[#21] Diez poemas de «Olympia» de Manón Kübler (Caracas, 1961) ~

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Manón Kübler (Caracas, 1961). Poeta, periodista y guionista de cine y televisión. Ha recibido varios premios nacionales e internacionales por sus cortometrajes. Su primer poemario, Olympia (Monte Ávila Editores, 1991) es, hasta ahora, su único libro publicado. 

***

a 27 años

al azar que me acostó sobre los verdes y los yertos párpados de lo que una vez y para siempre me significó bombay; al silencio altísimo de mis noches con mahler presidiendo la escena; a las despedidas; a las ofrendas últimas; a su cuerpo, a su boca, a sus cuevas; a la inconmovible y fría piedra de la realidad; a éste año, cuando sé la hora y el día de salida; al muro roto que nos dejó solas, cada quién con su noche, con su franco terror por lo invisible, con un hasta mañana que no repetiremos más; al exilio; al destierro voluntario; a la piedad si acaso sirve de algo; al sueño que no tardará en llegar; a la memoria y por tanto al olvido; a lo que apenas es un respiro lento y esforzado que me deja aquí, sobre esta silla y sin ella para siempre.

a Berlín, por supuesto.

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I

hagamos usted y yo un largo viaje por la casa de los vivos. de esos ejemplares que, bien conservados preguntan de usted y de mí. hagamos un alto en el recorrido sobre su cama para sabernos vivas, que somos la parte parecida a las tormentosas rayas de la noche, las que no vemos, las que no probaremos nunca. deme usted la parte de su cuerpo, esa orilla que nadie conoce, ni siquiera las intimidades de su baño ni los pudores discretos de su espejo. quiero acostarme con usted a esta hora para saber que la tengo debajo de una mano, las rodillas en su riñón, su espalda repartida.

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III

he terminado con el drama. adolezco de la falta, del aullido brutal y mudo a media noche, del insomnio, de la deuda, del rigor entrando a las ventanas o a la edad. ya no tengo historias crudas que merezcan ser contadas, no me animan las formas nimias ni los cuerpos fríos. la indiferencia cesó su delicioso juego de matarme. estoy evaporada de pasiones. pasé de la agónica existencia al respaldo de la cama, a los pies en alto del descanso. noto mis transformaciones: las mujeres no me rasgan sus recuerdos no se entierran regreso a la casa, contenta de tener casa sin soñar con el fracaso sin aspirar a lo irrevocable al abismo a los brazos inertes, para siempre inertes de un cuerpo maltratado. no me azotan mis filisteos comentarios ni me hieren los idiomas. la lupa de mi lengua no se altera sobre cuerpos inventados no seduce no adora. noto con horror, sin valentía, que comienzo a ser feliz.

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V

tomada de la mano por mi otra mano, reconociendo lúcidamente que al final este intento será sólo una página muerta, quería contarles que no puedo ni un minuto más. he sido arrollada por la presencia por la visita de un extraño que desata sus terribles sin permiso. a ratos percibo que una loca y arriesgada invitación, uno de esos juegos donde el peligro puede tocarse lo dejó aquí, entre mis sábanas, entre mi voz, sobre la cama. ahora, posesionado de mis ámbitos, cómodo huésped que abusa, pretende para siempre dominar en mis entornos, ahuyentar a mis otros y hacer de mi delgadez su inextirpable nido.

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VIII

yo estoy rítmicamente condenada al desacato de la suerte. sucumbo repetidas veces bajo el peso rotundo. insólita habitante del mundo socavado todos y nadie como yo soy una reincidente endiosada y pueril de lo que escribo. de noche me cabalga allan poe por los confines del oído medio y la cara que conocí es un abismo, un pozo estacionado y melancólico de mis gestos. dos manos pierden sus órbitas y de mis dedos se escapan ojos que nunca llegan a contar diez. una de mis rodillas está siempre en desacuerdo con los lugares donde me siento y la espalda, ignorada, me flagela siempre desde atrás.

