Jorge Gómez Jiménez: «Internet ha enriquecido mi obra y mi vida», por Oriette D’Angelo ~

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Jorge Gómez Jiménez (1971, Cagua, Aragua, Venezuela). Escritor, editor y corrector. Es autor de libros de narrativa, poesía y ensayo. Es también creador y editor de la revista literaria Letralia, portal dedicado a la difusión cultural en todas sus facetas y que, además, es el primer portal cultural venezolano en Internet.

El trabajo de Jorge en Letralia ha realizado importantes aportes en el mundo de la cultura en Internet, ya que esta página se ha convertido en referencia obligatoria a la hora de conocer textos de nuevos autores y escritores de todas partes del mundo. Es, además, un espacio para la publicación de artículos culturales, aportando así un espacio completo para la lectura de diversos géneros.

Ha publicado el ensayo La educación secundaria venezolana: un muerto sin dolientes (Cagua, Editorial El Tabloide, 1985), el libro de cuentos Dios y otros mitos (La Victoria, Senderos Literarios, 1993), la novela corta Los títeres (Tenerife, España, Baile del Sol, 1999), la antología de narrativa venezolana Próximos (Embajada de Venezuela en China, 2006), la novela El rastro (Libros del Sur, Argentina, 2008) y su última novela Juez en el invierno (Editorial Lector Cómplice, Venezuela, 2014).

Ha recibido importantes premios, entre los que destacan el primer lugar en los concursos de narrativa Semana de la Juventud (Ateneo de La Victoria, 1996), Poeta Pedro Buznego (Casa de la Cultura de El Consejo, 1997) y X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002). Además, obtuvo el segundo lugar en el 3r Concurso de Mini-Cuentos Los Desiertos del Ángel (Secretaría de Cultura del estado Aragua, 1998). Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, francés, catalán, italiano y esloveno.

Su obra es diversa. Oscila entre distintos géneros como el ensayo, el cuento, la novela y la poesía. No puedo afirmar que existe un solo eje temático en su escritura: va desde la comedia hasta la conciencia histórica, pasando por la ironía y la preocupación social.

Se mantiene activo en todas sus redes sociales y ejerce la promoción cultural desde ellas.

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Letralia, revista literaria publicada en formado digital, fue creada en 1996. ¿Cómo surgió la idea de crear el primer portal cultural venezolano en Internet?

Jorge Gómez Jiménez: Cuando empecé a leer, en publicaciones especializadas de informática, sobre un sistema con el que era posible comunicarse con otras personas en cualquier parte del mundo, y en el que además la información a compartir podía ser textual y gráfica y de todo tipo, lo primero que pensé fue en lo práctico que resultaría ese sistema para leer lo que se estaba escribiendo en todo el ámbito de habla hispana. Es decir, a los 25 años ya uno se había leído medio Borges, medio Cortázar, tres cuartos de García Márquez, pero no tenía idea de lo que estaban escribiendo los mortales contemporáneos a uno, incluso dentro del mismo país. Uno se preguntaba de todo. ¿Hay esperanzas para las letras en español? ¿Qué dificultades tiene un tipo que vive en México o en Bolivia o en España en un pueblo del tamaño de Cagua? ¿Saben en otros países que en Venezuela hay unos chamos que están haciendo una literatura arrechísima? Esto era algo que nos preocupaba especialmente: entonces se hablaba muy mal de la literatura venezolana y no entendíamos por qué la mala fama —promovida incluso desde adentro—, con tanta buena obra que leíamos en encuentros, en revistas impresas o en los libros que por esa época producían esas aventuras maravillosas llamadas “editoriales alternativas” que estaban en pleno auge. Lo cierto es que gracias a los boletines electrónicos de los 90 —cuyo acceso era por teléfono y fueron la Internet de la era preinternet— conocí la revista argentina Axxón, que fundada hace 23 años por Eduardo Carletti es la decana de las publicaciones literarias digitales en lengua española, y todavía circula. Pero en aquellos tiempos Axxón fue el único esfuerzo serio en difusión periódica de literatura que encontré. Había webs, algunas españolas, alguna argentina, pero en Venezuela aún el ámbito digital estaba muy en pañales. Como mi conexión a Internet era sólo por correo electrónico —para ver webs había que enviar unos comandos complicadísimos a unos servidores, en sitios como Estados Unidos y Japón, que devolvían el código a la dirección electrónica del usuario—, me puse a buscar publicaciones literarias que se distribuyeran por esa vía y a las que uno pudiera suscribirse, y aunque encontré muchísimas en inglés, no había una sola en español. Tú metes todo eso en una licuadora y lo que sale es Letralia. Ojo, yo no estaba en una carrera, no me levanté un día y me dije: ¡Voy a lanzar el primer portal cultural venezolano! En mayo de 1996 arranca la revista literaria por correo electrónico, unos meses después una versión temprana del portal, y luego fue que me di cuenta de que estaba solo en aquella llanura.

