Miss María Lionza, por Manuel Gerardo Sánchez (Venezuela, 1982) ~

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A las seis, cuando el día agonizaba para darle la bienvenida a la luna, una furiosa borrasca arremetía contra Caracas. Los truenos reventaban en ecos y de vez en cuando el zigzag de los rayos alumbraba los rostros de los cuatro nigromantes y hechiceros que se postraban a las márgenes de la autopista Francisco Fajardo para venerar a la diosa María Lionza.

Los pimpollos de dalias, claveles y crisantemos volaban en el viento; los remolinos de humo se fundían con las gotas; y los rezos e impetraciones de los brujos se diluían en el corneteo de los carros. Uno de los creyentes, cuando salió de su trance, gritó con horror, entre el nubarrón gris que lo velaba, su consabido agüero:

—La señora está molesta. Esta tempestad la mandó ella. Ya no es feliz. Por eso se ha aparecido. Vagabundea las calles para vengar su…

El verbo contrito del místico hizo mutis y un ahogo le oprimió el buche. Sus mejillas se colorearon de morado justo cuando sus ojos sangraban exorbitados. Se desplomó en la calzada. En un santiamén sus colegas se precipitaron a socorrerlo. Tarde. Sucumbió a la embolia.

Una neblina tóxica y espesa se cernía sobre la arteria vial y encelaba el foco de tutilimundi. De pronto, una centella reventó, iracunda; rompió, como un martillo, la efigie de la deidad indígena. La fractura corría de arriba abajo mientras un halo luminoso salía de la mollera de la estatua. Un enjambre de luciérnagas emergió de la grieta para encenderle un nimbo titilante. La divinidad brotó como un capullo de rosa. María Lionza despertaba del avieso embrujo que una vez conjurara su escultor, versado en más artes que la de cincelar.

Una carcajada femenina hizo enflaquecer las piernas de los otros tres devotos que, absortos y ensimismados, contemplaban el portento. La silueta de una mujer con piel de durazno se cimbraba pimpante. Los cabellos de seda azabache caían hasta sus pechos firmes y desnudos, y unos luminosos ojos marrones aleteaban graciosos. Con una voz tan firme como insidiosa, profirió:

—Al fin, libre de mi cárcel. Desde que ese maldito demiurgo me encerrara en esa fea y deforme escultura no he esperado sino este día. Sí, vine a vengarme de quienes enajenaron y pauperizaron con mal gusto mi culto. Lo convirtieron en algo ramplón y prosaico. Detesto los tufos de ron y tabaco. Desde ahora, me rociarán con champagne y las espirales de incienso de jazmín me elevarán hasta el puesto que merezco. Ya no más velas ni oraciones ni peticiones de enfermos. Tampoco pestilentes cataplasmas de ruda. ¡Asco, que se me tupe la nariz! Ustedes son mis elegidos. Divulguen que, a partir de este momento, me ofrendarán trajes de Martin Margiela, accesorios Van Cleef & Arpels y zapatos Manolo Blahnik —instó la aparición mientras un sayal de estrellas doradas se urdía alrededor de sus voluptuosidades. Como unos pasmarotes, los hombres hacían genuflexiones y ruegos sin comprender ni una coma del discurso de la reina de Sorte.

Saltó de la danta petrificada. Voló y se escabulló entre la hojarasca del tráfico. La estatua, al cabo de un minuto de ausencia del espíritu que la sostenía, se dejó caer de espaldas.

Al día siguiente, los titulares amarillistas pregonaban la resurrección de María Lionza. El fenómeno sobrenatural era sorna y comidilla de todo criollo que se respetase. No había quien no comentara el insólito suceso. Algunos aseveraban haberla visto cabalgando a horcajadas sobre su danta y otros decían que su alma penaba por la autopista como una de las Parcas.

María la Onza, su nombre castizo, contra todo pronóstico, despertó en una cómoda cama vestida con sábanas de lino egipcio. Se había alojado, gracias a sus seductores poderes, en un elegante hotel de la ciudad. Luego de estirar las piernas, llamó al servicio de cámara. Pidió un nada frugal desayuno y, por supuesto, la prensa.

Leyó unas líneas y explotó en risas. Volvió a llamar a la recepción.

—Aló. Por favor, necesito un vestido rojo talla seis y un par de zapatos negros talla 37 de la boutique. Anótelos en mi cuenta —ordenó y colgó el teléfono.

Saltó de la cama canturreando: «Me voy de compras…». Hasta ella sabía que para todo lo demás existe MasterCard.

Cuando cerró la puerta de su habitación lucía como estrella de Hollywood. El vestido napoleónico le esculpía el busto y el pelo recogido resaltaba sus rasgos felinos. Su contoneo alelaba a los hombres y desataba chiflidos y piropos. A la zaga de sus pasos, una fragante estela de jazmines del cabo hacía picar las narices. Se acercó hasta las puertas del hotel y pidió un taxi.

Su ubicuidad y omnipotencia de todopoderosa no dormitó en los siglos. María conocía muy bien los cambios del mundo. Pagana y todo, no dejaba de ser diosa. El chofer, una vez que aparcó el auto al frente del centro comercial, deslizó:

—Señora, no me pague. Y si quiere la regreso a su hotel.

—Cariño, ¿quién dijo que te pagaría? Tú eres mi esclavo —tiró un par de besitos y saltó fuera del carro.

Dentro del mall, franqueó la entrada de Armani.

