Tuxedo, por Diego Salinas (Venezuela, 1991)

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Imagen obtenida aquí

Mi gata es vieja. Morirá pronto. Mi gata es vieja. Vieja; más vieja de lo que me decía la enciclopedia de Charlie Brown que, cuando niño, utilicé para saber cuánto vivían los gatos. Para saber cuánto esperar. Dieciséis años, decía. De catorce a dieciséis. Ella tiene diecisiete; yo tengo veinticinco. Los dos crecimos juntos. Su piel es suave y rosada, sus patas son largas y arqueadas. Diecisiete: uno más que la esperanza de vida de un gato. Ya debería esperar eso, esperar que mis mascotas superen su expectativa de vida. Cristóbal murió de doce y era un ovejo.

Saca la muerte de tu cabeza.

Si toda mi vida ha sido una sucesión de mascotas muriendo, ¿cómo no voy a tener una dolorosa conciencia de mi propia mortalidad?

Sácala

La puerta se cierra, salgo del estudio. La saludo. Le doy un beso como si no fuera a morirse nunca; como si nunca pensara en la inminencia, al menos aparente, de su muerte. Se lo oculto, no le digo nada. Ella me muerde. Yo la cargo. Chilla, no le gusta que la carguen. A mí sí me gusta. Quisiera que me cargaran. Quisiera que ella me cargara. La miro: verde contra marrón. Ella sabe esperar; sabe qué esperar.

Todavía la busco como hace diecisiete años cuando la escogí. Llegar a casa es todavía como llegar del colegio. Mi mamá, la computadora, y la gata. Todo inmóvil, suspendido. La trinidad. Mi trinidad.

II

Su olor,

Olor a gata.

Aroma a nada.

Inhalo:

                  Revivo el olor.

Lo llamo.

Lo recuerdo –

Ella se sienta.

Se sienta entre mis piernas

                  Como siempre.

La memoria llega.

Juega.

Bigotes de gato

                  Quemados

Saliva de gato:

ternura,

protección,

compañía,

pelo.

Vida.

Su olor; su olor a gata. Aroma a nada. Revivo el olor. Lo llamo. Lo recuerdo. Ella se sienta. Se sienta entre mis piernas como siempre. La memoria llega. Juega. Saliva de gato. Olor: ternura, protección. Compañía. Pelo. Vida. Bigotes de gato; bigotes quemados.

III

Te veo sobre la colcha. La misma con la que he dormido desde mi adolescencia. La misma sobre la que incontables veces has dormido. Conmigo. Dormida conmigo, dormida entre mis piernas. Dormida como siempre. No me muevo; no me muevo ni un milímetro. Si lo hiciera despertarías. Siempre te despiertas. Siempre apareces por las noches; reclamas tu puesto. Tu lugar, tu cama, yo. Todo es tuyo. Todo es para ti.

IV

No es la primera vez. No es ni por asomo la primera. Ni siquiera la segunda. Tres veces ha pasado: esta es la tercera. La tercera del miedo. Siete, diecisiete, veinticinco. De alguna forma siempre estás. De alguna manera te encuentro.


***

Diego Salinas (Caracas, 1991). Vivió en San Antonio de los altos hasta que, recientemente, se mudó a Argentina para terminar su tesis. Aunque aún no ha hecho nada, tiene la esperanza de hacerlo pronto. Le gusta pensar que algún día todas las imágenes de piedreros, tiros y niños peleando con cuchillos frente a su casa se conviertan en un trabajo literario sólido. Mientras, se conforma con seguir leyendo.

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