En 1996, la mayoría de los venezolanos no contaban con una computadora ni mucho menos con conexión a Internet. ¿Representó esto un riesgo o temor a la hora de crear Letralia?

JGJ: No, para nada. Para mí era obvio que Internet se iba a masificar más temprano que tarde y que se iba a convertir en el medio de comunicación más versátil jamás conocido. Y yo quería estar ahí cuando eso sucediera. Yo quería estar ahí cuando fuera posible leer lo que estaba escribiendo el tipo de México o Bolivia o España y además quería que él me leyera y que nos cayéramos a cuchillo criticando nuestros textos. Y al final no sólo estuve, sino que me colé entre los primeros en hacer que sucediera. Así que, más que enfrentarme a un riesgo, yo era el muchachito que se quedó encerrado de noche en la juguetería. Siempre, desde el principio, hubo voces agoreras: el tipo que decía que lo iban a plagiar, el que decía que una revista literaria en Internet sólo sería leída por los cuatro gatos que tenían Internet, y ni siquiera, porque creían que el lector de una revista literaria en Internet tenía que ser al mismo tiempo nerd y buen lector. Pero resultó que para mí, y para otros como yo en aquella época, esto era un tiro al piso; ya entonces el crecimiento de la red en Venezuela tenía un ritmo saludable —aunque con los años y la idiotez imperante en la raza política ese ritmo se desaceleraría.

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@jorgeletralia

Escribiste tu primer ensayo a los 14 años y en él reflexionas sobre la educación secundaria en Venezuela, específicamente sobre un pensum que nos obliga a estudiar materias que no sirven para nuestra vocación. ¿Sigues opinando igual? ¿Consideras que todo el mundo conoce su vocación siendo joven? ¿Qué crees que ha cambiado, en materia de educación, desde 1985?

JGJ: El otro día conversando con unos docentes amigos me comentaron que entre las reformas que se han explorado en los últimos años en Venezuela estuvo un sistema parecido al que yo planteé. Claro que yo en aquella época tenía 14 años y era difícil que se me tomara en serio. El Pedagógico de Maracay me invitó a un encuentro con varios profesores. Entre otras cosas les dije que creía que los exámenes eran un procedimiento fracasado de evaluación. Entonces me pidieron que les dijera cómo debía evaluarse a los muchachos y yo con la franqueza de un chamo les respondí: No sé. Ahí intervino el moderador y dijo: Bueno, ya va, estamos haciendo trampa, nosotros somos planificadores educativos y esa pregunta deberíamos responderla nosotros. Sí, sigo opinando igual, creo que un alto porcentaje de la gente que fracasa (y que es más gente de lo que cualquiera se imagina, gente que se va haciendo invisible hasta para ella misma) es producto de un sistema educativo que no está interesado en formar gente exitosa, gente capaz de descubrir sus capacidades y explotarlas. No, no todo el mundo sabe en la adolescencia para qué es bueno, precisamente porque crecemos envueltos en un sistema educativo especializado en formar fracasados, y en el que los que no fracasan es porque vienen con una habilidad natural para ver a través de la matriz. Y, en cuanto a los cambios desde 1985, basta con que te diga que yo leí a Gerbasi, yo leí a Sábato, y a los chamos de ahora los ponen a leer El caballero de la armadura oxidada.

¿Consideras que la política ejerce una influencia directa en la obra de un escritor? De ser así, ¿crees que se debe evitar la influencia de ella en la escritura?

JGJ: Somos individuos, y cada uno de nosotros responde distinto a los mismos estímulos externos. La política ejerce una influencia directa sobre todos nosotros porque lamentablemente los políticos son los que rigen nuestros destinos. Imagínate dónde estuviéramos si en vez de políticos nos gobernaran personas sensatas, honestas, decentes. Ahora, no soy mucho de decirle a la gente lo que debe o no debe hacer. En literatura la cosa tiene que fluir con franqueza desde un caldo en el que se mezclan las experiencias, los sentimientos, la imaginación y la capacidad expresiva de un individuo. Si hay equilibrio en esos elementos, es muy probable que haya buena literatura. Lo importante es entonces el equilibrio: si la política te desequilibra, apártala de tu obra. Pero si no te desequilibra, chévere, aprovecha y métela en tu obra; quién quita que algo que escribas cambie algo, esperemos que para bien.

