Detrás de la luz, por Pablo Echeverría

Imagen tomada de acá

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I

Con cada paso sobre la acera  el efecto de la bebida se nutre del cuerpo que lo ingiere, se adueña de los sentidos del hombre, como un extranjero de las vorágines visiones alternas de la luz, y el despegue de la piel parece ser inevitable. Por espasmódicos momentos la alucinación parecer ser otro de los síntomas presentados al ingerir la bebida, el miedo y las contracciones raudas del estómago prometen una noche de amargos dolores.

Varias personas acuden a centros de ayuda, clínicas privadas y hospitales públicos; varios conocen ya el dolor que provoca esta bebida desconocida, hallada en los remotos confines de la Amazonía ecuatoriana.

II

Pedro intenta levantarse y mira a su alrededor, el reguero de cuerpos le parece inexplicable, las zanjas (finitas en número pero llenas a tope con cuerpos moribundos) guardan pequeños estragos silenciosos de aquellos sueños inadvertidos; otros despiertan del trance amniótico y, al parecer nadie se halla en el lugar correcto. Las manos de Pedro comienzan a sudar, el hedor emana de sus yemas, avanza por las cálidas falanges y se apropia de la palma, pero, de un tirón se arranca las manos y las arroja muy cerca de un basurero. Corre directo a un estacionamiento cercano y, en un desesperado acto de huir del sueño, mete los muñones hediondos en los bolsillos en busca de sus llaves. Las encuentra, las siente –heladas y escurridizas –  y la sangre comienza a llenarle los bolsillos con un olor a hierro incontenible. El ridículo recuerdo de sus sueños lo transporta ahora a una verdad ominosa.

Las atenuantes luces de la ciudad se ensañan en sus ojos, el correteo de Pedro toma un tono desesperado y las lágrimas no cesan de brotar de sus ojos; llora de alegría, de espanto, de recuerdos y empieza a sentir el miedo de que, también, estos se le caigan; de inmediato absorbe muy fuerte desde dentro del cuerpo –en  un intento desesperado de mantener el ojo izquierdo en su lugar-. Pedro aprieta el paso en dirección a su casa y la nariz a tientas suelta una baba verde; alza el hombro intentando contener el moco que resbala de su nariz y, apenas toca el delicado cartílago, este se desprende de su cara para escaparse bajo la alcantarilla. Un hoyo inmenso le queda en la cara y escapa corriendo de los desinteresados transeúntes. La masa inerte de las calles ataca con flashes el rostro de Pedro y el sudor parece ser inevitable en este punto. No quiere ni pensarlo, solo apresura el paso con la mirada baja y la respiración entrecortada. La noche grita espantosos sonidos indefinibles, chillidos infernales que se le impregnan en los oídos. El sentimiento de putrefacción que le deviene en el cuerpo se siente inexorable en la memoria del camino.

Pedro toma la ruta más corta a casa y se atraviesa a zancadas enormes el parque, escucha el viento y grita al unísono con el tiempo. De un jalón, invocado en lo recóndito del universo, llega a casa cojeando con la esperanza de aún guardar bajo alguna mesa la cura  para el acaecimiento. Sube las escaleras, en dirección el tercer piso, mientras de su boca un estertor viscoso le anuncia al edificio que Pedro ha llegado. Despierta a los vecinos de manera inusual, y la masa obnubilada por la noche se levanta de sus sueños inútiles (en el liante acto de entender qué pasa). La muchedumbre mira al hombre esconderse bajo el revés del abrigo, con la cabeza tendida hacia el lado derecho (como sosteniendo una oreja antes de que se caiga). Con furia Pedro arremete contra la puerta a patadas y la derriba en su segundo intento. Entra a la habitación y en la desesperada búsqueda de alguna cura arroja las últimas pastillas que le quedan bajo el armario. Grita en pos de una persecución divina y la lengua se le descuelga, se retuerce, se llena de piojos y danza en la alfombra hasta que queda tiesa frente a sus zapatos.

Sin esperanza se acerca al espejo, se mira, mira el aspecto mortuorio que guardan sus ojos; mira su piel (ahora grisácea, con toques verdosos)  despegarse de sus mejillas, caer en el suelo mientras la baba verde que brota incesante desde su nariz le llena la boca de mierda. En su último acto de cordura mira su horrenda cara carcomida por el tiempo, o quien sabe los sueños, y cae directo al suelo. Las luces le abren un pasadizo tenue y escucha un golpe en la puerta mientras los vecinos entran despavoridos.

III

La enfermera se acerca y toca la frente de Pedro con una esponja caliente. El hombre abre los ojos y recuerda el accidente (como un sueño apenas perceptible), recuerda una a una las etapas del sueño, su desfase temporal y el incontrolable olor a hierro. La enfermera le remueve el último paño caliente de la cabeza y se retira despacio hacia la puerta. Los momentos  inevitables de perder sus manos regresan a su mente, el dolor inexplicable de cortar sus tendones, músculos y hueso de sí mismo, de un solo tirón,  le induce a la risa (escéptica) de que todo haya sido un sueño, pero el hedor a carne podrida se adueña de la habitación, Pedro mira directo a sus manos y encuentra en ellas un par de muñones horribles, cosidos de palmo a palmo; abre su boca en busca de respuestas y de ella no se emite ni un sonido; busca desesperado la salida y, a su izquierda, en un frasco de color verde yace su lengua evocando el espantoso silencio. La desesperación se apodera del cuerpo cuasi leproso y el paciente nocturno se retuerce violento mientras su boca chilla ininteligibles sonidos. El hombre grita desenfrenado y la habitación se inunda del único sonido que existe en el espacio: el silencio.

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Pablo Echeverría (Quito-Ecuador, 1995). Universidad Central del Ecuador (Carrera de Comunicación Social). Editor de la revista La Ruta Natural, espacio inclusivo dedicado a la expresión total. Revista dirigida a la erradicación del elitismo literario y artístico en Quito y Ecuador a través de la publicación de textos, ilustraciones y fotografía (sin censura, ni exclusión alguna).

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