«Rafaela», un cuento de «La senda de los diálogos perdidos» de Mario Morenza (Caracas, 1982) ~

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Mario Morenza / Foto por Ángela Bonadies

Mario Morenza (Caracas, 1982). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Finalista del Concurso para Obras de Autores Inéditos 2007 de Monte Ávila Editores con el libro Pasillos de mi memoria ajena (2008). Ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura 2007 con La senda de los diálogos perdidos (Editorial Equinoccio, 2008). Ha sido finalista en el concurso de cuentos convocado por la Policlínica Metropolitana en 2010 y en 2011, y en el VIII Concurso Nacional de Cuentos SACVEN 2011. Relatos de este autor han aparecido en varias antologías y han obtenido diversos galardones: entre estos destacan la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 con «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.

***

Rafaela
A-4/ Julio 2005

Después de pulsar el botón Play, Rafaela parecía la única inconmovible. El resto de los vecinos estaban desorientados. A Rafaela, desde niña, una cápsula la cubrió de las emociones y asombros. Los psiquiatras que trataron de indagar sobre el misterio de su personalidad abrasadoramente gélida, sospecharon la ausencia de una hormona, o cromosoma, o, en fin, la ausencia de un elemento genético con el que nunca dieron. En el silencio de Rafaela, los vecinos presumían una promesa o un secreto que temía ventilar, o, por qué no, a veces le daban razón a la ciencia: lo de Rafael era una falla de origen.

    Rafaela pasaba casi todo su tiempo pintando. Cuando no lo hacía, se dedicaba a imaginar sus próximas creaciones. A lo largo de sus cincuenta años de vida ha tenido dos ataques catalépticos. Casi una metáfora de su carácter: simulacros de una muerte.

       Rafaela pintaba vírgenes. Vírgenes con sus palmas juntas, rezando. Vírgenes con sus palmas juntas, agachadas. Vírgenes sentadas, de rodillas, volando, o elevándose con ángeles; vírgenes en las montañas, en los ríos, en la lluvia, dentro de una gota de lluvia; en el mar, construyendo castillos de corales subacuáticos. Vírgenes negras, vírgenes blancas con sus palmas escondidas, trigueñas, andinas y orientales. La diversidad racial y costumbrista de su panteón beatífico le daba a su obra la heterogeneidad que siempre escaseó en los vitrales de las iglesias.

       Rafaela, diez años atrás, se ganaba la vida leyendo el porvenir de las personas en sus propias cédulas de identidad. La atmósfera burocrática y laminada del futuro se manejaba ella con soltura verbal. Dígitos de siete y ocho cifras bastaban para diagramarle a sus clientes los futuros posibles. Rafaela se negaba a leer cédulas vencidas, argumentando que traían mala suerte, tanto para el propietario del documento como para ella. Rafaela se ganaba la vida diciéndole a la gente lo que querían escuchar. Le fue bien. Tenía el don de la veracidad. Un estornudo de ella valía tanto como una partida de nacimiento. Los creyentes respetaban cualquier cosa que saliera de la boca de Rafaela.

     Rafaela abandonó el apartamento A-3. Rafaela escapó sin mediar palabras con los vecinos apurruñados como en un vagón fúnebre. Rafaela cruzó el rellano que la separaba de su apartamento. Se hizo un arroz a la cubana. Destapó una botella de Frescolita y sacó de un anaquel un paquete de galletas Newton. En mitad de un bocado, se detuvo a pensar en la esposa de su vecino. Ésta andaba de viaje y llegaría mañana, a cualquier hora del domingo. No dudaba que ella misma era la única en poseer el teléfono de la señora Seco, pues no era una mujer muy sociable. Era profesora de educación Artística en bachillerato y, aunado a esto, la cercanía geográfica de sus apartamentos, había facilitado la tenue amistad. Una vez la señora Seco la invitó a una clase para que mostrase algunas vírgenes.

     Una mosca. Dos y tres más, empezaron a revolotear por la mesa. En el aleteo de las moscas, Rafaela reconoció su más reciente destino turístico y que el olor a huevo y arroz les apetecían más que los brebajes alcohólicos de la muerte.

     Después de almorzar, Rafaela buscó su agenda: media resma de hojas tamaño carta engrapadas. Allí tenía anotado el teléfono celular de la señora Seco. La llevó a las manos de Navarro, el abogado, que se encontraba sentado en las escaleras, con un pañuelo impregnado de alcohol en la nariz.

       Qué palabras utilizar, fue la traducción del silencio colectivo de los vecinos que, en la vereda, recordaban una congregación de pascuas. A todo el que pasaba cerca de ellos, de salida o de llegada, le informaban lo ocurrido con el tono de una agencia de noticias especializada en necrologías vecinales. La tragedia ocurrida los seducía y los llevaba a compartir más, a abrazarse como excusa de quienes nunca se han, ni siquiera, dado un beso de saludo en la mejilla.

