La insoportable levedad de la crítica; por Maikel Ramírez ~

Hay una irrevocable simetría entre dos filmes latinoamericanos de nueva data: Tesis sobre un homicidio, de Hernán Goldfrid, y Mr. Kaplan, de Álvaro Brechner. En tanto que el primero nos narra el tenaz e injusto empeño del abogado Roberto Bermúdez (Ricardo Darín) por inculpar al joven Gonzalo (Alberto Ammann) de un crimen ocurrido a las afueras de la facultad de derecho, el segundo se interesa por un anciano judío (Héctor Noguera) que, tras escuchar la noticia sobre la presencia de exoficiales nazis en Latinoamérica, se lanza a capturar a un alemán de las zonas circundantes, quien, por lo contrario, demostrará ser una víctima más del nazismo. En ambos casos, los personajes nucleares desoyen opiniones contrarias,  empalman eventos que no obedecen a relaciones causas-efecto y terminan desechando información que no refrenden sus tesis, pues, a su juicio, no son verdaderas. En una palabra, transponen su interioridad sobre el mundo externo, o, por ponerlo de otro modo, supeditan éste a la experiencia personal. Contamos con el término ‘sesgo de confirmación’ para referirnos a este vicio del razonamiento que, digámoslo todo, es más frecuente de lo que se puede creer. Sostengo, de hecho, que el escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón incurre en estos desaciertos en el artículo que escribe sobre el recién fallecido escritor Alejandro Rebolledo. Sobre ese particular tratan las líneas que siguen.

Érase una vez

Rodrigo Blanco Calderón acusa apremio y determinación por escribir el antedicho artículo, pues debe responderle al cineasta Jonathan Jakubowicz, a los amigos de Alejandro Rebolledo y a los muchachos imberbes que hablan en sus muros del Facebook de una gesta épica en las letras nacionales que nunca protagonizó Rebolledo. Así las cosas, el escritor de The night resuelve mostrar las pruebas de eventos que ocurrieron cerca de veinte años atrás: “Para sustentar algunas de las cosas que acabo de decir, recurramos de nuevo a la memoria. La única vez que vi a Rebolledo fue en la Escuela de Letras de la UCV, en el año 1999”. Sé (nadie duda) que la jerga científica comporta objetividad, pero, decididamente, es harto lábil ‘sustentar’, ante miles de lectores,  un hecho que sólo existe en nuestra cabeza. Más adelante, Blanco Calderón aventura conexiones improbables, secuencias de eventos cuya existencia se deben sólo a su imaginación fecunda, a preguntas tendenciosas y a una hábil construcción discursiva. Como forma de verificación de la falta de autenticidad de Pin Pan Pun, por ejemplo, señala que: “Algunos argumentos apoyarían la veracidad de su afirmación. ¿Por qué Rebolledo no volvió a publicar ninguna otra novela? Ni siquiera un libro de cuentos.” Acá, la interrogante, que hasta ahora nadie puede responder, prepara al lector para las cartas que ya Rodrigo Blanco guarda. No deja de causar perplejidad que, ante las múltiples, acaso interminables, posibilidades que Rebolledo pudo haber tenido para no publicar otro libro, Rodrigo Blanco apenas alcance a pensar en aquella impresión que tuvo a finales de los años noventa. No hay vías alternas, devenires diversos, destinos bifurcados. No. Aun con la complejidad de la industria editorial, no. Ya ni hablemos del sentido común, pues, ante la muerte de un escritor con apenas cuarenta y seis años, cualquier hubiera pensado en los libros que aún le quedaban por producir, o acaso Harper Lee no tardó un poco más de cincuenta años en escribir su siguiente libro, publicado antes de su muerte a inicios de este año, cuando rozaba los noventa años. Para el ganador del Prix Rive Gauche, sin embargo, no había más nada que decir en cuanto a Rebolledo.

