Máscaras, por Mirco Ferri (Venezuela, 1960)

d81035a61ae79fbac84fa9a8fdac3aa3Imagen de Sonja Barbaric

 

Algunos escépticos dicen que es puro teatro. Cabrones, móntense ustedes en el ring y después hablen. Las cuatro fracturas de costillas, la pérdida de los dientes frontales, las contusiones varias, son testigos de que teatro, nada. Un día con un moretón del tamaño de la espalda es un buen día. Esto es aguantar golpes todo el tiempo; aunque casi todos seamos amigos, y por lo general no tengamos malas intenciones, es inevitable recibir. Y dar, tampoco es que uno sea un santo. Dígame cuando hay una bronca que tiene tiempo cocinándose: ahí sí que corre la sangre. El golpe que debería frenarse a milímetros de la barbilla no lo hace, y viene aliñado con una hojilla. La lona se tiñe de rojo, la gente se enardece, los partidarios de uno o del otro luchador montan sus trifulcas en las gradas, hasta que llega el dóctor a poner orden en el cuadrilátero. Se llevan al herido, amonestan al agresor artero, y se monta otro par. A poner a alucinar a la gradería con patadas voladoras, dobles nelson, vuelos de águila, y toda la parafernalia que adorna este negocio. Los enmascarados contra los que andan con la cara descubierta. Los técnicos contra los sucios. Yo soy tal vez de la peor especie, dentro de la mitología que nos ronda: enmascarado y sucio. Todos quieren saber quien está detrás de la máscara, pero no pienso darles el gusto. Mientras pueda, mi rostro lo conocerá solamente el espejo.

Agúantame el saco ahí, Perro’equinta. Déjame darme un guamazo, que ya está bueno por hoy. Nos caminamos toda la avenida, y recogimos este latero. Está pesado el saco; aunque cada lata sea livianita, cuando las pones todas juntas pesan que jode. Ahora a buscar un callejón vacío,  a ver si dormimos un rato. Tu haces la primera guardia, pero no te duermas como la otra vez, rependejo, que nos robaron los sacos y pelamos más bolas que Adán el día de la madre, después. Perro’equinta no es mala gente, pero tiene ese problema, se agüevonea. Demasiada caña, demasiada piedra. Yo trato de aconsejarlo, de decirle que la piedra lo va a matar algún día, pero le da lo mismo estar vivo que estar muerto. O más bien, está vivo para poder fumar piedra; es lo único que le importa. Le pones a una mujer en pelotas delante, y una piedra, y no le va a parar bolas a la mujer. Está frito, tiene el cerebro frito.

Cuando empecé en este negocio – estaba bien pequeño – las cosas eran diferentes. Había honor, escalafones, respeto por los mayores. Uno iba paso a paso, aprendiendo de los mejores, siendo su sirviente. Poco a poco, si  les caías en gracia, te enseñaban los secretos de la profesión. Cómo caer, como esquivar en el momento preciso la embestida, como dar volteretas en el aire sin lesionarte al aterrizar en la lona. Cuando consideraban que uno servía, y que ya había aprendido lo suficiente, venía la ceremonia de iniciación: la imposición de la máscara, en mi caso, y el primer combate. Ese es un momento inolvidable: ver el propio nombre escrito en un letrero, aunque sea en uno de los combates de relleno, es la cosa más emocionante que pueda imaginarse. Todavía recuerdo mi debut: el León Azteca vs. el Electricista Demente. Gané, por fortuna. Ganar el primer encuentro lo es todo. Ya nadie recuerda a mi rival, se quedó. En cambio mi nombre todavía resuena, todos saben quien soy yo. Ahora las cosas son muy distintas: todos quieren surgir ahí mismo, todos quieren cartel. Y hacen lo que sea para lograrlo. Son astutos, saben mover los hilos. E inescrupulosos: no los para nadie buscando ascender. Conocen los vicios de los empresarios y se los complacen, y después los chantajean. Y están en las funciones estelares, aunque no valgan nada de nada. Pero yo no como cuento, cuando uno de estos pelados se me para delante, con su cuerpo depilado y su disfraz, lo pongo a parir. Aunque me hayan dado la orden contraria. Más sabe el diablo por viejo, en esta chamba.

