Del terrorismo al juvenicidio, por Maikel Ramírez

Protesta 19 de abril (21 de 29)

Fotografía por Andrea Daniela | 19 de abril de 2017

Supongo que es un tanto estéril insistir en los hallazgos que el análisis crítico del discurso ha alcanzado sobre la victimización que, pese a la violencia que ejerce, la élite dominante se atribuye cuando los oprimidos reclaman sus derechos, como lo ha demostrado en varios de sus trabajos el holandés Teun A. Van Dijk. De manera que no es novedosa  la estrategia de criminalización de las recientes protestas estudiantiles que hacen el presidente venezolano Nicolás Maduro, Néstor Reverol, el general Padrino López, José Vicente Rangel y cualquier periodista de las plataformas comunicacionales progobierno.  Igualmente, resultaría estéril insistir en que la etimología de la palabra ‘terrorismo’ nos indica que deriva de la Revolución Francesa, específicamente del periodo del terror, la etapa más sangrienta de este evento cuando Robespierre encarcela o guillotina a quien considerara contrarrevolucionario. Prefiero, antes,  acudir a experiencias personales y hacer un breve recorrido por algunos eventos que, de algún modo, establezcan conexiones que nos ayuden a vislumbrar repeticiones y continuidades del  momento en el que nos encontramos.

En la Universidad Simón Bolívar, Sede del Litoral, he estado al frente de dos Estudios Generales en el que exploramos diversas representaciones de la violencia. En el primero de ellos, Viaje a través del tiempo: literatura y cine de ciencia ficción,  que empecé a dictar poco tiempo después de haber ganado un concurso de credenciales  en abril de 2007, dedicamos una clase a las más atroces sociedades distópicas; en el segundo, El cuerpo que somos: de lo íntimo a lo histórico-social, diseñado en coautoría con la Profesora Ana María Ramírez, dedicamos un sesión a los cuerpos sometidos a torturas, masacres y genocidios. Confieso que nunca sentí tanta repulsión como cuando vi la imagen del tanque aplastando a un grupo de estudiantes en pleno centro de Caracas el día miércoles 3 de mayo. Quizá mi asombro se deba a que uno suele creer que el mal se incuba muy lejos de donde uno se encuentra, que siempre pasa en países distantes y que nunca nos tocará. Un ejemplo ilustrativo es la conocida la imagen del joven estoico frente a la fila de tanques en la Plaza Tiannemen en 1989. Me enteré al día siguiente que uno de aquellos jóvenes debajo de las ruedas del vehículo estudia en la USB-Litoral. Su nombre es Carlos Vargas, de apenas 19 años, cursante  de la carrera Administración Aduanera, quien, como se ha notificado recientemente, está en recuperación. Poco después, vi unas declaraciones del ministro Reverol en las que acusaba de terroristas a los muchachos heridos.

No conozco al estudiante Vargas personalmente, pero, aun cuando es obvio que su caso (y el de los estudiantes en general) nada tiene que ver con grupos como ISIS o AlQaeda, debo dejar constancia de algunas otras características, muy concretas, por las que este estudiante, definitivamente, no es un terrorista. Jóvenes como él asisten a uno de los cursos mencionados arriba y aprenden la importancia de, como señala el filósofo iraní Ramín Jahanbegloo, crear propuestas para un mundo posible, uno en el que haya tolerancia hacia quien piensa y tiene costumbres diferentes a nosotros, en el que actuemos de acuerdo a un marco de valores universal. Mientras que esto pasa, no obstante, el presidente insulta a sus adversarios llamándolos “histérica” (Julio Borges) y “Capriloca” (alusión clara a Capriles Radonski), o el presidente, ante la grave inmersión de ciudadanos en un río que Jackeline Faría nunca llegó a sanear, en uno de los casos más nauseabundos de corrupción, metaforiza a estas personas como excremento: “al Güaire lo que es del Güaire”.

