La desaparición de César Membreño, por Carlos M-Castro (Nicaragua, 1987)

Carlos M-Castro (Managua, Nicaragua, 1987). Es autor de Antropología del poema (Leteo, 2012) y de Cantar de inocencia (Lector Disléxico, 2022). Está incluido, entre otras, en las antologías Flores de la trinchera: Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (Soma, 2012), Apresurada cicatriz: Instantáneas de poesía centroamericana (Literal, 2013), De ahí no más: Poesía actual de Centroamérica y el Caribe (VOX/Germinal, 2013), 4M3R1C4 2.0: Novísima poesía latinoamericana (Liliputienses, 2017) y Nuevos signos: Antología de poesía nicaragüense (Perro Azul, 2022). Su libro Aqueste mar turbado, aún inédito, fue finalista en 2020 del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe en la categoría Creación Joven y su relato «Redención (O la pasión del pico rojo)», incluido en Cantar de inocencia, mereció en 2021 el Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve. Es editor en Quiebraplata ediciones y enseña español como lengua extranjera en Azerbaiyán, donde reside temporalmente.

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La desaparición de César Membreño

(Este relato forma parte de Cantar de inocencia, publicado en 2022 por Lector Disléxico)

Uno de los personajes más interesantes de la así llamada «literatura novosecular nicaragüense» es, a nuestro ver, el poeta César Membreño, nacido en Managua en 1987 y cuya obra, dispersa durante un tiempo en publicaciones ya desaparecidas y hoy prácticamente ilocalizables, puede leerse como una increpación delirante hacia el Estado y sus mecanismos de control (y una cachetada acaso involuntaria a la in/consciencia de clase pequeñoburguesa). Desoír el desuello del sueño, que publicó la editorial Fierroviejo a fines de 2013, es su único libro conocido. Un libro atípico en su tradición, no tanto por los temas que plantea (Ernesto Cardenal, guerrillero frustrado y sacerdote; Leonel Rugama, sacerdote frustrado y guerrillero; o Beltrán Morales, simplemente frustrado, serían buenos y muy obvios referentes), ni tampoco por su desmesura (las poco más de quinientas páginas que ocupa la obra de Membreño podrían cotejarse, aunque solo fuera por su forma, con el Cántico cósmico de Cardenal), sino por la violencia de sus imágenes, de su lenguaje y de los conceptos que elabora como en una pesadilla asfixiante, una violencia que atenta ante todo contra la materia misma del poema, pero de cuya marea exacerbada no escapan ni la sombra del silencio, ni mucho menos el propio poeta en carne, hueso y alma.

Tal vez por su carácter cuasi-póstumo y la leyenda que envolvía a su autor al momento de publicarse, el libro gozó de un éxito instantáneo que, sin embargo, no comportó mayor beneficio para Fierroviejo. La editorial tuvo que retirarlo de circulación luego de una querella con la familia de Membreño. Además, el texto, que llevaba rodando un tiempo inédito entre los allegados del poeta —otros escritores jóvenes nicaragüenses no menos ofuscados pero más atentos a la pose que a la fatalidad de la escritura—, era ya bien conocido en el mundillo literario. Y si bien Desoír el desuello del sueño no resultó al principio interesante para ninguno de esos primeros lectores (suponiendo que lo hubieran en realidad leído), el libro se empezó a convertir en una suerte de obra de culto luego de que César fuese dado por desparecido cuando, una mañana, sin decir nada a nadie, se vistió como si fuera a una cita importante, se metió la cartera al bolsillo del pantalón, salió de la casa donde vivía con un grupo de amigos (Gabriel, María, Ricardo, Lorena), una casa sombría que rentaban entre todos en un barrio céntrico y aparentemente calmo de Managua, de esos barrios que la expansión algodonera había permitido construir el siglo pasado a alguno de los Somoza para la naciente clase media nicaragüense, uno de esos parches absurdos que toda tiranía encola al bote o la canoa o el colocho de limón que, sin importar la maniobra, acabará naufragando en las honduras del vaso de whisky o chicha bruja que una mano cada vez más enferma sostiene en nombre del Bien Común, y tras marcharse así, como quien sale del río o del estanque con los pulmones anegados, ya nunca más volvió. Tenía veintitrés años.