Ah, que alivio da el aguardiente. Ya no se sienten los dolores. Por un ratico, al menos. Estoy viejo. No sé, no recuerdo cuantos años tengo. Solo sé que soy muy viejo. También he olvidado mi pasado. Siento que toda la vida he sido esto que soy ahora, un pordiosero, un vagabundo que recoge metales para sobrevivir. Un minero urbano. Aunque supongo que no debe ser así. No me importa .El pasado, pasado. Me conformo con poder comerme cualquier cosa al final del día, y tener a mano una carterita. De ron, aguardiente, cocuy, brandy. Lo que salga, cualquier vaina que me den por las monedas que entrego. Sé que siempre me joden, que me dan lo peor que tengan por allí.No me importa nada. Mientras me aturda un rato, y me quite el dolor, venga. Todo me duele, siempre. Menos cuando estoy ebrio. Entonces me siento livianito, como si flotara. Pero nunca uso drogas. Alguna vez, hace mucho tiempo, llegué a probarla. Más vale que no: le agarré miedo, y juré que más nunca la volvería a usar. Y hasta ahora lo he cumplido.

De no ser por este negocio, no sé que hubiera sido de mí. Gracias a él tengo fama, dinero, mujeres. Debo confesar que lo que más me gusta es la fama, el reconocimiento. Nadie conoce mi cara, pero la máscara que la cubre pasó a suplantarla. Aunque tengo más detractores que admiradores, nadie se queda indiferente cuando me ve. Me chiflan o me piden autógrafos. Me odian o me aman. Y eso es más fuerte que cualquier otra cosa. Es una patada de adrenalina, es una euforia que te recorre el cuerpo y te hace sentir importante, invencible. Durante los encuentros en el ring sé que hay tres o cuatro mil personas pendientes de lo que hago, ligando por mi victoria o más frecuentemente por mi derrota; multiplica ese número por cien, si es televisado. Entonces actúo para ellos: trato de que mi desempeño sea lo más creíble posible, aunque eso tenga sus consecuencias. Mi adolorido cuerpo lo demuestra. Pero no me importa: me debo a mi público, sin él no sería nadie.

Sólo los perros me siguen. Hasta mi compañero de ruta en los actuales momentos lo es, no por nada le dicen Perro’equinta. Tengo a cuatro de ellos, que por arte de magia aparecen en donde esté. No estoy seguro de que sean los mismos siempre, esos perros callejeros se han cruzado tantas veces que terminan pareciéndose unos a otros, como si fuera un juego de espejos. Para distraerme les puse nombres: Santo, Dragón, Basil y Azteca. Hay que ver lo que están dispuestos a aguantar por un poco de cariño o un pedazo de pan: Perro´equinta les da unos coñazos descomunales y los pobres chillan, pero al rato vuelven, con la cola entre las piernas. Cuando hace eso me dan ganas de descoñetarlo. Estaré viejo, pero todavía puedo volverlo mierda, si me lo propongo. Además está hecho una piltrafa, no creo que viva mucho tiempo más. Total, para la vida que llevamos es mejor morirse.

Esta noche es muy especial: voy a llegar al escalón más alto que existe en mi carrera. Nada menos que la pelea por el Cinturón de Oro, el máximo galardón en este negocio. No fue fácil llegar hasta aquí, pero por fin lo logré. Si gano este combate me espera un retiro glorioso, y la pleitesía de por vida de toda la fanaticada, y de mis colegas. Seré de los pocos portadores de esa prenda, que ha estado en mis sueños desde hace décadas. Desde siempre, que me acuerde. Desde que era un mocoso y veía en las transmisiones televisivas, en un titubeante blanco y negro, a las leyendas de la época portándolo. Dentro de pocas horas podrá ser mío. Si no hago ninguna tontería, y tengo la suficiente sangre fría, seré el campeón de esta temporada. Me lo merezco: si alguien ha demostrado tener disciplina y método, soy yo. Nada de relajos, ni de parrandas. Lo mío es el gimnasio, mañana y tarde. Si acaso tengo alguna cenita romántica con una de mis amigas. Que no me faltan: esta profesión es un imán para las mujeres. Creo que una de las cosas que las atrae es el misterio. Ni en la intimidad me quito la máscara: nunca estoy desnudo del todo, y eso pareciera excitarlas más: creen poder convencerme de hacerlo, pero siempre se van sin lograrlo.

