Jacqueline Goldberg: «No existe poesía ajena al mundo», por Oriette D’Angelo | Fotografías de Andrea Daniela ~

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© Andrea Daniela

La literatura de Jacqueline Goldberg tiene un compromiso con el cuerpo. En su obra publicada hasta ahora, la memoria y la carne juegan a ser ecos de sus propios pasajes biográficos. Hay roturas, casas destruidas, cuerpos desmembrados. Imágenes acompañadas de sutileza y contención. Porque la poesía de Jacqueline Goldberg no se erige desde la impaciencia. En ella hay versos contraídos hasta explotar, palabras multiplicadas para hablar del tiempo y de los movimientos cotidianos. Goldberg se vale de lo sensorial, de lo externo, de lo propio y de su origen para contar aquello que quiere contar. La poesía, género que más ha escrito hasta hoy, siempre está presente en su escritura. Lo poético como marca, como huella, como origen. La poesía como gota que cae en un vaso que no está hecho para derramarse. Leer a Jacqueline Goldberg es leer con despojo y libertad.

Jacqueline Goldberg nació en Maracaibo, Venezuela, el 24 de noviembre de 1966.

Estudió Letras en la Universidad del Zulia, lugar donde afirma haber tenido «agudas lecturas». Sin embargo, dice que le hubiese gustado ser periodista para llegar más rápido a su vocación laboral. Vive de la escritura, y es una promesa que le hizo a sus padres cuando decidió tomar este camino de vida. Además de poeta, es narradora, ensayista, periodista, editora y autora de libros infantiles.

En el año 2007, publicó el libro Verbos predadores, poesía reunida (Ediciones Equinoccio, 2007), publicación que recoge sus trece poemarios publicados entre los años 1986 y 2006 y que se encuentra disponible para su lectura en formato digital. Más adelante publicó los libros Postales negras (Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011), disponible para su lectura en nuestro perfil de ISSUU a través de este link; Limones en almíbar (2014, Premio Tenedor de Oro a la Publicación Gastronómica 2015, Mención Especial de Jurado, que otorga la Academia Venezolana de Gastronomía / de venta en Amazon a través de este link; y Nosotros, los salvados (Kalathos Libros, 2015). En 2013 se publicó su novela Las horas claras, que obtuvo en Venezuela el XII Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana (2012) y que a su vez ganó en 2013 el Premio Libro del Año de los Libreros Venezolanos, la Medalla Internacional “Lucila Palacios” que otorga el Círculo de Escritores de Venezuela y fue finalista en el Premio de la Crítica a la Novela del año en Venezuela. Su poesía ha obtenido importantes reconocimientos en Venezuela y aparece incluida y reseñada en antologías y traducciones en España, Italia, Inglaterra, Rumania, Corea del Sur, Puerto Rico, Estados Unidos, Perú, Brasil, México, Chile, Colombia, Argentina y Venezuela.

En el libro Teoría estética, Theodor Adorno afirma que «la poesía intenta tomar en su poder aquello por lo que existe». Pienso en esto cuando leo a Jacqueline Goldberg. Ella interviene en su contexto y lo transforma en poesía. Existe con la sensibilidad de quien puede transformarlo todo en una palabra que agita, en alguien que escribe como ejercicio de supervivencia. Mujer de literatura arriesgada y contenida. Mujer de verbo predador atrapado en la garganta.

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Obtuviste tu primera mención honorífica cuando tenías tan sólo 19 años de edad con un libro llamado De un mismo centro (1986). Este libro muestra una madurez lingüística que me sorprendió. La consistencia rítmica que aprecié no es muy típica en primeros libros, menos en un género tan riguroso como lo es la poesía. ¿Recuerdas cómo fue escribir este libro siendo tan joven? ¿Cuándo descubriste que escribir era una vocación?

—Jaqueline Goldberg: Tras ese libro había ya diez años de andanzas escriturales, seis de ellos en la poesía. Había pasado ya por dos talleres literarios que me habían enseñado que la poesía era despojarse, limpiar obsesivamente. Había leído poetas de plenitud jadeante: Celan, Eliot, Cadenas. Estaba ya en la Escuela de Letras, tenía compañeros de agudas lecturas y sosteníamos conversaciones de una altura que mucho dista de las que sostengo hoy. Era mucho para los veinte años quizá.

