Despedir a Chuck Berry (desde una máquina del tiempo), por Maikel Ramírez ~

 

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La tarde del 21 de octubre de 2015 los actores Michael J. Fox y Christopher Lloyd se reencontraron para interpretar una vez más a los personajes Marty y Doc Brown, los mismos que inmortalizaron con Volver al futuro, una de las sagas más exitosas y memorables de la ciencia ficción, que Robert Zemeckis dirigiera entre mediados de los años 80 e inicio de los 90. El motivo del reencuentro no podía ser otro que, según lo cuenta la segunda parte de la trilogía, la llegada de nuestros viajeros del tiempo tras una travesía abordo de su automóvil marca Delorean desde el remoto año 1985. Apenas salió del vehículo, Marty expresó un enérgico: “Doc, it seems like 2015 kind of sucks”. Esta reacción, decididamente, puede leerse como una típica consigna posmoderna, de las que acostumbradamente brotan debido al fracaso del proyecto de la modernidad, a saber, de los metadiscursos extraviados y cualesquiera sistemas abarcativos que sospechosamente pretendían allanar el camino hacia el progreso.

Respecto a esto, el filósofo norteamericano Fredric Jameson observa que la desdicha y el naufragio metafísico que experimenta el sujeto posmoderno es proporcional a su refugio en referentes del pasado. De allí que la posmodernidad sea inherentemente kitsch. Lo que no promete el futuro sí lo hace el pasado. La carencia de utopías las suplimos con lo que, a falta de un término, podríamos llamar ‘retropía’, ese pasado dorado en el que nuestra plenitud era posible. Bajo esta luz, resultamos ser como los personajes del filme de Woody Allen Medianoche en París (Gil también viaja en el tiempo): sin futuro, pero con un pasado cada vez más promisorio.

Que se sepa, al menos hasta ahora el viaje en el tiempo no es posible. Los estudiosos del tema se parten la cabeza proponiendo agujeros de gusanos y universos paralelos, entre otros recursos, para hacer dicho viaje materializable. Al margen de esto, la idea de poder realizar este periplo casa perfectamente con la búsqueda posmoderna del pretérito de dicha inagotable y, sustancialmente, con la fantasía de identificar y, por tanto, reparar el punto exacto en el que todo lo que somos en la actualidad se fue al basurero. Nada puede reclamar tanto nuestra compasión que alguien intentando reparar el pasado, pero se cruza fatalmente con paradojas y termina modificando el curso de los eventos hasta el punto de perder mucho más que antes.  Este tipo de desenlace liga a los viajes en el tiempo con la noción de efecto mariposa, el cual sostiene que un cambio, por diminuto que lo juzguemos, puede tener resonancias amplias, tal como lo expresa el proverbio chino según el cual el aleteo de una mariposa puede causar un tsunami al otro lado del mundo.

Sostendré que Volver al futuro combina ambas tendencias muy propias tanto de los tiempos posmodernos como de los viajes en el tiempo de la ciencia ficción en la medida en que, en primer lugar, Marty debe reparar el pasado y, en segundo, indaga en una época en la que aún las cosas parecen seguir su buena marcha. Lo primero, aclaro, no tiene que ver con el evidente hecho de que Lorraine (Lea Thompson) se enamora de Marty, su futuro hijo, sino, antes, con que su padre George McFly (Crispin Glover) es un hombre castrado simbólicamente, esto es, un hombre sin autoridad, sometido en todo momento por su supervisor Biff  Tannen (Thomas. S. Wilson), quien, como vemos en 1985, le exige que escriba sus reportes, lo coscorronea delante de Marty, y hasta usa su camioneta y lo choca sin que ofrezca una disculpa ni asuma la reparación. Para decirlo de una vez, George es la encarnación del ‘loser’, cuya interpelación social en la categoría ‘perdedor’ ha arrastrado al resto de la familia: Lorraine es una alcohólica, los hermanos de Marty son bobalicones y empleados de poca monta, en tanto que Marty no alcanza a triunfar como músico y, tal como lo apunta el sociólogo Erving Goffman, arrastra el fracaso del padre como un estigma que deteriora su personalidad, lo que su maestro de la secundaria no parará de recordárselo. Convengamos en que sea de manera casual o consciente la trilogía Volver al futuro es una continua búsqueda por rescatar a la familia de Marty de la condición de ‘perdedora’.

