Ofelia odonata, por Natasha Rangel (Venezuela, 1994)

Natasha Rangel (Caracas, 1994). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Editora y correctora de estilo en el portal de noticas Crónica.Uno. También forma parte del equipo editorial de la revista Rio Grande Review de la Universidad de Texas en El Paso, donde actualmente cursa una maestría bilingüe de Escritura Creativa. Le interesan la narrativa de los videojuegos de terror, lo insólito, lo femenino monstruoso y matrofóbico, entre otros.

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Ofelia odonata

A Laia

El pánico siempre me hace nacer dioses

Gabriela Cabezón Cámara

 

Cheché salió corriendo desnuda por el monte, un diente de león invertido y en fuga.

Maya puso el celular en horizontal y tomó una foto.

—Muchacha, tienes más culo que las cabras del pueblo —bromeó Sara, un par de horas después, mientras se tomaban unas birras con el dinero que Maya había ganado vendiendo pulseras trenzadas en la calle.

—No está mal —dijo Cheché, colocándose el filtro del cigarro en medio de los labios y haciendo chas chas chas con el mechero.

Maya aspiró hondo, el fuego le iluminó el septum.

Las tres habían sacado los ojos de la madre. Cuando se miraban eran como un espejo de tres lunas. La única manera de diferenciarlas, a veces, eran los tatuajes. Cheché tenía tatuado un Sagrado Corazón en el hombro izquierdo, atravesado por tres espadas. Maya, que estaba fascinada con los dioses de la muerte, se había hecho un Buluc-Chabtan en el antebrazo derecho; y Sara casi le había provocado un infarto a la abuela —pobrecita— después de mostrarle el sátiro de falo enorme que le sonreía a los curiosos junto a su ombligo.

—Esta se ve pavosa, May —Sara señaló otra de las fotografías de la galería.

—¿Qué tiene? Es bonita.

Era Cheché, de nuevo, flotando bocarriba en un estanque. Las ondas del agua le dibujaban las costillas y difuminaban el parche del pubis. El brillo del sol se estiraba por la superficie como una lengua dorada y a los lados caían las hojas de los helechos. Apenas se notaba la escama de quitina en su…

—Todas las ofelias se ahogan. No me gusta, me da mala vibe.

—No seas pajúa, Sara.

Chist, que ya va a empezar la vaina —dijo Cheché, aplaudiendo con el resto del público que estaba en el bar.

Maya lamentó haber tenido que empeñar su Canon. Fue así como pagaron parte de los pasajes de autobús y el hostal de la primera parada del viaje. Luego les había tocado echar dedo para conseguir que les dieran un aventón hasta el centro de la ciudad.

—¿Queda algo para comer? —preguntó Sara.

Los músicos subieron a la tarima y Cheché soltó un gritico bañado en nicotina.

—Nada. Toca oler pega otra vez.

—Nojoda, afuera está haciendo un frío de mierda. Nos sale mejor dormir acá.

—Cierran a las dos.

—No importa, seguro Cheché se cuadra a alguno de la banda —rio Sara.

La respuesta de su hermana mayor fue sacarle el dedo.

Sí, Cheché era la mayor, la universitaria: acababan de aceptarla en un máster de Escritura Creativa en Estados Unidos. Se mudaría en agosto. Tres años internada en un desierto, cerquita del muro de Trump, cazando palmeras sin cocos. Por eso habían decidido irse de ruta una última vez antes del «gran acontecimiento», como lo llamaba Sara. «Nada como pasar roncha con tus hermanas para aguantarlo todo», había secundado Maya.

El vocalista del grupo saludó a la audiencia y dio una intro a la primera canción. Cheché empezó a hacerle coro y se hundió en la multitud como se hunden los niños en los colchones inflables, con el cigarro haciendo trapesismo entre los dedos.

El celular de Maya vibró. Un mensaje de mamá por WhatsApp: «¿Cómo están? Le escribí a Cheché pero no responde».

—Sara, ven —dijo, haciendo clic en la cámara del chat.

—Espera que se me ve raro el flequillo.

Click click, y un pie de foto: «Todo bien, maíta. Pasado mañana llegamos a la playa».

El teléfono de Cheché se había perdido en el trayecto. Una noche, ahogadas en curda, caminaban por la calzada saltándose los semáforos y Sara grababa todo con el celular mientras sus hermanas iban tomadas de la mano. En una de las esquinas tropezó con una alcantarilla y el aparato cayó por el desagüe. Sara gritó que Pennywise se lo había tragado apropósito para arrastrarlas a las cloacas.

La respuesta de mamá: «Dios me las bendiga. Que no las vea nadie».

Maya se quedó colgada de la pantalla de notificaciones.

—¿Sigues esperando que Flora te escriba?

