Un tango en clave negra | Palabras de presentación del libro «Moravia» de Marcelo Luján; por Alejandra Martínez

Moravia-Luján


Llevo el Sur, 
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Astor Piazzolla. Vuelvo al sur

 

Debo comenzar esta presentación con una famosa frase, a veces atribuida a Carlos Fuentes y otras a Octavio Paz, que reza, palabras más palabras menos, que mientras los mexicanos descendían de los aztecas, los argentinos descendían de los barcos. Así comienza esta historia, con inmigrantes en un puerto de Buenos Aires.

Empecemos por el título, Moravia, una ciudad de la antigua Checoslovaquia, que (les voy a adelantar) ninguno de los personajes pisa propiamente en el relato, sin embargo, es un lugar omnipresente que les define de por vida si entendemos que una nación es, más que un territorio, una construcción imaginaria de las personas que se perciben parte de ella. Bajo este principio, el título cobra perfecto sentido y será vital para el desarrollo de los eventos. Intentaré no adelantarles mucho porque, en una sociedad obsesionada con los spoilers, como esta, presentar una novela se vuelve un ejercicio francamente temerario. Les leo entonces, para no “meter la pata” con los presentes, las palabras de la contratapa:

“El retorno del famoso bandoneonista Juan Kosic a su tierra natal en la Pampa argentina, quince años después de haberla abandonado, tiene un propósito no revelado en primera instancia: demostrar, y acaso reafirmarse, como un hombre que logró el éxito pese a los malos augurios de su madre. El plan secreto, que pasa por alojarse en la pensión que ella regenta, se precipita sin embargo en un acontecimiento marcado por la fatalidad de un destino errático…”

Este párrafo condensa perfectamente de qué trata la historia. De tal suerte que, atendiendo al título y al desarrollo, tenemos una especie de superposición, de palimpsesto, entre Europa y la América del sur, encarnados en el protagonista. En él se funden dos sensibilidades estéticas: el desgarro, ese hibris propio de Latinoamérica; con la frónesis y severidad europea. Esta dualidad también la encarnan precisamente Juan Kosic y su esposa Lidia Estefanía, checa, hija de dos músicos prominentes y aristócratas, que escaparon a EEUU tras huir del nazismo. Hablamos entonces de una singular pareja no está exenta de contradicciones. Este pasaje, de Lidia, ilustra mucho mejor lo que quiero decir:

“… acá no hay guerras y los nativos se la pasan sonriendo, pensó, escuchando cantar, viendo bailar, comiendo y bebiendo. Sólo los europeos damos lástima, pensó: arrastramos la lástima como Jesucristo la cruz…”

Pienso que Juan y Lidia Estefanía se unen porque sólo la guerra y el exilio, el desarraigo y la superación, tienen ese efecto “igualador” de la condición humana; y de ello Latinoamérica tiene registros durante buena parte del siglo pasado. Quizá sea por eso que ambos personajes son completamente verosímiles: sus trayectos vitales parecieran, en sí mismos, una microhistoria del siglo XX.

Debo acotar en este punto, la brillante narración, con una prosa poderosamente poética, de las noches de Juan caminando Nueva Órleans al son de Mi noche triste, que es toda una experiencia estética que el lector tiene que permitirse. Por otra parte, este es un relato cargado de una atmósfera nostálgica: asistimos a las heridas de Juan Kosic, esencialmente en ese “dolor de regresar”, en el intento de cerrar esas viejas heridas y volver a Colonia Buen Respiro. Volverá como un hombre de mundo, un cosmopolita refinado, a una provincia miserable, llena de atraso y barbarie, de la cual su madre y hermana son fieles representaciones. En todo caso, nuestro protagonista regresa en búsqueda de la aprobación materna y acaso su propia afirmación. Vuelve a esos años dolorosos con una madre que le emascula y ridiculiza. En ese sentido, veo en Kosic la “traición” a esa esencia rural, que cuenta con diversas representaciones en el continente (en Argentina es el gaucho, en Venezuela es el llanero, en México, el ranchero) y no es otra cosa que la idealización del trabajo del campo y del hombre hiper-masculinizado que aplica la fuerza y la violencia para sobrevivir. En este punto la historia toca el siempre recurrente, pero inagotable tema de la Modernidad “implantada” a la fuerza en Latinoamérica. Un subcontinente que si bien representaba una esperanza de ascenso para Europa, era una tierra en donde primaba el hombre fuerte por encima de la ley. Donde el hombre en armas, caudillo o militar, dictaba la suerte de la nación en base a sus propios delirios de poder. Recordemos que el siglo XIX y buena parte del siglo XX latinoamericano consistieron en una terrible sucesión de golpes de Estado y juntas militares de gobierno.