De seguido, Blanco Calderón abandona la modalización y recurre a la metáfora del naufrago condenado a su islote para referirse a los poemas que Rebolledo colgó en su blog: “Rebolledo lanza una botella al mar, para ver si alguien accedía a hacerle una oferta lo suficientemente atractiva para reeditar el libro”. Hasta acá, todo se ajusta conforme a la imagen que Rodrigo Blanco ha venido presentando (construyendo). De cualquier forma, recapitulemos para no perder ninguna pista, pues lo que sigue es crucial: Alejandro Rebolledo= escritor frívolo cuya única razón de ser es la publicidad y el dinero, quien, toda vez desaparecida su maquinaria editorial Urbe, devino el fiasco que, a fin de cuentas, siempre fue. Leamos ahora las propias palabras de Rebolledo que Rodrigo Blanco omite:

Lamentablemente en relación a Pin Pan Pun las ofertas que he recibido para reeditarlo no me han tentado, así que si alguien está interesado en reeditarlo con cariño y esmero podemos hablar. A quienes piden la novela insistentemente, además de comprarla fotocopiada como me han dicho que sucede en la UCV; lo único que se me ocurre es que aparezca un voluntario que adapte el texto en bruto de word 95 y que le agregue las cursivas y las negritas a partir de una edición real del libro. Si es así, también podría publicarse por esta vía. La próxima novela, vendrá, vendrá. Mientras tanto, seguimos en la resistencia submarina, en el el viaje de Odiseo…

Como se ve, ‘atractiva’ no implicaba una oferta millonaria, sino, por encima de todo, algo más afectivo; ‘cariño’ Y ‘esmero’ son las palabras textuales. Curiosamente, en una época en la que los autores y las editoriales recelan los derechos de autor hasta la paranoia, Rebolledo mismo sugería fotocopiar su libro e, incluso, subirlo a su blog. Por otro lado, Rebolledo hablaba de una obra que venía pronto. Las omisiones nos imponen preguntarnos por qué Blanco Calderón desecha todo estos datos en un artículo en el que hace comparaciones con escritores latinoamericanos, recomienda la poesía de Alejandro Castro y hasta se permite trazar la ruta que la literatura nacional debe seguir. Tenemos frente a nosotros una disonancia cognitiva, esto es, una idea que produce un desequilibrio interno, pues entra en contradicción con la tesis que se desarrolla. En una palabra, no pueden convivir en nuestro sistema conceptual, nuestro cerebro, la idea de que Rebolledo era un escritor por y para el marketing y la de un escritor que ni siquiera le importaba colgar su libro en un blog. Ambas cosas están en irresoluble contradicción.

Polémica Ad infinitum

Con todo, la postura acomodaticia y aventurera de Rodrigo Blanco desestima límites. No conoce techo. En un giro tan ingenioso como audaz para hablar de la inclusión de Pin Pan Pun en la lista final de aspirantes al premio Rómulo Gallegos de 1999, dictamina leyes universales e infranqueables: “Hay una ley inflexible de la literatura: los malos escritores son malos lectores.” A continuación, cita el conocido caso del voto de Mastretta contra Bolaño en la misma edición del premio. Hasta acá nada puede ser más coherente que la ley descubierta por Blanco Calderón: mala escritora (Mastretta) apoya a mal escritor (Rebolledo) y no reconoce al genio (Bolaño). Sin embargo, lo que dicha fórmula deja escandalosamente a un lado es que entre el jurado que premió a Mastretta se encontraban ilustrísimas figuras como Carlos Pacheco y Javier Marías. Peor aún: quien estuvo en contra, según nos dicen, fue precisamente Antonio Skármeta, un autor denostadísimo por Bolaño, al punto, no creo arriesgado decirlo, de ser su enemigo. Desde luego, podemos ahondar más: Mastretta apostaba por Caracol Beach, de Eliseo Alberto, novela que ya había ganado el premio Alfaguara de 1998 y cuyo jurado estuvo encabezado por Carlos Fuentes. Fuentes, por cierto, no incluyó a Bolaño en su obra La gran novela latinoamericana. Seguramente, se dirá que Fuentes había expresado que leería a Bolaño una vez pasaran algunos años, pues se excusaba: “siento que en torno a Bolaño hay una especie de homenaje fúnebre”, pero lo cierto es que ni se interesó cuando el chileno aún vivía. De modo que allí donde, como ha ocurrido tantas veces (y seguirá ocurriendo en adelante), puede haber simpatías políticas, amiguismos, idolatrías, justicias e injusticias, en fin, pura irregularidad, azar, contingencia o mérito, de acuerdo a la ocasión, Rodrigo Blanco entrevé leyes universales e infranqueables. Por lo demás, tampoco ha de descartarse cierto tono de complot con la palabra ‘luchó’, pues cualquiera que haya participado como miembro de jurado de concursos literarios sabe que la deliberación entre los miembros es moneda corriente, la norma. Es, para ser tajante, su condición de ser.

