Cuatro microcuentos de Maikel Ramírez (Venezuela, 1976)

Manon Gauthier

Manon Gauthier

AGO

TA

D

A

“All these things into position
All these things we’ll one day swallow whole”
(Radiohead: Street spirit)

Aquella tarde, desdeñando la lluvia que se derramaba a mi espalda, volví a poner un pie en casa de mamá tras una dilatada ausencia. Pensar que la pobre murió sola y amargada porque la había abandonado para forjarme una vida por mi cuenta. Detrás de la puerta reconocí el aroma del talco que una vez le insistí en que comprara. Me sorprendió que el piso mantuviera la lozanía de la que ella siempre se vanaglorió. Las cortinas y las sábanas mostraban sus filos precisos y no sería nada exagerado decir que hasta cortantes. En su habitación, ensayé mi acostumbrada travesura de niña: abrí el armario y dejé que uno de sus vestidos se ajustara a los límites de mi cuerpo. Unos zapatos de tacones encajaron en mis pies desnudos y helados. Mis orejas se adornaron con las prendas que hasta el último momento conservó dentro de una enternecedora cajita de música. Para terminar, me anudé el cabello como ella solía llevarlo cuando descansaba en casa. Me asomé al espejo y me estremecí al reconocer lo mismo de siempre: la mirada acusadora, los hombros colosales y el mentón estriado e invencible. Entonces me desnudé sacudida por los espasmos y el llanto. De regreso a mi atuendo inicial, tomé una escoba y me aseguré de desencajar hasta la última partícula de polvo refugiada en los rincones. Reemplacé cortinas y sábanas por unos pares que se encontraban en el armario y los doblegué hasta arrancarles un poco de filo. Dejé caer motas del maldito talco que yo misma tuve la desdicha de recomendarle un día. Salí a la calle de una vez por todas y, mientras sellaba la puerta, grité, como nunca lo había hecho, que esa sí era la última vez que la visitaba, que me desterrara de sus recuerdos para siempre.

***

La invasión

La invasión alienígena se inició a las 23:45, justo a la hora cuando los ojos no se recuperan de su derrota diurna y nuestro cuerpo remeda una casa demolida de la que los habitantes se han marchado despavoridos. Vimos el cielo salpicado de la sangre que brotaba de los cuerpos desmembrados de mujeres y niños en el desierto; hombres amarillos que se lanzaban contra los visitantes y eran rebanados mientras se asfixiaba su grito de guerra; calles que exhalaban el tufo de la carne oscura vuelta cenizas. Nuestra nación impuso la victoria luego de que la última nave invasora se rompiera en tirones de metal bajo las tejas del cielo. Ninguno de nosotros, como habíamos previsto con minucia,  resultó herido en la guerra que acabábamos de simular. Enseguida desinstalamos nuestros laboratorios y lanzamos a la hoguera  los registros de nuestra tecnología avanzada. Al fin habíamos acabado con todas esas razas apestosas y no tendríamos que compartir el planeta con ningún pobre diablo. Lo más alentador era que el culpable siempre sería señalado más allá de las estrellas.

***

El bosque oscuro

“Inside of me and such a part of you”
(The Smashing Pumpkins: Disarm)

Muy en el fondo siempre supe que aun antes de conocernos el asesino y yo ya nos habíamos internado en la espesura del bosque oscuro. Él, acatando la orden de purificar la traición con sangre; yo, presuroso por revertir la mancilla que había traído sobre la piel húmeda y virginal. Reconozco que aunque al principio rehuí verlo directamente a los ojos, al cabo de pocos días me sedujo la idea de fundirme con el abismo, con esa oscuridad primigenia a la que todos tarde o temprano debemos volver. Mis primeros tanteos por anticipármele fueron fallidos. De fino instinto depredador, lograba escabullirse cuando estaba a punto de alcanzarlo, pero no lo haría por mucho tiempo, pues me proponía hacerme de sus maquinaciones, apresar sus más elaborados cálculos. Mejoré mucho desde entonces. Identificaba sus tretas en los callejones, bares y lodazales donde solo un infame como él  se ocultaría para propinarme el zarpazo final. Corrieron algunas noches más hasta que logré acorralarlo y hacerlo huir hacia el bosque oscuro. Puse empeño en disimular los fulgores de mi corazón dichoso por haber frustrado la conjura de mi verdugo. El agotamiento de la persecución nos dejó frente a frente. Sin amagar vacilaciones, y con mi voz sacudiendo la enramada, le ordené que me segara la vida de una vez. Pero el pobre infeliz apenas trastabilló pusilánime. No recuerdo cuántas tuve que repetir la orden  antes de finalmente abalanzarme sobre él. Un hilo de luz cristalina cayendo de la luna iluminó la última mueca de su rostro, que a un tiempo dejaba ver la cobardía y la simulación de quien evade la cota de sus deudas. De regreso, atravesé el follaje con la convicción de haber hecho justicia y arrastrando el tormento de que nuevos asesinos reclamarían mi vida.

***

Teorificción

El narrador omnisciente te vigila.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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