Toque de queda (2014), de Jesse Ball: la metáfora del teatro y la opacidad en la política; por Maikel Ramírez

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La reciente suspensión (eufemismo de anulación) del Referendo Revocatorio en contra del Presidente Nicolás Maduro, que, a solicitud de tribunales penales sin competencia en materia electoral,  el Consejo Nacional Electoral se contentó con declarar por medio de un comunicado, tiene un correlato en la novela minimalista Toque de queda, del escritor e ilustrador norteamericano Jesse Ball, publicada por la editorial La Bestia Equilátera y vertida al español por Carlos Gardini, en la medida en que se organiza con base en la metáfora conceptual del mundo como teatro, o theatrum mundi, como se denomina por su influjo durante el Renacimiento.

            Dividida en tres capítulos, Toque de queda se desarrolla en una ciudad anónima en la que un gobierno totalitario se ha instalado tras un golpe de Estado. Seguimos, entonces,  las vidas del exviolinista y redactor de epitafios William Drysdale y de su pequeña hija muda Molly en medio de desapariciones forzosas, asesinatos selectivos y un toque de queda sin fecha de caducidad. A contravía de esta imposición gubernamental y mientras deja a Molly al cuidado de una pareja de ancianos vecinos, William arriesgará salir a la calle para  investigar sobre la misteriosa desaparición de su esposa, ocurrida unos años antes, pero infructuosamente sucumbirá al poder omnipresente en la sombría urbe. Sin sospechar lo sucedido, Molly disfrutará de un teatro de títeres que recrea la vida de sus padres hasta que, la mañana siguiente, sepa la noticia.

            Cuando hablamos de la metáfora del mundo como teatro en el campo de la política y, sustancialmente, en los regímenes totalitarios, hacemos referencia a la opacidad con la que dirigen los gobernantes. Pongamos que si el director controla una pieza teatral y la vida de los personajes oculto detrás de un telón, un gobierno totalitario conduciría, como marionetas a su antojo, todas las instituciones y sus autoridades desde un espacio invisible a la percepción de los gobernados. En términos más cercanos a la conocida gramática sistémico-funcional, digamos que la metáfora indica que el gobernante totalitario hace creer que la agencia no reside en él, sino en unas instituciones que, si primara la democracia, también deberían ser agentes y no simples instrumentos del gobierno.

            Con todo, se debe tener en cuenta que existen otras formas de hacer un programa totalitario opaco. Un gobernante puede, por ejemplo, transferirle la agencia a los propios pacientes, a saber, los afectados por las políticas que implementa. Es habitual, por ejemplo, encontrar que los gobernantes les endosan a sus ciudadanos la falta de alimentos o medicina. Fijémonos en que el toque de queda de la novela de Ball no es decretado por vía del lenguaje directo, sino a través de la declaración: “LOS BUENOS CIUDADANOS PASAN LA NOCHE EN LA CAMA”. La lógica de este mensaje no puede ser más perversa, ya que cualquier persona que sea asesinada por la policía secreta será culpada de su propia muerte, pues fue un mal ciudadano al no permanecer encerrado. Ya ni hablemos del acomplejamiento y el autoflagelo que puede producir esta amenaza velada en la ciudadanía. Por lo demás,  cabe tener en cuenta que, como lo constata el lingüista cognitivista Steven Pinker, este tipo de lenguaje indirecto siempre puede ser cancelado, lo cual tiene importantes implicaciones en lo jurídico. Es decir, el gobernante siempre podrá alegar ante tribunales internacionales que lo mal interpretaron, que dijo una cosa muy diferente textualmente.

            Podemos suscribir la comparación con el Kafka de El proceso que Luís Chatarroni establece en el prólogo a Toque de queda. Aunque el universo kafkiano nos puede parecer mucho más frío y condenado al vértigo que desencadena la maquinaria burocrática, los personajes de Toque de queda pululan en una sociedad en la que tampoco se sabe quién está en control de todo, una situación rayana en el absurdo por la opacidad de la agencia que hemos venido discutiendo: “¿Quién había derrocado al gobierno? ¿Por qué? Esos detalles no estaban claros, y tampoco estaba del todo claro que hubieran derrocado a nadie. Era como si hubieran bajado un telón y uno pudiera ver el telón pero no lo que había detrás”. Estas líneas, por igual, son deudoras del estilo kafkiano y asoma otra dimensión de la opacidad de la agencia en la intervención de ciudadanos comunes como jueces. Se trata del manido recurso de hacer creer al ciudadano que es un agente de su propio destino.

“La sala de conciertos dejó de existir. Fue transformada en tribunal. De pronto se necesitaban muchos más tribunales de los que habían existido hasta el momento. Muchos ciudadanos que antes eran despreciados ahora tenían voz cantante e integraban los diversos jurados de diversos tribunales que juzgaban todo delito imaginable. De hecho, había tantos delitos que era imposible no cometer ninguno. Uno tenía que limitar su exposición pública, aceptar pequeñas penas. Uno llevaba encima toda clase de símbolos que representaban diversas faltas. Ese fue el periodo de transición. Las cosas empeoraron. Empezó la escasez de alimentos”

Al tiempo que los personajes y el fondo político-social de Toque de queda reciben la opacidad dictada por la metáfora del teatro, este se manifiesta como una forma de representación dentro la misma novela. De esta manera Jesse Ball sigue la tradición de Shakespeare y Cervantes al enfrentar a los personajes con sus propias tragedias articuladas sobre las tablas, lo que es igual a decir que leemos una historia dentro de otra, como cuando en el tercer capítulo se representa desde el noviazgo de William y su esposa hasta la desaparición de ella. De cualquier forma, lo que se debe subrayar es que este recurso pone de relieve el hecho de que los personajes son marionetas cuyos hilos están bajo el control de los gobernantes detrás de las cortinas. Esta representación a pequeña escala replica lo que sucede en las coordenadas espacio-tiempo que experimentan los personajes.

            Hacia los años ochenta del siglo anterior, el popular astrónomo Carl Sagan dictó una serie de conferencias sobre teología natural en la Universidad de Glasgow. Uno de los temas en los que se centró fue en la opacidad de los gobiernos en materia de ciencia y tecnología. A juicio de Sagan, los políticos estaban en la obligación de informar a sus ciudadanos sobre los avances que se estaban llevando a cabo. Otros de los asuntos tratados por el astrónomo fue la existencia de una molécula que influiría tanto en la sumisión a Dios como a los políticos. Hasta donde sé, ni siquiera las ciencias cognitivas ni la biotecnología han dado con semejante hallazgo. Lo que sí es verificable es la creencia de muchos políticos de ser dioses en control de la vida de la ciudadanía.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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