Fragmento de «Diario de Hungría», por María Cuéllar (Venezuela, 1993)

María Geregny Cuéllar Pabón (San Cristóbal, Táchira, Venezuela, 1993). Vive en Budapest, Hungría, desde hace un poco más de tres años. Estudió ingeniería, pero siempre le ha gustado la lectura de poesía, filosofía, literatura clásica, relatos, etc. Valora mucho el proceso introspectivo y la contemplación. Eso le lleva a pasar mucho tiempo a solas. No ha sido fácil escribir desde que llegó a Hungría. El proceso de estar lejos de su familia, y de enfrentarse a una nueva cultura que puede ser tan fría no ha sido fácil, pero ha encontrado inspiración en su musa: la tristeza. Además de esto, también le encantan las lenguas extranjeras. Su hobby desde que estaba en la universidad ha sido estudiar francés y, paradójicamente, eso la llevó a Budapest. Actualmente trabaja en una empresa de servicios de garantía automovilística, pero en sus tiempos libres escribe en su diario, lee biografías, poesía y todo lo que su corazón abrace en el momento.

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12 de octubre del 2022

Es martes y la vida me lleva. Divagando por los confines de lo que soy, me encuentro a un amigo. Él me recuerda todo aquello que quise ser alguna vez. Lo veo y el olvido reconfortante me abraza. También me abraza mi hermano, al que tengo más de tres años sin ver. Camino y sigo caminando. Siento que así como todos se van, yo también me voy. Me transformo. Erijo una estatua ante mí. Tiene miel y sal. Es simultánea. Se derrite y se fija, pero no sabe a dónde ir. La toco y siento la arena. Mis manos me transmiten el sentido de estar aquí: tocar. Es lamentable que nuestros sentidos a veces sólo puedan guiarnos a la superficialidad, o que al menos eso parezca. Pero… ¿qué somos sin sentir? ¿Acaso deseamos ser seres imaginarios? Aquí y ahora tengo que decir, es más, reconocer: el ser humano superficial es una dimensión necesaria de la existencia. Este hecho me hace recordar cuando pensé en repugnar esta inclinación natural. La repugnaba porque pensé que excluía a la pureza de los sentimientos. Me repugnaba a mí misma por repugnarla. En fin, toda una confusión cósmica en este cuerpo mortal.

Estoy de pie, y este pensamiento me choca de nuevo: caigo. Me rindo, pero aún no sé nada. Sé que él se puede ir, y yo también, pero la lluvia seguirá cayendo: el universo es indiferente.

Y estoy de luto antes de que pase la tormenta.

Me enseñé a mí misma a prepararme para la intromisión del destino soluble, aunque no crea en el destino.

Banderas suben. Los colores ondean y se entremezclan con el plano azulado de átomos.

Azul: como su color preferido.

Azul: como el color de sus ojos.

Azul: como el color de su reino que me hace viajar en medio de la incertidumbre.

Tengo miedo de morir solamente por el arrepentimiento. Quisiera llegar al cúlmen sensorial de sentir que lo di todo. Una especie de prueba de suficiencia espiritual, pero mi fragilidad me lo impide. Y ahora que hablo del cuerpo (inmensa prisión), quisiera también hablar del alma.

Alma oscura y clara:

Me la conseguí bajando por las escaleras: me miró con temor. Ese temor de decepción ineludible. Pero esa alma —mi alma— era autosuficiente: se encerraba, se abrazaba, se elevaba, se inundaba. Yo estaba en presencia de un espectáculo prismático. Esa alma -mi alma- era tan fuerte que, teniendo la oportunidad, no renunciaba a la miseria. Aún hoy, cuando hablo con ella sobre aquel incidente, sé que sigue tratando de ser su propio ser. De ser algo. Solamente algún algo en este gran juego en el que todos pretendemos saber y continuar sin ni siquiera ser conscientes si ya nos detuvimos.

Si alguien se atreviese a preguntarme qué quiero hacer en esta alma, le voy a decir que quisiera encontrar. Sí, encontrar. Y por eso aún vago. La búsqueda vacía tiene frutos: la nada. Y es precisamente ésta la que necesito.

Luego de caminar tan lejos del destino no ocurrido, quizás encuentro un poco de fuerza para decir que estoy orgullosa de que mis pies sangren. No llevan más que la huella de tu alma en mí, donde quiera que esté, sin incluso poder notarlo. La tinta oscura mancha cada espacio de lo que soy, aunque ya no estés. Porque a pesar de la trascendencia -o en medio de ella- puedo dilucidar cómo la muerte en colores puede encender-y apagar- el aparataje mortal de lo que soy y desaparece en mí.

 

10 de julio de 2021 – en la mañana

Regreso de los días de júbilo.

Pocas veces la alegría me motiva a escribir.

Pero existen luces trascendentes.

Son tan cálidas y coloridas, que me hacen no querer morir.

Siempre recuerdo las reflexiones de Camus cuando pienso en lo que soy.

Y de alguna manera eso también me hace volver a mis amigos.

El verano invencible está allí, silente pero poderoso.

Esta mañana tomé mi morral, mi sombrero, y me fui a Viena.

Bia durmió en casa. Fuimos juntas a Kelenföld.

Allá, Vero y Gabriel esperaban.

Ya el viaje comenzó.

Las flores estaban sobre mí.

Alguien transportaba amor.

