[#32] Nueve poemas de Ana Enriqueta Terán (Valera, 1918​ – Valencia, 2017)​ ~

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Ana Enriqueta Terán (Valera, 1918 – Valencia, 2017). Poeta y diplomática. Trabajó como delegada de la Asamblea de la Comisión Interamericana de Mujeres en Buenos Aires en 1949. En el año 1952, se retira de su carrera diplomática para dedicarse a la poesía. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1989, y le fue otorgado el doctorado honoris causa por la Universidad de Carabobo en 1989. Publicó los libros Al norte de la sangre (1946), Presencia terrena (1949), Verdor secreto (1949), De bosque a bosque (1970), El libro de los oficios (1975), Libro de Jajó (1980-1987), Música con pie de salmo (1985), Casa de hablas (1991), Alabatros (1992), Antología poética (2005), Construcciones sobre basamentos de niebla (Monte Ávila Editores, 2006), Otros sonetos de todos mis tiempos (2014) y Piedra de habla (2014). 

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De Al norte de la sangre (1946)

XI

Yo que en la vida solo he conocido
la rosa de presencia fugitiva;
yo que busqué la eterna siempreviva
del amor y su fuego defendido.

Yo que en el cauce de lo ya vivido
puse a gemir mi carne pensativa;
yo que ignoro la causa primitiva
de mi vivir y mi naciente olvido,

alabo el soplo de la primavera,
la incierta lumbre que en secreto admira
el despojado corazón que espera.

Alabo mi vivir humilde y denso,
mi corazón de tintes indefensos,
que es más oscuro cuanto más se mira.

De Verdor secreto (1949)

Canto III

Niña que fui, dichosa
visitante nocturna de mis sienes;
la espuma silenciosa
de la ausencia sostienes
y por la alondra consumida vienes.

La tierra recibía
el leve peso de frutal dulzura,
que la joven movía
con paso de alba pura
con silenciosa llama de hermosura.

¡Ay, por la orilla esquiva
desataba sus cálidos jazmines
de niña fugitiva!
Dormitaban confines
en las linfas de glaucos serafines.

Doncella bienamada
del trébol de la límpida amapola;
levísima y callada
memoria de la ola,
niña del sueño y de la brisa sola.

Recordar es llevarte
en joven claridad de manso lirio,
es, humilde, clavarte
en distante martirio
de ya mujer silvestre y en delirio.
Regresas en el viento
y un árbol verde-joven te acompaña;
llevas por pensamiento
la nube y la montaña,
por flor inclinas la sonrisa extraña.

Ausente, ausente mía
vas con aroma de laurel y olvido;
aire tuyo movía
el celeste latido
del melodioso valle desvestido.

El valle de la infancia
esbelto en el saucedo indiferente,
tendido en la fragancia
del arroyo inocente
donde el ángel es pálido y fluyente.

El ardor del instante
ya de aroma, de junco cristalino,
me devuelve el distante
joven de sauce fino,
de rostro alzado en temeroso vino.

¿Qué hiciste con la lluvia
que trizaba las sienes de la rosa?
¿Qué de la tarde rubia
que en hosca mariposa
iba tornando su color hermosa?

¿Qué hiciste de la cima
coronada de límpidos glaciares?
¡El alba de otro clima
abrasa los pinares
extraños a tus lentos azahares!

Niña del tiempo, pura
rama florida del jardín celeste;
vaso de la finura
memoriza tu veste
más de laurel que de jazmín al este.

Innumerable espuma
de golondrina por su frente gira;
escapa bajo pluma
de rubor y la lira
pulsa con llanto. Sola se retira

con un aire de nube,
de flor liberta. Férvida blancura
escala el pecho, sube
a la llamada pura
que en el instante de la flor perdura.

El samán escondía
móviles sombras para darte amparo;
desataba la umbría
su monedero claro
y al muslo daba su dibujo raro.

Aromaba tu paso
el silencio florido de los vuelos,
y el aire del ocaso
desdoblaba sus cielos
llenos de abiertas aves y arroyuelos.

