Jay Walker, por José A. Tudares (Venezuela, 1989)

Foto por José A. Tudares

Foto por José A. Tudares

Con Jay Walker aprendí a darle otra perspectiva al sentido común, digo, era un tipo demasiado singular, su simpleza irrumpía con la mayoría de los entornos a los que frecuentamos. Todos los que conocí, porque yo solo recuerdo aquello de Jay, mi memoria no llega más allá de él. Llegue a conocer un poco de lo demás, pero sinceramente me quedo con lo aprendido.

Recuerdo cómo le gustaba iniciar todo con una caminata, no importaba que tan ajetreado pudiera estar el día, esa era siempre la entrada, y eso ya lo hacía particular a él, que vivió en una sociedad en la que el postre siempre queda para el final.

Al principio caminábamos en silencio, al ‘clap’ de sus zapatos que emitían una sinfonía a ritmo militar, siempre sin hablar porque Jay decía que las caminatas son como los libros, hay que leerlos pausadamente y sin perder detalle alguno, de lo contrario podía uno perder interés. Apegados a esa norma íbamos los dos, como si siempre estuviésemos buscando algo. La longevidad del recorrido dependía de la gracia que el tiempo nos permitía, aunque mis favoritas eran las caminatas pasadas las cuatro de la tarde, donde generalmente concluíamos con la puesta del sol. Sin duda, me quedo con esas.

Recuerdo que ya para la última vez que nos vimos, íbamos escuchando música, esa fue una costumbre que adoptamos con el tiempo. Nos transformamos en unos melómanos. Llego un momento en el que el silencio dejo de ser interesante y tratamos de llenar ese espacio con esa música que tanto nos gustaba, y eso que yo disfrutaba del ‘clap’, pero esto fue innovador. Combinábamos los días con las melodías, para los grises y lluviosos nos apetecía un poco de Michael Buble o Jamie Cullum, para los más soleados y luminosos elegíamos algo de los Beatles que nos levantaba el aura. Los vivimos de todos los tipos. También habían días muy ambiguos, en los que íbamos por todo lo alto y de repente decaían los ánimos, o viceversa, llegue a comprender que es normal del ser humano. De pronto todo está arriba flotando y de un momento a otro, se cae el mundo a pedazos. Para esos días, me gustaba sostener la mano de Jay o simplemente apoyarme a su espalda, para evitar que se viniera abajo. Creo que más de una vez hizo caminatas por la noche para evitar que yo lo viese de ánimos caídos, eso me preocupaba, aunque no fuese algo frecuente. Generalmente era ese tipo particular y sonriente que siempre tenía un criterio con respecto a lo que lo rodeaba.

Aquel ultimo día no pintaba para eso, de hecho, salimos a dar una caminata larga porque era Domingo y uno siempre dejaba lo mejor para el principio de la semana. Walker salió con un poemario en su mano, “Leche y Miel” de Rupi Kaur. El clima estaba dado perfectamente pese a que ya se estaba adentrando la época decembrina, una chaqueta deportiva y los zapatos de siempre, con música de Coldplay en aleatorio. Le note muy animado, se atrevió a tararear algunas canciones. Solo lo había visto tan inspirado cuando se sentaba a escribir, que era una de sus mayores pasiones. Esa tarde lo vi con la satisfacción de quien concluye el último capítulo de su libro. Caminamos a un buen ritmo, íbamos a una colina que muchas veces nos sirvió de complemento para finalizar los días. Tardamos como dos horas en llegar, pero entre la música, el clima y los ánimos, poco peso eso.

Cuando ya estábamos en la colina, sentados en la banca; Jay abrió el libro en búsqueda de varias páginas que estaban marcadas, supongo que eran sus poemas favoritos, porque los tenía seleccionados. Tomo una bocanada de aire, que se transformó en un suspiro y así empezó a recitar la poesía de Rupi Kaur. Uno a uno fueron desfilando los versos por sus labios, obviamente sabía que los recitaba para mí, porque su tono no era personalizado era más al viento, a que las rimas no desentonaran. Solo en ese momento comprendí que aquello era más que una tarde de caminata, que el trasfondo sonaba a despedida. Pero no era un momento triste, para nada. Todo sonaba a libertad, como si su alma estuviese abandonando su cuerpo con cada poema que su boca recitaba. Y yo había sido elegido para presencia aquel gratificante momento. No sé si el habría vivido todo lo deseado o si el tiempo le fue suficiente. De lo que si estoy seguro es que Jay Walker convirtió cada segundo de vida en felicidad simplificada. Lo hizo dignamente; No paro de recitar versos hasta que la última estela de sol se escondió tras el horizonte, en ese momento me toco despedirme de él. Lo hice en silencio, y sin prolongar el dramatismo. Me deshice poco a poco a su espalda hasta que solo fuimos uno solo.

¿Cuáles son las probabilidades? Realmente no lo tengo claro. Pero aprendí a ser agradecido con esos detalles, de todos los hombres de este planeta. De todos los Universos disponibles. Me tocó vivir el tiempo junto a Jay Walker, el hombre que no le dio la espalda a su sombra.

=

José A. Tudares. Venezuela, 1989. Graduado bajo la Licenciatura de Contaduría Publica y la Maestría de Gerencia Empresarial en la Universidad Rafael Belloso Chacín de Maracaibo. Creador del blog “Más Allá De Lo Literal” (www.josetudares.wordpress.com). Actualmente trabaja en su primera novela “Viaje por el Universo”. Se le puede ubicar en las redes sociales como: jtudares.

Comenta aquí ~

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s