Escuchar su nombre le astilló el gesto y la cabeza: Flora blanda, Flora en plano Nadir con una sonrisa de supernova, Flora gritando, Flora reventándole la frente con una botella de cerveza y corriéndola del apartamento, Flora mordiendo disculpas en el lóbulo de su oreja. Flora.

—Tengo hambre —siguió Sara. Nunca la amilanaban los silencios de los demás, ventajas de ser la menor.

—Tú siempre tienes hambre, Sara.

Su hermana había sido la única hembra en el retén de bebés del hospital cuando nació. La anécdota familiar más contada era cómo, tras acabarse su tetero, las enfermeras le habían tenido que dar el sobrante de otro biberón porque la niña seguía comiendo. Voraz era una buena palabra para describir a Sara. Su apetito abarcaba todas sus pasiones. En el último año había desarrollado una fascinación por las artes circenses que por poco le quita las ganas de acompañar a Maya y a Cheché. Incluso llevaba consigo las clavas de malabares en caso de que pudiera hacer algún dinero en los semáforos, pero en la capital ya no eran tan tolerantes con esas prácticas.

Las dos buscaron a Cheché con la mirada.

—¿Crees que se le note mucho? —voceó Sara.

El volumen de la música las obligaba a hablarse a los gritos.

—Se le había brotado la espalda, pero acá está oscuro.

—¿Tú te has sentido rara?

Maya contuvo el impulso de rascarse las muñecas. Se acordó de la abuela Moraima —pobrecita.

—No, ¿y tú?

—Solo si me imagino cayendo de una cuerda floja.

—Falta poco. En lo que lleguemos a la playa se acaba este peo. —Maya dio un trago largo a su cerveza y golpeó la botella contra la mesa para sellar el augurio.

*

En la calle no se dormía, más bien se esperaba el amanecer como quien afilaba un cuchillo. No es que a Sara y a Cheché les importara mucho eso. Una roncaba y la otra le sonreía a un sueño. Maya estaba despierta. Los estímulos de la ciudad la mantenían alerta. Las motos, las ambulancias, los ecos de las fiestas con reguetón a todo volumen, las cucarachas gordas sobre las bolsas de basura, las secreciones de la podredumbre en el pavimento mezclándose con el aceite de los carros, los pasos arrastrados de los indigentes, el borde del escalón de granito encajado en su nalga. Y el aire, pensaba Maya, el sabor del río Kukenán y de las lagunas azules en el aire. Sus hermanas no lo entendían, pero a ella el río era capaz de alcanzarla hasta en la capital.

El agua de su hogar era un dolor azul y blanco, azul como una sopa llena de ocumos chinos, aunque el mercurio de los socavones mineros era incompatible con la generosidad de los tubérculos. La comparación resultaba absurda, pero Maya estaba cansada y su mente alternaba entre tragedias de alma y de tripa.

Cheché, en el medio, se giró y abrazó la espalda de Sara. Notó que las escamas le habían levantado la piel de la nuca.

La abuela Moraima —pobrecita— decía que lo que les estaba ocurriendo a las mujeres de la región era el intento de la Pachamama por recobrar la voz de su territorio. Cuando comenzaron a desaparecer las indias, la prensa y las ONG hablaron de epidemias de sida, trata de personas, desplazamientos y crisis humanitaria. Y algo de cierto había en todo aquello, pero también se estaba produciendo un fenómeno en el estómago de la selva que a ellas las encontró un par de años más tarde.

Mamá había decidido mudarse. Estaba harta de chequear los precios del gramo de oro y del azote de los militares en la frontera brasileña, que ella cruzaba para contrabandear pimpinas de gasolina. Regresaba a la casa con el cuerpo brillante de sudor, de nafta y de la peste a hombre que se le pegaba en las piernas como parte del pago por dejarle pasar al otro lado sin contratiempos.

De pronto se habían acabado los chapuzones en las pozas después del colegio o beber kachiri a escondidas con los niños indígenas del pueblo. Lo de la abuela sucedió en pleno amorío con Flora —lamiendo sus axilas velludas, su vientre de cunaguaro, saltando en su vacío— así que Maya no había prestado demasiada atención.

Y entonces, mamá había aparecido ante sus hijas, llorando a moco tendido y con una libélula muerta en un frasco de perfume.

*

—Creo que le robé su primer beso. Al menos sabrá usar la lengua la próxima vez —dijo Sara, guiñando un ojo hacia el muchacho que contaba el pasaje para los jeeps.

Las tres se subieron a la parte de atrás de la camioneta. Se metieron los bolsos de acampar entre las piernas. Afuera hacían cuarenta grados, pero Cheché llevaba bufanda y abrigos que le quedaban dos tallas más grandes. Era la solución más práctica para disimular la turbulencia que le había nacido en el omoplato durante la noche. Porque eso era un ala, una turbulencia, un temblor.

Cheché sacó un bolígrafo azul y empezó a escribir frases sueltas en el reverso de una factura que se fundían con la salsa de turno en la radio.

