La identidad cultural como sujeto literario y otros dolores contemporáneos; por Aglaia Berlutti ~

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Ilustración de Paul Sahre en la portada de «La conjura de los necios»

Según Cory McLauchlin, autor del libro “Una mariposa en la máquina de escribir: La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de ‘La conjura de los necios” nadie olvida la primera vez que leyó el que ya es un clásico por derecho propio. “¡Cómo podría haber olvidado eso! Es imposible. Creo que todos los que amamos el libro recordamos vívidamente la primera vez que lo leímos”, insiste McLauchlin, que se tomó la tarea de reconstruir el tortuoso y casi mítico camino de un escritor convertido en ícono de las pequeñas desgracias literarias. Y lo dice como un acto de fe, una mirada asombrada sobre lo que lo que “La conjura de los necios” ha representado dentro de la literatura actual y, sobre todo, sus implicaciones. Sin embargo, más allá del fanatismo iniciativo del biógrafo, McLauchlin mira la obra como lo que es: un poderoso reflejo de su tiempo.

Porque “La conjura de los necios” es algo más que la mezcla de su extravagante historia  —la obra (única al principio) de un escritor malogrado que llegó a librerías casi en un acto reivindicativo—  sino un espejo donde una sociedad intransigente, banal y cruel se refleja. Convertida en obra de culto, este asombroso ejercicio de ironía dramático, que se ama o se odia  — no hay tintas medias para una obra que en ocasiones desafía toda explicación —  el libro se ha convertido en una forma de mirar nuestra cultura, pero, sobre todo, una noción consistente sobre cómo interpretamos ese trayecto cultural que convierte a un libro en el interlocutor de un momento social y cultural en específico. Admitámoslo: “La conjura de los necios” no es un libro que busque complacer, o aspire a lo trascendente, sino que se burla  — y con qué humor sardónico, con qué dolor ritual —  de esa comunión entre lo absurdo y lo mimético que representa tan bien a nuestra época. Fue un libro concebido para asumir el peso de esa disparidad del nihilismo de lo contemporáneo, ese juego de espejos disparejos en el que nos vemos reflejados a diario. Un reconocimiento tardío de los pequeños dolores y penurias que nos brinda la identidad colectiva.

Cory McLauchlin insiste que John Kennedy Toole jamás esperó que su novela se convirtiera en lo que es. Que como escritor con cientos de rechazos a cuestas  — el gran editor Robert Gottlieb llegó a escribirle “Tu novela no trata de nada” —  jamás comprendió el valor real que podría implicar una historia rota a trozos, sin otro elemento conductor que esa noción sobre el pesimismo reconvertido en chiste privado. Toole fue una víctima trágica de ese paisaje devastado del cinismo: se suicidó a los 31 años, luego de convencerse que no sólo su novela jamás sería publicada. O eso cuenta la leyenda privada, la que lo encumbra como ídolo de la desesperanza.

Sin embargo, la novela se publicó y, de pronto, ese esperpento narrativo que desagradó a tantas voces autorizadas encontró el momento preciso y el ánimo cultural perfecto para ser reconocida como lo que es: una mirada atrevida sobre cierta individualidad quebradiza del hombre moderno. De curiosidad de librerías, “La conjura de los necios” atravesó con rapidez el enrevesado camino entre ser sólo una curiosidad conmovedora —el suicidio de su autor parecía preceder cualquier lectura —  a algo mucho más contundente. Un mensaje, una instantánea muy clara del contexto que la rodea y la sostiene. Toda una osadía para un hombre que escribió un único libro y, además, que lo hizo por una confusa mezcla entre la sátira cotidiana y una necesidad privada  — o así podemos suponer —  de retratar el mundo a su manera.

El libro hace reír  — y suele decirse que es imposible no estallar a carcajadas antes de la quinta página —  pero también obliga a reflexionar. A desdecirse y a reconstruir la percepción de lo que somos en una serie de golpes de efecto que no sólo sorprenden, sino que llegan a convertirse en una crítica triste y encarnizada sobre la soledad moderna, el dolor del no ser  — el aislamiento espiritual y moral que todos padecemos tarde o temprano —  y algo más confuso. Esa conciencia de la cotidiano, de lo corriente y lo vulgar como una forma de expresión concreta.

