Sin lugar a dramas, por Fabrizzio Lerma (Venezuela, 1996) ~

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Ammiki

Por aquel tiempo andaba falto de dinero y no tenía aspiraciones. Había, por así decirlo, tocado fondo.

Así es como un día iba caminando sin rumbo cuando topé con una vieja librería. Me atrapó desde su nombre de corte clásico, sus estanterías detrás de los vidrios ahumados, el aire anticuado de su puerta de cristal con letras verdes gastadas.

Entré y no supe si se habían confirmado mis impresiones o si más bien me desilusionaba su aspecto. Porque, en verdad, era todo lo que su cáscara pregonaba: antigua, polvorienta y llena de títulos viejos como reliquias; pero era, también, sórdida y viciada.

Por un momento no vi a nadie y vagué la mirada a un mostrador con cajitas de lápices, bolígrafos, goma de borrar y otros útiles semejantes. Eso estaba de cara a la puerta. A los lados había vitrinas. Y a uno de los bordes del mostrador y al fondo, estaban las estanterías como un umbral.

Me fijé en el hombre sentado ante el mostrador, viejo y encorvado y con los ojos perdidos y vidriosos. El dueño era un tipo que no hablaba, y cuando lo hacía se limitaba a balbucear incoherencias del pasado, o a ordenarme revisar tal o cual título, o darme mi paga.

Sea como fuere, habiendo tocado fondo, todo aquello me pareció el estado natural de las cosas. De manera que le pedí trabajo y me lo concedió.

Laboré por tanto que ya no recuerdo cuánto fue. Las primeras horas se estiraron sentado y a la espera de clientes que muy raramente hacían acto de presencia. Los primeros días todavía no andaba habituado a ese ambiente y pasé mis horas tragando polvo y tratando de sacarle conversación al viejo. Finalmente, a las primeras semanas ya había comprendido cómo iba la cosa, y más que preocuparme me perdía dando vueltas por las estanterías viendo qué título interesante podía toparme, y después me buscaba un rincón donde leer mientras esperaba la conjura de algún cliente furtivo.

Había bastante que ver, desde luego, pero el libro o la historia que más llamó mi atención fue el viejo casi permanentemente sentado frente a su mostrador, sus murmullos inconexos de los cuales entresacaba de cuando en cuando pedazos de su pasado, y que a fuerza de deducción logré hilvanar en un cuadro más o menos certero.

Era una ocupación tranquila la de recorrer las vitrinas con sus curiosidades, los estantes con sus lomos de cuero rojo o verde oscuro con letras doradas, el polvo que lo consumía todo y que aplicadamente trataba de ahuyentar con trapos y paños y soplidos desde el diafragma.

Allí había historias de todo tipo, contenidas en libros de todo tipo. La letra casi siempre era la misma: esos caracteres típicos de ciertos libros de antaño cuyas editoriales largo ha que se han desvanecido; pero asombraba el cómo las mismas letras sirvieran para emplazar tantas historias tan diversas, muchas veces con las mismas palabras, o hasta con los mismos nombres.

Me aficioné, particularmente, a la sección de clásicos rusos, los cuales imité mucho en otra época. Los rusos, pensaba entonces, de alguna manera funcionaban como reminiscencia entre mi estado del momento: he tocado fondo, me decía, y los rusos con sus almas muertas, su humo, sus crímenes y castigos, y sus jugadores, entre tantos otros, ilustraban con más elocuencia y más intensidad lo que yo, en vano, rumiaba en mi cabeza.

Pero había allí una historia que no estaba escrita y, por eso, quizás, era la más digna de lectura. Era ese viejo siempre sentado, siempre balbuceante, siempre ajeno a la existencia más y más persistente del polvo y el deterioro. Era ese viejo una suerte de historia rusa, o así me pareció entonces, y hubo veces en que pensé en escribirlo; claro que no tenía dónde escribir.

El episodio quizá que me llevó a tener tales o cuales impresiones sobre la librería y el viejo, que me llevó a hilvanar esta trama, fue algo que pasó un día que me dedicaba a mi sección rusa: noté una caja en un rincón, que estaba parcialmente oculta por uno de los estantes, y cuyo color la hacía casi invisible. La saqué a duras penas y encontré, en su interior, una antigua máquina de escribir.

Me alegré y saqué la máquina, diciéndome que era mi día de suerte: quizás podría usar algún tiempo para retomar el hábito de un relato aquí y allá, sobre todo en vista de la ausencia de clientes. La desempolvé y me propuse teclear un rato, cuando el viejo la vio: entreabrió la boca, detuvo su balbuceo, y se levantó con un vigor que jamás le había visto. Me gritó en la cara que la guardara otra vez. Nunca antes el viejo dio señales de vida significativas, nunca después las volvió a dar.

