Vaporwave, por Daniel SanMateo (México-Francia, 1984)

Daniel SanMateo (México-Francia, 1984). Maestro en Filosofía por Universidad Paris-IV Sorbonne. Autor de Luciérnagas en el desierto (Bambú, 2012), Los Ángeles es una escena del crimen (IMC, 2012), Nunca más serás tan joven como ahora (GYRE, 2016). Ha publicado cuento y poesía en Opción, Molino de Letras, Cauces UNAM, Punto en línea, Penumbria, Teoría Ómicron, Axxón, Espejo Humeante, Nudo Gordiano, Principia entre otras.
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Vaporwave

and still he’d see the matrix in his sleep,
bright lattices of logic unfolding across that colorless void

William Gibson

Gaff alzó la cinta amarilla y entró a la escena del crimen.

Sus ojos se adaptaron lentamente a la oscuridad, el cuarto iluminado apenas por una lámpara rutilante. El tenue contraste de luz y sombras perfilaba apenas los contornos del cadáver sobre la cama. El olor, en cambio, era agrio y pujante, la descomposición avanzada de una semana desde la muerte.

El perito le acercó una lámpara.

—No he escaneado la habitación, no quiero perturbar la traza bioquímica.

Gaff asintió. Prefería esa oscuridad a la nitidez del cuerpo expoliado. Avanzó por un costado de la cama iluminando los bordes, casi con pudor. La luz golpeó la piel amoratada e hinchada, la lividez de las uñas, la varicosidad ligeramente perceptible.

Apuntó el haz hacia el buró.

—¡Madre mía!

El perito se acercó y barrió la zona con luz ultravioleta. Los chips de vapor relucieron como piedras preciosas. Una colección nutrida, quizá un centenar.

—Generación siete, cinco horas de viaje de realidad virtual, casi veintiún días de viaje —dijo el perito.

Vaporwave, la nueva droga que cundía en la ciudad, sin efectos secundarios ni daño a órganos, tan sólo un pequeño chip que se insertaba en el lector craneal que todos tenían desde el nacimiento tras la oreja, y un vuelo supersónico de virtualidad mullida y sin resaca.

Éste era el quinto cadáver relacionado con los chips desde hace algunas semanas. Algo estaba mal, quizá el vapor ocasionaba sobredosis en el hipotálamo de los usuarios débiles. O quizá, Gaff comenzaba a sospechar, al hacerse de una buena cantidad, conseguidos quién sabe cómo en el mercado negro, los usuarios se evadían de la realidad por semanas y morían de deshidratación, sus mentes perdidas en los paraísos de algodón de azúcar, absortos del deterioro de su propia carne.

Pero algo estaba mal, los chips de vapor estaban celosamente regulados por el estado y no eran baratos, sólo los ricos podían gozar de esa diversión. Ni siquiera con las versiones piratas alguien podría costear tantos, la cantidad era una pista.

—¿Cuántos créditos por un montón así? —preguntó Gaff al perito.

—A precio oficial sólo algunos podrían pagar esa pila.

—¿Y a precio de calle?

—¿Comprados de una sola vez? No sé, cuatro o seis meses de crédito.

Gaff frunció el ceño. Algo malo sin duda, turbio, alguien dispuesto a gastar tanto en chips seguro necesitaría escapar del mundo.

*

—Un especial por favor —solicitó Gaff a la camarera.

Sacó una vieja libretita y escribió con lápiz. La camarera llegó con una orden de sinteproteína con sintepapas.

—¿Sintecatsup? —preguntó la camarera, Gaff negó con la cabeza—. ¿Es un lápiz? Tiene años que no veía uno.

Gaff se lo colocó en la mano y ella lo inspeccionó con enorme placer. Los lápices eran objetos de otra época, remplazados por las pantallas táctiles. La camarera se lo regresó con una sonrisa.

—¿Has usado vapor? —preguntó Gaff a botepronto.

El rostro de la camarera se ensombreció.

—Una vez, hace mucho.

—¿Y cómo es? —preguntó Gaff.

La camarera cerró los ojos buscando las palabras.

—Lo mejor que me ha pasado en la vida.

—¿En serio?

Ella asintió.

—¿Tú nunca has entrado al vapor?