Y aquí también evoco otra narración, hermosa por su lenguaje exacto, de una Buenos Aires pujante por la inmigración y el progreso económico (recordemos que a principios del siglo XX, probablemente hasta 1920, Argentina llegó a ser el país más rico del continente, casi al nivel de cualquier nación europea), una ciudad llena de vida, que de pronto es truncada por los golpes militares. Prácticamente en cada línea se revela que Luján jamás olvida que, más allá de la temática y de lo complejo de la historia, lo que está haciendo, finalmente, es Literatura, en mayúsculas.

Tengo que hablar de otro tema bastante presente en la historia, que es la tensión de clases. Esa marca continental que arrastramos por generaciones. Muy evidente desde el momento en que nuestro protagonista desembarca en Buenos Aires. Sobre esto debo decir que me llamaron poderosamente la atención las sutiles pero contundentes referencias a la identificación de las clases bajas con el poder durante el peronismo: “el general” y “la señora” son vocablos cotidianos en la población común de la Argentina de mediados de siglo. Esta tensión tendrá su punto más alto a partir de la segunda parte de la novela, pues la narración pareciera entrar una atmósfera oscura y llena de suspenso en donde el lector comenzará a sentirse incómodo y quizás presentirá lo peor.

Como ya les referí, la novela está ubicada en el pasado, en el año 50, pero el pasado también es una atmósfera y una evocación constante en todo el relato. El pasado como cuenta no saldada, como deuda personal. Y es entonces cuando ese indispensable ingrediente de toda buena historia, que es la memoria, opera disfuncionalmente para el protagonista. ¿Por qué digo disfuncional? La memoria es la forma en la que racionalizamos lo vivido para darle un sentido en el presente. En ese sentido, es ya un lugar común decir que todo tiempo pasado fue mejor (la altura de los tiempos, como la llamó Ortega y Gasset), lo escuchamos seguido de nuestros abuelos y bisabuelos, que en su mayoría vienen de la inmigración del campo. Pero lo interesante es que para Juan Kosic es todo lo contrario: para el protagonista la familia y el campo son una maldición de la que quiere escapar obstinadamente y de la que no guarda el menor de los afectos. No hay nada más frágil que el recuerdo, y tal vez ese pasado maldito es el relato que define al Juan Kosik de dos décadas después, el relato necesario que lo define y justifica cuando ha triunfado y se sabe exitoso.

Noté también que desde el punto de vista narrativo, se aprecia el desencanto de la posguerra (presente en Camus, cuyo epígrafe abre la historia) a través del personaje de Lidia Estefanía y sus testimonios familiares. También están presentes otros elementos como la ficción histórica, la magistral construcción del suspenso a lo largo del relato, muy propio de la novela negra, y un final dramático que evoca a las tragedias clásicas. En resumen, tenemos una historia a la que no le sobra ni le falta nada, que plantea temas morales complejos sin dejar atrás el uso del lenguaje como expresión del arte, que a fin de cuentas, es el propósito más elevado de toda buena literatura. Puedo decir que Marcelo Luján cumple a cabalidad con todas estas premisas. No puedo más sino recomendarles su lectura y expresar mi gratitud hacia el equipo editorial de Ígneo que, a pesar de los grandes retos y dificultades que atraviesa la industria editorial venezolana, se esfuerzan por publicar títulos como estos, de incuestionable calidad.

***

Alejandra Martínez Cánchica (Caracas, 1990) Tesista de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela. Fan de la ciencia ficción y de la novela negra, con atrevimientos recientes en la escritura. Ha incursionado en el área de la investigación histórica y actualmente trabaja para un grupo editorial independiente. Twitter: @AleCanchica.

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