Comentas en tu blog personal que tu novela El rastro estuvo publicada allí desde 1997 hasta 2008 y que con ocasión de una consulta a diversas personalidades de la literatura, se ubicó en el puesto 32 de “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”. Como consecuencia de esto, una editorial se interesó en la publicación de la novela. ¿Crees que Internet ofrece buenas oportunidades de promoción literaria? ¿Qué beneficios le ha traído Internet a tu obra?

JGJ: El rastro es mi segunda novela. La escribí en 1993, antes de tener contacto con Internet, y fue la primera vez que experimenté con la computadora como única herramienta de escritura (antes de eso, como todos los mortales de entonces, escribía a mano). Tuve muchas inseguridades con ella y aunque la presenté a un par de concursos, se fue quedando en la gaveta. Un día se me ocurrió subirla a Internet y ahí despegó su suerte irregular y gamberra. ¿Puesto 32 de un ranking, por encima de novelas de Uslar Pietri, Fuentes, Bryce Echenique y un poco de gente? Rodolfo Cal, el protagonista, que debe andar por los 45 años, se moriría de las risas. Sí creo que Internet es un gran medio para difundir tu obra, y sí que me ha traído beneficios. He leído cosas de las que no habría tenido noticia sin Internet, tengo libros publicados en el exterior, libros publicados en otros idiomas, he salido en revistas extrañísimas, divertidísimas, serísimas —algunas incluso reunían todas esas cualidades—, he leído mis textos en un museo en Colombia consagrado al café y en la Casa de América en Madrid y a orillas del río Amarillo en China, me he hecho amigo de unos cuantos escritores a los que leí y respeté toda mi vida, me he hecho amigo de escritores a los que luego leería y respetaría y con quienes he podido disfrutar de eso que Triunfo Arciniegas llama con justicia el delicioso placer de la amistad, tengo en todo el mundo amigos que escriben, pero también amigos que no escriben y que me compartieron gustosos sus alegrías y sus tragedias en veladas con comidas y bebidas algunas veces desconocidas para mí. Claro que Internet ha enriquecido mi obra, y mi vida.

Publicaste un nuevo libro este año, Juez en el invierno. En él hay pasajes humorísticos muy marcados. Abordas, de forma hilarante, la situación de un escritor al aceptar ser jurado en un concurso literario. ¿Qué retos te representó la escritura de esta novela? Cuéntanos un poco su proceso de construcción

JGJ: La anécdota principal de Juez en el invierno se me ocurrió hace cerca de diez años, después de escuchar la historia verdadera de un autor venezolano Juez en el inviernoque aceptó la responsabilidad de ser juez de un concurso de novela y resultó que todas las obras participantes eran deficientes. Cuando ninguna de las obras tiene la calidad suficiente y no puedes declarar desierto el concurso, tienes que leerte todo eso para ver quién es el menos malo y darle el premio. Yo me imaginé en esa situación y creí ver el infierno, pues yo me conozco y sé que no soy capaz de terminar de leer un libro malo, y con esto no me refiero sólo a asuntos subjetivos sino a cosas formales y tangibles como la coherencia, la ortografía, el desarrollo de las ideas. Pasé años con esa historia dándome vueltas en la cabeza hasta que en mayo de 2008 encontré el tono. Me encerré a escribir y en 24 horas —con unas 5 horas de receso para comer y dormir— tuve lista la primera versión. El final, que ha dejado satisfechos a la mayoría de sus lectores, se me ocurrió como en la hora veinte; hasta entonces había estado escribiendo sin tener muy claro cómo iba a terminar la cosa. Luego le hice varias correcciones, principalmente ajustando cosas relacionadas con el lenguaje del relato, que como sabes tiene sus particularidades. En 2012 obtuvo mención en el Guillermo Meneses y en 2013 se lo presenté a Lesbia Quintero, de Lector Cómplice, quien de inmediato decidió publicarlo. Ahí fue cuando hice la última corrección y el ciclo se cerró. Por ahora.

¿Tienes alguna rutina a la hora de escribir?

JGJ: No sé si a mis manías se las puede agrupar bajo el término rutina. En primer lugar, detesto escribir si hace calor, si hay niños, si hay que salir o si hay perros —en realidad detesto los perros a todo nivel—, y detesto que me pregunten qué estoy escribiendo. Por todo ello suelo escribir de noche, cuando todo lo demás duerme, porque las interrupciones me hacen irascible. Otra cosa es que mientras escribo fumo mucho más que en circunstancias normales, por lo que me gustan los ceniceros amplios y de buen fondo, para no tener que pararme a vaciarlos cada dos marlboros. Ah, y cuando escribo narrativa hago gestos, suelo interpretar a los personajes para entender mejor cómo escribirlos, puedo caminar por toda la casa tratando de entender cómo se desplazan mis personajes y cómo reaccionan ante una situación determinada.