Y así fue como empecé a sacar la máquina de cuando en cuando, procurando que no me viera…

Por aquel entonces no era más que un joven cuyo padre regentaba una librería y se dedicaba a ciertos malabarismos monetarios. Él, por su parte, no tenía nada que ver, ni quería tener nada que ver. Su padre era hombre avaro, y tuvo la suerte de que ese día estuviera más flexible que de costumbre: de lo contrario no hubiera adquirido la máquina. Ahora la tenía, y no la iba a desaprovechar. Tecleó en principio porque sí, porque vivir en un sitio de libros equivalía a tener que hacer algo que las letras, aunque fuera para no sentirse en disonancia. Su padre, por lo demás, no daba tregua: trabajaba día tras día tras día, y en las horas libres tecleaba y tecleaba. Un día, su padre lo agarró y le dijo que acaso pudiera sacarle utilidades a esa máquina; le quitó algunas cosas que había escrito y las juzgó decentes, y como sus malabarismos lo habían llevado lejos, logró algo con un diario local: nada digno de mención, pero pagaban, y dinero por poco fuera bastaba para no desechar la máquina como frivolidad.

Paré de teclear y me sequé el sudor de la frente: había olvidado lo que era esa concentración, y me sentí cansado y entusiasmado a partes iguales. Absorbí por la nariz el polvo del aire y tecleé. Noche a noche, o durante la primera luz, o después del almuerzo, tecleé.

Una vez estaba sentado en la parte de atrás, en la sección rusa. Era de ascendencia eslava, después de todo. Su familia por ambas partes tenía orígenes profusos provenientes de toda Europa del este, y parte de Asia. Él no lo pensaba mucho, pero se traslucía en lo que escribía para ese diario mediocre. Esto le causaba, sin percatarse, una sensación de temor. Quería dar el gran salto, pero no lo hacía. Su padre se limitaba a lo suyo, y se contentaba con que sus malabares funcionaran y no se le cayera nada durante el espectáculo. En cuanto a su madre, no la recordaba, era una imagen inefable. Así es como llegó un día que la puerta se abrió y una figura se contrapuso a los vidrios ahumados. Era una joven un tanto pálida, menuda; desde lejos no la vio bien, y no le importó y no le hubiera importado si su padre no le gritaba que fuera a atender. Se puso de pie, apartó un poco la máquina, anduvo al mostrador. La joven estaba desacostumbrada a ese ambiente de polvo, y se le veía en la cara que arrugaba sin querer, en la tez liviana, en los ojos algo llorosos. Él preguntó qué quería, ella le explicó que iba por un título. Él quiso saber cuál, ella no se acordaba bien pero le explicó el argumento, y él creyó saber cuál era y se sorprendió de reconocerlo como de los suyos, de aquellos libros que consideraba de los suyos, y fue a revisar a ver si lo tenía y en efecto ahí estaba en su color verde oliva con las flores de lis doradas. Le entregó el ejemplar y ella lo hojeó para comprobar que fuera, y asintió sonriente y añadió que se asombraba de que lo tuvieran puesto que era raro conseguirlo, aunque por lo visto era de esas librerías en las que prácticamente hay reliquias, y él dijo que así era y que si buscaba algún otro siempre podía volver pues abrían todos los días y los precios eran buenos y no solían tener mucha clientela. Su persuasión funcionó, por lo pronto, y ella prometió regresar en unos días. El padre dijo que estaba bien, que si se empleaba a fondo a lo mejor la conseguían de cliente habitual y eso estaba bien porque no tenían casi clientes.

Unos días después el viejo me vio con la máquina, pero estaba resignado. Me dejó usarla, balbuceando como siempre. Fue un episodio, un fogonazo de vitalidad, y ya se había esfumado. Dejé de esconderme para teclear y lo hacía cuando me venía en gana, de modo que avancé más deprisa.

Sea como fuere, a menudo me detenía cuando notaba demasiado sudor, y me daba una vuelta por los rusos o limpiaba aquí o allá, y entonces el viejo volvía a ser esa presencia apergaminada que se sentaba cerca del mostrador. Pensé en la ingente cantidad de tiempo absorbida por las grietas de su cara, sus ojos entrecerrados; pensé en todo el polvo que ese hombre había acumulado, lo mismo que los tomos de papel recubierto y amarillento que se agrupaban en las estanterías. Los resquicios entre libro y libro, igual que los resquicios entre arruga y arruga, habían tragado toda existencia, limitándola a una mudez de polvo y papel y títulos en letras doradas. Porque sí, los títulos siempre eran en letras doradas, como la piel de pergamino oriental del viejo.