Sí, ahora que mencionas a Cadenas, hay algo que me llamó mucho la atención cuando releí recientemente Verbos predadores. Es un libro que además nos ofrece la posibilidad de leer lo que fue tu obra completa hasta hace diez años y que incluía, para ese momento, un libro inédito. De esta lectura aprecié que la contención es una característica fundamental en tu poesía, algo que es característico también en la obra de Cadenas.

—JG: Era lo que imponían los tiempos. Esa contención era una forma de respirar que además se parecía mucho a mí, con la que me sentía cómoda, quizá porque era entonces más tartamuda y porque hay algo de prisa y juventud en ello.

La tendencia en la actualidad apuesta por poemas cada vez más largos, al menos eso es lo que aprecio por parte de los poetas actuales que he leído. ¿Crees que la brevedad es, en algún punto, necesaria? ¿Es sólo cuestión de madurez o se puede entender tan sólo como un estilo?

—JG: La narratividad en la poesía es una aspiración. Mucho he luchado contra los poemas breves. Verbos predadores es justamente consecuencia del despropósito de hacerme más explicativa, más larga en la página, más narrativa, pero esa contienda no tiene sentido, y tanto es así que aquello que escribo en prosa —relatos, reportajes, entrevistas y hasta mi tesis del Doctorado— está estructurado desde frases muy cortas.

Jacqueline, ¿cómo fue tu infancia?

—JG: No fui una niña lectora. Jamás me condujeron a los libros. Llegué sola, por curiosidad. En mi casa había una pequeña biblioteca con unas pocas novelas y nada de poesía. A los once años estaba leyendo Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig. Empecé a escribir sin haber leído. Luego, la escritura me llevó a buscar libros, a que me regalaran otros, a aferrarme a lo que leía a partir de los programas escolares. Estaba en primer año de bachillerato cuando comencé a leer y a escribir formalmente, o lo que a esa edad parecía formal: todos los días durante horas, en las últimas páginas de los cuadernos, en papelitos. Pensaba en escribir, escribía pensando en seguir escribiendo. Eran días en que el matoneo del que fui epicentro me obligaba a la soledad, por eso escribía mucho.

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En una entrevista dijiste que «sin la literatura le habrías dado más dolor de cabeza a tus padres». ¿Crees que la literatura te salvó de algo?

—JG: Comencé estudiando Economía por aquello de ganarse la vida. Por fortuna en el primer semestre tuve experiencias importantes con la literatura, con amigos que leían, con un primer taller literario, e hice un rápido cambio a Letras, carrera con la que igual me equivoqué. Debí estudiar Comunicación Social, con lo que años después y sin título me ganaría la vida. La Escuela de Letras fue una experiencia esencial. En la Universidad del Zulia teníamos un pénsum muy integral. Formé parte de la primera promoción con Mención en Investigación y Crítica, que luego desapareció. Eso me dio libertad para leer y escribir, al tiempo que alejarme de la docencia, que no me interesaba y que entonces ocupaba muchos créditos del pensum. La literatura me salvó de la tristeza, de la soledad, de las garras de la maldad infantil y adolescente. Esas horas en mi habitación, frente a mi máquina eléctrica, me llevaban lejos y a mí misma. Pude dar un dolor de cabeza a mis padres cuando me cambié a Letras, pero ellos rápidamente comprendieron que necesitaba ese refugio y pronto di señales de que había una posibilidad desde allí. Cuando publiqué mi primer libro se calmaron, luego fueron apareciendo otros pequeños triunfos y prometí que viviría de mi escritura. Lo he cumplido.

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© Andrea Daniela

Si la literatura te salvó de tantas cosas, ¿por qué sientes que te equivocaste al estudiarla en la universidad? 

—JG: Me salvó la literatura, no estudiar Letras. Desde los veinte años escribo en prensa y por muchos años viví de ello. Aún lo hago como freelance. Egresar de Comunicación Social habría sido un camino más directo. En todo caso, todo se ha mezclado. Mi interés por la literatura, el periodismo e incluso la economía han terminado confluyendo en todo lo que he hecho y en los cargos que he desempeñado.

¿Qué escritores te influenciaron en tu adolescencia? ¿Siguen siendo tan importantes para ti como lo fueron en ese momento o tus estilos de lectura han cambiado?

