Otra cámara, por Lauro Barajas (México, 1994) | Narrativa ~

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Chad Riedel

Desperté por segunda vez consecutiva con la ropa puesta gracias a un doce de cerveza artesanal de Monterrey. No sabía que David Bowie había cedido los derechos de la canción Under pressure de Queen. Hoy me enteré que simplemente los cedió, permitió que Fredy Mercury cantara su canción sin que hubiera dinero de por medio, según mi fuente de información, la cual fue muy extraña y llegó de la nada. Hoy cambié la cámara de mi bicicleta porque hace como dos días pisé un clavo en la ciclo pista de federalismo, la cual ya me tiene harto pues es como el segundo o tercer clavo en dos meses. Pero si no me hubiera ponchado no me hubiera enterado de lo de Bowie. Estaba esperando que le pusieran el parche de la bicicleta, “oye we, no va a aguantar el parche, trae una rajadota”, me dice el mecánico de bicicletas en federalismo y Ávila Camacho. Tuve que comprarle otra cámara. Cuarenta pesos. Mientras espero sentado en la banqueta viendo los carros pasar pienso en lo que será de mi vida hoy, es decir, pienso como un egoísta. Hoy nos invitó el dueño de La pinta negra a no sé dónde por el bosque de la primavera a comer carne asada, compró un cartón de cahuamas y seguramente muchos porros de marihuana (de nosotros, de los empleados, digo nosotros porque la marihuana siempre será de todos, como los arboles). Pienso en que comeré sin gastar un peso, y que beberé también sin gastar un peso, y que fumaré, también sin gastar un peso. De repente se pone de cuclillas un señor viejo con el cráneo marcado a medio centímetro de cada ojo, como si le hubieran succionado el líquido gris tipo liposucción pero en la cabeza. “No puedo creer que en algún punto de la evolución de la bicicleta se volvió bien ligera, en mis tiempos estas cosas eran discotes bien pesados, de un metal bien pesado”, me dice a unos 50 centímetros de mi cara, muy cerca, quizá más cerca. Le digo que mi bicicleta está ahí adentro y que también está bien pesada. “¿Cómo te llamas?”, “Lauro”, “a mucho gusto Lauro”. Mi bicicleta me la entregó en ese momento el mecánico, le di los cuarenta pesos de la cámara y el viejo comenzó a hablar de su vida. “Yo trabajaba ni más ni menos que para una empresa alemana de nombre, adivina”, sus ojos se volvían como dos canicas gigantes que se abrían ante el mundo, y dijo un nombre en inglés de no sé qué Enterprise o Merchandise, no le entendí bien. “Mi jefe me preguntaba, a ver Alberto, tu diplomita profesional no te va a servir de nada si no tienes dos cosas, ¿cuáles crees que son?” Cuando le preguntó eso su jefe de la compañía alemana de diseño, no supo que contestar, yo también esperaba una respuesta. “La primera, es C-A-P-A-C-I-D-A- D”. Asentí la cabeza, pues quien diferiría. “Y la segunda, empieza con C y termina con D”, dijo, así que tontamente repetí la palabra capacidad en forma de pregunta. “No, la segunda es ni más ni menos que la C-R-E-A-T-I-V-I-D-A-D”. Ambas palabras comienzan con C y terminan con D, son buenas palabras. Pienso en creatividad en el sentido de crear, de no dejar de crear, de la misma forma que los carros nunca dejan de contaminar. Pienso en la palabra capacidad en el sentido del valor, de tener el valor de hacer tal cosa, ser capaz de hacerlo. Habrá quien diga humanamente que todos somos capaces, pero no creo que sea así. Ya vacilaba Sócrates con que era un regalo divino, e Ingenieros habla de esos pocos artistas, pensadores y escritores como esas pequeñísimas y casi nulas semillas de la grandeza humana, portadores de ideas que podrían significar evolución, o destrucción, o arte. Y es que todos son o tienen la idea de que aspiran a músicos o escritores, pero no todos son músicos o escritores o lo que sea que se propongan de forma creativa, otra vez en el sentido de crear, de nuevo, de no tener la maldita necesidad de parar, insaciables, que no dejan de escribir, o que no dejaron de escribir, o que no dejaron de producir música, hasta que los mataron o los exiliaron (y aun así escribían), o se les acabo su tiempo como en las malditas piñatas. “¿Qué hace un político en la cárcel? ¿Qué hace un abogado en el hospital? Cualquier cosa menos trabajar ¿Qué hace, en cambio, un escritor en la cárcel o en el hospital? Trabaja, en ocasiones incluso trabaja mucho”, escribió Bolaño en Entre paréntesis. Así que escribir y vivir y escuchar y seguir viviendo “¿Y tú estudias algo, cuántos años tienes? Tu nombre otra vez”. Cada minuto, de