            Por lo que respecta a número de libros publicados, aprovechando que Rodrigo Blanco lo trae a su disertación, concedamos que a Bolaño le habría importado poco, quizá nada. Es ampliamente sabido que consideraba a Mario Santiago como uno de los más grandes poetas que conoció, escritor que sólo alcanzó a publicar un par de libros, de manera un tanto tardía y en editoriales propias. En cualquier caso, Bolaño es el gran autor de los escritores marginados, olvidados, tachados, pisoteados por los clanes: desde los escritores de La literatura nazi en América hasta el errabundo Archimboldi de 2666; desde sus años de infrarrealista en México, cuya experiencia vierte en Los detectives salvajes, opus magnum de los escritores marginados, que dan con su origen más olvidado aún: Cesárea Tinajero; hasta sus lecturas y conversiones con Fresán sobre obras de la llamada paraliteratura, entre ellos Kurt Vonnegut y Philip K. Dick. Con todo, Bolaño no está exento de la mitificación, Jorge Volpi lo señala bastante bien con relación a la recepción de su obra en Estados Unidos. Esto, no obstante, no siempre puede endilgársele a un escritor, pues nunca controlará lo que su figura constituirá en el futuro, o en qué lo convertirán.

El slogan o el McGuffin

Rodrigo Blanco sospecha del slogan: “Alejandro Rebolledo, el único finalista del Premio Rómulo Gallegos que no ha leído Doña Bárbara” y, por implicación, de “qué ladilla con García Márquez”, pero ¿acaso, en la misma década, no estaban haciendo lo mismo la generación de McOndo y la del Crack? Es decir, Paz Soldán, Fuguet y Fresán, por un lado, y Urroz, Volpi y el recién fallecido Padilla, entre algunos tantos, por el otro. Los términos empleados y los manifiestos son tan irreverentes como el que toca a Rebolledo. En su premiado ensayo El insomnio de Bolívar,  Jorge Volpi podría resultar particularmente luminoso al enumerar los rasgos de los escritores latinoamericanos de nuestros días. Prestemos suma atención: apariencia: cabello cortísimo, blackberry o IPhone, jeans y camisetas, look nerd o cool; convicciones políticas: indiferencia política y cierta simpatía por ese lugar indefinido llamado centro; enemigos: globalización, otros grupos literarios; residencia fuera de su país: universidades estadounidenses, Barcelona, Madrid; peculiaridades: realismo, ciencia ficción; aspiraciones: premios, reconocimiento internacional, dinero; actividades paralelas: blogs, columnas de literatura, clases universitarias. Si leemos con cuidado, notaremos que muchas de estas características estaban presentes en el caso de Rebolledo. Como se aprecia, además, Volpi no ve conflicto en el hecho de que un escritor de estos visite o trabaje en una universidad. Sería interesante, por tanto, revisar todo este mapa.  Una propuesta de crítica literaria más centrada y rigurosa pondría a Pin Pan Pun en este contexto continental. Se  preguntaría, por lo demás, por qué no surgió un grupo que replicara, con sus particularidades, esta búsqueda radical del Crack y de McOndo. Si bien es cierto que muchos escritores venezolanos  de los noventa aglutinaron varias de las características mencionadas, como lo apunta Carlos Sandoval en uno de los ensayos de su referencial Servicio crítico, lo que me propongo hacer notar es que ambos movimientos perseguían una separación de ese cordón umbilical que los unía al realismo mágico, como supuesta expresión inmanente y representativa de Latinoamérica. En todo caso, Sandoval deja la puerta abierta: “¿qué debe entenderse, entonces, por ‘narrativa de los noventa’? provisoriamente, y hasta que no se incorpore otra denominación en la cual se incluyan todas las novelas y libros de cuentos publicados en el lapso (debutantes, consagrados), el calificativo sólo atiende al grupo de escritores autodenominados como tales o así tratados por críticos y ensayistas del período.”