—JG: Hay autores que pasaron de largo, como Rubén Darío y Pablo Neruda; otros que mucho me marcaron como T.S Eliot, Rilke o Luis Alberto Crespo, que por variopintas circunstancias están en un estante que no suelo visitar; y otros que siguen conmigo desde aquellos años como Paul Celan, Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, Anne Carson, Ted Hugues, Marguerite Duras. Las lecturas más conmovedoras aparecieron en mi adultez y son aquellas que escogí, que llegaron tras horas en librerías y en la web o por amigos que respeto.

¿Por qué no visitas el estante donde está Luis Alberto Crespo? Miyó Vestrini, Yolanda Pantin, Adrianne Rich, Marguerite Yourcenar y muchas otras escritoras están presentes a lo largo de tus libros en forma de epígrafes. ¿Citarlas es una forma de tributo a tus propias lecturas?

—JG: Los epígrafes son una forma de agradecimiento y de dejar constancia de las lecturas realizadas. Es una suerte de noticia criminis para que cualquier influencia quede al descubierto, sin tapujos.

Luis Alberto Crespo me sugirió leer a Paul Celan, publicó mis poemas en El Papel Literario cuando yo tenía tan solo dieciocho años y también me condujo a la poesía breve. No puedo apartarlo de mi historia, muy de cuando en cuando lo releo, pero hoy su actuación política me produce náuseas. Pasará el tiempo, morirá, sus libros quedarán lejos de sus días y volveré a leerlo con humildad y renovado agradecimiento. Sé que no es justo, pero la precaria cotidianidad de estos días no me permite otra cosa.

Luis Alberto Crespo se hizo conocido como escritor en una época bastante lejana a nuestro actual acontecer político. Sin embargo, creo que mezclar la escritura con activismo político es un asunto delicado. ¿Crees que esa mezcla en la Venezuela actual es algo que afecta sobre todo a los escritores más jóvenes, en especial a los que tienen posiciones políticas radicales? ¿Sufren el riesgo de no ser leídos ni tomados en cuenta?

—JG: Nunca será lo mismo ese melange de literatura y política para quién se inició en las letras durante este régimen que para quienes vimos con estupefacción las convenientes volteretas de muchos escritores. Luis Alberto Crespo, Ana Enriqueta Terán y tantos otros eran para mi generación tan solo escritores, admirables o no. Su claro paso a las filas del régimen chavista y post chavista nos ha llevado a muchas discusiones y dudas. Los más jóvenes no pueden apelar a contrastes, no vieron otra cosa, les toca nadar en lo que hay, y todo es hoy más complicado por razones que siempre desembocan en lo político. El riesgo a no ser leído ha estado siempre presente. La política atenta contra ello solo cuando atenta contra los canales de difusión.

Te pregunté sobre los epígrafes de escritoras presentes en tus libros y recordé que en la antología Navegación de tres siglos (1826-2002) de Joaquín Marta Sosa publicada en el año 2003 apareces antologada junto a otros poetas, y algo que me parece curioso es que todas las escritoras tienen un capítulo “especial” en el libro. ¿A qué crees que se debió este “tratamiento especial”? 

—JG: Ese libro comete la infamia de arrinconar a las mujeres en un capítulo intitulado «Convictas y confesas». No hay mucha explicación más allá de la misoginia y un espíritu provinciano. El libro tuvo una segunda edición en 2013 sin ningún tipo de corrección tras mucha discusión pública al respecto. Es una antología más. No vale la pena detenerse en ella. Una antología obedece a la respiración de su autor y ello debe respetarse.

¿Crees que existe igualdad de género en las publicaciones literarias en Venezuela? ¿Has experimentado algún tipo de actitud discriminatoria por parte de gente de poder en el mundo de la literatura?

—JG: En la Venezuela de mi conciencia no he visto discriminación alguna a la hora de publicar. Nunca la viví. Las mujeres son una presencia fundamental y reconocida en la literatura nacional. La única discusión que he presenciado sobre el tema ocurrió a propósito de la antología de Joaquín Marta Sosa, y tampoco fue trascendente. Es una antología más.

Volviendo a Verbos predadores, en tu libro Autopsia (2006) construyes una poética de la muerte utilizando casos reales. Es un libro carnal y agresivo, agresividad que se encuentra también en los extractos de los casos reales que se mencionan. ¿Cómo sabes cuáles elementos del mundo exterior te sirven para trabajar un libro de poesía? ¿Cómo supiste que querías trabajar de esta forma el tema de la muerte en un libro como Autopsia?