Una semana antes César había sido despedido de La Prensa, donde trabajó desde 2008 cubriendo lo que lo mandaran a cubrir y escribiendo notas, que en su mayoría no llegaban a noticia, acerca de la farándula nicaragüense (algún pariente del editor en jefe, alguna conocida de un periodista viejo y mañoso, una recomendada del gerente, menos viejo y más mañoso) o, cuando el reportero de la sección no se daba abasto, sucesos violentos ocurridos en los barrios bravos de la capital, historias de sangre, la desgracia ajena que vende ejemplares. El día de su despido, comunicó a los demás habitantes de la casa que las diferencias ontológicas —así lo había dicho— entre el periódico y él hacían ya imposible una relación de cualquier tipo, incluida, por supuesto, laboral; o sea, de todos modos yo ya iba a renunciar, loco, vos lo sabés bien, dijo a Gabriel ya con la carta del periódico en la mano, tras volver a casa caminando desde la sala de redacción, en Carretera Norte, no muy lejos del lago Xolotlán, tomándose su tiempo entre las callejuelas sucias y los andenes atiborrados de casas a los que se metía para alargar innecesariamente la distancia. La noche se instalaba algo indecisa. Sentado frente a él en el sofá desfondado del porche de la casa mientras se empinaba un vaso de cerveza, Gabriel sonreía y aprobaba las palabras de su amigo con un gesto. Un ritmo urgente y desbocado alteraba desde hacía unas semanas los aspectos más elementales de la cotidianidad de César. Él y Gabriel habían sido los primeros en ocupar la casa, y desde que se mudaron a mediados de 2010 tras abandonar el seno de sus respectivas familias, aceptando que una emancipación en solitario habría tenido mucho menos garantías de éxito, empezaron una dinámica de exploración teórica, por decirlo de algún modo, en torno a la cuestión de la libertad individual y colectiva; se habían propuesto, tras largas y enredadísimas conversaciones que ocurrían a toda hora mientras no vendían su fuerza de trabajo, y generalmente alrededor de un litro de cerveza cuya justificación era innecesaria, pero que igual se asumía como un remedio inevitable contra la presión sofocante de un trópico travestido en urbe a fuerza de necedad o necesidad, encontrar una vía de escape del «sistema» o, dicho en prosa: vivir sin trabajar.

Para comienzos de 2011, cuando a Gabriel y César se les habían unido —en este orden— María, Ricardo y Lorena, el sitio en que vivían era ya conocido como la Casa Absurda. Un lugar que poco a poco ganaba cierta reputación entre la cada vez más amplia red de amigos y conocidos que se aparecían por ahí todos los días a cualquier hora. Aparte de su tamaño (cuatro habitaciones, cocina, dos baños, sala de estar, área de lavado, porche enladrillado adelante y un pequeño patio atrás, todo en una planta), su atractivo era la ubicación: barrio clasemediero cerca del centro o lo que se llama a veces el centro de Managua, cerca de donde ocurre toda la acción más, por decir, urbana y pública. La Colonia Centroamérica tenía en su microcosmos, además de muchos árboles de chilamate, bares y cafeterías, comiderías y ventas de fritanga, pequeñas tiendas, un par de escuelas y hasta una iglesia, y conectaba a la vez con algunas de las zonas más acomodadas de la ciudad y con barrios mucho menos privilegiados. Desde la perspectiva trastocada de César, la casa estaba convirtiéndose en un modesto y caótico punto de encuentro de la joven intelectualidad metropolitana, aunque lo cierto es que para sus vecinos, que los veían como lo que en realidad eran: extraños recién llegados al barrio, la casa era más bien una fuente insoportable de ruidos y olores sospechosos, un lugar en permanente fiesta tardoadolescente, un metedero de cipotes impresentables, un estorbo. Años después, cuando Fierroviejo hizo el lanzamiento del libro del ya desaparecido César Membreño, casualmente en la misma Colonia Centroamérica, donde la editorial compartía oficinas semiimprovisadas con la revista 38Grados en casa de su director, se presentó un monólogo interpretado por la actriz y dramaturga Elena Pabloni, que se refería sí misma como la sobreviviente de un crimen que el Estado había cometido cobardemente contra un grupo de jóvenes por protestar frente a un edificio de Gobierno. El monólogo da una idea de la dinámica de la Casa Absurda.