—¿Ustedes qué sueños tienen para la vida? —preguntó, de súbito.

Escribir le ayudaba a ordenar la ansiedad.

—Ufff, qué preguntica —dijo Sara. Lo meditó unos segundos y respondió justo después de que arrancara el motor del jeep. —A ver… pues, viajar. Viajar un montón. Meterme de lleno en eso que llamamos desierto, selva, nieve y volcán… y pues, ayudar gente en el camino, supongo.

—Dios guarde a la nieve, tú tienes demasiada candela —sonrió Cheché. —¿Y tú, May?

—Lo que yo sueño es vivir volando como la abuela…

—Pobrecita —dijeron al unísono Cheché y Sara.

—…volar como loca. Y saber que me muero si me detengo.

Cheché escribió: Las almas viejas consumen el cuerpo más rápido.

*

Nadie podía verlas, esa era la orden de mamá.

Cheché se desnudó. Los zancudos le habían desguazado la parte posterior de los muslos, imitando sin querer la posición de las estrellas en las picaduras. El mar ronroneaba en la orilla.

Lo que sueño, pensó Maya, es estar en tu metamorfosis, comerme mi propia cabeza en un delirio alado para que Flora no siga caminándome adentro, desalojarla de mí, pero no tienes por qué saber eso.

El exoesqueleto incompleto resplandeció en el atardecer.

Qué pequeña se había puesto la abuela, recordó Sara, jugando con las clavas en la arena porque Maya no le permitió armar la fogata. Pequeña como un dedo índice. Ya no se acordaba de ellas. No podían caber muchos pensamientos en un cuerpo tan diminuto, solo el instinto: devolverse a la selva y unirse a las otras hermanas que zumbaban como el nuevo corazón de la Pachamama. Por eso la abuela olvidó la superstición y cuando Sara logró extraerla del frasco —fue la única que se atevió a tocarla— la libélula Moraima se escurrió en la palma de su mano como una flor mojada. A partir de ese día todas la lloraron y la llamaron pobrecita. Su encierro tampoco había traído suerte a sus captores, que habían terminado muriendo en las trochas al tratar de abandonar el país, según les comentó mamá. Pobres los vecinos también, ¿cómo se iban a imaginar que el animalito apostado en la ventana de su casa era la señora Moraima transfigurada?

Cheché escribió: Todas las ofelias se ahogan a menos que les crezcan los dientes.

Miró a sus hermanas y respiró. La playa estaba despejada.

¿Cuál era el sueño para la vida de Cheché?, no se lo habían preguntado, se dijo Maya.

Su hermana mayor entró al agua, sus pasos crearon remolinos de espuma y el cielo se cerró.

Tres años era mucho tiempo, pensó Cheché, ¿cómo recordaría respirar sin sus hermanas?

Se escuchó un trueno.

A Cheché no la perseguía el río como a Maya, pero sí el horror de las bombas hidráulicas horadando la tierra. Tal vez el desierto le brindaría solaz.

Los rayos apuñalaron las nubes.

Árboles de merey, recordó los árboles de merey que intentaron  bloquear las minas, sus frutos contaminados, y sintió que los nudos de las alas se le tensaban en lugar de deshacerse con el agua salada.

Se desató la lluvia.

Las tres, incluso mamá, seguían acunando la selva a pesar de la distancia.

—¡Duele! —gritó Cheché— ¡Duele duele duele duele duele!

Maya y Sara se arrojaron hacia ella. Consiguieron atajarla antes de que una ola la hundiera.

Llovió más fuerte. El horizonte se disolvió de tanto gris.

Recordó la piel humana de la abuela —pobrecita—, seca sobre la cama, que añoraba las planicies, las sabanas.

Shhh, shhh, entendemos, entendemos. Está bien —la arrulló Maya.

—Calma, cariño, vas a hacer que la luna nos escupa —bromeó Sara.

El bamboleo del oleaje las mecía.

¿Cómo va a poder respirar sin sus hermanas?

*

Se fueron. Las tres con el interior hecho ruinas. Convinieron no volver a trazar sus pasos.

Cheché estaba «limpia», el mar había obrado su magia.

La lluvia, no obstante, había causado estragos: en varias zonas del país se había deslizado la tierra. Casas, vidas y caminos se habían perdido. Se enteraron después, en las noticias y por el boca a boca de los lugareños.

Las hermanas se prometieron reconstruir todo desde el barro, como lo habían hecho antes la abuela y mamá.

Lloraron y se sonrieron con miradas idénticas.

El mar se llevó las alas de Cheché hasta el malecón donde pescaban unos niños. Las algas las habían cubierto y las hacían parecer escamas gigantes.

—Tráetelas —dijo uno— seguro nos dan suerte.

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Gina Sales Merino
Gina Sales Merino
Gina Sales Merino
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