—JG: La realidad me conmueve y me mueve hacia la poesía, pero no me permito hacer panfletos con ella. De allí que pase a involucrarse en un texto como poesía documental. Me interesan las frases, las miradas que pueden saltar desde la prensa hasta la poesía. Saltarrealidad como citas y como punto de ebullición. Comencé a trabajar Autopsia a partir de la noticia de la mujer que fue hallada junto al cadáver de su hermano. Seguí la noticia durante los tres días que hubo entre el hallazgo y su muerte. Todo estaba allí: el asombro, el lenguaje, la historia, la muerte como epicentro de muchas otras reflexiones. No hay nada nuevo en ello. La poesía surge de lo que percibimos, creemos, recordamos y sentimos, y eso siempre tiene su genealogía en la realidad en la medida en que somos seres ocupantes de momentáneas realidades. No existe poesía ajena al mundo.

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Verbos predadores, ya lo que sería el libro dentro del libro cuyo nombre es el mismo que tiene la compilación, contiene un poema llamado «Poética» (p. 28). Uno de sus versos dice «reconozco, si no temblara no escribiría». La imagen del temblor es algo que se repite constantemente en tu poesía. ¿Qué sucede con el temblor?

—JG: El temblor está en mí desde los cuatro años de edad. Creyeron que era consecuencia de complicaciones del nacimiento. Hoy creen que es genético. Sigo sin tener certeza de su origen. El mal tiene nombre propio tan solo desde hace 18 años y no está comprobado. El caso es que tiemblan mis manos y no recuerdo la vida sin el temblor. Ello me hizo blanco de despiadadas burlas durante la infancia —y no pocos maltratos en la adultez— que me llevaron a refugiarme en la escritura. Si no temblara no habría escrito por vez primera. El temblor es lo malo que ha venido con lo bueno en mi vida.

Has mencionado varias veces el tema de las burlas durante la infancia y cómo la literatura fue también un puente para escapar de esa situación. ¿Mantienes contacto con algún personaje representativo de tu infancia? ¿Crees que puede hacerse algo desde el sistema educativo para evitar estas situaciones o es algo que va más allá de cualquier institución?

—JG: Hoy el matoneo –me gusta llamarlo así más que bullying porque dice de su crueldad– es visible y muchas veces corregido. Las instituciones intentan detenerlo, falta mucho por hacer. El año pasado escribí para Revista Climax un artículo sobre mi propia experiencia. Quise entrevistar a mis compañeros de primaria, muy pocos contestaron y solo una persona dijo recordar todo lo que me hacían. Una vez publicado el artículo, fui amenazada e insultada por alguien que abogaba por la chica que más marcó aquellos tiempos traumáticos aún quedando en el anonimato. Matoneo tras el matoneo.

Postales negras es un libro provocador, escrito de una forma que mezcla distintos tipos de géneros e imágenes. El arte, la memoria y el agua son asuntos presentes a lo largo del libro. Rafael Cadenas —que además escribió el prólogo— dijo en una entrevista que «la poesía debía agitar». ¿Escribiste «Postales negras» con el propósito de agitar? ¿Crees que la principal función de la poesía es buscar la inquietud del lector?

—JG: La poesía es inquietante. A veces mas, a veces menos. De manera distinta en cada lector. Ojalá siempre desencajara, traspasara, hiciera sudar. No hay intención alguna en ese libo.  Quien lee añade a su reacción una velada intención. No hay autores ni libros provocadores, solo lectores que esperamos un relámpago. Postales Negras es un duelo muy mío, tiene textos-prólogos que explican como en ningún otro de mis libros su pulsión genealógica.

Has trabajado como redactora para distintas revistas gastronómicas, entre ellas Cocina y vino. ¿Podríamos inferir que de esta experiencia surgió tu poemario Limones en almíbar (2014)?

—JG: Ese libro fue el alambique de casi dos década trabajando en la prensa gastronómica. Tanto tiempo pasé entre restaurantes, chefs, vinos, comida y palabras gustosas que era natural que aquello pasara a la poesía. Era mi realidad. Mi afortunada y hoy muy extrañada realidad. La revista Cocina y Vino me dio señales de que la poesía podía describir la experiencia del bocado. Eso hacía mi jefe Ben Ami Fihman en sus crónicas y libros, eso permitía en los textos que se publicaban. Más adelante tomé esa vara para todo lo que escribí en otras publicaciones y en mi propio blog.

