Seis poemas de Natasha Martínez (Venezuela, 1993)

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Lizi Mao

Que risa da ella
llora por lobos enfermos
Y números primos
cree que la conversación entre dos borrachos
compartiendo un cigarro realmente
significa algo.
Un findeaño le dieron las doce llorando:
-¿pero por qué lloras? ¿por qué lloras? ¿por qué llora esa niña?
¿porquéllorasporquéllorasporquéporquéporqué?
Ella no lo sabía entonces, pero
estaba siendo acorralada por las primeras soledades
las más tempranas, primitivas
los sabores borrosos de la desconexión
Ella no lo sabía entonces, pero
la estaba invadiendo una nueva claridad
de saberse lejana, de entenderse otra
con heridas irreconciliables para sí misma y para los demás
que no entendían nada.

Triste lucidez
saber que cuando digo: Ávila
yo pienso en el tacto de la montaña
y tú en el cuadro de Cabré.

***

Si soy sincera, soy un par de canciones de Cerati
porro marlboro unos poemas de Miyó
unos ensayos de Hanni
un pasillo
y una mala pea en Higuerote.
esa soy yo y lo demás es paja
lo demás es el chip de complacencia
Y un celular demasiado a la mano para mi gusto.
Lo demás es una niña de diez años que le pide un alma
al niño Jesús.

***

Ogiggia

Me cuesta tomarme en serio lo que dicen mis amigas
del amor propio y otros vicios
eso de date tu lugar y vaina
porque amiga, eso no importa
uno es un lugar o no
Y no me molesta ser la orilla donde encalla
algún viajero inesperado
al contrario, son bienvenidos, pero advierto
que no me gusta conservar ningún cuerpo
Mis amigas no entienden que no importa
porque casi todos
llegan muertos.

***

La triste ironía [como todas]
de tener un fantasma
para llamar exclusivamente
cuando me siento como una mierda 
materializar en una llamada perdida
todo mi patetismo y mis soledades
concretar en la ilusión de un evento novedoso
pasó algo 
algo  acabó
la misma nada el mismo
golpecito la confirmación
la dura confirmación 
que intuía que sabía el fracaso anunciado la contestadora
su número llamando
diciendo que sí
que está aquí en la misma calle en el bar de siempre
[con ella]
la voz el fantasma que piensa que decir 
que me quiere y quererme
es
más o menos
lo mismo.

***

Cuando escucho Billie Holiday pienso en ella, en mi mejor amiga. Ella que nunca lloraba y yo que lloraba por todo. Su hermana se reía y nos decía que juntas éramos una persona perfecta, la que contenía todo y la que desbordaba sus emociones. Sí, ella nunca lloraba, pero cuando lo hacía era hermoso. Ponía Billie Holiday, me miraba con un asombro tan sincero y me decía “¡es la voz más triste del mundo!” así, como si no pudiera creerlo y a mí me encantaba esa capacidad suya para decantar la belleza en lo triste (y la tristeza en lo bello). Un día fuimos a un conversatorio de las hermanas Palacio e Isabel dijo algo sobre un amigo suyo que estaba muriendo al que le llevaba discos y que un día se fue muy movida porque él le dijo que era muy duro escuchar a Beethoven sabiendo que será la última vez. Ella estaba sentada más adelante y volteó a verme con los ojos llenos de lágrimas, de nuevo con ese asombro tan suyo y me hacía gestos en silencio como de “no puedo creer que acaba de decir eso ¿te imaginas? Escuchar a Beethoven por última vez…” y se tapaba la cara y al salir me repetía esas palabras como un conjuro: “escuchar a Beethoven por última vez…” y yo pensaba en la muerte y en mi deseo de despedirme de la belleza cuando tocara. Sí, ella nunca lloraba, pero cuando lo hacía…

Hoy tengo todo el día escuchando a Billie Holiday, la voz más triste del mundo que cantó I’ll be seeing you, temprano recordatorio, pequeño simulacro de despedida y despojo de la belleza, aunque nunca estemos preparados para despedirnos, aunque toque demasiado pronto, aunque sea la última vez que se nos resbale de las manos y lo sepamos y nos quedemos tristes con los puños cerrados

Y las manos vacías.

***

Ella se encierra en el baño
busca en su lista de contactos un nombre         algo
capaz de dar
la palabra precisa   el consejo/la canción
que aguante las lágrimas y salir
con algo de dignidad
pero nada
más vacío más confrontación más fracaso      más
de repente
lo disfruta
disfruta el silencio, no tener a quién decirle la tristeza
el despojo
callar
quedarse
y llorar
Alguien toca la puerta     alguien canta     ríe
Ella se atreve y marca un número
Como marcando un sendero       dibujando
un brazo extendido        una mano abierta
que no alcanza
que no la toca

Ella sabe que no marcó el número
para encontrar una voz
sino para llorar al ritmo
de una llamada perdida.

***

Natasha Martínez (Caracas, Venezuela, 1993). Actriz en formación que escribe como un mal vicio. Estudiante de Letras UCV.

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