—Nunca —respondió Gaff y comenzó a comer.

*

El sector nueve era peligroso, ahí se conseguía cualquier dispositivo de bioingeniería por la suma correcta. Drogas antiguas también, usadas por quienes no podían pagar un poco de vapor, ni siquiera aquellos de primera generación. Y armas de cualquier calibre y otros placeres de la carne.

Pero a Gaff le daba igual, esto era parte de su oficio, meterse en la cloaca para encontrar la suciedad, regocijarse con el lodo de la humanidad, los desechados del mundo. Así que andaba alerta en todo momento, las miradas furtivas en los despojos de la vida y la mano lista en la pistola neuralizante.

Buscaba a Murakami para consultar sobre el vapor de la escena del crimen, un viejo amigo, dedicado a las reparaciones electrónicas, aunque en otra vida un físico cuántico en una universidad de renombre. ¿Qué le había pasado?, se preguntaba Gaff siempre. Pero Murakami nunca revelaba su secreto y se contentaba con el presente. Parecía feliz y eso bastaba.

Gaff tocó la puerta de un local desvencijado. Esperó. Tocó nuevamente. Abandonó la idea de entrar por la puerta y caminó hacia el callejón trasero. Ahí escaló por el tubo de desagüe y forzó una ventana para ingresar al edificio. Sacó su pistola de servicio e iluminó con un cartucho de gas.

La luz mortecina destelló en las paredes sucias de gomina y soldadura. Mesas con componentes electrónicos, motherboards con procesadores fundidos, cables de mil colores. Gaff avanzó por un pasillo hasta que escuchó voces. A tientas se colocó junto a un armario desde donde podía ver la habitación.

Murakami lloriqueaba. Gaff contó tres hombres vestidos con neopreno tubular, trajes especiales para visitar el mundo virtual por periodos extensos, muy raros entre los ciudadanos normales. Escuchó los golpes secos. Desde su escondite Gaff miró la escena, Murakami escupió sangre y suplicaba por su vida.

¿Quiénes eran esos hombres?

No importaba, ya después se enteraría, ahora tenía que rescatarlo, la amistad y la decencia prevalecían siempre.

Preparó su pistola. Tomó aire y saltó hacia la habitación. Rodando por el suelo disparó tres cargas que impactaron a dos. Al tercero le rozó el casco y con la confusión logró escabullirse por el pasillo anterior. Gaff fue tras él, pero el hombre detonó una bomba química a su paso. Gaff sintió el ardor en la nariz. Habría que regresar, en segundos todo el gas inundaría el edificio y se tendría que evacuar la calle entera.

Regresó por Murakami. Lo cargó como un costal hasta la salida donde ambos respiraron a grandes bocanadas. Gaff sacó el intercomunicador y solicitó un equipo de limpieza. Gritó la alerta con los últimos pulmones que le quedaban para que todos abandonaran el área. La nube crecía y el sector nueve se tornaba segundo a segundo un peligro tóxico.

Pronto llegarían los de limpieza. Mientras que no hubiera más muertos que lamentar la visita habría valido la pena.

*

Gaff abrió los ojos. Estaba canalizado de un brazo y la luz pálida iluminaba un cuarto de hospital. El jefe dormitaba en una silla contigua. Gaff le habló, su voz como venida de ultratumba.

El jefe se espabiló y se acercó.

—Te quedan cinco vidas, gatito.

Gaff intentó erguirse.

—Llamaré a la enfermera.

Una enfermera con traje plástico estéril ingresó a la habitación. Tras varias negativas argumentando cuestiones sanitarias, terminó aceptando y le retiró el suero.

El jefe ayudó a levantarlo, Gaff vistió su ropa vieja que estaba, una visión curiosa, doblada sobre la mesita de la esquina.

—Te desconocía sin los harapos de siempre —dijo el jefe burlonamente.

Caminaron a la habitación contigua.

Ahí tenían a Murakami sedado, supervisado por tres agentes. Su condición era crítica. Lo habían operado al llegar, inhaló el gas y tenían que desintoxicarle los pulmones. Le cambiaron las costillas deshechas por los golpes por unas de nuevas de tungsteno. Se las cobrarían a plazos en el hospital.

Gaff deseó que Murakami tuviera seguro.