(Elena, tirada en el piso dentro de una gruesa bolsa de plástico negro sellada con un mecate color escarlata, comienza hablando en voz baja y relajada).

Elena.—Ahora venís a preguntarme muy tranquilo sobre La Banda del Pico Rojo, ¿no? ¡Qué diaverga! Pues no voy a hablar de eso, muchachito, te jodiste (su voz llega a la audiencia naturalmente en sordina): cada quien usa las nomenclaturas que le convienen en este remedo patético de París-Tropical-Sesentero: Casa Absurda, Casa Tomada, #Les2000, Nicaragua 2.0, exiliado, outsider, patafísico, tuitero, bloguero, independiente, open mind [open legs]… nombres asignados o autoimpuestos que siempre enmascaran lo mismo (Elena permanece inmóvil en el suelo mientras su rostro resalta a través del plástico y el volumen de su voz aumenta): jóvenes-en-eterna-adolescencia cubiertos de caramelo postmoderno postestructuralista postpop postHistoria y rellenos de centro líquido autodestructivo, de cinco a cuarenta grados alcohólicos, gaseoso [buenísima combustión herbácea] o en partículas blancas que, te aseguro, no es harina para ravioli; puras excusas de niños puritanos en disfraz de libertinos, provincianos alucinando una Gran Urbe [¿una gran ubre?] para sacarse las pollas endurecidas a huevo (ahora parece comenzar a sofocarse: sus manos se estiran como queriendo romper la bolsa) y pelarse las rajas peladas o peludas, depiladísimas o montarascudas, y montarse los unos sobre las otras o más frecuentemente las unas sobre los otros (hace una pausa breve y sigue, siempre en voz alta pero más lento, y dando sacudidas algo violentas con su cuerpo), sin descartar los unos sobre los ortos y, por supuesto, las unas sobre las ostras, una sola melaza de fluidos corporales que se acumulan en solidaridad redentora a la espera del aluvión que inundará por fin, líquido viscoso blanquecino (su cuerpo se retuerce en el suelo), las calles de Managua para limpiarlas de la inmundicia estática que de sus culos dejan caer con indolencia los caballos cocheros mal llamados ciudadanos, nacionales o extranjeros, o sobre todo apátridas… ¡ah! (el suspiro suena adolorido, angustioso, urgente), la discusión de moda que dilucidará de una vez por todas cuál es (finge la voz de un dirigente político) «la ineludible tarea de la juventud» que vio encaramarse una vez más a los de siempre (acelera y sube más la voz, que sale airada) en la destartalada tarima de la Historia Patria, con sus discursos y contradiscursos (hace otra pausa, esta vez más prolongada, y sigue con el mismo tono), su Revolución de conceptos que colisionan unos contra otros, anulando términos, inflando cabezas de consignas cada vez más huecas: «¡Patria Libre o Morir!»; «¡El Pueblo Unido Jamás Será Vencido!»; «¡Juventud, divino tesoro… [sí (en este momento sale de la bolsa negra y se pone de rodillas, toda cubierta de lo que parecen ser sangre y otros fluidos corporales), la juventud que, por un lado, brinca cual cabrito al ritmo de reggaetón o grita, los nuevos Leonel Rugama (se pone en pie), “¡Que se rinda tu madre!”, seguido del nombre del rival de su equipo de futbol español favorito: “¡Que se rinda tu madre, Madrid!”, o se reúne en sitios como la decadente Casa Absurda a ver películas {no te voy a negar que buenas pelis}, oír {buena} música, fumar {buenos} porros, tomar, discutir, fumar, tomar, discutir y, si hay con quién (baja la voz y se da la vuelta, dando la espalda al auditorio), coger un par de horas de forma desenfadada, sexo recreacional, deportivo y si es posible anónimo, sin compromisos, porque odiamos los compromisos, superficial como el disfraz de hipster o neohippie que llevamos siempre, intelectuales o, como escribió César Membreño en algún sitio (camina hacia la salida y desaparece, pero su voz en off sigue escuchándose como si no se hubiera ido): intel/actuales e inte/luctuales; César, que desapareció de escena antes de que el telón cayera, sus líneas repartidas entre los demás actores malogrados; César, el único habitante de la Casa Absurda a quien yo conocía personalmente y a quien la única vez que estuve allí no alcancé a ver sino hasta la mañana siguiente, cuando, sin notar mi presencia, salió en camisa manga larga celeste y pantalón azul oscuro] (la luz empieza a apagarse y la voz en off de Elena va también perdiéndose en el espacio) ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro»…