Este dolido verte
es la ceniza de no haberte visto,
este cruel retenerte
que en mi llama resisto
es vena azul de arcángel imprevisto.

Donde el amor dejaba
los no-me-olvides de rizado llanto,
el viento desgarraba
su delicado manto
y era verdad en ella solo el canto.

Feble el torso crecía
en insistente delgadez alada,
y la sien recibía
inquieta marejada
de pensamiento y de color nevada.

¿Oscura mía amaste
al diáfano mancebo del sollozo?
¡Desde entonces llegaste
a su cáliz umbroso
y fue para tu sangre deleitoso!

Es difícil Profunda,
dejar la orilla de tu melodía
pues tu recuerdo inunda
el armonioso día
de tus cabellos contra la alegría.

De Presencia terrena (1949)

Infancia

Apenas rosa, apenas tallo leve
de buen vivir, apenas mariposa
por la corriente del samán umbrosa
o por la rosa de tranquila nieve.

Jazmín en la cintura por lo breve
y en los ojos comarca silenciosa
y derramado cuervo en la espaciosa
cabellera que el hálito conmueve.

Luminosa presencia sustituida
por desatados ámbitos vitales,
ausente al verde oscuro sometida,

el frágil pecho de incipiente nieve,
el pie con su pequeña flor lejana
y la sonrisa por el aire leve.

De Testimonio (1954)

Testimonio

Soy yo, soy yo quien ama, dadme paso
y no toqueis mi sangre, mis cabellos.
Nadie puede decir con este llanto
el final ardoroso de un espejo
ni las punzadas de las mariposas
ni el eco mineral de los veranos
porque soy la terrena, la transida
en tanto comenzar de árbol descalzo
que ya no puedo andar entre miradas
sin recordar mis nortes insaciados,
sin aliviar el eco de la piedra;
han dudado de mí los tiernos álamos
qué dijo el eco abierto de las playas,
el desolado gris de la ceniza;
qué dijeron las flautas, qué dijeron
los labios de la espuma cuando alzaron
mi torso vegetal, mi tierra herida.
¿Me negaron acaso los espejos?
¡Ay! cualquier arboleda me conoce
porque vengo de pulsos primigenios,
de soterradas y profundas bocas,
donde comienzan a viajar las nieblas.
Conozco el sitio de las araucarias,
el agua triste de sus direcciones,
sus veinte pisos de ángeles silvestres.
Recuerdo las señales más secretas
por este sordo pulso de bisontes.

Decídme, cuando deje los extraños
huracanes orgánicos y fuegos
donde batalla el hoy que me sustenta;
¿quién mirará por mis tiempos de acero?
¿Quién besará los labios del que espera
pálido y fiel en todos los follajes?
¿Quén abrirá sus ojos con un puro
tacto de sal? Escuchará los mares
densos de sus purísimas simientes,
será puntual como sus propios huesos
ella la eterna, la viviente y única
y yo entre tanto buscaré mi sangre
perseguiré mis ojos tercamente,
perseguiré mis manos por el tiempo,
por tierras abonadas por mis zumos;
haré preguntas vegetales y hondas:
Dónde han ido mis ojos y mis sienes

Dadme mis tibios, calcinados huesos
que quiero alzarme en vida delirante
otra vez contra vientos y bahías
contra irascibles pechos inclementes.
¿En qué puerto de olvido buscó forma
la castigada lumbre de mis ojos?
Dadme mis ojos, quiero ver los niños
alzados en sus claros pedestales,
quiero pulsar los hombres de la noche
la adolescente amanecida en sangre.
Dadme mis manos para asir la llama,
quiero mi piel, mi vientre, mis rodillas,
mis médulas extrañas, reciedumbre
de soledad en soledad ardida.
Estoy sobre mí misma; digo: existo
y voy pisando savias clandestinas
geografías de venas en acecho,
corporales sustancias maltratadas,
como de bosques, madres, nacimientos.
Quién besará los labios venideros
con este beso orgánico y desnudo,
con esta fiel punzada submarina
que vive cerca de las cabelleras,
porque son hondas, sí, las cabelleras
aunque la noche ofrezca sus ganados
sus ciudades, sus perros sitibundos.
Dadme mis labios, quiero alzar mis labios
con brumas vegetales y extensiones
hasta los labios de las grandes aguas;
quiero tocar la soledad del hombre
con lentos labios de raíces sordas
para hacerme un lugar de ángel inmenso
donde pregunte a todos por mi nombre,
mi nombre de hoy, el mismo donde clamo
ahora y aquí, cintura, fémur, ola.

