
portátiles vocablos.

Alejandra Pizarnik

Horas después del fin de todo, confundido y ansioso como cucaracha sin cabeza, un hombre (yo) se despierta poseído por el espíritu de Alejandra Pizarnik. Anoche, a las 4 de la mañana, gran crisis de temor al futuro. Su recámara tiene una puerta al jardín. Es el último que queda en la Tierra. Afuera hay pasto muy verde, un árbol grande y una mesa blanca. Es una puerta/ventana. Cuando se pone de pie, el hombre se dirige hacia el espejo. Mira sus manos, las ve reflejadas, vuelve los ojos y va hacia un cajón por una pluma y una libreta. Cuando las tiene en su mano se sienta frente al escritorio y separa el río de páginas a la mitad. Observa el blanco. Lo que yo deseo es escribir prosa. Trata de domar el lapicero con la mano derecha, pero tiembla. Es zurdo, recién lo descubre. Además, lo que yo quisiera es escribir un libro muy, muy breve. Así que el hombre usa su nueva mano y comienza muy firme. La punta tocará el papel al instante. Algo muy hermoso y muy breve. Pero no. Para. El hombre no sigue. Con sólo cerrar los ojos, girar la cara y ver hacia el mar verde de afuera, el hombre engendra una hormiga. Es negra. No una novela sino una crónica. El animal lo mira, asiente con las antenas y entra al cuarto sin dificultades. La hormiga sube al escritorio. Sé es animal. No, sé es animalito sedoso y dulce. El hombre decide subirla a la pluma y la hormiga ahora comanda el proyecto. Partir de la confusión, de la ignorancia. Cuando la hormiga ve hacia abajo, se confunde. Partir de la confusión, del fervor sexual. Así que decide. Un animal seguro. Apuro por decirlo todo de una sola vez. Se lanza. El hombre la aplasta. El cuerpo de la hormiga negra se impregna sin suciedad a la página de la libreta y el hombre la mueve a la parte superior izquierda. Así comienza. Esa mínima distancia que atraviesa corriendo es la materia de mi libro. El hombre busca en su teclado alguna letra o símbolo que se asemeje a la figura de la hormiga deformada. Pero no existe. No hay en ninguna lengua. Tampoco dibujo alguno. Así que el hombre, ya con el inicio puesto, debe seguir adelante. Pero la confusión, el no saber, el deseo de dejar la pluma y correr al lecho. El hombre dibuja un sueño. Duerme sin cerrar los ojos y de pronto hay una colina, nubes, el sol y la hormiga. Esa es la segunda parte del texto. Nada urge. Nadie se exaspera. Ya va a la mitad de la página. Una vez adentro, ni la mano ni el hombre pueden parar. Engendra arañas, mariposas, aves, reptiles, mamíferos y el agua. Pero no engendra sonido. Relato de diversas búsquedas. ¿Cómo escribir que suena? El hombre encima. La acumulación es su estrategia narrativa. Así que usa una letra sonora. ¿Por qué figurar en vez de configurar? Pero usa su forma primaria. Las serpientes. La ese. Larvas que se retuercen. El movimiento animal que se hace tinta animal se mueve adentro y al moverse suena. Se ve. Suena un sonido en la libreta. Ahora quiere un color. ¿Cuál otro? El rojo. El hombre vuelve navaja a su pluma y perfora una vena invisible. Pinta. Mancha. Colorea. La hoja blanca se hace cascada. El hombre mira hacia la ventana. Mi frente está distendida, no hay señales de temor. ¿Qué hace falta? Es obvio: un dios. Cierra los ojos. El hombre aprieta su pluma, pero ahora con la mano derecha. Sin habilidad, sin fuerza. Equivocándose. Aquella prosa que nunca sabría escribir. El mundo lo recomienza. Ya no hay hombre, no hay mano. El porvenir está en este cuarto. Brilla el jardín.

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