El estudiante Vargas no es un terrorista, sino un joven con expectativas de futuro resquebrajadas, pues, supongamos, ingresó a la universidad convencido por el gobierno de que había acabado con la prueba de ingreso para democratizar la universidad. Pero Vargas, supongamos, descubrió que lo estafaron, pues esta medida populista no va acompañada de elementos vitales, como (a) una planta física con la capacidad para una educación apropiada; (b) suficiente equipos (computadoras, videobeams, reproductores de audio) para emprender los retos propios de una educación del siglo XXI. De hecho, jóvenes como Vargas son los que terminan emigrando y desde la distancia le hacen contribuciones a su alma mater, asumiendo como propias las responsabilidades de un gobierno negligente; (c) similar a lo anterior, podemos mencionar los libros, pues, en razón de sus altos costos y la casi nula importación de publicaciones actuales, a los profesores se le hace imposible mantenerse al día con la producción mundial. En cuanto a mí, ha sido gracias a las generosas donaciones de muchos de mis alumnos que he podido leer textos actuales; (d) un número de autobuses que corresponda a la población que asiste a la universidad diariamente. Quizá el joven Vargas tiene que madrugar muy temprano (con el peligro de la delincuencia) para llegar a una cola larguísima, y si no logra subirse a una de las unidades, de seguro perderá una de sus clases; (c) la alimentación apropiada. Me pasó que venía en un autobús y una muchacha, que seguramente no sabe que soy un profesor allí, hablaba de que le sonaban las “tripas” a cada rato, que se desmayaba en el salón y que, por tanto, no se concentraba en los estudios. Al momento de escribir esto, el comedor tiene cárnico por dos semanas más. He visto muchachos comer un pedazo de carne fría y pétrea, sin nada más; (d) seguridad. Aunque su carrera es otra, doy por cierto que Vargas se relaciona con estudiantes de Gestión de la Hospitalidad y Turismo. A estas alturas, ya le habrán contado que los alimentos que necesitan para sus prácticas en el Restaurante Escuela Camurí Alto (RECA) son robados con frecuencia, que la delincuencia es literalmente Pedro por su casa en la Sede, sin que el Estado asuma seriamente la seguridad de la comunidad universitaria.

Sin creer aventurarme mucho, sostendré que lo que termina destrozando al joven Vargas es que al llegar a la universidad se encuentra con que no tiene profesores para algunas de sus clases, puesto que tan pronto terminó el trimestre anterior varios de estos emigraron. Descubrirá Vargas cosas más amargas y es que nadie quiere ser contratado por una remuneración tan ínfima ni en el mayor de los delirios aspiran a concursar para trabajar en la universidad, que cada concurso convocado queda desierto. Vargas cavilará sobre la posibilidad de que la universidad se quede sin profesores, y si el gobierno ofrece ocuparlas con profesores express, graduados sospechosamente en las universidades progobierno, la estafa amenaza con ser mayor. Vargas, como cualquier otro estudiante, aspira ser un buen profesional, no uno al que le dan un título solo para que la burocracia gobiernera aumente las cifras y se vanaglorie de ello en los organismos internacionales. Seguramente, este joven ya habrá escuchado que el gobierno quiere firmar una nueva convención colectiva  bajo la mirada complaciente de su sindicato patronal, uno de esos típicos madrugonazos a los que acostumbra en su macabra doctrina del shock.

Adviértase que no asoma nada acá que vincule a un estudiante con el adiestramiento ni  la persecución de unos objetivos propios del terrorismo. En cambio, sí se hace diáfana las responsabilidades del Estado en la fractura de las aspiraciones de un joven estudiante. Dicho de una vez, jóvenes como Vargas están en pleno derecho de exigir el cumplimiento del compromiso adquirido por el Estado en lo que atañe a la educación. En el momento actual, sin embargo, estas razones han sido excedidas por un autogolpe de Estado y todo apunta a que pueden ser sobrepasadas por el fraude que el Presidente, el TSJ, el CNE y el PSUV cocinan con la Asamblea, para decirlo en los términos atinados de Henry Ramos Allup, Prostituyente.

La cifra es brutal. La periodista Elyangélica González informó que la mayoría de los asesinados son jóvenes entre los 16 y 30 años. Siguiendo al lingüista cognitivista George Lakoff, acordemos un término que nos permita entender un fenómeno, no solo nombrarlo, pese a que sin duda sería un paso importante, sino pensarlo y enlazarlo a otras acciones o manifestaciones que pudiesen escapársenos por no contar con un marco conceptual apropiado. En tal sentido, consideremos la palabra ‘juvenicidio’, que el recién fallecido escritor mexicano Sergio González Rodríguez elabora laboriosamente para tratar la masacre de los 43 estudiantes normalistas mexicanos en su crónica Los 43 de Iguala, México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos. Para González Rodríguez, “El juvenicidio empieza con el ataque a la universidad o su destrucción”. Igualmente, mantiene que un juvenicidio implica que:

“Los jóvenes, excepto una minoría, son extraños en su tierra, ya que están expuestos, más que a las necesarias oportunidades de educación, empleo, cultura, justicia, civilidad, a los riesgos de la violencia, el crimen, la toxicomanía, la economía informal, el pandillerismo, las armas, la explotación laboral o la de tipo sexual”

Desde el ángulo propuesto, pronto queda clara la sistematicidad de estos asesinatos, sobre todo si emprendemos una interpretación retroactiva, puesto que el homicidio de jóvenes estudiantes durante las protestas de febrero de 2014 tienen el mismo modus operandi. Pongamos por caso el asesinato de Geraldin Moreno, joven estudiante de la Universidad Arturo Michelena, quien murió tras recibir un perdigonazo en el ojo por el Guardia Nacional Albin Bonilla Rojas, en complicidad con Caridad Borroso. Por desgracia, estos casos son tratados como responsabilidades individuales, aunque, como vemos, su sistematicidad acusaría a los altos mandos y al propio Estado.  Una evidencia que parece confirmar esta hipótesis es un video que circula en redes sociales en el que las fuerza armadas gritan la consigna: “quisiera tener un puñal de acero para degollar a un maldito guarimbero”, entrenamiento al más puro fascismo del filme Full metal jacket, de Stanley Kubrick, cuyo objeto es transformar a los soldados en máquinas asesinas. Para que esto ocurra, es menester contar con la aprobación de los altos mandos y con una clara línea que se ajusta a los propósitos del Estado. Subrayemos que esto no se constriñe a una consigna, sino que es una expresión de un sistema de razonamiento y, en consecuencia, de una forma de actuar en el mundo y relacionarse con los demás.