verdad, a cada minuto me preguntaba por mi nombre otra vez y todas las veces le repetía, “Lauro, Lauro, Lauro”. “Mi escuela está aquí a la vuelta”, le decía refiriéndome al CUCSH. “¿Qué estudias?”, “filosofía”, le contesté. Se alejó un poco, se puso las manos en la cabeza como si hubiera encontrado el boleto ganador de la lotería o se hubiera reencontrado en vida con un difunto, las canicas de sus ojos se salen aún más, y pienso que está ebrio o está exagerando, pero me dice, “Lauro, yo también soy udegeño, y trabaje para la empresa alemana (nombre de la empresa) muchos años. Imagínate. Mi jefe del trabajo fue el que me hizo diseñador gráfico cuando no tenía mi título. Me preguntó, ¿tú para que chingados quieres un diploma profesional?, hasta se escucha bien mamon diplomita profesional, pero la verdad solo lo hice por el varo, si ganaba de por si bien con el título ganaba un varote. Y un día una mujer con cabello hasta acá, cuerpo hermoso, una mujersota, bellísima, me propuso ¿qué crees?, ni más ni menos que rentar un departamento y dividir los gastos fifty-fifty. Y que crees, un día empezamos a ganar más y que nos vamos ni más ni menos a un penthouse, ¿si sabes lo que es un penthouse? Y tenía la vista, ni más ni menos, que al templo expiatorio (lo decía como si el templo fuera una estrella de energía infinita, aunque admito que es bonito). Y obvio nos armábamos un porrote (continuaba) y escuchábamos a dos grandísimos artistas”. Yo esperaba que dijera Floyd y Zeppelin, porque quizá para mí sean esas dos grandísimas bandas, pero dijo otra cosa. “A Queen y a David Bowie”. Hice una cara de simpatía según yo, o de aceptación, pues sé que son buenos artistas, de hecho escribo esto escuchando Under pressure de Queen. “Y ¿si ubicas  la canción de Under pressure?”, asentí con la cabeza. “Esa de, tuntuntun tututun tun, tuntuntun tututun tun”, hacia el sonido del bajo. “Pues esa canción, ¿qué crees Lauro?, Queen se interesó en ella, así que fueron con Bowie y le pidieron los derechos de la canción, que cuanto tenían que pagar. Y Bowie les dijo que no les cobraría porque era entre colegas pero que cederían únicamente con una condición. ¿Qué crees que fue Lauro?”, le dije que no sabía. Me sentía como si estuviera viendo esos documentales de los 70s de National Geographic donde hablan de chismes de los artistas. “La única condición fue que Bowie tenía que estar presente en la sala de grabación. Y si, grabaron la canción y ni se distingue cuando deja de cantar Bowie y empieza Freddy Mercury”. Hice otra cara de simpatía, era un buen dato. De la nada mencionó el grunge, yo mencioné a Nirvana y se quejó, “ese puta madre pendejo porque se tuvo que suicidar”. Hace como dos días estaba viendo uno de los varios documentales que hay de Cobain, con entrevistas de sus allegados y colegas musicales, amigos. Al final del documental, todos opinaban sobre que hubiera sido de él musicalmente si siguiera vivo. Todos concluían que definitivamente hubiera seguido produciendo música, del mismo estilo, o algo más tranquilo. Y es que al mismo Cobain lo graban en una lancha o barco o algo así, se ve el mar, diciendo que le gustaría hacer música un poco más tranquila para tocar acústica y algún día poder tocar como “fucking Johny Cash”. Y si, hubiera sido interesante. Le hice saber a Alberto Rosales, “más Alberto que Rosales”, decía, que tenía que retirarme, pues iba tarde a la reunión de los de La pinta negra cerca del bosque de la primavera, donde nos embriagaríamos. Eso es. Mi día, comida y alcohol gratis. Me dio un apretón de manos que de hecho me dolió, “Sale Lauro, mucho gusto, diviértete, y enamórate”, me decía mientras me alejaba en la bicicleta con otra cámara nueva.

***

Lauro Barajas (Tijuana, Baja California, 1994). Estudiante de Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Hice media carrera en la licenciatura de Historia, pues desde ya hace bastante me interesa la geopolítica de la guerra fría. Desde entonces escribo en forma de aforismos, y hasta hace poco menos de dos años tuve la inclinación por los cuentos. Libros como Se busca una mujer de Bukowski o Llamadas telefónicas de Bolaño me han “inspirado” a seguir esta línea de escritura. En la licenciatura de filosofía tengo la inclinación por la Filosofía Antropológica, así como por la Cosmología y la Biología. He tenido casi una docena de empleos, desde agente de llamadas telefónicas, hasta en la Gandhi o de mesero. El tema del hombre me inquietará siempre.

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