Cinco poemas de «Saga familiar de un lobo estepario» de Antonio Bux (Italia, 1982) ~

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Owen Gent


Sobre el lecho de un lobo invisible
sienta una mujer comiendo dos rosas
y una rosa es la vida, y la otra una tumba
donde el cadáver del lobo se mancha
con la leche de Dios, y éste es el amor
con que sueñan los lobos, para que
sus guaridas se caigan en el fuego
y se venga la mujer y cante
la soledad humana
como una espina en la sangre.

Los abuelos en busca

Hay muchas cosas para ahogar
hasta encontrar la negra fe,
una hermana cultivada en verano,
un tío loco que siempre
quiere café. Un matorral
mañanero, los abuelos en busca
de la linterna cerebral. Pero yo
no supe practicar la distancia,
caí en la boca de unas cascaras
blancas. Y no tengo sed, Iaio,
no tengo tiempo para encanecer.

Pájaros sin nombre

Volaban
fuera de la escuela
pájaros sin nombre.
Mientras mojaba
mis ojos en la madera
les ponía acentos
a estos vuelos
y los pájaros me respondían,
acechaban mi rostro.
La maestra sin voz
cerraba la ventana.
Yo le escribía muerte
detrás de la pizarra.
Ahora, sin escuela,
mis pájaros sonríen,
ya tienen nombre.

Acabando con el principio

Todo es desaparecer.
Y desaparecer, dicen
los expertos, es orgánico.
Todo es órgano, instrumento,
vibración viral, táctil, memoria
de la nada y sufrimiento.
Y pienso el sentimiento
sin cesar de las plantas,
el movimiento sin vida
de las olas y del cielo.
Porque vida es desvanecer.
Los huesos que hablan,
objetos sin tiempo
en el tiempo de la vida.
Y pienso el silencio, y la gota
de silencio que soy. Y soy
lluvia de silencio, si escribo
que todo es experiencia.
Porque vivo que no soy,
vaya, que soy lo que no vivo.
Pero en estos poemas fui lobo,
y mis palabras vieron la Estepa.
Y mi familia fueron las palabras,
y mi presente es toda la oveja.
Y al final pienso en mi pareja,
en este yo que no soy y que amo.
Y pienso que amar, sin saber,
es poesía. Que sí, poesía, esa
palabra que no sé escribir,
es el lobo que me come muriendo.
Y a ti me rindo, animal del lodo, cuna
mortal del niño y del sosiego, me rindo
a tu experiencia, me rindo a tus dientes
si esta nieve lenta soy yo que me voy.

Amanecer en la mano
una piedra y ver en la piedra
menos que una sombra si la vida
es donde nunca amanece
¿de qué sirve la piedra si se muda
en palabra la mano?
Si muda en piedra la sombra
es la mano que nunca amanece
¿o quizás la palabra que hunde
sin su piedra la caída de la noche?
Hombre raro, tú que cortas
palabras en la sombra, cuando
amanece ves en tu mano
sólo la mano que te escribe.

Antonio Bux (Foggia, 1982). Vivió en Florencia y en Barcelona, donde reside desde 2007. Ha cuidado la traducción del libro Ventanas a ninguna parte (Gattomerlino Superstripes, Roma, 2015) del autor español Javier Vicedo Alós, más varias traducciones de autores como Leopoldo María Panero. Es autor de varios libros, entre los cuales se destacan: Trilogía dello zero; 23 – fragmentos de alguien (Ruinas Circulares Ediciones, Buenos Aires, 2014); El hombre comido (Añosluz Editora, Buenos Aires, 2015); Kevlar; Naturario; Sativi. Ha sido ganador y finalista de varios premios, entre los cuales se incluyen el premio Viareggio, el premio Iris de Florencia, el premio Piero Alinari, el premio Minturnae y el premio Lorenzo Montano. Dirige las colecciones Kēlen y Sottotraccia por Marco Saya Ediciones. Su blog es Disgrafie (antoniobux.wordpress.com)

Estos poemas pertenecen al libro Saga familiar de un lobo estepario (prólogo de Antonio Praena, epílogo de Jesús Jiménez Domínguez; proximamente por Editorial Juglar, Ocaña, Toledo, España).

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