«La exaltación», un cuento de Oswaldo Trejo (Mérida, 1924 – Caracas, 1996) ~

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Fotografía por Vasco Szinetar

Oswaldo Trejo (Mérida, 1924 – Caracas, 1996). Narrador venezolano. Conocido por sus cuentos de inspiración surrealista. Sus cuentos más conocidos son Los cuatro pies, 1948; Escuchando al idiota, 1949; Cuentos de la primera esquina, 1952; Aspasia tiene nombre de corneta, 1953; Depósito de seres, 1966; Textos de un texto con Teresa, 1975. Publicó las novelas También los hombres son ciudades, 1962; Andén lejano, 1967. Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo, 1980), Mientras octubre afuera, 1996 y Metástasis del verbo, 1990. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988. 

***

     Danzaba sobre sus movimientos, su yéndose llegando saludaba, indiferentes estaban a todo, ningún de dónde viene, ningún adonde irá cuando seguía. Le habría dicho, ¿volverás?, ¿regresarás?

     Una vez se acomodó en las conversaciones, insípidas, apagadas, ¿qué haces?, ¿vas a irte como siempre? Hacía con ello un lugar, un lugar para que se quedara.

     En vez de los movimientos, el elogio lo recibieron sus cabellos, la forma de llevarlos. La pregunta ¿puedo hacerlo? trajo el silencio, llegaron después en su mirada la respuesta favorable y las frecuentes permanencias.

QUE MAS

      Que más que eso, que sus movimientos, que alguien supiera que ellos, de su quien apareciendo y desapareciendo en estos lugares donde la exaltación dejó de ser, donde no es hecha si cosa alguna la merece, una boca, una voz, una risa, donde mucho sería que alguien dijera, ninguna cara es fea si en ella están unos ojos bellos, o algo del olor de una piel, de la expresividad de unas manos.

     Cosa última la exaltación, en un tiempo último llegando, llegaba en esos movimientos, estás pensando en ellos, creía escuchar donde de ningún lugar venían voces mientras recreaba sus aparecimientos, sus partidas, sus regresos.

     Viendo el caminado, lugares llevaban ya sus movimientos, el zaguán, el corredor, la sala con retratos de antepasados a la que entraban, se te van los ojos, los escuchaba afirmar cuando seguía aquellos movimientos del caminar, cuanto llevaban, el comedor, la cocina en el traspatio, el horno venido a menos, donde anidaban las gallinas, ¡si las asustan van a botar los huevos en el solar! 

     Miradas también había, imposibles en el trayecto hacia el cuarto de los tarros con yerbas, ungüentos, pomadas, son para verlos, no son para tocarlos, tal como si ocurriera y, aún más, se acercara al mesón con objetos de trabajo, balanzas, espátulas, morteros, pinzas, lupas, piezas de relojes descompuestos, y desde la cama repitiera, son para verlos, no son para tocarlos.

     Sonaban los despertadores, un milagro movía los pajes del reloj, desde años atrás parado en hora vespertina, siendo otra sorpresa que oyera la caja de música cuando afuera llamaban a oración mientras el cuarto a la voz sigilosa otra voz la suplantaba, cortada, gagosa, suplicante, se trasladaba desde las manos expresándose a cercanías, a silencios en los que ahora esperaban las frases, son para verlos, son también para tocarlos y jugar con ellos.

     Entraba en la fotografía fija en la pared, de una boda celebrada con almuerzo, pasaba de un último puesto a ocupar la cabecera de la mesa llevada del comedor al corredor, alargada con mesas pedidas en préstamos a vecinos, blancamente enmantelada y con sencillos adornos de una familia cuyo apellido se extinguía, siendo por ello relevante aquel suceso de la boda, de los novios en su sitio de honor, vestidos de blanco, de palideces enmotadas, y sendas filas de convidados que sentados en bancos enterizos, sin espaldar, miraban hacia la cámara en manos del fotógrafo.

     Viéndose viéndose y viendo todo cuanto estaba en el corredor, el nervioso mediodía, los convidados, las jaulas con pájaros sonoros, los tiestos con helechos en las vigas, el corno inglés en la pared, a la espalda de los novios de caras medio enfiestadas, una sonreída, sin llegar a la risa ni aun habiendo estirado los momentos, contra toda carcajada que dejara al descubierto un diente arriba, tres abajo y una muela solitaria. Manos entrelazadas en la fotografía, diciéndose cosas de aquel día: como ya pasadas las cosas de la tarde, los movimientos mismos, las frases, son para verlos, y también son para tocarlos y jugar con ellos. La exaltación recorría otros silencios, mayores que los de la casa, adentrándose en la noche.

QUE MAS

      Era eso, hasta ayer era eso, no más donde ya está, donde se encuentra ahora, en medio de bullas ajenas, las que para cada quien son las propias en estos lugares donde estuvo.

*

Cuento publicado en Hispamérica, Año 7, N. 20 (Agosto, 1978), páginas 97-98

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