—¿Qué hacías con Murakami? —preguntó el jefe.

—Corroborar corazonadas.

—Le salvaste la vida —dijo el jefe acercándose al buró junto a la cama, ahí tomó una tableta digital—. Te dejó un mensaje.

Gaff leyó: Busca al monje en el vapor.

*

El monje, ya habían escuchado ese mote, en la boca de un muerto.

Los habían llamado para asistir a una escena del crimen hace tres semanas, escena similar a la del más reciente fallecido. Un cuarto en un sector empobrecido, habitación sucia y vomitiva, el cuerpo demacrado a lado de una pila impresionante de vapor.

Los peritos ya barrían la escena cuando el muerto despertó, una voz diáfana que sonaba a cristal roto.

Todos tuvieron un susto, pero de inmediato se llamó al equipo de médicos. Tomaron signos vitales y le conectaron sondas con sueros.

Gaff y otro detective atestiguaron la escena, contra la pared para dejar trabajar a los rescatistas. Pero el muerto no duró mucho en su resurrección, su voz lamentosa se adelgazó con la mención del monje.

—Monje, monje, monje —dijo con una voz decreciente hasta perderse en la negrura de la nada.

En el momento no había parecido gran cosa esa información, la mención de un ser dedicado a la vida del alma en el momento mismo en que el alma real de la persona abandonaba su cuerpo. Quizá un llamado final hacia un destino más allá de la muerte, como repasar la vida como un carrete de película en el último segundo de vida, o clamar a Dios o a la madre perdida.

Pero ahora los hilos se cruzaban y los nudos se hacían reales. Así que los detectives barrieron los bajo fondos para hallar al mencionado sin mucho éxito, hasta que un detenido por hackeo de procesadores brindó una pista: Cuadrante Z.

*

—¿Listo? —preguntó el técnico.

Gaff asintió.

El jefe y algunos compañeros de Homicidios lo miraron expectante. La mayoría nunca había entrado a vaporwave, los créditos de la policía siempre insuficientes hasta para las necesidades básicas de la vida.

—Tienes tres horas solamente, el juez no pudo conseguir más. Tendrás un marcador en tu visión periférica, de lado izquierdo, que te avisará del tiempo y los cuadrantes. Por la lectura craneal que le hicimos a Murakami, todo parece indicar que el monje estará ahí.

—Confirma tu suposición y tráenos a ese desgraciado —dijo el jefe.

Gaff ocupó el diván. Miró a sus compañeros. El técnico sin más le insertó el chip en su lector.

De inmediato la realidad se desvaneció y otra más etérea se instaló ante él. El cerebro de Gaff, de pronto bombardeado por los neurotransmisores del placer, se tornó una fantasía de sinapsis en su córtex frontal, el vapor relamiendo el incendio dulce mejor que cualquier droga química.

Vaporwave era cielo de luz de neón y nubes de brillantez perlada. Su cuerpo era cristal de agua, el movimiento un flujo de electrones imantados. Estaba en todas partes y en ninguna a la vez, era cero y uno, probabilidad cuántica, la nada y el todo, energía pura infinita. En su mente el tiempo no pasaba, no había inicio ni final, era una sensación de eternidad.

Poco a poco la mente enfocó sus límites y pudo rehacerse en una singularidad de humanidad virtual. Así, la voluntad retornó con un propósito definido, concentrarse en el marcador y dirigir sus pensamientos hacia el cuadrante Z. Ahí estaría el monje.

Las aristas se afinaron y Gaff caminó por calles hechas de código.

Un edificio en el fondo relucía con una tonalidad distinta, una vibración roja. Sin sutilezas pateó la puerta. Un destello de luz potente hirió su mirada, pero la luz se atenuó al tiempo exacto y Gaff pudo ver dos proyectiles dirigidos en su dirección. El tiempo de su mente conectado con el infinito, la sinapsis como una celeridad hecha de relámpago. Reaccionó, su cuerpo divido en dos como una corporeidad imposible, como células en la mitosis, y las balas de bits en su trayectoria veloz. Con el movimiento inaudito, erraron su blanco. Gaff se reconfiguró nuevamente como uno tras la división la carne y extrajo su arma virtual de la sobaquera y disparó también.