Al mismo tiempo, el inicio de la trilogía de Zemeckis dirige su mirada hacia mediados de los años 50. Haciendo a un lado el bullying de Biff, la imagen del pequeño e imaginario pueblo californiano Hill Valley que construye el director resplandece en colores pasteles. El lugar vibra con el aire festivo y pujante de una nación que apenas diez años atrás derrotó a los nazis, a Mussolini y al imperio japonés en la Segunda Guerra Mundial. Nos detenemos con placer en los restaurantes, en los trajes elegantes de la población adulta, en la invención de la televisión, en el sugerido optimismo de la carrera espacial, en las rocolas repletas de buena música. Esta mirada nostálgica contrastaría evidentemente con la de los convulsivos años 60, marcada por la contracultura, la guerra de Vietnam, las Panteras Negras, la Guerra Fría y la crisis de los misiles, los movimientos feministas y LGBT, el magnicidio de John F. Kennedy y los asesinatos de Bobby Kennedy, Martin Luther King y Malcolm X.

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Resulta desternillante encontrar que Marty se adelanta al nacimiento de varios referentes de la cultura popular con el fin de salir de algunos atolladeros, entre ellos a Darth Vader, a la patineta y, por supuesto, al rock ‘n roll, lo que nos lleva directamente al inigualable Chuck Berry. Como ya hemos visto, en el futuro 1985 de donde viene, Marty es un guitarrista fracasado, pero el pasado le abre sus puertas de manera generosa para que el joven se convierta en padre fundador, pues si alguien aspira a la máxima gloria del rock, qué mejor oportunidad que convertirse en el guitarrista más influyente de la historia del género. Nunca ha importado si lo tuyo es el heavy, el grunge o el punk, porque Chuck siempre estará más allá del bien y del mal, se ubicará por encima de esas fronteras con las que se suelen partirse los géneros musicales. De hecho, si buscamos en Youtube algunos covers hechos por bandas y músicos reconocidos, encontraremos nombres insignes como The Beatles, Ramones, Motorhead, John Lennon, The Rolling Stones, entre tantos otros.

Una muestra similar la encontramos en el documental La historia del Rock and roll, en el que figuras emblemáticas como Ray Manzarek, Carl Perkins y Eric Burdon hablan de la influencia de Chuck en todos los guitarristas rockeros y hasta se permiten elevar al músico al sitial de ‘poet laureate’ norteamericano, en virtud de las letras de sus composiciones. Perkins, en lo personal, subraya el espectáculo que representaba Chuck al ejecutar su típico ‘Duck Walk’ (caminata del pato) en el escenario. Muchos de nosotros crecimos admirando el virtuosismo de Chuck al tocar su guitarra y poder bailar con tal elasticidad sin perder el ritmo, a lo que debemos sumar el histrionismo que le inyectaba a esto con las muecas de su rostro. Para ser justos, entonces, hablar de Chuck Berry es también hablar de un carácter indómito, pues no es poca cosa que un hombre negro cantara y se moviera así en plenos años 50.

Siguiendo con lo anterior, otro de los gestos transgresores que emprendió Chuck fue componer piezas como Maybellene y Roll over Beethoven, en las que, como se aprecia, se alude a referentes identitarios de la cultura blanca: la primera es una canción country, mientras que la segunda reivindica a la música popular antes que a la música clásica. El punto es que hablamos de una época en el que la discriminación racial rasga la sociedad norteamericana. Perkins, en el antedicho documental, comenta que Chuck era muy consciente de que a través de su música podía luchar contra la ideología racista a la par de los líderes políticos.

La idea de viaje temporal se enlaza con el comportamiento de los sistemas caóticos descubiertos por el matemático y meteorólogo Edward Lorenz. Estrictamente hablando, un sistema de esta naturaleza comporta una trayectoria impredecible. Un ejemplo claro lo ofrece el cuento El ruido de un trueno, del escritor norteamericano Ray Bradbury, cuyos viajeros del tiempo descubren que han modificado el futuro de manera insalvable luego de que uno de los participantes del safari en el periodo cretásico pisara una mariposa. El meollo del problema es que no importa que ellos viajasen miles de veces al pasado para restituir el estado de cosas inicial, ya que nunca podrían obtener el mismo futuro. En otros términos, obtendrán futuros diferentes, pues tratan con un sistema impredecible. De manera que los resultados pueden ser diferentes al infinito. De regreso al futuro, el destino ganador de Marty, en cambio, no podría ser más envidiable. Cómo no serlo tras haber fungido de Chuck Berry en aquel baile de 1955. Las letras de la canción Johnny B. Goode reflejan el antídoto que necesitaba Marty para romper con su pasado sombrío de una vez: “Maybe your name will be in lights/saying Johnny B. Goode tonight”.

Chuck Berry partió de este mundo pocos días atrás y, en contraste con Marty, no tenemos el consuelo de una máquina del tiempo para ser testigos de los maravillosos días del nacimiento del rock ‘n roll. Nos queda, como lo ha constatado Kendall L. Walton, la música, siempre actualizadora de tiempos lejanos y un estimulante directo de nuestro aparato perceptivo, como si de un viaje por el tiempo se tratase.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

 

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