Durante los últimos dos o tres meses previos a su desaparición, es decir, antes de abandonar la Casa Absurda y que ninguno de sus amigos o conocidos volviera a saber algo de él, dejando así lo que podríamos llamar la vida pública sin que su familia rompiera jamás el hermetismo en cuanto a su paradero, César discutía constantemente acerca de «la condición humana» y «la revolución inminente» con quien pisara la casa, que por entonces recibía visitas de propios y ajenos todos los días y a toda hora, y cuando iba con sus amigos a un bar no resultaba extraño verlo acercarse a cualquier mesa y ponerse a leer en voz alta, a menudo sin previo trámite, fragmentos aleatorios de cualquier libro (novela o poemario, sobre todo) que luego relacionaba con lo que él veía o decía ver (o creía ver) en el ambiente, con lo que ocurría o estaba a punto de ocurrir en la vida pública nicaragüense, una tolvanera inminente que en lugar de partículas de polvo e inmundicia urbana traería, según él, un amasijo de gritos y tinieblas anegadas en sangre, lágrimas y bilis, una confrontación inevitable entre bandos poco o nada interesados en las razones y pasiones del otro, una visión macabra que siempre resumía en dos palabras: «la situación». Y la situación por esos días del ya lejano 2011 tenía sobre todo que ver, siempre según él, con el proyecto que el Partido impulsaba desde la dirección del Estado, un proyecto autoritario tendiente al totalitarismo que provocaba no pocas tensiones entre distintas capas y núcleos de la sociedad, tensiones que incluso los veinteañeros de la generación sórdida de la que César formaba parte percibían y reproducían.

Uno de esos días a César se le ocurrió la idea de hackear los periódicos nacionales, incluyendo La Prensa, donde todavía trabajaba y que pertenecía a una de las familias más rancias e influyentes de la oligarquía nicaragüense, y El 19, que era el órgano semioficial del Gobierno y pregonaba representar los intereses del pueblo. ¡Panfletos oportunistas!, le dijo en un susurro apenas contenido a Lorena, con quien por entonces mantenía una relación y en cuya habitación ahora dormía; podríamos colgar un manifiesto donde demostremos cómo manipulan la verdad y cómo polarizan a la sociedad irresponsablemente, añadió mientras ella acababa de vestirse para salir a trabajar. Gabriel, María y Ricardo todavía no se levantaban. César tenía un horario distinto, su jornada laboral iniciaba varias horas más tarde y usaba las mañanas para involucrarse en discusiones agitadas en los foros de internet, polemizando unas veces con partidarios del Gobierno y otras con opositores que reducían todo al consabido blancoynegro. Y aunque sus planes subversivos nunca pasaron de retórica confesional, parecía tomarse cada vez más en serio la tarea de plantar semillas de indignación e inconformismo. Poco a poco empezó a abordar a personas en la calle, durante unas caminatas que lo llevaban a todos los rincones de Managua. Hablaba con quien pudiera o se dejara: chicos que iban a la escuela o volvían de ella, universitarios que aprovechaban las horas muertas para hacer alguna vuelta o divertirse, amas de casa que barrían la acera o regaban agua para espantar el calor, vendedores ambulantes, gente que pedía dinero, vagabundos, huelepegas, pandilleros. También hablaba solo todo el tiempo; hablaba en voz alta sobre «el estado actual de cosas»: estamos en una encrucijada, se decía a sí mismo, tenemos que hacer algo, añadía agitando los brazos, estamos sobre el filo de un machete sarroso, la coyuntura es apremiante… y pasaba a perorar acerca del peligro oculto en la coexistencia entre personas con una comprensión bidimensional de la realidad y otras cuya mentalidad es tridimensional o aun multidimensional. Gabriel, que no era poeta, y María, que lo era a escondidas, oían las razones de César y coincidían con Ricardo, que estudiaba psicología en la universidad, en que su compañero de casa iba en la senda correcta a la iluminación y que ya no había que preocuparse más por él. Durante varias semanas a comienzos de ese año, cuando aún Lorena no llegaba a vivir con ellos, César había sido motivo de observación constante por parte, sobre todo, de Gabriel y María, que temían que el reciente suicidio de uno de los amigos poetas de César, con quien colaboraba en una revista literaria más o menos prestigiosa, pudiera afectar su siempre frágil estabilidad emocional.

