K-Guai, por Edgar Ortega (Venezuela, 1992)

Edgar Ortega (Venezuela, 1992). Vive en Ocumare del Tuy. Es licenciado en Filosofía por la UCV y estudiante de Letras en la misma universidad. Actualmente es profesor en la Escuela de la Filosofía de la UCV, en el Departamento de Filosofía de la Praxis y también se encarga del Taller de Escritura Filosófica. Ha participado en varias ponencias en la Semana de la filosofía, y recientemente en las últimas Jornadas de Investigación de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV. Tiene una crónica llamada De policías y ladrones que está publicada en el libro recopilatorio de PROVEA, Lo que se cuenta no se olvida. También, su cuento Ascenso fue uno de los seleccionados en la V Edición de Brevelectric.

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Para Jessedith García Cordero,
porque sus ojos sí son kawaiis

La primera vez que K se sintió diferente a los demás fue en el patio del colegio. Había llevado una katana de juguete que su papá le había comprado. K era aficionado del animé y pensó compartir su nueva adquisición con los demás niños del salón. En apenas segundos, confirmaron su error. Los demás niños se rieron de él. Decían que la espada no era un juguete de verdad, que debía jugar con figuras de acción o balones, pero el arma de plástico solo era niños asustadizos. K se retiró humillado al salón mientras veía cómo sus compañeros estiraban sus ojos con los dedos e intentaban imitar el idioma chino. «Son todos unos ignorantes», pensó K.

La situación se mantuvo en primaria y secundaria: muy afeminado para los jóvenes, que hablaban de cosas serias, fútbol, carros, novias, pero muy raro también para los excluidos, puesto que no entendían cómo a su edad no estaba interesado por chicos o chicas reales, en cambio, sí suspiraba por dibujitos. K solía encontrar hojas en su bolso donde aparecía besando muñecos. Algunos dibujos eran normales, otros tenían personajes de varios brazos o el cabello exageradamente largo. En esos dibujos, que también podía encontrarlos por las paredes del liceo, se veía besándose con Batman y Spiderman, «Ni siquiera saben que no pertenecen al mismo universo», les decía, pero pronto entendió que era mejor permanecer callado: cada amago de defensa se ahogaba en estruendos de risa, señalizaciones y bolas de papel que caían sobre él. En sus años colegiales vio la contradicción constante de sus compañeros, que mientras criticaban sus dibujos, iban ansiosos al estreno de películas de superhéroes. «Muchos aquí no entienden qué es la ficción», decía para sí mismo.

En su casa la situación no era muy diferente. De niño consentían sus gustos y le regalaban los juguetes que pedía, pero a medida que crecía sus padres notaron que no maduraba. K prefería quedarse en casa viendo sus series o jugando videojuegos. Fueron inútiles los diversos intentos de sus padres para que saliera y jugara con los demás niños del edificio. Su hermano se había rendido hace años. «No hay forma de sacarle esos chinos de la cabeza», repetía con insistencia. Él y K veían las mismas series de niños, pero su hermano sí maduró, era sociable, creció para convertirse en aspirante a jugador de fútbol profesional, hizo amistades rápidamente y era alguien muy apreciado en el edificio.

La convivencia resultaba insoportable. Los comentarios del exterior, los que escuchaba su mamá, papá y hermano, lo atormentaban. Las vecinas «Esas viejas despreciables», como les decía, con sus lenguas afiladas, realizaban comentarios que trastocaban a su mamá. Era inevitable ver a K y no pensar en los tiroteos que se realizaban en otros países, noticias sobre cómo el joven niño de una familia, amigable, tierno, y que de un día a otro, asesinaba a sus padres, dibujando símbolos satánicos en las paredes. Su madre llegaba repitiendo en voz alta lo que las señoras decían, y K siempre le recordaba: «Mamá, los hijos de esas señoras, buenos cristianos, fuman marihuana en los estacionamientos y roban a los niños. Déjame en paz». Ciertamente, los ataques eran esporádicos, porque, en realidad, K no molestaba a nadie, apenas se hacía sentir. Era su diferencia lo que a veces rechinaba.