¿Crees que escribir va más allá de tener algo que decir y decirlo como propuso de alguna forma Oscar Wilde?

JGJ: Sí, bueno, supongo que eso basta para escribir, pero escribir bien ya es otra cosa. Y aquí insisto, no me vengan con que las subjetividades… Hay un nivel objetivo de calidad que no se consigue simplemente sentándose a tirarle dedazos a un teclado. A veces veo libros inmensos de cuatrocientas páginas que no te dicen nada, o que lo dicen todo choreto. Para serte franco, en esos casos envidio el tiempo y la dedicación del tipo, ya quisiera yo soltar en cuatrocientas páginas un montón de cosas que tengo que decir, pero la verdad es que a esa mesa de Wilde le falta una pata. Le falta el equilibrio.

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¿De dónde crees que surgió la idea de que la poesía salva?

JGJ: Francamente no lo sé. Bolaño cuenta en Los detectives salvajes una parábola en la que un poeta se pierde en una ciudad extraña, no tiene trabajo ni dinero ni conoce a nadie, se está muriendo de hambre y de soledad pero al final se salva, porque el poeta siempre se salva. Supongo que la idea viene de la necesidad de que algo nos salve sin tener que dejar el pellejo en ello. Y mira que yo te puedo decir que a mí en particular la literatura me salvó de un montón de cosas, pero cuando ves el estado del mundo te das cuenta de que la poesía es como Dios, muy lindo el concepto pero tampoco es que te va a librar de que te pise el tren si no haces el esfuerzo de salir por tus propios pasos de los rieles.

¿Tienes pensado publicar algún libro de poesía? ¿Cuáles poetas venezolanos admiras y consideras fundamentales?

JGJ: El año pasado publiqué con el Taller Literario El Pez Soluble la plaquette Mar baldío. La experiencia fue muy satisfactoria, se vendió bien y recibió algunas críticas muy favorables. Tengo tres poemarios que han sido publicados parcialmente (Mar baldío reunió poemas inéditos y algunos que ya estaban en esos libros) y estoy empezando a darle forma a algo que podría ser el cuarto, pero por el momento no me han hecho propuestas ni tengo planes concretos de publicación. No puedo decirte cuáles son todos los poetas venezolanos que admiro; esas listas son como el camuflaje polimórfico de los agentes de A Scanner Darkly, de Philip K. Dick, que cambian a cada segundo para que nadie sepa quién eres. Dicho esto, te daré algunos nombres: Vicente Gerbasi, María Calcaño, Eugenio Montejo, Miyó Vestrini. De los contemporáneos, Jacqueline Goldberg, Eleonora Requena, la presencia infinita de maestros como Rojas Guardia y Cadenas. De contrabando meteré a Gonzalo Rojas, que era chileno, y a Efi Cubero, que es española, no son venezolanos pero siempre están aquí conmigo en mis lecturas y eso es lo único que importa.

Letralia acaba de cumplir 18 años. ¿Cómo ves a Letralia en los próximos 10 años?

JGJ: No veo nada, el futuro no existe. Quisiera pensar que estará ahí, fuerte, rozagante, como hasta ahora, pero ni siquiera sé si yo estaré aquí, entonces ni me ocupo.

¿Consideras que Venezuela está preparada para la era de los libros digitales? ¿Crees viable la existencia de un mercado editorial digital venezolano?

JGJ: No sólo lo creo, sino que estoy convencido de que no es algo a lo que se pueda sustraer un país. Es un proceso de evolución natural, lo que es evidente si se considera que está desarrollándose incluso en sociedades con más restricciones que la nuestra. En Venezuela el libro digital ha venido haciéndose su espacio con tanta holgura como ha podido, que no es mucha. Para que el libro digital se expanda en Venezuela de la manera más saludable habría que olvidarse de ese nefasto control cambiario, establecido dizque para proteger las reservas del país y resulta que igualito los vivos se las cogieron. Esos controles han tenido el efecto perjudicial de ralentizar el funcionamiento de la economía —no sólo del sector editorial— y vulneran el real derecho de todo ciudadano de gastar su real plata en lo que le dé su real gana, así como el de producir plata aquí o allá sin que el Estado meta sus narices en ello. Lo peor: vienen más controles, y ya no sólo por el lado económico, sino controles directos sobre la actividad del ciudadano en la red. Con todo, estoy convencido de que al final la realidad se impone, se rebela ante la cortedad de miras del animal político.

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Pueden seguir a Jorge Gómez Jiménez:

Twitter: @jorgeletralia
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+Leer: Dos cuentos de Jorge Gómez Jiménez

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