El valle era verde.

Y yo extrañé mis montañas.

Cada casa que vi emanaba historias.

Y me imaginé a los familias húngaras comiendo lecsó, las austríacas comiendo schnitzel, y a la mía comiendo arepas.

Al final somos todos el mismo polvo de estrellas como decía Carl Sagan.

28°C, entre la infancia y el porvenir.

Sueños de un antaño que no termina de dejar de ser.

Sueños de una adulta que no termina de entender el ser.

Escuchando a Billy Joel mientras observaba los ojos de una brasileña que contemplaba los girasoles.

Escuchándolo, porque Viena esperaba por mí.

Y allí, en un pequeño momento espiritual impoluto: amé vivir.

Allí, brevemente, no había abismo esperándome.

La libertad —en la medida mínima en la que puede ser otorgada a un mortal— me perteneció por un minuto.

El miedo era lejano.

Las ganas de vivir emanaban de un manantial.

Yo era el manantial.

 

10 de julio de 2021 – en la noche

«Enfin, mon âme fait explosion et sagement elle me crie: « N’importe où ! n’importe où! pourvu que ce soit hors de ce monde! » – Baudelaire, Petits poèmes en prose (1861).

En el concierto en Stephansdom conocí tres versiones de mí:

  1. Inframundo
  2. Purgatorio
  3. Cielo

La primera de ellas sangraba.

La segunda flotaba

La tercera se estaba arrastrando a sí misma por el suelo.

Sí, son acciones contrarias a lo que cada una representaría.

Estaba pintando las paredes con mi sangre.

Las sombras

Las luces

Todo se movía.

Naturaleza fluctuante.

Estaba viajando, pero volvía.

Me vi morir

Me vi volar.

Me vi dudar.

 

Me vi en el pasado

Estaba saludando a una versión antigua de mí.

 

De repente, me sentí poseída por las profundidades del mundo sensorial.

El abismo apareció otra vez, y con él los dragones.

Y mi alma existía simultáneamente.

La música detonaba las palpitaciones.

Porque eso parecían: bombas.

Con granos de mármol negro, y destellos punzantes de alquimia.

Esas bombas son los dioses que persigo.

 

Esa noche, entre el eco y el ruido, me vi tres veces.

Diluida y pagana.

Fría y crepuscular.

Atada a la nada.

 

Embebida por la pasión de lo oculto, ahí estaba yo: buscando claridad.

Y al final, eran mis almas las que debían llegar a un consenso.

Las almas de vida que no son varias sino una,

Pero que divagan en el polvo antiguo del renacimiento

¿Por qué tanto movimiento?

Es que es ésa su búsqueda: la huida.

 

30 de enero de 2021

Fui a Blaha hoy.

Me bajé del tram, y aún no es primavera.

El viento me hizo regresar a casa.

Las brisas de mi pueblo en mi uniforme escolar.

El rayo de sol sobre la montaña.

El aviso de lluvia.

Mi ser amando el transitar

Mi ser ansiando la soledad.

Mi ser adolescente.

Yo soñaba.

Ya nada es igual, pero déjenme bailar en las cenizas.

 

La nostalgia tiene maneras tan extrañas de aparecer.

 

Cuando regresaba a mi apartamento, luego de llegar a Rákoczi tér, decidí no cruzar por la calle usual, me fui por una menos transitada. Lo hice, a pesar de que eso siempre me recuerda al consejo de mi abuela de nunca transitar por calles solitarias. Siento que le pido disculpas cada vez que lo hago. Ella siempre está presente, pero hay que seguir caminando. De repente, volteé hacia la izquierda y vi unos avisos en húngaro, no recuerdo qué decían, pero estaban fuera de una tienda. Por un momento, pensé que estaban escritos en español, y que ésa era la tienda de mi abuela. Aquel lugar en donde pasé mi infancia, tomaba jugo de pera y comía galletas Reinitas. Aquel lugar en donde aprendí por primera vez qué eran los abrazos.

 

Allí estaba yo. En una especie de hipnosis, hasta que vi mi reflejo en la ventana.

 

Déjenme romper la burbuja.

Ya.

Estaba en Blaha.

Mes de enero.

Mi amiga se enamoró de alguien que ahora también es mi amigo.

Ambos se convirtieron en hogar.

Los tres estamos lejos de casa.

 

14 de febrero del 2020

Era viernes. Entré al metro como de costumbre. Tomé asiento y de repente lo vi: no soy buena para adivinar edades, pero quizás la suya oscilaba entre los 50 y 60 años. De nuevo las luces de afuera iban y venían, jugando en la oscuridad con la distancia y el mundo, con la música que acaricia los pequeños trozos que quedan de mí. Miraba a mi alrededor intentando disimular el impacto causado en mi interior: él es el primer poema triste que he podido contemplar tan de cerca en Budapest. No sé si es húngaro, o si viene de algún otro país, pero todo en él era tristeza hecha arte, vestida de negro y envuelta en silencio. Mis lágrimas habitaron mi cara antes de la llegada a la siguiente estación.

Ahora lo entiendo: un viernes en el metro, después de la una de la tarde, conocí al dios de la tristeza. Y aunque sería un sueño presumir que notó mi presencia o mis ganas de congelar el momento, la verdad más devastadora, es que a él lo llevo conmigo todos los días, incluso antes del 14 de febrero.

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