Llegar a la universidad fue un alivio para K, no porque consiguiera su nicho, aunque veía a muchos con camisetas, llaveros o algo que anunciaba su afición, sino porque nadie le prestaba atención. La convulsa vida universitaria le permitía pasar desapercibido, todos atendiendo de sus respectivos asuntos. Encontró su pequeño paraíso que consistía en pasar todo el día fuera de su casa, volver y encerrarse en su cuarto para hacer sus trabajos o ver sus series.

Cabría pensar que K era un lobo solitario, pero en internet tenía muchos amigos. Era moderador asiduo de un blog llamado Nihon en LATAM n///n, donde compartía con semejantes gustos por nuevos capítulos de animés, manga, J-rock, noticias sobre videojuegos y demás. También había un espacio para experiencias y reflexiones personales, donde cada uno hablaba de su vida y las dificultades de enfrentar un ambiente hostil. Esa comprensión era lo que evitaba a K sentirse extraño dentro de su mundo, le daba la confianza de no saberse fuera de línea, de saberse parte de un grupo, pero que fuera de sus gustos, deseaban, sufrían, reían igual que los demás. ¿Por qué, entonces, tenían que obligarlo a ser como otros?

Pronto llegó el punto de inflexión en la vida de K. Asistió a la universidad en medio de dudas. No sabía si habría clases, las noticias no eran concretas y los profesores muy ambiguos. Aun así, y deseando salir de casa, K fue a la universidad para encontrarse con una de las tantas protestas que explotaban en su país. El bullicio era insoportable, la muchedumbre se concentraba en las distintas entadas del campus. Se gritaban consignas, cánticos coreografiados, y los militares, amenazantes, los veían impasible. De repente, comenzaron a llover objetos, piedras, palos, cualquier cosa que sirviera de arma contra los militares, y estos, como respondiendo a un acto automático, quizá programados, atacaron de vuelta: se escucharon perdigones, bombas lacrimógenas, intensos chorros de agua. La confusión aumentaba y K no sabía qué hacer. Un chispazo primitivo lo obligó a moverse. No sabía adónde ir, pero corrió. En su escape, pudo ver cómo los estudiantes eran atacados y brutalmente golpeados, muchos huían, tropezaban y se llenaban de tierra, solo para encontrarse con los golpes de los militares. K notó cómo entre cada golpe, cada acto de violencia, se escuchaban risas. La captura de algún estudiante era la recompensa, apostaban por quién agarraba más, y en dicha captura, también les quitaban objetos de valor. Las humillaciones era lo que más le preocupaba a K, y precisamente el día que no había reparado en su ropa y salió con una franela de su serie favorita. Además, el porte famélico, el zarcillo colorido, los llaveros y las chapas: K era un objetivo deseable.

Un grito marcial, pero mal pronunciado, lo sacó de sus cavilaciones. Detrás de unos arbustos, se aproximaban tres hombres amenazantes. K giró sin cuidado, trató de correr, pero no logró equilibrarse y finalmente cayó. No ofreció resistencia y los tres sujetos lo dominaron. Registraron su bolso, pero no consiguieron nada importante. Molestos, y a punto de golpearlo, uno de ellos se fijó en su camisa. «Menor, pilla lo que lleva el carajito este. ¿No son las comiquitas que ves tú, Yonder?», los otros dos sujetos se rieron y Yonder frunció el ceño. K se percató que los hombres hablaban mal. Prestó atención a sus ropas, y debajo del uniforme, que era más bien un disfraz, pudo notar la mirada del difundo presidente. Ahí estaba, mirándolo, acusándolo, una mirada que dominaba toda la ciudad, como una suerte de Gran Hermano tercermundista, pero no por ello menos peligroso y despiadado. En la memoria de K, los ojos del difunto presidente eran sinónimo de perversión, de actos viles y fuera de todo orden. Yonder y los demás no eran militares, pero poco le importaba, todos participaban de esa mirada, todos eran responsables del caos y también de su propia desdicha. Luego de las risas, los empujones infantiles, y al ver que no traía nada consigo, los tres golpearon a K hasta el cansancio.

