Un café vespertino, por Jesús Delgado (Venezuela, 1993)

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Sebastien Plassard

Llego al café de siempre. Hago una venia al barista. Me responde con una sonrisa. Me siento en una mesa del rincón y miro al Ávila. Jugueteo con mi celular. Lo hago girar alrededor de sí mismo sobre la mesa. Miro al Ávila de nuevo. Miro al barista, mi amigo el barista, quien se ríe simpáticamente con una clienta. Puedo ver que es un joven ambicioso. Como yo. Me identifico con él. Tal vez por eso nos hicimos amigos. Tal vez por eso él me buscó conversación aquella vez: somos la misma vaina y nos reconocemos y por eso nos generamos simpatía. Realmente, no sé. En fin, es ambicioso como yo y es un buen amigo. Acomodo el cuello de mi camisa, enderezo el reloj en mi muñeca izquierda y arranco y un pedazo de hilo blanco que sobresalía de mi manga. Ella llega. La miro acercarse, sonriéndome con toda su belleza floreciente de dieciocho años, con sus ojos azules y sus hombros pecosos y su cabello rubio liso. La miro y aunque todavía no hemos siquiera ordenado ya me río para mis adentros. Sé que si ella supiera lo absurdo de mi situación también reiría. Me pongo de pie para saludarla. La saludo, de una manera peculiarmente cariñosa, desplazando mis manos más de lo que se pensaría prudente para una primera cita. No me importa. Acaricio, literalmente, su cintura, su espalda baja. Parece gustarle. Se sienta frente a mí. Inmediatamente vienen las preguntas obligatorias, los lugares comunes, las preguntas corteses. Qué tal el viaje, tienes rato esperando. Hago una seña a mi amigo el barista, quien se acerca la sonrisa de complicidad de quien se cree sabedor de grandes secretos. Hubiera preferido total prudencia de su parte, pero las cuatro adolescentes que he traído para acá desde que trabaja aquí lo hacen creerse en el derecho de dirigirme esta clase de gesto que a mí, de naturaleza reservada, me parecen más bien fuera de lugar. No le doy importancia. Ordenamos dos mokaccinos. Ella es hermosa. Su piel es blanca y en su cuello endeble hay un lunar marrón que quiero morder. Ella es la vida. Su risa es tierna. Desde el punto de vista pragmático, no debería estar aquí. Estar aquí no me produce ningún beneficio inmediato, ni aun sé si lo hará a largo plazo. Pero soy muy instintivo. Algo me dijo que tenía que invitarla a salir. Primero, porque es muy bella, y, segundo, porque la vida me ha enseñado (con grandes desilusiones) que muchas veces las oportunidades sólo se presentan una vez. Hay factores externos que uno no puede controlar, y una oportunidad podría definirse como una conjunción de circunstancias, que puede nunca vuelvan a converger, de modo que no dudé en llamarla porque de todos modos no tengo nada más importante qué hacer, por ahora. Realmente, estoy pasando por una severa crisis personal: no he escrito más. No hay temas. No se me viene nada a la mente sobre lo que pudiera escribir, y eso me resulta desesperante, porque entonces no tengo en qué canalizar mi energía, que es mucha. Casi nunca me sucede lo que me está sucediendo ahora. En líneas generales, siempre tengo temas, y más bien siempre me falta tiempo para escribir todo lo que quiero escribir: el trabajo y las compras me agobian. Al punto que quisiera a veces desconectarme de las tareas inherentes al mantenimiento del hogar y escribir solamente, por meses, decirlo todo, absolutamente todo en todos los cuentos y novelas que se me ocurren y desahogarme. Sin embargo, no es la primera vez que me sucede esta situación, ya he pasado un par de veces por ella, y la solución ha sido siempre buscar desesperadamente los temas para escribir hasta que eventualmente aparece alguno. He amanecido con extraños en las discotecas de Las Mercedes, de Sabana Grande, en la búsqueda de temas para mis libros. Y por eso estoy ahora frente a ella, que se toma delicadamente y con pitillo su mokaccino, mirándola maravillado de su belleza e imaginando su desnudez y sin saber qué comeré mañana. Mi juventud me tocó durante la peor crisis económica de mi país, y mi salario no cubre siquiera una quinta parte de la canasta básica. De hecho, en éstos dos cafés se me irá la mitad de mi pago quincenal. Pero yo sonrío mientras le pregunto a ella cómo está su café y ella me contesta que muy rico, que gracias.

Hoy desayuné un plátano y un huevo. Ambos sancochados. Mi almuerzo fue exactamente lo mismo. Y si la memoria no me falla, en la nevera me quedan tres huevos y dos limones. Y aún faltan nueve días para la quincena. Estoy jodido. Pero no todo es malo. Ella comienza a hablarme de una historia bien interesante. Se trata de la historia de su tatuaje: una frase en letra corrida en la muñeca. Me interesa la historia e inmediatamente me doy cuenta de su potencial. Es una historia ideal para un reato corto. No hay suficiente material para una novela pero puede trabajarse perfecta —e intensamente— en un cuento corto que condense todo el conflicto. Sí. Volví. Me siento muy bien. Me siento feliz porque ahora no puedo esperar para llegar a casa y colar café y trasnocharme escribiendo. Me alegro aún más al recordar que es mi primer día libre de la semana, por lo que mañana no trabajaré y podré escribir a mis anchas. Realmente me alegro. Me siento eufórico, para ser exacto. Llamo a mi amigo el barista y le pido dos postres. Un duro golpe a mis finanzas, pero no me importa porque ahora tengo qué escribir. Dos brownies, por favor, le digo con una sonrisa. Ella siente mi entusiasmo. Me confiesa que no sabe por qué me confesó la historia de su tatuaje, asegura ser bastante cerrada, se sorprende de sí misma. Llegan los brownies y seguimos riendo y cae la noche y desde nuestra mesa miramos las estrellas y mi amigo el barista se acerca a nuestra mesa quitándose el delantal para despedirse porque ya cambió el turno y debe irse y ella saca su cartera y le da una cuantiosa propina y yo me doy cuenta de que ya le he contado toda mi vida. En los segundos posteriores a la despedida de mi amigo el barista, hubo un silencio durante el cual ella estiró su mano sobre la mesa y acarició la mía. Desde el comienzo de nuestra conversación, dos horas y media atrás, ella había aceptado la cualidad excepcional que tenía todo esto, de modo que, supongo, se atrevió a actuar también ella de forma excepcional: acarició mi mano de una forma muy tierna y se quedó en silencio. Yo recibí la caricia también en silencio. Ambos miramos al Ávila como en un intento de evadirnos, pero ya estaba oscuro afuera y el monte era apenas visible. Vimos las estrellas. Pagué la cuenta y caminamos hacia el metro y durante el camino ella me cogió de la mano y yo se la apreté fuerte.

***

Jesús Delgado (Venezuela, 1993). Abogado. Llevo cinco años escribiendo narrativa y he participado en un par de concursos tanto nacionales como internacionales. Microcuentos de mi autoría han figurado dentro de los finalistas a publicarse en concursos tales como el “#C140” de Banesco (Venezuela, ediciones 2013 y 2014), y la antología “Érase una vez un microcuento”, (España, 2014).

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