Y es un libro que además fue merecedor de una mención en el Premio Tenedor de Oro a la Publicación Gastronómica 2015. ¿Qué sentiste ante este reconocimiento?

comer—JG: Ese premio es precioso y me ha hecho muy feliz. Lo otorga la Academia Venezolana de Gastronomía, conformada por personas a las que admiro y aprecio. Me contenta por mi libro, pero sobre todo porque deja abierta la puerta a premiar en adelante trabajos que desde la literatura rocen de frente o de soslayo el tema gastronómico. Muchos libros publicados ya lo hacen y otros muchos lo harán. Cada vez más el tema del comer está presente en la literatura, bien desde el placer, bien desde su ausencia o el hambre. Mi libro no es precisamente apetecible. Está lleno de poemas oscuros donde el yantar va más allá del hedonismo para adentrarse en lo terrible del gesto alimentario. Es, de nuevo, una mezcla de todo lo que he sido hasta ahora. 

Sí, de hecho hay un libro publicado por la editorial Adriana Hidalgo llamado Escritos sobre la mesa (2013) que trata precisamente la relación entre lo literario y la comida, la bebida, el hambre.

—JG: Hay mucho y es fascinante que así sea. Ahora mismo leo Comí de Martín Caparrós. A partir de la amenaza de unos exámenes médicos el autor reflexiona sobre cuánto ha comido en su vida. Comer es un acto cotidiano, pero su placer es de otro mundo. También su imposibilidad. Sólo cuando la comida se aísla de sus inmediatistas significantes antropológicos puede verse desde lo estético. Eso me interesa.

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© Andrea Daniela

Obtuviste el XII Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana (2012) con tu libro Las horas claras (2013). Hay una nota al final del libro que me da bastante curiosidad. Dices que algunas editoriales rechazaron ese manuscrito. ¿Ganar el premio fue una forma de reivindicación?

—JG: Ganar el premio fue la única manera de publicar ese libro. Lo rechazaron editoriales y agentes literarios en España, Argentina, México y Venezuela porque no era comercial. Nunca dijeron nada contra sus planteamientos estéticos. ¿Reivindicación? Quizá, pero no para mí ni para mi libro, sino para otros libros que no encaja en los parámetros de algunas editoriales. Mi libro no descubre el agua tibia. Son incontables los libros que se despojan de los géneros tradicionales y apuestan por una mezcla de todo, y se publican, gustan y se venden.

Esta novela tiene elementos bastante poéticos e incluso podría considerarse de género híbrido, un juego entre la narrativa, la prosa y la poesía. ¿Estabas al tanto del carácter híbrido que querías otorgarle a su escritura a la hora de enfrentar las primeras líneas o fue algo que surgió a medida que ibas escribiendo? ¿Cómo fue su proceso de escritura?

—JG: Yo tenía una historia, quería contarla e investigué. Supuse que saldría un cuento o una novela, pero las frases se fueron fragmentando, apareció la poesía y no la detuve. No me importaban las consecuencias de esa escogencia. Sabía que aquello no sería fácil publicarlo, pero no me importaba. No pude forzarme a otra cosa. Así salió. Una vez escrito el libro, busqué que se aceptara tal cual. Por fortuna el premio me reiteró que no puede uno escribir lo que no sabe ni puede escribir. Me interesa que todo cuanto escribo gire en torno a la poesía, guste o no.

¿Te encuentras trabajando en alguna otra novela?

—JG: Estoy trabajando en un libro que parece que va a ser una novela y que desde ya asoma que va a ser otra cosa. No hablaré de ese libro por lo pronto.

En el año 2015 publicaste Nosotros, los salvados, un libro de poesía documental que retrata los horrores del Holocausto a través de diversos testimonios. ¿Cómo empezaste a gestar este libro? ¿Piensas escribir algún otro libro parecido utilizando las herramientas de la poesía documental?

