Juan y la abeja, por Paul Peláez (Venezuela, 1984)

Paul Peláez (Caracas, Venezuela, 1984). Ha realizado talleres de cuentos y poesía con los escritores Fedosy Santaella, Roberto Echeto y Oriette D’Angelo, entre otros. Colaborador de la revista Trazos, del blog magazine La Parada Poética en las que se ha publicado también algunos de sus poemas y de la revista de literatura fantástica, terror y ciencia ficción Weird Review. Autor del libro de cuentos Las diversas formas de lo falso publicado por la editorial Sultana del Lago en Abril 2022. Instagram: @pelaezpaulwriter.

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Juan y la abeja

Después de terminar su almuerzo, Juan se disponía a lavar los platos y ollas sucias. De pronto, una abeja venida de la nada, se posó en la superficie metálica del fregadero. Tal vez el aroma dulce y celestial de la salsa para pasta que había preparado y de la que aún restaba un poco en los bordes y en el fondo de la olla, había capturado el delicado olfato de la abeja que ya se paseaba por las orillas coloradas de la cacerola.

Juan la observaba, siguiendo cuidadosamente el movimiento recortado de sus patas, viendo como de cuando en cuando equilibraba su paso con algún aleteo repentino, con ese golpe casi milagroso que la ayudaba a evitar caer al precipicio que suponía la vertiginosa distancia entre la orilla y el fondo de la olla. Él persistió en su visión tan solo unos segundos. Al poco rato, con un sigilo impredecible, desplazó la olla hasta la boca del grifo, lo abrió y el agua empezó a caer despacio y en silencio como si estuviera hecha de plumas de ganso o pelotas de algodón, hasta llenar tres cuartas partes del recipiente sin que la abeja lo notara.

Cerró el grifo mientras el insecto aún saboreaba sus patas embarradas en salsa. Seguramente el orégano y la albahaca o los tomates maduros habían conseguido hipnotizarla, generándole alguna especie de adormecimiento o adicción que le imposibilitaba detectar cualquier movimiento a su alrededor. Juan, con mucho cuidado, acercó su mano derecha, y de un empujón, la echó dentro de la olla. La abeja cayó de costado en el agua, revolviéndose, sacudiéndose con tanta desesperación y energía que estuvo a punto de generar su propio remolino. Claro está, después de innumerables intentos y en un movimiento potente e inesperado, logró ponerse boca abajo y comenzó a agitar sus patas y alas hasta llegar al borde de la olla.

Juan notó que la abeja se había agotado tras el gran esfuerzo que significó ponerse a salvo. Por ello, intentó lanzarla de vuelta al agua, pero esa vez la abeja alzó levemente su vuelo, esquivando el empujón de la mano de Juan para posarse de nuevo en la orilla de la olla. Ambos se miraron. Juan esbozó una sonrisa. Esperó tal vez un minuto, permitiéndole que recuperara plenamente el aliento y sin aviso, tomó la olla por las asas y la giró de golpe hacia la abeja derramando toda el agua sobre ella como una avalancha húmeda que la ahogaba y golpeaba con la fuerza de cincuenta mares revueltos con trozos de tomates y albahaca.

La abeja quedó tendida y sin moverse en el borde del desagüe, casi sepultada debajo de una roca de tomate. Luego, poco a poco, recuperó su aliento. Entonces, comenzó a moverse con dificultad. Juan observaba sorprendido la resiliencia de aquel insecto minúsculo e insignificante. Por su parte, la abeja ya se sacudía el agua de su cuerpo y de sus alas, preparándose quizás para volar nuevamente, pero Juan estaba decidido a poner a prueba el aguante de la abeja. Y sin demora, llenó un vaso con agua del grifo y lo vació encima de ella. Sin embargo, y a pesar de ser arrastrada por el agua, la abeja, en un acto inesperado y sorprendente, agitó sus alas y patas y nadando como un pequeño delfín alado, logró salir ilesa de aquella embestida.

Juan se maravilló con la resistencia del insecto. Por primera vez sintió un profundo respeto y simpatía por ella. Tal vez era cierto, la abeja se había batido íntegramente con la muerte y había resultado victoriosa. Tal vez merecía vivir. El orgullo por aquel animal ocupó su pecho, pero su decisión ya estaba tomada. El destino de la abeja había sido sellado y no podía ser otro que la muerte, la irremediable muerte. “¿Cómo podría decidir un final distinto a la muerte para un insecto insulso como este? Después de todo, la muerte llegaría en cualquier momento y lugar, pero ninguno tan heroico y potente como este. Morir bajo el golpe de mi voluntad es un privilegio”, pensó. Abrió una vez más el grifo y en un efecto de diluvio universal y definitivo dejó caer toda el agua contenida en las tuberías (que era lo mismo decir toda el agua del mundo) sobre el fregadero y sobre la abeja que no tuvo el valor ni el tiempo suficiente para emprender la huida.

El fregadero se convirtió en un mar embravecido, un mar maldito en cuyo centro se había formado un remolino inmenso dispuesto a tragarse las sobras de comida de los platos sucios y los mismos platos y vasos y cualquier otro objeto que yaciera en él, incluyendo la abeja y su voluntad de acero. Todo giraba. El grifo tampoco cesaba de escupir toneladas de agua hasta el punto en el que Juan perdió de vista al insecto. Tras largos minutos, cerró el grifo y esperó que se vaciara el fregadero.

Después de la última marea, apareció el cuerpo de la abeja apabullado e inerte al filo del desagüe. Él la observó sorprendido, pensó que su pequeño cuerpo rayado sería arrastrado a la cañería y se perdería para siempre en sus extensos y oscuros pasajes. Sintió algo de pena por ella, sin duda había sido una guerrera sin par y la creyó, al fin, digna de tomarla entre sus manos, levantarla y tal vez rendirle alguna especie de homenaje. Fue entonces, y a pesar de toda el agua que había vertido sobre ella, cuando se percató que la abeja no había muerto.

Juan alzó su cuerpo agonizante y observó detenidamente los últimos instantes de aquel ser valiente que había logrado maravillarlo por completo. Se estuvo largo rato mirándola, contemplando cómo su cuerpo se apagaba poco a poco entre sus manos. Entonces, con el último suspiro, con los restos de su arrojo, la abeja, súbitamente, clavó su aguijón en la mano derecha de Juan arrancándole gritos y pataleos, sacudiendo su cuerpo de dolor y demostrándole, por primera vez en su vida, que él también podía ser lastimado.

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