            El 7 de agosto del año en curso, Efecto Cocuyo publicó un revelador artículo, firmado por Julett Pineda, en el que describen las librerías caraqueñas como: “hasta los tequeques” de literatura de autores nuevos y lo que está de moda. Alexis Romero asevera que sólo las madres de bachilleres y los turistas preguntan por Doña Bárbara, obra que, por cierto, no se consigue. En Inglaterra, encuentras a Shakespeare por doquier, y en Estados Unidos a Whitman, pero no a Doña Bárbara en Venezuela. Lo cierto es que, nos dicen,  el Estado venezolano ni ahora ni anteriormente se ha preocupado por el opus magnum de Gallegos. Ni que decir tiene de las editoriales privadas. Doña Bárbara se esconde en ediciones baratas de Panapo en los rincones de papelerías, en vidrieras al lado de las tijeras y las barras de silicón. Animado por esta noticia, procedí a acometer una breve pesquisa vía red con el fin de saber qué libros recomendaban los escritores venezolanos menores de cuarenta años, y constaté que, léase bien, ninguno mencionaba entre sus libros esenciales  alguna de las obras de Gallegos. Esto, desde luego, no es un estudio definitivo, pero, a no dudar, deja flotando varias interrogantes.

El río que se detiene

            En ningún otro lugar como en la literatura, se cumple el apotegma de Heráclito de que nadie se baña dos veces en el mismo río. No hay ningún riesgo con mantener esto, pues los marcos referenciales de los lectores cambian con el paso del tiempo. En concreto, sus experiencias ya no son las mismas, las coordenadas histórico-culturales también se transforman y la lengua que usa es muy distinta, las palabras que usamos hoy habrán cambiado de significado dentro de unos años. Todos los elementos que confluyen en un acto de interpretación, en suma, han cambiado. Borges decía que: “cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra”. No obstante la existencia de estos elementos tan caros a la crítica literaria, Rodrigo Blanco no sólo poco le importa releer Pin Pan Pun, sino que da por sentado que los lectores más jóvenes, aquellos que no vivieron los noventa, sólo van tras la figura del héroe que la industria Urbe forjó. Ni por asomo se pregunta cuál puede ser la recepción de estos muchachos ante ese texto. Una relectura forma parte de un código ético no dicho que es esencial para la revalorización de una obra. Tomemos por caso la escritora norteamericana Zora Neale Hurston, autora cuya obra fue olvidada y que Alice Walker rescató a través de unas lecturas que depositaría en el ensayo In search of our mother’s garden.

            Uno de los hermosos dibujos de M.S Escher nos muestra una mano que dibuja a otra, y ésta a la anterior, y así de manera circular y al infinito. Estás partes metonímicas están desprovistas de cuerpo y de cualquier otra cosa que remita a un contexto con el cual conectar sus funciones pragmáticas. La crítica literaria de Rodrigo Blanco Calderón con relación a Alejandro Rebolledo, mucho lamento, corre el riesgo de similar ensimismamiento. Se deleita en sí misma hasta su anulación.  Urgida por evidencias, las narrativiza a pedido propio.

 

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

 

 

5 comentarios en “La insoportable levedad de la crítica; por Maikel Ramírez ~

  1. excelente escrito maikel, encontré en él mucho de lo que pensé al leer a blanco calderón, y agrego, y perdona mi tan barata y banal cultura televisiva, la frase de uno de esos personajes de joselo: es que critican por criticar. saludos

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  2. Me parece muy bueno tanto este texto como el publicado por Gabriel Antillano. Me llama la atención que ambos son egresados de la Bolívar y de la Católica respectivamente. Comparar sus apreciaciones con las de una Gabriela Kozak, por ejemplo, habla mucho del estado (o el tiempo) en el que se halla la escuela de Letras de la UCV. Al final, pienso que lo de Blanco Calderón obedece a la autoglorificación de una Escuela que, si bien ha tenido (y tiene) maestros valiosos, no es menos cierto que se quedaron en una onda eurocéntrica y bien desactualizada. En muchos casos sólo aceptan relevos siempre y cuando éstos hayan sido y sean sus fieles admiradores. Viví esto de muy cerca y la verdad, me espanta. Me reconcilia con mi país leer estos argumentos pues quiere decir que hay futuro, que hay gente que está clara y que avanza, que lee más allá de Teresa de La Parra, Flaubert y Gallegos. Yo creo que Rodrigo Calderón ni tiene idea de un Padura, ni de un Élmer Mendoza, ni de un Hilario Peña… En fin, es triste ver a un chamo tan condicionado por su colonialismo francés y su idolatría hacia sus “maestros”, pero al mismo tiempo llena de alegría saber que hay chamos que están en el futuro, que apuestan a lo nuevo, que están en el progreso como ustedes. Hay futuro. Es bueno saberlo. Saludos.

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