Palas Atenea, por Jhon Rivera Stredel

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Imagen tomada de acá

Todo se salía por las ventanas, hasta yo hubiera querido salir por las ventanas, pero no era fácil, había que levantarse, mover los pies despacio, hasta… caer, digo hasta llegar a la puerta ¿Y qué iba hacer yo frente a la puerta, si yo era la puerta? ¿Podía abrirla? Sí, podía abrirla, pero sería abrirme y eso no es dulce, da miedo, y es como haber bebido de manantiales amargos ¿Qué te cuesta decir cloaca Gabriel? Si, la cloaca es la vida misma, pero eso sí, yo vivo en una burbuja, a mí nadie me puede ensuciar, pero una vez más estaba la puerta y yo no la había abierto ¿Si no era yo quién podía abrirla? ¿Quién? Uno siempre está solo en estas cosas.

Cuando despertaba del sueño escuché un gemido:

-Baila, baila Palas Atenea, baila – oigo.

-Baila, baila Palas Atenea.

-Baila.

Y la puerta se empezó a abrir pero en vez de luz matavenados, no, era tenue, mucho humo de cigarro, era un bar, estaba en un bar, y ella bailaba y la gente gemía.

-Baila.

-Baila, Palas Atenea.

-Baila.

¿Quién iba a pensar que todo esto estaba entrelazado a mi vida?

Y supe entonces que había que llenar de mugre a Palas Atenea y ella gritaba compadre, también bailaba pero gritaba compadre, y como ella era la puerta, no, falso, la puerta era yo, pero yo soy ella, yo que también bailaba  y nadie me ensuciaba, porque yo era la mugre.. Chillaba compadre, seguía bailando porque nada podía detener el sofocador grito de la gente.

-Baila, baila Palas Atenea, baila.

-¡Baila, Coño! Gritaron todos.

Porque Palas atenea se había puesto de rodillas y había empezado a llorar unos goterones amargos como de charcas que empezaron a dar a luz en el cuarto, luego la habitación se inundó y Palas Atenea ya no estaba en el bar, entonces me convencí de que nunca hubo un espacio físico llamado bar, sólo era Palas Atenea bailando, pero ahora flotaba, temblando, casi muerta, y yo que estaba montado arriba del escaparate no la pude alcanzar con las manos y sacarla, tirarme al agua tampoco, porque no sabía nadar.

Entonces el agua no subió más y su cuerpo se hundía lentamente, y supe que la puerta nunca se abrió, y yo encima del escaparate y “Atenea ya no baila, Palas atenea ya no baila” decía la gente angustiada, la gente que habitaba en mí. ¡Qué insoportable esta gente!

Pero no sabían que tras la puerta  se escuchaba el “tap – tap- tap-toc” de los zapatos de Palas Atenea cuando bailaba en un espacio fuera de mi cuarto donde todo era luminoso, por debajo de la puerta se podía ver.

Mientras yo, yo en el cuarto seco, sigo bebiendo en mi bar, gritando entre la gente: “Baila, Baila Palas Atenea”, esperando que esté sola para ultrajarla en los callejones, mientras, todos gritamos: “Baila, Palas Atenea” y ella llora mucho, llora mucho, lloramos mucho, mucho se llora, hasta que se deja de bailar y nos bañamos en el lago de lágrimas que hemos hecho en el cuarto para descansar.

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Jhon Rivera Stredel. Caracas, 1992. Poeta. Terapeuta Psicosocial egresado de la U.C. Estudiante del 3er semestre de Psicología en la UCV. Ha participado en el comité de redacción de la Revista Tuna de Oro del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo y en el Taller Literario Hojas Sueltas en Mariara.

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