Palabras que matan palabras, por Francisco José Bolet (España, 1958) ~

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Emar van Dellen

Palabras que dan vida

Una de las más extraordinarias capacidades del ser humano ha sido la facultad del lenguaje. Las palabras, aun las más pequeñas y humildes, cuando aparecen, lo hacen para dar vida, llenar vacíos y romper silencios. Para llenar el vacío de las cosas cuando no existen palabras que les den vida y las hagan formar parte del mundo cotidiano, y para romper el silencio de nuestra propia soledad. Existimos en y a través de las palabras. Ellas nos dan sentido y aliento de vida, nos ofrecen la posibilidad de habitar este mundo, nombrarlo, narrarlo, comprenderlo y hacerlo nuestro, para llevar y sobrellevar la vida.

El lenguaje es liberador y dador de vida cuando acerca a nuestros sentidos el mundo que nos rodea, cuando al mirar alrededor nos reconocemos en las cosas y en las palabras que nombran lo que vemos. En consecuencia, nos empoderamos cuando el mundo cotidiano es una proyección de nuestras palabras: aquellas que han heredado nuestros labios y nuestros sentidos. De modo que el mundo cotidiano, la lengua y nuestras formas de vida son de muchas maneras proyecciones de nuestra naturaleza social y cultural, a la vez que les dan forma a ellas. Decía Karl Mannheim que “el mundo mantiene gran parte de su cohesión gracias a las palabras”. En esa identidad el lenguaje es diálogo y mirada, palabra que nombra y recrea el universo, permitiendo que la existencia fluya y siga su curso. Somos lo que hablamos porque el lenguaje nos constituye como individuos y como sociedad.

Palabras que matan palabras

Pero, cuando las palabras que empleamos no son culturalmente nuestras, cuando no las hemos heredado, el lenguaje vuelve ajeno lo que nos circunda, y a nosotros mismos. Al desprenderse las palabras de la naturaleza de las cosas que nombran, el fonema, la gramática y los significados se tornan intrusos en nuestro universo. Así, lenguaje y mundo languidecen en cada palabra que sin herencia de sangre y vida intenta nombrarnos y constituirnos. Languidecemos también nosotros. Antes que diálogo y mirada, la lengua entonces se vuelve silencio. Palabras matando las cosas que nombran, palabras nombrando las cosas para matarlas en su esencia. Sin esa savia de vida que nos dan la lengua y la cultura, se van perdiendo las cosas que nos conectan con el mundo que conocemos porque el lenguaje deja de estar al servicio de nuestra cultura.

En Venezuela, durante el proceso político que experimentamos, las palabras se han desprendido de las cosas que nombran. Las palabras y las cosas ya no se miran; se desafían. Antes que cultura, las palabras se han hecho letra y complemento de un régimen que somete y divide. Muestran otra gramática, y el lenguaje ya no empodera sino a unos pocos, mientras subyuga al resto con cada vocablo.

Una de las características más perturbadoras de estos tiempos de revolución bolivariana ha sido la prolijidad lingüística del chavismo, y hoy del madurismo. Hablar, hablar, hablar durante horas, todos los días, a millones de oyentes. Esa prolijidad irredimible nos asedia para construirse su propio auditorio y exigirnos escuchar, repetir la cartilla. La naturaleza invasiva del régimen secuestró la herencia significante del venezolano, y a cambio ha querido proveernos de su propio lenguaje. El hablante revolucionario desliga la lengua de la cultura, para instalar palabras corporativas que nacen ya sometidas a un nuevo orden semántico y cultural, el del militante, cuyo léxico renombra el mundo para someterlo. El revolucionario no es un lenguaje de hablantes, sino de camaradas: lenguaje artificial venido del poder, para ejercer el poder. Se milita en sus palabras. Con cada vocablo suyo la palabra que antes nombraba agoniza o deja de existir, y en su lugar se filtra con apetencia por los intersticios de la vida cotidiana, la mirada puntillosa de unos ojos vigilantes, y de palabras que el acorralan. Es un lenguaje que irrumpe en la habitación o en la calle, de día y de noche, para conquistar el cuerpo y la antigua cohesión del mundo, para controlar el pensamiento y las tradicionales formas de vida y representación de la realidad.

Friedrich Hayek, ya desde 1944, en Camino de servidumbre nos alertaba sobre los efectos nefastos que de tipo de lenguaje tenía sobre la vida social:

Si no se ha pasado personalmente por la experiencia de este proceso, es difícil apreciar la magnitud de este cambio de significado de las palabras, la confusión que causa y las barreras que crea para toda discusión racional. Hay que haberlo visto para comprender cómo, si uno de dos hermanos abraza la nueva fe, al cabo de un breve tiempo parecen hablar lenguajes diferentes, que impiden toda comunicación real entre ellos. Y la confusión se agrava porque este cambio de significado no es un hecho aislado, sino un proceso continuo, una técnica empleada consciente o inconscientemente para dirigir al pueblo. De manera gradual, a medida que avanza este proceso, todo el idioma es expoliado, y las palabras se transforman en cáscaras vacías, desprovistas de todo significado definido, tan capaces de designar una cosa como su contraria y útiles tan solo para las asociaciones emocionales que aún le están adheridas.