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X

La imagen decadente de la mujer sentada, estática, con un sabor en la boca del día anterior, con hambre de dos días, con lástima de dos días. la mujer, la misma, la que duerme con los ojos abiertos para saber si antes de dormir ya estaba dormida. la terca apariencia de esta mujer que sobrepasa cualquier estado, torpe, siempre amando como si quedara tiempo. las heridas colocadas a las puertas de la casa, cada una con su historia y detrás ella sentada esperando atajar un dolor particular, el que ya ha vivido. porque es tarde y podría jurarse que aparte de ella el edificio se duele enteramente por una puerta que se bate una y otra vez sin saber que en realidad son sus amargos pasos. la mujer, la misma que amando a mediodía ha tenido pruebas de frío y de gracia aparente para provocar largos exilios en sus amantes, como si éstos temieran contagiarse. 

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XII

mis manos adolecen de la tosca medida de los teutones. cierta impaciencia, el deliberado odio por la espera, me separa bruscamente de los hilos, de las delicadas tramas de la porcelana casi transparente, de los cuerpos tibios, de lo justo, de la livianidad de los objetos, del entreverado mecanismo de péndolas y relojes. la mano pesada y masculina me lleva a destrozar, me conduce a la ira rotunda de lo que no puede tocarse porque caería, para siempre, bajo el peso de tanta vulgaridad.

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XVIII

hubiera preferido otra nacionalidad, la gloria de un país envuelto en verdes, en bruscas brisas. caminar y sonreír sin la permanencia de la mentira. acorralarme detrás de la historia, besar con fuerza la inmovilidad del mármol y la perenne mueca de bustos y heroicas poses. hubiera querido para mí la elegante condición de representar al mundo en cualquiera de sus formas, atravesar las calles y sonreír en nombre de la mágica de estar casada con los principios estelares, con las sinfónicas palabras, con emblemas y figuras de alguna trascendencia. yo que detesto las manifestaciones honrosas de la vulgaridad de mi país. hubiera querido declararme ajena, locamente enamorada de lo que no me pertenece, complacerme en el humo y en los vapores de una catedral alumbrada a medias como ésta casa, de día, hubiera querido la gloria de pertenecer, de la lucha, de lo sólido y no de la ridícula insinuación. en mi país no hay temperaturas que varíen, ni climas, ni pálidas tardes, ni vientos ni rotos nortes. vivo en una ciudadela que hace inútiles a los pañuelos y absurdas a las adorables alas de un sombrero.

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XXIII

quiere decir que sucumbo ante el acto más leve de organización y decir una de mis verdades a la mujer que amo me horroriza. quiero decir que me atormenta la entrega más nimia, como hablar en voz baja a un teléfono y sentir que más allá es imposible amar. quiere decir que pasaré el resto de mi vida con los mismos terrores diurnos, nocturnos, solares y tocar la tierra con las manos me lleva, casi siempre, a la desesperación. quiero decir que no dejaré jamás de usurpar, trastocar la realidad para que se sepa de mí y de mis luchas que suelen ser éstas, las que no me interesan. quiere decir de mis horarios, de mis trastornos, de esta sola oportunidad de hablar en textos que se queman solos porque me representan y yo me siento singular y sola como un planeta. quiero decir esto, sin más, la reconstrucción estricta de mi voz manchando las paredes en un acto irrevocable de humildad, de desnudez. quiere decir nada, mi nada, la nada. la de esta edad. la del apartamento que no me gusta. la de mi almohada sosteniendo mi nuca para nadie, para esta sombra que hace peso, que me obliga a recorrer los escalones como quien viene perdido de una guerra para vivir o seguir muriendo en otra. la de los ausentes.

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XXX

su cuerpo helado, mármol, disección, oscura carne rompiendo desfachada sus manos alocados nudillos, transeúntes sobre un cuerpo agobiado, agobiado y manso, me desvelan, me dominan, me someten a esa rigurosa exaltación de lo que no existe. donde el invento es perenne, tortuoso, vigilia inadecuada, perpetuo insomnio. para qué hablar de sus caderas para qué decir de sus exactos para qué nombrar el largo cuello la voz amada el grito final. 

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Estos poemas fueron seleccionados del libro
Olympia (Monte Ávila Editores, 1991)
ISNB: 980-01-0568-9

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