K despertó más tarde en la enfermería de una facultad. Tenía la ropa rasgada, sin bolso y con un fuerte dolor de cabeza. Se levantó con esfuerzo, se escabulló entre heridos e inconscientes y se marchó a casa. En el camino de regreso se encontró con la mirada inescrutable del difunto presidente. «Haré que te calles la puta boca», pensó K antes de cerrar los ojos y quedarse dormido.

Meses después una noticia conmocionó al país: los ojos del difunto presidente, ese que tan dignamente se mostraba en marchas y cadenas del gobierno, aparecieron trastocados en la avenida más transitada de la ciudad. No eran los ojos casi cerrados y negros, estos ahora eran grandes, extraños, con enormes figuras blancas dentro de ellos. Las personas no entendían qué era lo que sustituía a los ojos. Fueron muchas las hipótesis, cada una más rebuscada que la anterior, hasta que alguien, uno de estos viejos de memoria milenaria, y bastante apenado por admitir sus gustos, dijo que se parecían a los ojos de Anthony, uno de los personajes de Candy Candy. El estupor fue general: alguien se había atrevido a destruir la mirada acusante del presidente por unos ojos japoneses y antinaturales.

Lo que parecía una simple broma se transformó de pronto en un ataque. Todos los días la mirada con los ojos animé se multiplicaban por la ciudad. Las alcaldías de los municipios actuaban rápido y pintaban de nuevo la mirada original, pero apenas en horas regresaban los enormes ojos caricaturescos. Internet tomó el chiste y reprodujo imágenes constantes, reportajes sobre los posibles responsables, memes, mercancía. El difunto presiente con ojos animé era una sensación.

K se reía del ánimo general. Luego del ataque de los militares, juró que se vengaría de alguna manera. Escribió en el blog su experiencia y consiguió rápida respuesta. Expuso su plan y fueron muchos los que concordaron con él: la mirada era el símbolo que debían destruir. Armaron grupos, compraron pintura, planificaron los ataques y las áreas. En un principio, querían dar un aviso general, y por eso eligieron la avenida principal de la capital. Luego escogieron lugares lejanos a sus hogares y en los cuales sabían que obtendrían apoyo. Y acertaron, porque cuando la alcaldía iba a acomodarlos, los vecinos se oponían diciendo que dejaran a los jóvenes expresarse. El plan fue un éxito.

La situación en casa de K se calmó. Nadie volvió a reprocharle. Incluso, o al menos así lo pensó, parecían animarlo, respetaban sus silencios, lo consentían con sus platillos favoritos. Su hermano era más cercano y hasta le regaló la camiseta de la selección japonesa de fútbol con el número y el nombre de Oliver Atom. Recordaron viejos tiempos.  En el edificio las vecinas le sonreían y lo miraban con la aprobación de un héroe.

En el dibujo las personas encontraron el acto de rebeldía que hace tiempo esperaban, algo que les animaba a levantar la voz y responder a las órdenes bárbaras del régimen. El caos crecía, y en poco tiempo, la risa por la confusión del gobierno se convirtió en descontento, gritos y protestas. Ya no era unos simples ojos, sino la imagen e insignia de la libertad.

K tenía suficiente con la respuesta, pero el gobierno no soportó la humillación. La situación se les iba de las manos y decidieron actuar. Los noticieros transmitían allanamientos en vivo: destacamentos enteros fueron desplegados por toda la ciudad. Su objetivo era claro: atacar el abastecimiento de estos grupos terroristas orientales. Las tiendas de animé fueron consideradas puntos rojos, de extrema peligrosidad. Los militares salían en televisión anunciando sus victorias: «En el día de hoy como tal desmantelamos bandas criminales del Japón. En el lugar de los sospechosos se hallaron armas blancas chinas, ku-kunais, kata-kata, espadas, pues. También se encontraron artículos de brujería con imágenes alusivas a diablos con letras chinas o taiwanesas. Mucho porno de dibujitos y la droga de ellos, el, el opio». Los militares repetían el monólogo siempre equivocándose en las mimas palabras. «La ignorancia es un nido de prejuicios», decía K en voz alta en su casa, con la intención de mostrar quién era el responsable de todo.