Quitadme las palabras; soy la tierra.
Solo conservo recios panoramas,
latigazos de América en los flancos,
silentes muchedumbres arboladas
con algo del mandato que obedezco.
Me han olvidado noches vegetales.
¿No creyó en mí la mano que sostiene
un desgarrado tallo de silencio
frente a los muros de un adolescente?
Hacia donde y en sombra me dirijo
con certidumbre de agua y de raíces.
Campanas irascibles me saludan
si me acerco a lugares conocidos
acaso un sí de piedra me vigila
y me espera en la mar, cerca del mar,
por haber dominado las edades
del mármol, de la piel, por haber sido
la gota ardiente de ciprés inmóvil
fugada así de un pedestal de tiempo.
No soy, ya sé como la noche quiso
pero la noche yace en las ciudades
cada vez que mi mano se incorpora
en lujosos vocablos sumergidos
porque mi mano alivia las esquinas
y rescata los yertos girasoles
abiertos en las hembras de los puertos.
No soy, ya sé como la muerte quiso:
sobre distancias óseas amanezco,
sobre mis huesos crezco noche arriba
y no he podido conocer mi muerte
ni revelar sus golfos somnolientos.
No soy ya sé, como la vida quiso,
la vida quema fémures y en humo
convierte el peso de las amapolas;
la vida escala lluvias y gemidos
para alcanzar la joven taciturna,
enhebrar su profunda cabellera
y bordar con su miel el viejo otoño
por haber visto el ciego, la parida,
las insumisas, húmedas, tajantes,
la ciudad carcomida, los fecundos.
Por eso en fuego desde el fuego digo:
os doy el testimonio de mi sangre;
americana noche me circunda
ordeno golfos, bosques, soledades,
itinerarios de raíces hondas
ida y retorno casto de los pájaros.
Recuerdo sí la mano que me funda
sobre muslos y torsos alabados;
recuerdo el huracán que me derriba
sobre mis propios ojos y batallo
por rescatar el curso de la piedra
y volver a caer en primerizas
intenciones de plantas entreabiertas.
Alguien sembró su piel inútilmente;
alguien trajo noticias minerales
y esta roca fugaz en la que existo
¿no es un poco del ángel sin salida
donde me espero gris y me levanto
con una sola muerte por testigo?
Es hora ya de castigar los bosques
de abatir los hundidos minerales
porque suspira un musgo repentino
amargo, corporal entre mis voces,
y mi cuerpo presente y sin memoria
es la nueva razón para los lirios
un cuerpo siempre llega desde lejos,
es extensión, distancia transitoria,
un agudo lebrel a borbotones
con lugares de labios sumergidos.
Sin embargo, la mar me desconoce
en este cuerpo donde me vigilo
extraña y hosca, donde me vigilo
y me añoro, me canto y compadezco.
Otra vez, otro tiempo, otra espesura.
No llegaré jamás a los manzanos
hasta no castigar la piedra amiga,
porque la estatua daña mi secreto,
sí, la estatua me hiere, me persigue,
sabe mi nombre, grita mi estatura
y me caigo en la noche y me consigo
desdoblando su mármol junto al mar
extendiendo su luna junto al mar
ya que en el mar, solo en la mar existo.

Nahuel Huapi, Neuquén, 1950

~

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Ana Enriqueta Terán, 1940

~

De De a bosque a bosque (1970)

Soneto del deseo más alto 

Necesito un anillo delirante
para la oculta sombra de mi mano,
un archivo de mar para el verano
y documentos de agua suplicante.

Para mi mano un riguroso guante
de piel de tiempo y pensamiento vano
y la mesa de juego donde gano
contra la muerte mi color menguante.