—Buenos días. Quiero comprar vestidos de piel. Me mofo de esos activistas que defienden la vida animal. Para qué existen sino es para comerlos o desollarlos y confeccionar ropa y zapatos. Me encantan los stiletti clásicos de cocodrilo. Los ritos sanguinarios, cuya razón no era la supervivencia, que me ofrecían en Yaracuy, me enseñaron a despreciar a los animales —comentó con inflexión artemisal mientras hurgaba entre las pantaletas.

Las vendedoras, con mohines de consternación, se miraban entre ellas y encogían los hombros. No entendían ni pizca. Reaccionaron ante el embrujo y le enseñaron una chaqueta de cuero de cocodrilo. María Lionza la compró sin mirar el precio. Así se paseó por cada una de las tiendas. Saqueó sus estanterías a cambio de divinas sonrisas. Nada de nada. Solo era una mujer cuya mirada y voz hipnotizaban.

Al salir de L’Occitane en Provence, una mujer gorda, cuyas carnes mofletudas caían por la gravidez, colisionó con la santa.

—Ptss, esta niña. Me tropezaste. Inclínate y pídeme disculpas.

—¡No, chica! ¿Tú estás loca? Lo que puedo es darte una zaparapanda de cachetadas —amenazó la obesa.

—Agradece que estoy contenta por la ganga de las cremas. Si no, caerías muerta —María Lionza clavó sus ojos iracundos sobre los pechos pendulares de la mujer. Se acomodó el zarcillo y se alejó en veleidosa marcha.

En Sorte, mientras tanto, un cónclave de sacerdotisas invocaba con pólvora, sangre y oraciones a la india devenida shopaholic. Los intentos naufragaban en sus ríos de lágrimas desesperadas. Ni una pista de la santa. Por su parte, el gobierno nacional buscaba los cinceles que remendarían la escultura. El brujo a quien le fue encargada la empresa concertó una cita con el supersticioso alcalde del momento. Se encontraron.

—Señor alcalde, para que el orden vuelva a la ciudad y se pueda restaurar la estatua de María Lionza, necesitamos que nos procure de algunos materiales: alabastro, mármol, yeso, piedras semipreciosas, litros de Chanel Número 5, para mezclar el cemento, y una tiara de diamantes y turmalinas. De lo contrario, una maldición caerá sobre nosotros —concluyó con sombría frialdad.

El alcalde no vaciló en cumplir con cada uno de los requerimientos del artista mefistofélico que alzaría de nuevo la esfinge. Un ejército de escultores talló en dos días el busto.

María Lionza sintió una fuerte punzada en el estómago mientras la peluquera del hotel le secaba la pollina del nuevo corte. Su cuerpo se desvanecía. Los cabellos de la deidad resbalaban entre las manos de la mujer. Se volvió liviana, inasible, más etérea. Se evaporó. La peluquera se tumbó de rodillas y rezó porque creyó haber toqueteado a la Virgen. ¡Aleluya!

A la fragua del brujo-escultor fue a parar. En el centro del salón una hermosa imagen se erguía. Era ella, María Lionza, vestida con un corpiño de piedras preciosas, sobre tacones y sosteniendo la tiara en las manos. Nada de animales.

—Pediste que te veneráramos como a una verdadera reina. He aquí tu nuevo rostro. Tus ritos, desde ahora, te colmarán de garbo. Serás la santa de la moda, del artificio, del perifollo, de la belleza y del consumismo. Un suntuoso templo se construirá en tu honor. El mundo entero visitará tu casa para suplicarte y honrarte.

La india ascendió a los cielos. Un abismo se abría sobre ellos en tanto que unos querubines danzaban contentos.

Dos años después, cuando se inauguraba el santuario, un gentío de celebridades foráneas y locales se agolpaba a las puertas del palacio. Trompetas anunciaron el inicio de la liturgia. Las nuevas celadoras y sacerdotisas, sílfides ataviadas de Balenciaga, recorrían los pasillos con muestras de perfumes. El lujo adoquinaba hasta el último recoveco. El piso era de mármol, las cortinas de terciopelo veneciano colgaban desde los altos techos, del ábside caían cascadas de orquídeas, los reclinatorios y escabeles, tallados en fina madera de ébano, habían sido diseñados por Philippe Starck, y en el centro de todo aquello se erguía la figura de la divinidad.

Poco a poco fue entrando la encopetada feligresía. A sus pies iban dejando ofrendas: dinero, ungüentos, joyas, champagnes y telas. Encendían cirios y reverenciaban a la santa. Uno a uno, en sus personales monólogos, fue elevando sus plegarias: Ángel Sánchez: «Regina María Lionza, fulmina con un infarto a Karl Lagerfeld para arrogarme la casa Chanel, aunque no tenga el talento». Osmel Sousa: «Santa amiga, abre los caminos para que el próximo Miss Universo se celebre en Caracas». Vivienne Westwood: «Oh, reina mía, devuélveme la lozanía». Kate Moss: «Todopoderosa, que la cocaína me mantenga siempre delgada». Roland Carreño: «Querida, por favor, haz que me nazca pelo en la calva». Jean-Paul Gaultier: «Bendita y misericordiosa, consígueme un rico marinero». Paris Hilton: «Hazme más rica y famosa sin que se me dañe la manicure y sin regresar a la inmunda cárcel». Michael Jackson: «Bienaventurada de la cirugía plástica, no permitas que la nariz se me vuelva a caer». Anne Wintour: «Oh princesa mía, abate con tu relámpago divino a los feos, gordos y a los mal vestidos».

***

[Cuento extraído del libro “El último día de mi reinado”, Editorial Ígneo, 2014]

***

+Leer: Entrevista a Manuel Gerardo Sánchez

 

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