En la vida y en la política los significados no son estables, no pueden serlo. Si la revolución es transformación, el lenguaje del poder debe también transformarse para construir y reproducir la realidad que va imponiendo. Este nombrar y renombrar el mundo puede ser un acto creador, y de hecho lo es cuando el lenguaje adquiere existencia en los labios y en las miradas de los hablantes naturales; pero en política nombrar es siempre y sobre todo un acto de poder y control. El conquistador resemantiza el mundo del conquistado, lo que es una forma de sellar su desaparición. Por eso las palabras que nacen a la sombra de la dominación, dan cuenta de cómo el poder y sus símbolos van transfigurando al Otro, desvaneciéndolo, desdibujándolo e imponiéndole cada día nuevas coacciones a su lengua para que la mente represente lo que la ideología exige. Como lo hacen algunas otras especies del reino animal, al matar el lenguaje vital de la cultura e imponer su ADN lingüístico el régimen acaba con los genes del sistema político anterior y, al hacerlo, asegura su descendencia ideológica.

La lucha por las palabras

Esta preponderancia del lenguaje revolucionario invadiendo la vida cotidiana debe advertirnos sobre la necesidad de considerar algunas premisas, para comprender su emergencia y funcionamiento. Es importante tener presente, como afirma el lingüista británico Norman Fairclough en Discourse and social change, a quien seguimos de cerca en las siguientes líneas, que las diferencias entre sistemas políticos divergentes conllevan diferencias en el lenguaje y que es precisamente por ello que las luchas políticas implican al mismo tiempo luchas en y por el lenguaje, que es donde se forman, se vehiculan y socializan las ideologías.

Debemos considerar, además, que la lucha por el control del lenguaje es también una lucha por controlar el pensamiento y las formas ideológicas de representación del mundo. El predominio de la consigna como forma de pensamiento, la ausencia de palabras para el reconocimiento del otro, las transgresiones en el uso del lenguaje, la invención deliberada de palabras y expresiones ideológicamente motivadas que acompañan la obsesión por renombrarlo todo, así como el vaciamiento o el ocultamiento de los conceptos, son un reflejo de los cambios y tensiones sociales que se crean en la lucha por la hegemonía lingüística entre las prácticas políticas emergentes y las tradicionales. Es decir, entre las formas como los hablantes llamaban a las cosas desde su cultura, y las formas como el lenguaje del poder impone llamarlas ahora. Por ello conviene entender que el lenguaje político no es un espejo que reproduce descripciones pasivas del mundo; sino uno que construye sus propias descripciones y versiones del mundo, las cuales van entrando en la mente de los ciudadanos a través de las palabras, y a medida que los políticos hablan, escriben o discuten sobre ello.

Es también una sana precaución asumir que en nuestro contexto “revolucionario”, nada tenga que ver con el lenguaje puede estimarse como ‘exclusivamente lingüístico’. No lo es, por ejemplo, la empecinada duplicación del género en el texto constitucional, en la boca de funcionarios gubernamentales o en la comunicación diaria, cuando escuchamos expresiones tan extravagantes como “millones y millonas”, “atletas y atletos”, “actores y actoras”, “libros y libras”. Por increíble que pueda parecer a algunos, el uso o el rechazo de este fenómeno es una práctica de identidad ideológica, pues mientras de un lado tiende a empleársele por adhesión a ciertos ideales que el chavismo propaga; de otro lado su rechazo es un rasgo del pensamiento disidente actual, a pesar de que lamentablemente, en estos casos, la crítica haya tomado muchas veces el camino de la burla o la banalización. Pero este juego no es banal; es ideológico. No son poca cosa las resignificaciones del ámbito político y policial, como “Primera combatiente”, “tuiteros de la patria”, “Ministerio del Poder Popular”, “Operación de Liberación y Protección al Pueblo”, “Guardia del pueblo”.

En nuestro país hiperpolítizado y polarizado, el lenguaje es un arma política, de allí que las palabras sean expresión del poder y de la disidencia, respectivamente. Locuciones del tipo “tenemos patria”, “guarimbas”, “Guardia Nacional”, “Constituyente”, son cotidianamente replicadas por otras como “pero tenemos patria”, “trincheras de la libertad”, “Guardia Nazional”, “prostituyente”. Al crearse en distintos niveles de la lengua un contradiscurso al discurso oficial, se buscar controlar los significados que se instalan desde el poder. Expresiones del tipo “quien no es chavista no es venezolano” o “Venezuela es roja, rojita”, ¿acaso no actúan como instrumentos de dominación? Es el lenguaje hecho rehén y obligado a renombrar el mundo para conquistarlo a nivel simbólico.

La dislocación del lenguaje y la construcción de nuevas representaciones del mundo a favor del poder, interviniendo la cultura, las representaciones y las emociones de las personas, crea dispositivos lingüísticos útiles para el disciplinamiento ideológico. A través de las palabras se vincula íntimamente al cuerpo social con el lenguaje y la racionalidad del poder. Hacer del ciudadano un militante y del pueblo una masa popular implica, como diría Foucault en Vigilar y castigar, ejercer coerciones lingüísticas minuciosas y persistentes sobre las mentes y los cuerpos indóciles de la ciudadanía, hasta hacerlos útiles y afines al sistema en la dinámica de la sujeción ideológica.

Finalmente, parafraseando a Olivier Reboul, señalemos que en esta lucha por la hegemonía ideológica, las palabras, como en la magia, más que tener sentido, han tenido un gran poder. Para desactivar esta dinámica establecida a través de la manipulación del lenguaje es imprescindible devolverle a las palabras su transparencia, su compromiso con la verdad, su capacidad natural de simbolización, a fin de propiciar en la sociedad anclajes cognitivos para la libertad, la tolerancia, el reconocimiento del otro y el consenso social.

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Francisco José Bolet (Cadiz, España, 1958). 

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