Ahora, según ellos, todo era distinto. Y ni la muerte repentina del padre de César, ocurrida pocos días antes de ser despedido del periódico y la cual apenas comentó refiriendo que el hombre lo había abandonado antes de aprender a hablar, ni sus hábitos de sueño más que tóxicos, nulos (había dejado de dormir del todo desde hacía varios días), o el descuido inocultable de su higiene personal y la casi nula ingesta de alimentos, eran señal de alerta para ninguno de los tres. Solamente Lorena lo veía con angustia. Él, sin embargo, le decía que todo estaba bien, que pronto encontraría la respuesta que necesitaban, que era nomás cuestión de tener paciencia y que confiara en él y lo apoyara. Un par de días después que despidieran a César, Gabriel comunicó a los demás que había renunciado a la agencia de publicidad donde trabajaba; ahora es cuándo, dijo Gabriel: hay que echar a andar el proyecto, refiriéndose a la idea de convertir la casa en una suerte de comuna autosostenible. Poco después organizaron un cinefórum nocturno que tendría la atmósfera de un compacto bacanal. Iba a ser la última noche que verían a César, aunque ellos, por supuesto, no podían saberlo todavía.

César había ido a visitar a su madre con Lorena, luego de varias llamadas telefónicas de la señora, que no ocultaba su preocupación por el hijo («mi único varoncito») al que veía desdibujarse. Cuando volvieron, la Casa Absurda estaba ya invadida y ambos se integraron a la fiesta. César se puso a platicar con algunos amigos de María y un rato después, ya solo, se quedó absorto, ensimismado, completamente enllavado frente a una pizarra acrílica que había en la sala. La música y las voces de Gabriel, María, Ricardo y sus amigos se oían cada vez más lejanas, como si César estuviera en el fondo de un estanque infinito y los demás, moviéndose en la superficie oscura y arrasada por una fuerza antinatural y ahistórica, se hubieran olvidado de él. César estaba ido, garabateando números y operaciones matemáticas poco o nada comprensibles; estoy por dar con el modelo, decía, hay que intervenir, hay que intervenir, añadía agitado. Lorena lo veía con preocupación, pero había poco que pudiera hacer: todos los demás le daban cuerda a César —aunque él parecía no percibir la presencia de ellos a su alrededor— y de verdad daba la impresión de que estuviera haciendo algo completamente lógico y normal y que la rara fuera ella. ¡Ya sé cómo escapar del sistema!, dijo de súbito emergiendo del estanque a poco de ahogarse. Dejó de escribir en la pizarra. Llevaba un par de horas ahí, escribiendo y borrando, borrando y escribiendo, y justo en ese momento Ricardo se acercó a Lorena y le propuso llevarse a César a la habitación con ayuda de otro chico (Ricardo era bajito y delgado) y ahí César se quedó por fin dormido.

La fiesta, desde luego, continuó. Los demás empezaron a ver la película en una pantalla (en realidad una sábana alguna vez blanca) en el porche. Era medianoche. Lorena decidió quedarse con César para cuidar que no se despertara. Él estaba inquieto, temblaba, daba brinquitos, hablaba dormido, sin que pudiera entenderse nada de lo que decía. Pasaron las horas y, al irse apagando los ruidos de los otros chicos, Lorena pudo dormir más o menos tranquila, pero se despertó no mucho después, poco antes de que amaneciera. César recién se había levantado. Sin volverla a ver, salió del cuarto y se puso a planchar una camisa azul celeste en la sala, donde alguna gente de la noche anterior todavía dormía, acomodada donde era posible. César se cambió de ropa, agarró su billetera, vio que tuviera dinero, su tarjeta de débito, su identificación, y la metió en un bolsillo de su pantalón. Lorena lo seguía a una distancia prudencial, pero él continuaba sin verla, como si ella no existiera o como si él estuviera en otra dimensión o en un sueño. Finalmente él salió de la casa sin decir nada y cuando Lorena llegó a la sala con la intención de perseguirlo y gritar su nombre, averiguar a dónde iba o qué pasaba, vio que César había escrito algo en una pared con letras grandes:

TODO ES MENTIRA

SOMOS LIBRES

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