Toole se sorprendería quizás de la repercusión de su manuscrito, manuscrito que durante su vida jamás abandonó el cajón del escritorio al que le confinó las decenas de amables cartas de rechazo que recibió. Transcurrió una década luego de su fallecimiento para que “La conjura de los necios” encontrara ese lugar inesperado que lo catapultó a un cierto Olimpo literario en el que ahora ocupa un bien merecido lugar, y lo hizo luego de atravesar el intelectualismo craso que insistía en discriminar la obra sólo por su insólito pátina de humor profano. “La conjura de los necios” no es otra cosa que un intento de mirar la realidad desde lo satírico, pero también se trata de un ataque directo a la solemnidad, a ese silencio encumbrado al que suele someterse a la literatura que no complace cierto olfato esnobista que intenta limitar lo que la palabra escrita debe ser. Toole, con una extraña comprensión del humor como arma positivista, escribe un libro que es una alegoría fantástica sobre el mundo moderno, un compendio de situaciones críticas y la mayoría de las veces surreales que crean una obra inolvidable. Ambientada en Nueva Orleans, el libro reconstruye la visión del hombre moderno sobre sí mismo en una parodia humanista tan imaginativa como sorprendente: el memorable personaje principal Ignatius Reilly decide que el siglo XX carece de belleza, geometría e incluso de interés, por lo que renuncia a él de la mejor manera que puede. No obstante, el alegato contra el materialismo y las contradicciones de un mundo confuso no se limitan a una mirada concreta sino que intentan englobar la identidad del hombre actual dentro de sus propias limitaciones. Somos lo que la sociedad nos permite, nos admite. Y más allá de eso, se encuentra el caos. El intelectual, el emocional. Una búsqueda de ideas peregrinas sobre la identidad contemporánea.

Llena de personajes inolvidables, “La conjura de los necios” es un triunfo de la imaginación y la capacidad de la literatura  — en realidad, de cualquier manifestación de arte —  para analizar nuestra percepción del mundo a través de la crítica, la burla y la sátira. Un fresco sobre un mundo neurótico y desigual que Toole logró captar en todo su esplendor.

Como obra, “La conjura de los Necios” demostró el poder de la literatura que no está escrita ni mucho menos se analiza como un mensaje intelectual sino como un retrato fidedigno de su época y, sobre todo, de esa noción sobre la identidad colectiva que con frecuencia toda obra utiliza como marco referencial. Pero lo hizo, con un desparpajo que logró romper barreras y esa limitante noción de cualquier obra literaria que debe atenerse a cierta percepción sobre su excelencia. Y allí, quizás, reside su valor.

Recuerdo todo lo anterior mientras leo la multitud de comentarios que provocó la muerte del escritor venezolano Alejandro Rebolledo. Buena parte de ellos no sólo denigran de la figura del autor sino que también denigran al libro “Pim Pam Pum”, su obra más conocida. La mayoría de las encendidas críticas podrían resumirse en un único punto de vista: la novela es malísima, Rebolledo no fue un intelectual y por lo tanto, no merece bajo perspectiva alguna el reconocimiento y la importancia que se le atribuye, quizás como halago póstumo. Que todos los que lamentan su muerte o asumen que el libro tuvo un valor concreto con respecto a la cultura venezolana, son cuando menos “un grupo de malcriados” y el habitual sambenito de “provincianos tercermundistas” que apoyan a cualquiera.

A Rebolledo se le critica desde el hecho de haber escrito una sola novela hasta el tono y el carácter de una obra que en su momento retrató la sociedad venezolana desde una mirada cínica y vulgar. Que su novela es una accidentada y poco coherente colección de escenas sin ningún tipo de valor argumental, sino que además, carece de la perspicacia para utilizar su llaneza y simplicidad como un vehículo de denuncia, opinión o incluso algo tan literal como una visión concreta sobre lo que la Caracas que describe pudo haber sido bajo su pluma. Con una dureza que sorprende, a Rebolledo se le acusa de ser el epítome de lo trivial y a su novela, de ser un corriente y no muy bien logrado esquema sobre lo contemporáneo. Una novela sin mayor sustancia, adolescente e insustancial cuya fama y repercusión fue consecuencia inmediata de una bien montada puesta en escena editorial.

De la misma manera que a Toole en su momento  — y guardando las distancias de la circunstancia, talento, voz y tono de ambas propuestas literarias —  Rebolledo parece haber sido condenado por tomarse el atrevimiento de atacar ciertas convenciones literarias y sociales, de escribir una novela que no parece  — ni en su momento ni ahora mismo — encajar en ninguna parte, de reflexionar sobre la ciudad y la época que le tocó vivir sin mayor profundidad y gracia, sin cumplir con todos los interminables y al parecer imprescindibles requisitos que toda obra debe cumplir. Y es que el mayor éxito de “Pim Pam Pum” parece ser el de alejarse todo lo que puede de la literatura como concepto  — esa asimilación lineal sobre la identidad que refleja —  y mirar desde la periferia de quien no intenta calzar bajo en ninguna parte, a un país y a una cultura en pleno debacle intelectual.

No es un concepto sencillo, porque a diferencia de Toole  — que también se hizo conocido por un sólo libro y cuya obra fue considerada “malísima” por buena parte de quienes le leyeron en primer lugar —  Rebolledo se convirtió en una figura casi icónica casi de inmediato. Mientras Toole y “La conjura de los necios” debieron transitar el largo camino hacia el reconocimiento tardío, Rebolledo lo obtuvo de inmediato. Tanto, como para que su obra fuera debatida y, sobre todo, reflexionada como parte de la realidad nacional. Tanto, como que una novela de ínfima calidad pasara a convertirse en objeto de culto de toda una generación cínica y confusa que se vio reflejada en “Pim Pam Pum” tanto como para reclamar su pertenencia.

