Dos poemas de «Antiguas postales del fin del mundo» de P.E. Rodríguez (Maracay, 1974) ~

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1

En los años noventa,
poco antes de que se acabase el mundo,
las páginas culturales de los periódicos
(las mismas mariposas sucias de Tranströmer)
nos daban los partes del Apocalipsis.
El hombre, nos decían, había muerto.
También estaba muerta la historia,
el futuro, los conceptos.
Los lentos suplementos culturales
hacían las veces de páginas de sucesos.
Yo las imaginaba escritas por un comisario Treviranus,
triste y somnoliento,
quien redactara sus noticias en mangas de camisa
mientras un viejo tocadiscos RCA Victor
dejaba sonar un suspiro de Debussy
y un lejano estuario brillaba como arena del desierto.

Eran los tiempos de la historia policial
ilustrada con los cuadros de De Chirico.
De toda la taimada genealogía de los disparos de nieve.
Estábamos suspendidos en el centro de la nada.
Imitábamos a una ráfaga de lluvia
que se estrella contra la superficie del parabrisas
en una carretera sola de Canadá.
El final era eso. Esa quietud.
Esa desoladora trivialidad.

Me pasaba casi todo el día en una universidad,
en su biblioteca, en sus salones espaciosos y fríos,
en los cubículos de sus salas de estudio,
o tumbado en la grama bajo las ceibas
mirando el paso de las nubes.
Leía, leí, todos los libros que me fueron posibles.
En el fondo, buscaba a Mesopotamia.
La imagen de una ciudad que descubrí,
aun sin saberlo, muchos años antes
cuando era todavía un niño
en el último filón de una ciudad
incendiada por el color rojo de la tarde,
por una melancolía que solo era mía;
un mundo donde habitaba una madre triste y sola,
un padre que fumaba un cigarrillo tras otro
mirando caer la tarde,
intentando comprender la magnitud de su derrota.

Yo leía a Lyotard. Leía a Vattimo.
No les creía ni una palabra.
Fumaba mucho también.
Ignoraba que, a su manera, quería inventarme
algún gesto que pudiese diferenciarme de mi padre.
A veces, solo a veces,
intentaba hacer círculos de humo.
Un fantasma que se dibuja en una falsa bruma.

Así me sentía.
Buscaba fuerza para aprender alemán,
pero no la encontraba por ninguna parte.
Si el hombre estaba muerto,
pensaba entonces,
en verdad se le veía igual que siempre.

***

5

A veces nos llegan noticias de otros sobrevivientes,
hombres consumidos por los padecimientos del cuerpo,
mujeres demacradas, con la piel escaldada por el frío de Vancouver.
Licenciadas lentas y memoriosas,
graduadas en profesiones inútiles que jamás ejercieron,
sumergidas en un tedioso arrabal de la ciudad de Perth,
donde preparan tortas en cocinas amplias y limpias
viendo crecer a sus hijos en el jardín mientras suspiran, aliviadas,
creyendo ingenuamente que en realidad escaparon de algo que llevan dentro.
Llegan cartas de los viejos amigos divorciados
que comienzan a rehacer sus vidas entre papeles notariados,
inventarios de cosas gastadas. Grecas. Un sofá cama.
Un florero en el que pende una flor absoluta.
La sala de un apartamento donde habita un fantasma con corbata,
adicto al vodka, derrumbado sobre su propia sombra
(La incómoda herencia de un bisabuelo persistente)
Mujeres todavía jóvenes que miran pasar la noche del viernes
junto a dos niños silenciosos y tristes,
atrapadas en la habitación de una ciudad que no conocen,
iluminados por el reflejo de un programa de concursos
y un pote de helado de dos litros.
Antiguas jóvenes rebeldes que ahora abrazan, con fervor,
a las imágenes de estampas milagrosas que brillan en la oscuridad;
remotas muchachas que ya no sueñan con nada,
convertidas en señoras prudentes que se aburren
y que, al entrar al baño, después de ver dormir a sus hijos,
de pronto notan que desde lejos, más allá del vapor de la ducha,
el espejo les muestra, por un instante,
el celaje del rostro desolado de sus propias madres.

*

Antiguas postales del fin del mundo, II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo 2013, Colección Papiros. Editorial Equinoccio – Universidad Simón Bolívar, Caracas, 2015. Publicación autorizada por la editorial. 

***

Leer:
P.E. Rodríguez: “El fin del mundo no ocurrió,
pero igual quedamos rotos”; por Oriette D’Angelo 

2 comentarios en “Dos poemas de «Antiguas postales del fin del mundo» de P.E. Rodríguez (Maracay, 1974) ~

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