Yo no tengo dónde estar, por Cândida Ferreira (Brasil, 1962)

Cândida Ferreira (Belo Horizonte, Brasil, 1962). Profesora jubilada de Literatura y de Teoría Literaria de la Universidad de los Andes (Bogotá). Dirige el grupo Estudios comparados de artes, fundado en 2009. Ofreció los talleres de creación Bio-cuentos y Biografías expandidas. Orienta investigaciones en el campo comparado y en estudios de las identidades étnica, de género y psicobiológica. Como ilustradora publicó el libro Humedad (LaJaula, 2017), y como ceramista participa de la muestra “Pantana a mano”, Cuiabá, Mato Grosso, Brasil, 2022. 

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Yo no tengo dónde estar

Insoportablemente preso a su verdad, Carlos Gabriel seguía escribiendo libros que, más que de autoayuda, eran de ofensas y control. No muy lejos, Patricia se sentía arder en sus sueños de salirse a la calle, ganar mundo, u otra ilusión que haría que ella se sintiera más autónoma. Pero no, amenazada, aislada, obedientemente creía que nadie que conocía la amaba, la respetaba. Miraba la ventana aun medio cerrada, entre pesadas cortinas de terciopelo esperaba otro amanecer, con el moto-continuo de su rutina: desayuno – dos huevos cocidos – calentar el pan – un trozo dividido en dos rebanadas – hervir el agua para su té – y esperar. Se levanta de la cama, hace un corto estiramiento para sentir sus fibras, viste poca ropa para estas mañanas tibias, sin estación. Mira los vestidos decentes, elige uno floral de colores claros, florecitas chiquillas, suaves puntitos sobre hojas verde agua. Como si se duchara, pero no, sale vestida para la cocina donde la espera su siempre igual día.

La cocina tenía esta pequeña ventana por la cual es posible mirar el patio. Todas las demás ventanas cerradas, como si nadie viviera en estos pisos contiguos, con estas vidas contiguas. Mientras miraba el agua esperando burbujas pequeñitas, señal de que estaba en su punto, pensaba en este pinche tirano de quien se enamoraba, y quien cada día volvía a odiar y de quien cada noche volvía a enamorarse, y a cada mañana, delante del largo día volvía a odiar.

Frente a su Remington de 1947, Carlos reproducía línea por línea ideas antiguas, color sepia, imágenes de señoras de cuello alto, vestidos largos, miradas a punto de la histeria. Un mundo guardado que le parecía seguro, y que, repitiendo uno a uno de estos gestos guardados, todos, absolutamente todos encontrarían igualmente la tranquilidad del lar, aunque para esto se debería usar castigos crueles para alcanzar la disciplina férrea de su tío abuelo, quien tenía bajo llave a su mujer. Ahora era más difícil, si una mujer está en la casa todo el día, toda la semana, todo el mes, todo el año, empiezan a preguntar. Hasta la policía puede averiguar lo que pasa en el secreto del lar. En la intimidad de un hombre y de su mujer. ¿La lengua no le permite decir así? SU mujer, de más ningún ojo, ninguna mirada, solo suya.

Mirando la ventanita los huevos hervían.

En otra fotografía se podría ver el tío-abuelo, el viejo Juan Gabriel, creador de caballos de paso castellano o peruano, fincado en la tierra donde puede controlar los destinos hasta de los pajaritos, posa mirando aquella criaturita cómo si fuera un niño quien está en las seguras manos de la esposa, casi sonriente y encarcelada. Juan solo mira con los brazos apoyados en la madera del balaustre, también podemos ver el borrador de una sonrisa, una casi alegría. Todos están felices, ¿será? El niño es niña; la mujer no tiene dónde estar; la chiquilla no sabe qué la espera en el mundo previsto por su padre. Luego, otra fotografía oculta los años que pasarán, en la imagen apacible, se figura lo que los ojos de Carlos no advierten: el tío Juan sentado entre las dos mujeres, su señora Mariquitas, y la hija Magnolia. La joven mujer mantiene el cuerpo alejado de los padres, tiene otros planes, viste una falda más corta que la de la madre. Se apoya en el brazo del viejo sofá con estampas indefinidas, el padre prende la mano de la madre. Firmeza en gesto de él, entrega inmutable mantiene el cuerpo de ella erguido. En la foto, los dos se necesitan, en una cercanía sosegado, sin extremos de pasión u odio. Cada uno buscó al otro, a su molde, por la afinidad de la misma crianza, las mismos costumbres, el mismo gusto por el control, él como activo y ella, la pasiva que se entregó al destino, pero la hija no, por esto presenta una leve sonrisa ¿irónica? ¿victoriosa? Carlos prefiere no saber, pero yo sé y puedo contarles. Todo lo que podría ser y lo que fue para Magnolia, acabó tras una repetición de días.

Hay una foto más, en ella se ve a Magnolia de uniforme con unos diez, once años, otra vez esta sonrisa borrador, que se fue tornando la marca de la familia. 

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