La población no creyó el cuento. En cambio, perdieron el miedo. No solo los jóvenes salían con franelas de sus series favoritas: padres, ancianos, comerciantes, todos usaban algo en alusión a la estética animé. Los ojos animé del difunto presidente, Meteoro, Mazinger Z, Sailor Moon, eran las camisetas que más se veían.

K se sentía responsable, quería evitar los ataques indiscriminados, así que decidió hacer un comunicado frontal. Hizo un live en Instagram, usó una máscara negra y la camisa con la mirada animé. «Señores del gobierno, es hora que detengan sus afrentas a los vendedores. Nadie cree sus mentiras. No han encontrado nada y no encontrarán nada, puesto que ellos solo venden juguetes y merchandise de nuestros animés preferidos. Admitan que la barbarie desplegada es respuesta ante la humillación recibida. Se sienten encerrados y tienen miedo de perder el control al que están acostumbrados. Nosotros solo dibujamos ojos kawaii a su presidente, ustedes, por otra parte, nos mostraron la mirada del bobo, del farsante y el bárbaro».

K cometió dos errores en su discurso. El primero, y el más evidente, subestimar a los polifemos de traje. No detuvieron sus ataques, era la única manera de actuar que conocían, pero ahora eran más brutales porque atacaban a cualquiera que llevara algún dibujo en su franela, incluyendo Piolines y Pelanas. La segunda, y la más risible, haber pronunciado kawaii y no escribirlo: los noticieros los bautizaron “Movimiento K-Guai”, «Célula terrorista y altamente peligrosa financiada por el Imperio nipón para desestabilizar la hermandad latinoamericana».

Movimiento K-Guai encontró apoyo popular. Alzó en las encuestas como un grupo de jóvenes con ideas frescas, críticas y contrarias al letargo del gobierno. Se anunciaron convocatorias, las asambleas clandestinas comenzaron a tener sedes: las convenciones de animé pasaron a ser reuniones que analizaban diversas propuestas políticas sin olvidar sus gustos originales: su filosofía fue influenciada por pensamientos de diversos mangakas. Se produjeron más franelas, banderas, escudos, hasta un lema: “Relájate, oni-chan”.

Se convocó a una marcha contra el gobierno. K y algunos miembros originarios la liderarían. Sus padres eran secretarios del movimiento y estaban orgullosos de él. Se puso la franela que le regaló su hermano y salió sin complejos, con la seguridad de conquistar lo que tuviera al frente. K lideró el Movimiento K-Guai a su primera y definitiva confrontación. La ciudad rebosaba de energía, cánticos en japonés, muchos gritaban el lema del movimiento, y los ojos animé del difunto presidente, millones, que minaban la confianza de los militares que tenían al frente. Todos saludaban a K, le daban la mano, lo bendecían en cristiano y en japonés. Vio bandanas ninjas, espadas enormes, sombreros de pajas, furros, hombres y mujeres disfrazados como sailors scouts, uno que otro confundido vestido de Superman o el profesor Xavier, pero todos unidos bajo una mirada. Avanzaron lentamente, después se animaron más, apresuraron el paso.

Pronto se escucharon los disparos, los gritos de auxilio, el desorden, la muchedumbre. Pero K creyó otra cosa. Creyó ver rayos azules, personas volando, discursos y monólogos moralistas, arengas políticas que levantaban el espíritu de sus seguidores. K fue hundiéndose entre todos, no sin antes, por última vez quizás, ver los ojos animé del difunto presiente y gritarle: «Ahora no eres tú el que nos juzga, somos nosotros lo que te observamos. Somos muchos, siempre lo hemos sido, y estamos probando  que podemos tocarte».

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One thought on “K-Guai, por Edgar Ortega (Venezuela, 1992)

  1. Que bien mi querido sobrino! Este trabajo está estupendo. La pluma cuando es guiada por el talento y la verdad es invencible. Sos como el colibrí que llevaba agua para apagar un incendio en el bosque pero, estás haciendo tú parte. Adelante…en horabuena..! Muy orgulloso de ti.

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