Una sortija de algas con países
y lenguas diferentes, con nocturnos
bisontes y cuadernos vegetales;

para mi mano los rebaños grises,
las edades de tactos taciturnos
y el pulso de los secos minerales.

De Libro de los oficios (1975)

Zazárida

Zazárida es una ciudad frecuentada por el llanto.
Ciudad con estatura y manejos de sueño.
Ciudad como águila, un instante, amortajada en lo profundo.
Ciudad con perros agudos meando el aire y trágicas pertenencias:
la historia como sartas de coral sobre el balanceo de los viajes.
Un poco también humildad, párpados de nación muy poco amada.
Y también nuevo deleite para las grandes señoras negras,
especialmente para la vieja dama negra de mi amistad,
que pespuntea colinas con su báculo de regio araguaney,
escenificando viejos tratos, restituciones, lóbregos sucesos.
Zazárida, ciudad de habla mayor difícilmente nuestra
                                           en su oficio de FUTURO.

La poetisa cuenta hasta cien y se retira

La poetisa recoge hierba de entretiempo,
pan viejo, ceniza especial de cuchillo;
hierbas para el suceso y las iniciaciones.
Le gusta acaso la herencia que asumen los fuertes,
el grupo estudioso, libre de mano y cerrado de corazón.
Quién, él o ella, juramentados, destinados al futuro.
Hijos de perra clamando tan dulcemente por el verbo,
implorando cómo llegar a la santa a su lenguaje de neblina.
Anoche hubo piedras en la espalda de una nación,
carbón mucho frotado en mejillas de aldea lejana.
Pero después dieron las gracias, juntaron, desmintieron,
retiraron junio y julio para el hambre. Que hubiese hambre.
La niña buena cuenta hasta cien y se retira.
La niña mala cuenta hasta cien y se retira.
La poetisa cuenta hasta cien y se retira.

De Música con pie de salmo (1985)

Queja y nostalgia del propio canto

El mar respira hondo en la casa abandonada.
                            Nuestra infancia alma mía
                            como el aroma
                            de una provincia desnuda.
Tan lunes y mi perro al relieve frente a tinajas lúgubres.
¡Oh! la solemne despedida el confuso adiós de lo que permanece.
             Sin embargo
             echo de menos otra nave
             otros mares con pestañas de música.
El mar sobre esta playa abre y cierra sus abanicos eternos.
Él hunde su constancia en los muslos taciturnos.
Descubre en las axilas de la patria
algún olor de ciudad entrañable.
Deja a otros la queja múltiple: el águila ese hecho celeste
para humillación del torso desnudo. El mar respira hondo
en la casa abandonada. Crea sin regocijo nuevas formas
de silencio para el espectro nupcial que fluye y refluye
en el mármol sin belleza. El mar y yo alma mía
                          desconocemos este canto
                          esta bandera
                          inobjetable en su ritmo
alabada en su inmóvil libertad que a su vez desconoce
la involuntaria reverencia del jorobado al can del prostíbulo.
Más aún: vaciado en yeso los ojos de la prostituta ciega.
         Y la paralizante lucidez de esta mar
         de este fuego siniestro
                      en la palma de la mano.

De Otros sonetos de todos mis tiempos (2014)

Hacer la casa

Llegaron; mediciones del paisaje
fue lo primero, luego sucedía
una tierra a otra tierra labrantía
con un techo de pájaros en viaje.

Después la nube en cóncavo viraje
sobre arboledas, picos, lejanías,
ocasos recortados en umbrías
de más allá de un rojo con bagaje

de figuras extremas: forma escasa
de una vicuña vuelta poderío
en espacios de cóndor, ya disuelto

porque cae la noche y suena el río.
Hubo fogata de labiaje suelto
y se pensó en la casa. HACER LA CASA.

Casa de Hablas, 23 de enero de 2009.

*

Estos poemas fueron seleccionados de los libros:

Piedra de habla
(Biblioteca Ayacucho, 2014)
ISBN 978-980-276-516-4

Otros sonetos de todos mis tiempos
(Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2014)
ISBN: 978-980-214-302-4

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