El aprendiz, por Javier Casares Villaverde (España, 1952)

Christian Schloe

Christian Schloe

El aprendiz

Hacía tres meses que Cancio había entrado a trabajar como aprendiz en el taller de Habib al-Attár, famoso hechicero, nigromante y alquimista que el rey Teobaldo el Trovador había traído de Tierra Santa en su última aventura como cruzado. Mientras aprendía el noble arte de fabricar pócimas, ungüentos y talismanes, se pagaba su manutención y alojamiento realizando todo tipo de labores domésticas imprescindibles en el taller de un alquimista; desde conservar convenientemente pulcro el recinto, hasta accionar durante horas el fuelle que mantenía constante la temperatura del atanor o machacar en el almirez las materias primas de las mixturas que el maestro preparaba. Muchas veces había visto a su preceptor sacar de frascos y redomas extrañas sustancias cuyos nombres, escritos en árabe o latín junto a incomprensibles ideogramas pintados en el exterior, formaban un colorido mosaico en los abarrotados anaqueles del taller que procuraba mantener limpio y ordenado; de algunas, no solo se había aprendido el nombre, sino que también conocía su utilidad y bajo qué condiciones astrológicas se debían usar; sabía que de Venus eran el aljófar, el azafrán, el bálsamo de Judea y la nuez moscada, de Marte el arsénico, el euforbio y el sándalo rojo, de Júpiter el estaño, la pimienta y el alcanfor, y así de todos los cuerpos celestes que conformaban los tres reinos.

Aquel día, tras marcharse el maestro Habib ante un requerimiento del rey Teobaldo a causa de unas fiebres que lo habían dejado postrado, Cancio, que se encontraba sin ninguna ocupación urgente, se dedicó a fisgonear entre alambiques, sublimadores y hornos de reverbero. Contempló la tablilla donde estaban grabados los números del amor que el rey Kanka, el que construyó la ciudad de Manaf, había ideado para estrechar las relaciones entre las personas, y del que dicen que tenía una copa mágica que le regaló al gran Alejandro, que por mucho que bebieses nunca bajaba de nivel. Junto a la tablilla, en unos vasos canopes de alabastro traídos de Tebas y que sirvieron para contener las vísceras de un misterioso sacerdote egipcio, había sustancias que el maestro le había prohibido tocar, líber de mandrágora, frutos de datura estramonio, sabia del árbol de María, eléboro negro, beleño, cicuta, pulpa de coloquíntida y muchas otras sustancias que nuestro amigo el aprendiz desconocía. Como era joven y curioso, fue cogiendo pequeñas porciones de cada una y las fue echando en un acetre de bronce que tenía a su lado, echó también unos ojos de víbora, jugo de rábano, unas hojas secas de acedera, bilis de cabra y semillas de malvavisco. Una vez mezclado concienzudamente todo, cogió el acetre, lo acercó al atanor y, maniobrando con decisión el fuelle, lo puso en ebullición mientras esperaba a ver qué sucedía.

Poco a poco los vapores que salían de la cocción fueron cogiendo color. En principio eran leves destellos nacarados que formaban las volutas de los grises vapores que salían del caldero, para después convertirse en caracoles iridiscentes cargados de veneno que, apenas asomaban por el borde del perol, resbalaban por sus paredes y se fundían, perezosos, con el aire enrarecido del taller. Cancio contemplaba absorto las fluctuaciones mágicas de las ondas que todo lo envolvían; se le antojaban voluptuosas sirenas que acariciaban su cuerpo y cuyos dedos jugueteaban con su pelo ensortijado. El taller se fue convirtiendo en un majestuoso palacio de malaquita donde unas lujuriosas bailarinas realizaban sensuales contorsiones al son de las cítaras, los timbales y los caramillos. Se sentía flotando entre la música que todo lo inundaba, era una nota más perdida en la inmensidad del universo, un susurro en la eternidad. Se iba a fundir con la eterna luz que todo lo bañaba cuando abrió los ojos y vio la cara de su maestro que, sujetándole la cabeza entre sus brazos, le forzaba a beber un amarga pócima que le iba a devolver al mundo real.

Quiso la fortuna que Habib tuviese que volver a por unos compuestos que precisaba para el rey, para felizmente poder enmendar el trágico desastre que su tunante aprendiz había organizado. Al llegar al taller, gracias a su experiencia y fino olfato, comprendió que un poderoso veneno fluctuaba por el aire. Vio el caldero en el atanor y a su joven e inexperto discípulo inconsciente sobre el suelo. Abrió puertas y ventanas para que el viento se llevasen los mortíferos vapores que anegaban el aire, arrojó el contenido del acetre en una zanja que tenía junto al taller y, preparando un antídoto contra el veneno respirado por Cancio, se lo obligó a beber salvando así su vida.

***

Javier Casares Villaverde. Tengo 63 años y he estudiado Filosofía, Pintura y Diseño gráfico. De joven, aunque me dedicaba a la pintura, me gustaba mucho escribir, llegando a colaborar con “El Norte de Castilla” y participando en una revista literaria: “Un puñado de polvo”, junto con escritores como Miguel Casado y Olvido García Valdés. Posteriormente me dediqué exclusivamente al diseño y, hace poco tiempo, retomé mi afición a la escritura y he publicado un libro de cuentos: “Alina y otros cuentos de terror”. Recientemente me he creado mi propio blog donde voy poniendo algunas de las cosas que escribo: http://www.javiercasares.es/

Comenta aquí ~

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s