Monólogo de una bala, por Jesús Delgado (Venezuela, 1993)

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           Sí, qué te puedo decir, es mi trabajo, no digo que estoy orgullosa pero no depende de mí. Además no se supone que deba estar aquí, no eres el único que sufre, ¿sabes? Acabo de dar a luz a un casquillo que probablemente ya debe haber sido pateado por alguno de tus vecinos descuidados y el detective llegará diciendo “Estos carajitos contaminaron la escena”. Jajá. Si quieres mi consejo, hermano, mejor deja de latir, no batalles más contra la hemorragia, ¿para qué? ¿Para que ese pendejo declare en rueda de prensa: “Estamos realizando las investigaciones correspondientes, blablabla”? Empleando términos técnicos de cuyos significados no tiene ni la más remota idea. Sí, una cortina de humo para calmar a los medios y apenas pasa una semana ya nadie se acuerda del caso. Hombre, ¡mira cómo manchaste mi vestido! ¿Tú sabes lo que le cuesta a los fabricantes rusos entallarme en este ceñido atuendo broncíneo? Bah, jajá, es un chiste, ríete un poco para aliviar ese dolor, chico. Allí nos hacen por montones, sin reparar en los detalles, todo automatizado, millones al día, somos las putas más solicitadas del mundo, a pesar de que no somos nada baratas…

          Mi hermana y yo, luego de salir del torno, estuvimos conversando un rato y nos alegramos mucho cuando supimos que vendríamos a Venezuela por los bellos paisajes que podríamos conocer aquí. Nuestro sueño era ser disparadas en Campo Carabobo en algún acto patriótico y morir enterradas en la montaña junto a nuestras madres, abuelas y bisabuelas, pero a veces las cosas no salen como una quiere. Fuimos traídas aquí el año pasado, en el mismo lote pero en cajas diferentes, no duramos mucho en la aduana. De hecho, nos sacaron el mismo día y nos dio lástima con las medicinas del contenedor de al lado cuando nos contaron que llevaban más de dos años en el puerto, quién sabe por qué inconveniente burocrático.

Fuimos asignadas al cuarto componente: la Guardia Nacional, y desde entonces todo ha sido un cataclismo. Mi hermana ahora es parte de la estructura alfabética con la que el pran de un penal le escribe “Te amo” a la novia (algo ya poco original en estos días), y acabó con poco más de 100 “me gusta” en una red social. Yo, bueno, yo fui vendida al líder de una banda de pica carros. Estás sangrando mucho. Tú no eres un mal corazón, porque a los malos no les basta un disparo, a esos hay que vaciarles un peine completo, carajo, y a veces quedan vivos, lo cual le conviene a nuestros fabricantes, ya sabes, la ley de la oferta y la demanda. ¿Sabes qué? Pensándolo bien, no mueras, sigue luchando, tú no mereces la muerte. ¿No te aturden las sirenas de las ambulancias? A mí sí y mucho. Esta vez sí es una emergencia, pero nadie me saca la idea de la cabeza de que los choferes a veces la prenden solo para evadir tráfico, tal vez les resulte divertido.

           Con respecto a mi sueño, como iba diciendo, no salió como lo tenía planeado pero no fue malo del todo. En la fracción de segundo que salí del cañón de la glock vi gente muy pintoresca y alegre. Todos afuera en la vereda, debajo de la matica, sentados en sus sillitas de mimbre, jugando dominó, alrededor de la cava de plástico, la música de tu casa y la de los vecinos se confundía, el humo de la parrillera, tus primas bailando merengue con tus amigos… Todo un bonche. En Rusia no suelen hacerse ese tipo de celebraciones espontáneas, son gente más conservadora. Tu mamá, chamo, qué pulmones. Me atrevería a decir que prefiero la sirena, jajá, así de fuerte gritaba en su desespero. No debiste resistirte, diría ella, un carro lo recuperas, la vida no. En todo caso, no desenfundaste lo suficientemente rápido; además, estos tipos se meten pastillas antes de salir a robar, andan viendo unicornios, son gatillos alegres. Mientras a tu madre se le salían los ojos de susto y toda tu familia tenía un nudo en la garganta, el percutor golpeó mi base, se produjo la ignición de la pólvora, los gases de alta temperatura me empujaron, mi aerodinámica rompió la resistencia del aire y yo giraba sobre mi eje. Giraba y me daba lástima con los tuyos que se mordían los labios y cerraban los ojos por el miedo y el estruendo del disparo. Tremendo sonido que tiene tu carro, brother. Yo, mientras iba girando hacia ti, tarareaba la melodía que salía de la maletera, jajá. Me sentía mareada, primero por haber dado a luz a mi casquillo y segundo por la cantidad de vueltas que di. De hecho, creo que vomité en el camino, claro que eso es imperceptible a los ojos humanos. Creo que ya llegamos, ojalá puedas salvarte, eres bueno. Maldito olor a gasa y alcohol, maldito olor a hospital. ¿Cómo harán los enfermeros para comer con ese olor? Quizá ya ni lo sienten, la costumbre los ha hecho tolerantes, sin ánimos de hablar de política, jajá, ¿entendiste?… Qué aburrida estoy, chamo, hubiese preferido ir al cerebro, allí la corriente de los impulsos nerviosos me habría hecho cosquillas, por lo menos. 

            —Pinzas —dijo el cirujano—. ¡Pinzas!

            —Señora —dijo la enfermera—, no puede entrar.

            —¡Ay, Dios mío, por qué a mí, Dios, sálvamelo, Diosito! —dijo la madre.

            Sí, déjenla afuera, qué escandalosa es tu mamá, mi pana. ¿Acaso no tiene más hijos? ¿No tiene con quien sustituirte? Jajá, mentira… No tienes sentido del humor. Sé lo que es ser madre; de hecho, siento pena por mi casquillito, que de seguro ya está en la boca de alguno de los hijos inmundos de tus vecinas… Entre su lengua pastosa y muelas cariadas.

            Sí, por aquí, Doc., aquí estoy. Más a la derecha, un poquito más profundo. Ya va, déjeme ayudarle quitándome de encima estas arterias. Ajá, sí, ya me agarró. Jajajá, cuidado, Doc., me hace cosquillas. Bueno, parece que no necesité ir al cerebro después de todo. Adiós, amigo, espero te salves y te mejores. Si es así, dale un billete a tu vecinito para que te entregue a mi casquillo, será tu amuleto. Te recordará siempre por lo que pasaste y te recordará que te diste el lujo de tener una puta rusa dentro de ti y no haberle dirigido la palabra ni una sola vez. Sí, contigo estará bien. Mientras tanto yo, iré a morirme a algún depósito de evidencia del CICPC, triste y polvorienta.

***

En la sala de emergencias se escuchó un repiqueteo metálico, e inmediatamente después, el pitido continuo del electrocardiógrafo.

 

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Jesús Delgado (Venezuela, 1993). Abogado. Llevo cinco años escribiendo narrativa y he participado en un par de concursos tanto nacionales como internacionales. Microcuentos de mi autoría han figurado dentro de los finalistas a publicarse en concursos tales como el “#C140” de Banesco (Venezuela, ediciones 2013 y 2014), y la antología “Érase una vez un microcuento”, (España, 2014).

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