Tres poemas de Juan Domingo Aguilar (Jaén, 1993)

Juan Domingo Aguilar (Jaén, 1993). Escritor, comunicador y gestor cultural. Ha sido director del grupo Viridiana Teatro y coeditor de la revista La Novicia. Codirigió la editorial y revista independiente Bichito Editores. Sus poemas han sido traducidos al portugués, al inglés, al árabe y al italiano y han aparecido en revistas como El Cultural, Periódico de Poesía de la UNAM, Círculo de Poesía, Buenos Aires Poetry, Anáfora, Nayagua y programas como Tres en la carretera, Radio3 o Página Dos, TVE. Coordina la sección «Versátiles» en Zenda. Ha sido incluido en antologías como La Grieta (Finalista del V Premio UCOpoética, Bandaàparte Editores) o Prohibido fijar carteles. 30 poetas sin tierra (PUCE, Ecuador, 2022). Además ha antologado Algo se ha movido, 25 jóvenes poetas andaluces (Esdrújula Ediciones) y Piel Fina: poesía joven española (Ediciones Maremágnum). Ha publicado La chica de amarillo (Finalista del I Premio de Poesía Esdrújula), Nosotros, tierra de nadie (XXXIII Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros), 2ª Ed. La Castalia, Venezuela, 2020, y anticine (V Premio de Poesía José Ángel Valente). Es autor de la obra de teatro La mujer del dictador (Accésit VIII Premio de textos teatrales Parábasis) y de la obra de radioteatro Mensaje con cuerpo de mujer (Audiodrama Colectivo, 2022). En 2019 obtuvo una beca de la Unesco como creador residente en Óbidos (Portugal). Fue residente de la XVIII promoción de la Fundación Antonio Gala.

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Qué largo es morir

Qué largo es morir durante toda una vida,
largas las películas, los domingos por la tarde,
las horas extra, tu currículum.
Qué larga la jornada laboral y los estantes del Carrefour,
las retenciones en la A- 92 a finales de agosto.
Qué larga la cola del INEM y las comidas familiares,
la cuesta de enero y las noches
desde que te fuiste.
Este poema, tan largo como la aguja
que clavarán en mi piel cuando despierte
en una clínica
y yo sea mi abuelo.

Saliendo de la estación de Atocha

Ella se fue dejándote solo en la cama.
Con la frente húmeda de tantos besos tristes
y los ojos cerrados por el cansancio, te levantas.
Te arrastras hasta la ducha esperando que el vapor
difumine las imágenes que juraste no volver a crear.
Tus recuerdos son prótesis para un cuerpo mutilado,
piensas mientras las cafeteras escupen humo
como una locomotora o el cruel recordatorio
de los fugaces momentos en los que se esconde la vida.
Un tren se marcha dentro de dos horas,
esperas sabiendo que lo que intentas evitar
es lo que arrastras contigo, siempre.
Entonces vuelves triste a pasear por las afueras,
espías por las ventanas el interior de las casas
tan perfectas como desde lejos parece
la vida de los demás.

La gran familia

Mi abuelo hipotecó sus ideas
por una casa en la playa
a siete plazos,
uno por cada hijo.
Desde entonces cargamos
sobre nuestras espaldas
un ataúd lleno de sal.

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