Pero al momento de su muerte  — y casi dos décadas después del fenómeno local de éxito de la novela —  de pronto Rebolledo y su discreto logro de reflexionar sobre la sintomatología de la decadencia parecen encontrarse otra vez con esa percepción purista que intenta destruir no sólo lo que Rebolledo y su obra fue en su momento, sino cómo puede percibirse esa noción sobre lo que escribió  — y lo que logró al escribir de la manera que lo hizo —  en la actualidad. En un coro de críticas malsonantes y dirigidas más hacia la figura de Rebolledo que a su obra como parte de una visión cultural muy específica, de pronto “Pim Pam Pum” y lo que fue parte de una época muy específica, parecen enfrentarse no sólo a la incredulidad, sino también al menosprecio del mundillo intelectual nacional.

Por supuesto, no sorprende en absoluto ese punto de vista: es un hábito muy venezolano —  y quizás latinoamericano— el ataque extremo y violento de figuras caídas en desgracia. Y Rebolledo con su única novela, su cuestionable punto de vista, su dudosa calidad autoral, parece ser el sujeto ideal no sólo para la crítica virulenta sino también para el cuestionamiento sin otro motivo que una animadversión emocional sin demasiada justificación. Desconcierta, además, que muchos de quienes apuntan el dedo acusador hacia Rebolledo sean artistas, escritores y todo tipo de voceros culturales que deberían ser mucho más conscientes del contexto sobre lo que ocurre a nivel cultural y procesos históricos que crean símbolos  — superficiales o no —  con un valor concreto en nuestra sociedad. Lo preocupante de esa percepción incompleta y desigual es el inmediato cuestionamiento que produce. ¿Hasta cuándo el menosprecio, la trivialización y sobre todo el ataque a nuestra identidad como comunidad artística?

“Pim Pam Pum” no es el mejor libro del mundo. Ni se acerca a serlo y con toda probabilidad, tampoco fue la intención de Rebolledo que lo fuera. Mucho menos, podría considerarse a Rebolledo un buen escritor en el sentido clásico del término. Pero aun así su libro  — como lo es a la distancia “La conjura de los necios” —  analiza el mundo desde el extrarradio, fuera de los confines del deber ser literario. Rebolledo, más que ídolo o víctima, escribió un libro que se convirtió sin esperarlo y sin intención en un monumento al íntimo desastre de esta circunstancia rodeada de caos que llamamos Caracas. Y lo hizo como un caraqueño: sin conciencia de la trivialidad, como un personaje más en la fauna diametral de la ciudad de la década de los ’90. El libro “Pim Pam Pum” no aspiraba a convertirse en un tesoro nacional de la literatura: simplemente era una colección de anécdotas que reflejan a Caracas de una manera que sorprendió por su franqueza vulgar. Es un libro decadente y frívolo, tal como lo ha sido Venezuela desde que disfrutó de una improbable riqueza que la convirtió en una caricatura de un país bananero. Es una novela reflejo, una reflexión superficial y banal sobre la ciudad también superficial y banal que nacía de la decadencia del boom petrolero. Una historia que avanza sin sentido, que se sostiene sobre esa mirada de la sociedad Venezolana simplona, bellaca y quebradiza. La noción del país roto y una generación corrompida por el cinismo, y no lo refleja por su gran calidad literaria  — que es discutible —  sino por el hecho que nació en ese momento de ruptura específico y fue, sin duda, un catalizador de cierta temperatura y carácter de una ciudad hostil como la nuestra.

Fenómenos parecidos al de Rebolledo y “Pim Pam Pum” han ocurrido cientos de veces en la literatura y continuarán ocurriendo, en escalas mucho más extraordinarias y en visiones mucho más efectivas, pero siempre con el mismo efecto catalizador de pequeños  — o grandes fenómenos, según el ámbito —  de transformaciones sugerentes . Libros baratos, de ínfima calidad que de pronto parecen destinados a representar ideas y procesos históricos muy específicos. Libros en los que la cultura  — y sus elementos reconocibles —  parecen encontrar una contradicción directa y, más allá de eso, una noción poco comprensible sobre su objetivo. Ocurre con los best sellers de pacotilla, destrozados por la crítica pero que impulsan el mercado editorial de un lugar a otro. Ocurre con los pequeños triunfos de estilo narrativo, como “La conjura de los Necios”,  casi perdidos por la resistencia a una nueva visión literaria y convertidos en íconos de un tipo de narración por completo nueva. Quizás sea del todo temerario comparar a “Pim Pam Pum” con todas sus blanduras y baja calidad con fenómenos literarios de repercusión mundial, pero aún así, lo que ocurre luego de la muerte de su autor permite un análisis certero sobre la ceguera cultural que en ocasiones nos aqueja. La conclusión preocupa: ¿Somos tan poco capaces de criticar y asumir nuestros dolores históricos y culturales como para ignorar los símbolos que producen? Es inevitable preguntarse también qué consecuencias tendrá esa contradicción a largo. Supongo que, de alguna forma, ya estamos viendo cuales son.

***

Aglaia Berlutti (Caracas, 1981) Fotógrafa, devota lectora, escritora. Desobediente, ácrata y eterna creyente en el poder del pensamiento libre.

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