Las balas virtuales impactaron con un sonido seco. Los hombres se derramaron en un charco de sangre pixelada.

Gaff entró en el inmueble hecho de luz y caminó por un pasillo largo. Otra puerta bloqueaba su paso, pero con tan sólo pensarlo, se abrió de par en par. Una habitación con estética nipona, tatami y washi de palidez nacarada, acentuaban la figura en el centro.

Al fondo, el monje desprovisto de su línea de defensa, entendió la derrota y se sentó en flor de loto. Gaff apuntó a la cabeza. Su marcador registró las coordenadas exactas del cuadrante y las envió a la fuente.

—Y aquí estamos —dijo el monje—, preguntándonos los porqués.

—¿Y? —dijo Gaff.

—Parásitos, lo devastan todo. En la finitud lo infinito es una ecuación insoluble.

—¿Pero cree tener la solución?

—Exacto, la solución es sencilla, obvia incluso, pero nadie quiere hacer el sacrificio necesario, los escrúpulos de la vieja fe. El mundo agota los recursos y estamos impávidos ante la catástrofe, todos quieren la evasión. No resarcimos lo que nos ha sido dado por el padre.

Gaff rio.

—¿No lo cree así, detective?

—¿Qué somos parásitos?

El monje asintió.

—Pobres, quizá —dijo Gaff.

—Consumimos más de la cuenta, el gozo sin pago a cambio. Y somos peor que las cucarachas. Nos extinguiremos pronto, al menos ellas han sobrevivido muchas hecatombes.

—Podríamos sobrevivir.

El monje rio ahora.

—Algunos, pero hay que pisar a los parásitos, cortar las rebabas, limpiar la escoria.

—¿Es lo que hace?

—Soy el exterminador final —dijo el monje.

—Usted está enfermo —dijo Gaff.

El monje se cruzó de brazos.

—¿Murakami hackeó los chips, cierto? —preguntó Gaff.

—No le di opción —dijo el monje—, pero le aseguro que lo hizo con total reticencia.

Esto era lo que no quedaba claro a Gaff. ¿Por qué meter a Murakami en el crimen?

El monje pareció intuir sus pensamientos.

—¿Le molesta que su amigo haya participado en los crímenes?

Gaff no respondió.

—Créame, cualquiera defendería su vida a cambio de otra. Él no es tonto y sólo hizo lo que cualquier humano racional hubiera hecho.

—Es culpable también —dijo Gaff.

—No siempre se mata por gusto, matar siempre ha sido parte de lo que somos, matar para sobrevivir.

—Eso no le quita lo asesino.

El monje cerró los ojos y suspiró pesadamente.

—Me entristece que no lo pueda ver, esta benevolencia de matar así a quien no merece la vida. Y el método también fue bello, quién no quiere morir en sueños, sin sentir el último estertor. Quién no quiere un montón de vapor gratis, volar antes de sucumbir.

—Maldito —dijo Gaff apretando los dientes.

—Les di una muerte placentera, lo mejor que esos parásitos hayan tenido en sus miserables vidas. Gozaron del vapor y dejaron la vida contentos, plácidos. Nos dejaron lo poco que nos queda para sobrevivir.

Gaff quiso jalar del gatillo, reventar ese rostro virtual de una vez por todas, sentir el gozo de la venganza, de esa forma humana y torcida de justicia, diente por diente, ojo por ojo. Enfrente tenía a un ser despreciable que se creía sus idioteces, un iluminado de la muerte, un sepulturero tiránico.

Pero Homicidios lo requería intacto. Ya pronto llegaría el equipo a las coordenadas en el mundo real y se encargarían del resto.

Gaff miró al monje mientras, su rostro sereno y feliz, continuaba su perorata enloquecida. No dejó de apuntarle hasta que recibió la señal. Todo había acabado, el equipo había llegado a su guarida.

Ante su mirada virtual el monje se deshizo en una nube de electroestática, su voz eléctrica como un eco que se pierde a la distancia, su sonrisa desquiciada un remanente en la memoria.

Gaff miró por última vez a su alrededor. Esto virtualidad tenía una frialdad terrible, algo hostil en sus colores fluorescentes.

Nunca regresaría, pero en sus sueños vería por siempre la retícula luminiscente del vapor sobre el vacío negro de la realidad verdadera.

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