    A todos le informaban, con exactitud de detalles: la marca de la botella a medias bebida, cuántas moscas planeaban y cuántas aterrizaban sobre el cuerpo de Seco, el promedio de notas de los exámenes que corregía el desgraciado profesor.

      A la media hora, con la capacidad que tiene una historia de ir de una persona a otra y desfigurarse, todo Bloque 4 tenía una versión oficial que variaba de Letra a Letra. Por ejemplo, en la Letra D, el señor Seco había muerto envenenado por un antigripal vencido. En la C, se había suicidado (que no era descartable). En la G, se hablaba de crimen pasional, sosteniendo esta teoría en el viajecito de su esposa al interior del país. Y en la E, aún estaba presente la muerte de las hermanas Torrealba, y se pensaba que había un psicópata asesino entre los bloquecuatreños. Pero, comunicarse con su esposa, ya viuda sin saberlo, era algo diferente. No se trataba de una noticia transformada en chisme. Buscar a un familiar no tan cercano para que éste se encargara de informar era lo más viable. El olor a podredumbre a las cuatro de la tarde se había acentuado. Urgía hacer la llamada. Unas horas más y el apartamento iba a ser el cuartel general de las moscas de Coche. Todos los vecinos de la Letra A abandonaron el edificio y se trasladaron hacia el terreno donde el olor a órganos en descomposición no llegaba. Fue allí cuando Navarro sacó su celular del bolsillo, y marcó la docena de dígitos. Sonó una. Sonó dos. Sonó tres, cuatro, siete veces y dos llamadas más. Y otras tres. En la cuarta ocasión, la voz programada de una operadora dijo que el teléfono estaba fuera de cobertura y sugirió intentarlo más tarde. Luego de agradecer por usar el servicio de telefonía a distancia, salió de la nada, en la nada del teléfono, la voz de la señora Seco, invitando a dejar su mensaje después del pitido. Navarro canceló la llamada. El señor Luis, el psicólogo del A-1, dijo que, de seguro, dentro del apartamento, había una agenda con los teléfonos de las amistades de los Seco. Gerardo, del A-7, dijo con impertinencia que los teléfonos de las amistades de los Seco seguro estaban anotados en una sola hoja, para qué iban a tener una agenda. Nadie, obviamente, hubiera ignorado e, incluso, reprochado el comentario de Luis en otra situación. Bueno, no nos queda otra, dijo Navarro, a ver, ¿quiénes entramos y resolvemos esto de una buena vez? Nosotros éramos los únicos amigos de Seco.

     Navarro no había terminado de hablar cuando Rafaela, casi moviéndose como un zombie, se dirigió a la entrada de la Letra A.

     —¡Bueno! –exclamó Navarro–, ¡allá va la valiente Rafaela!, sé que ella podrá, sin la ayuda de nadie, encontrar la agenda. Ella y la señora Seco se llevan bien, creo que hasta van al Bingo juntas. Y Rafaela, ¿se acuerdan?, tiene ese extraño síndrome de no impresionarse con nada ni con nadie.

     Pasaron veinte minutos y Rafaela aún no bajaba con teléfono alguno anotado. Treinta. Cuarenta minutos. “Voy a ir llamando a una funeraria mientras tanto”, dijo Luis. “Mejor subamos, sabes cómo es Rafaela”, dijo Navarro, llevándose su dedo índice a la sien para señalar cierto grado de locura con el gesto universal.

     De pronto, a todo volumen, se escuchó desde el cuarto del occiso, el sonido de una conversación entre Navarro y Seco: En esta mierda de bloque a nadie le gusta trabajar, dice Navarro. Tienes razón, aquí todos son unos zagaletones que quieren que todo se los dé el gobierno, dice Seco. Muy cierto, no pueden ver una repartidera de algo, dice Navarro. Se escuchan unos ladridos, ladridos de chow-chow. Ya toda esta situación me está cansando, añade Navarro.

     Los vecinos subieron envalentonados con una tropa de bomberos solicitada por algún otro vecino bloquecuatreño. Cuando entraron al A-3, vieron a Rafaela con sus instrumentos artísticos, su atril, sus paletas, sus acuarelas, su delantal, sus pinceles y su talento. Retrataba la imagen del señor Seco en brazos de una virgen. Una virgen asiática, sobre un pedestal que recordaba a un radio reproductor portátil.

*

Fragmento extraído del libro
La senda de los diálogos perdidos (Editorial Equinoccio, 2008)

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