Respecto a las responsabilidades personales, conviene contrastar el caso del líder político Leopoldo López, actual trofeo de guerra que Diosdado Cabello exhibe con sadismo por tv, sobre quien recayó la responsabilidad de los eventos ocurridos en 2014. El Gobierno Nacional debería empezar a explicar por qué López sigue encarcelado si en la calle siguen asesinando estudiantes con el mismo modus operandi por el que se le condenó. Un examen atento pone en evidencia que, insisto, hay una sistematicidad en el asesinato de jóvenes estudiantes.

Una mirada descentralizada también puede resultar reveladora. El asunto es que a la par de las agresiones y los asesinatos en medio de las protestas otras han venido ocurriendo contra jóvenes que nada tienen que ver con estas. He seguido por TV los casos de muchachos que fueron interceptados por la policía y que más tarde aparecieron muertos. Las madres y los vecinos de estos jóvenes aseguran que ellos no participaban en las protestas, incluso escuché el caso de una madre que afirmaba que su hijo no estaba estudiando. Es como si ser joven te convirtiera automáticamente en un estudiante, lo que, según la lógica que hemos examinado, te hace un guarimbero, es decir, el enemigo a aniquilar. Otro caso que habría que conectar con lo que hemos revisado es el de las OLP, grupos de exterminio creados bajo el pretexto de acabar con la delincuencia. Meses atrás, hubo numerosas denuncias luego de que estos equipos se desplazaran por las barriadas usando máscaras de la muerte. Quizá es hora de problematizar esto y concluir, al amparo del psicoanálisis, que las máscaras son las otras, que el exterminio y la muerte son la verdadera identidad (véase las denuncias hechas por la diputada Delza Solorzano con relación a las jóvenes víctimas). Qué decir de quienes tienen boleta de excarcelación, pero el SEBIN retiene arbitrariamente. Es claro que necesitan conservar la narrativa del terrorismo contra todo.

Ya vendrán los comunicadores sociales de la unión cínico-militar a defender con sus obscenidades la agresión contra jóvenes desarmados. Dirán que, por ejemplo (no es broma, es literal), los terroristas se lanzaron bajo el tanque para dañarle las ruedas al vehículo, o que los terroristas le arrebataron un arma a los indefensos guardias nacionales (los estudiantes deben dejarse caer a plomo). Vendrá Néstor Reverol a remedar burdamente al personaje Kovacs (Jeff Goldum) de El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, cuando muestra unas fotos de lugares donde no vemos a Monsieur Gustave (Ralph Finnes), pero que, a su criterio, son evidencias irrefutables de que Gustave estuvo allí.  El general Padrino López, ese héroe imbatible de batallas que ni para la ficción son apetecibles, fiero en guerras que nunca ha luchado, acaba de decir que la insurrección está pasando a ser lucha armada. Urgido de épicas, Padrino López se ensaña contra jóvenes estudiantes. Se cuenta que el bocazas Theodore Roosevelt, tras dejar la presidencia de Estados Unidos, se marchó al África en un safari histórico. Nadie creía en las fotos de animales muertos que Roosevelt enviaba. De allí surge la conocida expresión ‘teddy’.  Roosevelt cazaba teddy bears, o sea, ositos de peluche, de tela. El caso de Padrino López pudiese asemejarse más al que encontramos en el documental The act of killing, de Joshua Oppenheimer, en el que los asesinos asumen plenamente la matanza imaginándose a sí mismos como celebridades de Hollywood. En nuestro caso, no hay terroristas, solo estudiantes. Aunque el General quiera forzar la realidad para que se cante de él en poemas épicos del futuro, por ahí no va la cosa.

Como quiera que sea, el dictador Nicolás Maduro ha sido quien mejor ha puesto sobre la mesa las cartas a jugar. El año pasado, por ejemplo, expresó su deseo reprimido por lanzar corruptos desde helicópteros. El problema que esto acarrea es que dicho método de desaparición forzosa se asocia, sustancialmente, con los crímenes perpetrados por las dictaduras del cono sur contra jóvenes estudiantes comunistas y opositores al régimen, tema de filmes como Garage Olimpo, de Marco Bechis, y Koblic, de Sebastián Borensztein,  en el que el primerísimo actor Ricardo Darín encarna a un ex piloto encargado del trabajo sucio. Hablando de sistematicidad, Maduro bailó este año también mientras familias lloraban a sus muchachos.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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