—JG: Ese libro salió de otros tres libros de testimonios de sobrevivientes del Holocausto residenciados en Venezuela y que yo misma escribí por encargo de la Unión Israelita de Caracas entre el 2006 y el 2010. Son fragmentos que por sí solos son testimoniales y poseen fuerza poética propia. Para llevarlos al libro de poesía, solo separé el texto original en versos y añadí ciertas puntuaciones respiratorias. Tengo otro libro con poesía documental volando por lejanos parajes, ojalá aterrice aquí, allá o acuyá. La poesía documental es una propuesta estética —que no inventé yo— que se quedará conmigo. Me resulta «cómoda», me permite mostrar exactamente lo que deseo desde la historia, la realidad y la poesía.

Ahora, esta no es tu publicación más reciente. Este año publicaste un libro llamado Supuestos negados a través de Twitter. Quisiera saber más sobre esta experiencia. ¿Crees que sí hay espacio para la literatura en las redes sociales?

—JG: Fue un experimento que me obligó a volver a una poesía muy breve. El soporte tecnológico no resultó de ninguna manera experimental: no hay demasiada diferencia entre eso y publicar un libro, sobre todo en cuanto al proceso creativo y la estructura de los textos. La difusión es otra cosa. La poesía en las redes sociales no es ya un experimento ni una rareza. Temo incluso que esté siendo excesiva y mal utilizada. Todos publicamos fragmentos de poemas que no estoy segura de cuánto interesan y que actúan como un medio de legitimación muy fácil para quien los cuelga. El paso a plataformas más visuales como Instagram o Snapchat dirán cuánta vida queda a la poesía en las nuevas redes sociales. 

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Fue, además y según tengo entendido, una publicación que permitió que otros pudieran interactuar con cada una de las publicaciones. ¿Los poemas sufrieron algún tipo de cambio y mutación gracias a la interacción de los demás o se respetó el concepto original del libro?

—JG: La interacción fue poca, más allá de comentarios desagradables de unas niñas ociosas que abrieron una cuenta a partir de mi título para dedicarse a insultar a escritores venezolanos. Pero mi experiencia nada dice de lo que ocurre con las propuestas literarias en las redes. Ha habido ideas muy interesantes como la de la tweet-novela de Sonia Chocrón, #AmorEnTiemposDeCola, que tuvo tanta interacción que llegó a modificar los rumbos de la historia original. Por lo pronto nada me asombra en las redes en cuanto a la poesía.

¿Cuál es el papel de un escritor en la Venezuela de hoy?

—JG: «Son precisamente las épocas de crisis las que muestran la necesidad de la poesía en la vida del hombre y de las sociedades», dijo Eugenio Montejo en su discurso de aceptación del Premio Octavio Paz en México. Pero esa necesidad —de leer y escribir poesía— es íntima, silenciosa. El escritor no puede ni debe hacer algo más allá de lo que sabe hacer: escribir. Su existir es ya un acto de resistencia. Otra cosa sería panfletaria. Lo entienden incluso algunos de quienes en el país se jactan de estar con el régimen. Viven de él, participan en lamentables propagandas televisivas o son funcionarios, pero no escriben sobre él. No son tontos. 

Y para finalizar la entrevista, se acaba de publicar en este portal tu poemario Perfil 20. Quisiera que nos hablaras un poco más sobre este libro inédito hasta hoy y sobre cuáles crees que son las ventajas de publicar libros en formato digital. 

—JG: Perfil 20 fue un juego que creí que sería mucho más cercano a la poesía documental. Investigué mucho sobre los elementos que incluye el examen sanguíneo que me hago todos los años, pero no utilizo fragmentos de mis pesquisas y no me apego a citas. Creo en los libros digitales desde mucho antes de que su necesidad se impusiera como paliativo a la crisis editorial en el país. Con un libro digital puedo llegar a más de las 300 personas que tienen acceso al libro físico, y a gente más joven, de otros lares. Igual es una apuesta, poco podemos saber de la carretera que tomará un libro digital, quién lo lee, qué piensa. Si bien el feedbak ocurre más rápido que con un libro impreso, no podemos esperarlo y mucho menos buscarlo. La literatura tiene un metabolismo que ni siquiera la tecnología consigue acelerar. Soy lectora de libros digitales, no tengo prurito alguno en pasar del papel a la pantalla. Me gusta saber que hay una biblioteca en el aire esperando por mis apetitos.

+Descarga: «Perfil 20» de Jacqueline Goldberg

+ISSUU: «Perfil 20» de Jacqueline Goldberg

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