Ahora hace frío, y parece que va a llover. El cuerpo me lo avisa, me entran unos dolores inconfundibles en los huesos. Y no tengo colchón ni cobija. Ni siquiera sé cómo conozco esas palabras, tanto tiempo hace que no duermo en una cama de verdad. ¿Lo habré hecho alguna vez? Esta maldita memoria mía. ¿Vieron? Ya comienzan a caer las primeras gotas. Vamos a pasar la noche emparamados, no hay un pedazo de techo, ni siquiera un cartón para taparnos. Nos tocará pegarnos el uno del otro para entrar en calor. Pero nada de mariconerías. Somos machos los dos, y por muchas ganas que de pronto aparezcan nos quedamos quietos, pegados sólo por buscar calor. Mañana será otro día, saldrá el sol y nos sacudiremos el frío. Y volveremos a realizar lo único que sabemos hacer: hurgar en los pipotes de basura. Hubo un tiempo en que comenzamos a agarrar las tapas de las bocas de visita de los servicios, pero la coñaza que nos dio la policía, una vez que nos sorprendió, nos quitó las ganas de hacerlo. Aunque ese material lo pagan muy bien, no vale la pena arriesgarse tanto. Que lo hagan otros.

¿Cómo? ¿Que debo perder? No, ese no es el arreglo al que habíamos llegado. Dijimos que la pelea sería limpia, que daríamos lo mejor de nosotros, y que ganaría el que lo mereciera. Ahora me dicen que hay una cantidad inmensa de dinero sobre la mesa, que voy punteando las apuestas , y que gente muy importante y peligrosa apostó en mi contra, por lo que nos conviene a todos que esta vez pierda. Ni muerto: cuando suba a ese ring no habrá apostador en el mundo que me haga perder. Si lo hago será porque mi rival es más fuerte o más hábil que yo. Pero no será por mí, no será porque me deje ganar. Esta pelea es mía, y no pienso dejármela arrebatar. Por nada en el mundo.  Sí, sé los riesgos que corro. Pero mi orgullo es más fuerte, no pienso traicionar a mis seguidores. Después veré, algo se me ocurrirá para salir de este atolladero.

No tengo sueño, y se me acabó la carterita de aguardiente. No me queda más remedio que quedarme acostado a ver si por fin me duermo. Veo las ratas que merodean nuestro refugio, famélicas, olisqueando los sacos. Aunque temo que me muerdan, ya no me doy el trabajo de espantarlas; estoy demasiado cansado, y eso lo deberían hacer los perros, pero la lluvia los ahuyentó. Trato de llamarlos, pero no hacen caso a mis gritos; deben estar lejos de aquí. Qué vida esta, carajo. Perroe´quinta está roncando, quien sabe qué estará viendo en sus sueños. Se fumó su dosis habitual de piedra y cayó no sé si dormido o desmayado. Qué loco es Perroe´quinta. Casi no habla, y de pronto hace movimientos extraños, se revuelca en el suelo, da volteretas. Por cierto, un día de estos tengo que preguntarle por esa  máscara que nunca se quita de encima.

***

Mirco Ferri (Caracas, Venezuela, 1960) Escribo de manera amateur desde 1996; he publicado en Letralia, Los hermanos Chang, Panfletonegro y Bibliomula. Trabajo principalmente narrativa breve, aunque tengo una novela inédita.

Anuncios

Comenta aquí ~

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s