Pensé en toda esa suciedad que perdía a los libros, y ultimadamente perdía a los hombres. La misma suciedad que enmohecía las hojas descuidadas, que hacía que el olfatear un ejemplar demasiado antiguo se convirtiera en un acto poco recomendable, que me ponía en la situación nada agradable de escupir cada dos por tres porque ese libro ruso tenía tanto de sucio como los hombres pueden llegar a tener de podredumbre tras tantos años en la fosa, en la tumba, o como se le quiera llamar.

La joven volvió a los dos o tres días. Él estaba apartado, no tecleando sino leyendo, las piernas estiradas y los brazos cruzados, indolente. Ella llamó un par de veces antes de que se diera cuenta; estaba solo ese día y ningún grito le avisó de la visita. Se dio prisas y le preguntó qué tal el día, qué buscaba, qué le había parecido el anterior. Ella respondió que le gustó, claro, que después de todo lo estaba buscando y no era por nada sino por algo, porque lo recordaba de unos diez o veinte años que acaso habían pasado demasiado rápido. Él dijo que no podía estar tan vieja, claro, pero no era cosa de edad sino de recuerdos y ahí en un lugar de reliquias eso debía acentuarse aún más y por eso lo decía, y él asintió eminentemente, que desde luego sabía a qué se refería y si no lo sabía más le valía irse retirando de una vez, o dejarse matar de una vez por una estantería grande, dejándola caer en arrebato de pudor, o vergüenza, o por la simpleza de los dramáticos… Y yo seguí tecleando como si hubiera en ello una evocación de la vida, como si cada palabra en esa máquina destartalada fuera la traducción de los balbuceos del viejo, de sus miradas de reojo al estante de los rusos que yo tanto apreciaba, y había ahí algo de duplicidad, algo de contemplación cuando el viejo parecía más y más a un espantajo humano conforme se convertía en algo más visible, de contornos reales e incluso alegres, cuando… sí, cuando él asintió una vez más yendo de estante en estante, con ella esperando a un lado, y él revisaba a ver si este era el tomo pero no, no era porque el que ella buscaba no era de color verde oscuro sino de plano negro, pero los años borronean tanto que el verde oscuro y el negro se terminan por confundir, pero él tenía buena memoria y sabía cuál era y estaba algo triste de tener que despedirse porque lo había leído varias veces, ella le dijo que no se preocupara que se lo traería de vuelta o lo cambiaría por otro después, y él dijo que estaba bien, pero si se lo quedaba lo consideraría acto de traición, y así siguió buscando y ella siguió viéndolo buscar…  y tuve que parar por un rato porque llegó una sombra de cliente, pidiéndome algún ejemplar más reciente y que, naturalmente, no teníamos; le expliqué que nos especializábamos en antigüedades y obras de colección, procurando engatusarla, pero no cayó y se marchó, y me regresé a la máquina, tardé un rato en asimilar el balbuceo, ese balbuceo que tanto decía pero no decía nada… y ahí finalmente llegaron a las estanterías del fondo, oscuras y sombrías, y él buscó un taburete porque era alto y estaba seguro de que el ejemplar era ese ahí arriba, y ella aguardó, y ya llevaban demasiado rato de espera cuando oyeron una tercera voz desde el mostrador, el timbrazo, y él se bajó a toda prisa con el libro en la mano, ella se disculpó regresando al que era una figura que pronto se remarcó como un hombre, un joven, un tipo ceñudo pero apuesto, y él se quedó un poco boquiabierto con el ejemplar en la mano y diciendo que en qué lo podía ayudar, y él le dijo que se apuraran porque no podía pasarse todo el tiempo esperando, ella le dijo con voz meliflua que ya faltaba poco, y él tragó saliva y le dio el libro y ella asintió, sí, era ese, y él les indicó el precio, y lo pagaron, y se quedó un momento de pie en el mostrador, tan de pie como de viejo acaso llegaría a estar sentado, tan de pie como otros mueren pero él no morirá porque ha preferido caerse sentado, a balbucear, a balbucear hasta la muerte.

Aunque, a decir verdad, no vale la gran cosa. En ese momento comprendí que no valía la gran cosa. Era mejor tirarlo a la basura, de manera que agarré el fajo de papeles entintados y los arrugué en una bola, y los mandé a la papelera.

¿Por qué? Porque viendo el viejo, vi una iniquidad en escribir. Vi porque la máquina estaba escondida. No podía escribirla, porque aquello era un drama, y el viejo se sentaba para eludir todo drama. En la librería no cabían esas cosas, sino personas como él, o como yo, que habíamos tocado fondo.

Y como un relato así no vale, agarré más papel, y decidí escribir de otra cosa.

***

Fabrizzio Lerma Chirinos (Valencia, Venezuela, 1996). Cursa actualmente estudios de Derecho en la Universidad José Antonio Paéz, y es un autor novel con cuatro novelas y varios puñados de cuentos. 

Aprobación y corrección: Andrea Hernández
Ilustración de Ammiki. Pueden visitar su tienda aquí

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