Westworld: de regreso al salvaje y robótico Oeste; por Maikel Ramírez

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“Cause money for blood ain’t no fair exchange”
(Jon Bon Jovi: Blood money)

El cineasta norteamericano David Lynch recientemente declaró que, hoy día, la televisión es mucho más interesante que el cine y que, a su parecer, el arte se ha desplazado hacia la pantalla chica. En la misma línea argumentativa, el escritor Jorge Carrión formuló, mucho antes,  que, por su remarcable calidad formal y de contenido, así como por configurar nuevas formas de lecturas, las series televisivas se han convertido en un teleshakespeare. De resultas que si el bardo inglés, como tanto lo ha defendido el crítico literario Harold Bloom, inventó lo humano, los programas seriales pavimentan el camino hacia lo que se ha designado como posthumanidad. Estas ideas, ya digo, cristalizan perfectamente en la serie estrenada el pasado domingo 2 de Octubre por la cadena HBO, Westworld.

            Westworld se ambienta en un parque de atracciones de tecnología avanzada, donde, bajo la dirección del Dr. Robert Ford (Anthony Hopkins), se recrea la conquista del salvaje Oeste.  Las instalaciones reciben ‘recién llegados’ (newcomers) que pagan un alto precio por hacer lo que les plazca con androides llamados anfitriones (hosts), sin que estos pueden herirlos en respuesta. El episodio inaugural mostró sus cartas sin tapujos al presentarnos al violento Hombre de Negro (Ed Harris) disparándole mortalmente a Teddy (James Marsden), quien inútilmente trató de evitar de que golpeara a Dolores (Evan Rachel Wood) y terminara violándola en el establo.  

            Dirigida por Jonathan Nolan y producida por J.J. Abrams, la serie Westworld se basa en el filme homónimo de ciencia ficción (llamado Almas de metal y Oestelandia en algunos países de habla hispana) que Michael Crichton escribió y dirigió en 1973. Crichton, se recordará adicionalmente, aprovechó la biotecnología para horrorizarnos con otro parque temático, Jurassic Park, novela que alcanzó una notable adaptación a la gran pantalla de la mano de Steven Spielberg en 1993. Se espera que esta nueva serie tomé el relevo del éxito registrado por Juegos de Tronos, obra estrella de HBO que estaría finalizando en 2018. Por lo pronto, Westworld  marcó el mejor nuevo estreno en los últimos tres años de la cadena de televisión.

            En claro contraste con el clásico filme, en el que un magistral Yul Brynner encarnaba a un androide que, tras perder el control, asesinaba a John (James Brolin) y perseguía  implacablemente a Peter (Richard Benjamin), el programa serial sujebtiviza a los Otros robóticos de suerte  que empaticemos con su condición muy humana, procedimiento que le debemos a Mary Shelley por haberle concedido voz, pensamiento y deseos a la criatura de Frankenstein. Sostengo, no obstante, que lo que enormemente cuenta en la serie Westworld son los deseos más oscuros e inenarrables de los seres humanos. No se trata de las chiquilladas que aventuraban aquellos personajes centrales de la obra de los setenta. De lo que hablamos acá es de una dimensión sombría del alma humana que se exhibe desnuda en el parque temático. En ningún otro lugar podrían ser los recién llegados más libres de ser ellos mismos que en Westworld. Estos, a diferencia de los violentos personajes de La purga, franquicia del director James DeMonaco, no necesitan un día específico para liberar su bestia interna, ya que tienen suficiente con simular que forman parte de un saludable e inofensivo entretenimiento. Y allí se puede identificar una de las líneas dramáticas más productivas de la serie, pues mientras los recién llegados afirman su identidad reprimida, los anfitriones, como se sugiere, experimentarán una crisis de identidad.

            A no dudar, el Oeste es el lugar más apropiado para vaciarse de toda la materia real de la que están hechos los acaudalados visitantes,  territorio donde los instintos más primitivos priman por encima del diálogo y la concordia. El referente literario que se nos antoja pertinente no puede ser otro que Meridiano de sangre, novela del escritor norteamericano Cormac McCarthy, que sabiamente José Ovejero ha llamado antiépica, puesto que en el baño de sangre descrito a lo largo de sus páginas no existe un centro ideológico con el que nos identifiquemos, esto es, todos sus personajes carecen de virtuosismo. En otros términos, nativos y blancos participan en equitativas proporciones en una brutal carnicería que, al fin y al cabo, funda la gran nación americana. Se ve, entonces, que no hay nada de heroico ni de noble en estas figuras fundadoras.

            Westworld, para decirlo todo, se mide sin complejos ante su antecesora por medio de grandilocuentes exteriores, planos de fina textura poética y robustas actuaciones de un excelentísimo elenco, entre otros tantos elementos que merece la pena destacar. Por el momento, agucemos nuestros sentidos en cada venidero episodio, como quien se dispone a batirse en duelo tras el altercado en una cantina.

 

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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