Cuatro poemas de Davo Valdés de la Campa (México, 1988)

 

Los Tomatos

Los Tomatos

 

(Este) no es un (tonto) poema de amor

Un poema de amor debería buscar la verdad.
Hablar de las parejas en pijama.
De cómo los chistes tontos suplantan las
pláticas profundas en la pleamar de la noche.
Debería retratar lo que se siente cuando
una mujer se ríe mientras un hombre
está adentro de ella.

Un poema de amor debería
hablar de las mentiras.
De las miradas secretas que
son como códigos para
abandonar una mala fiesta.
Debería de hablar de lo que ocurre
en el baño o en la enfermedad.
Nadie quiere hablar de eso.
Ni de los cuerpos que se deforman
Ni del rostro animal del orgasmo.
Ni de cómo la infidelidad confirma
el amor descomunal de dos cuerpos.
Este poema es sobre la promesa.
Es sobre los cuerpos quietos
apenas acariciándose.

 

***

 

Nunca supe consolar a mis amigos

Nunca aprendí a darles palabras de aliento.
No me atreví a abrazarlos y decirles que todo
estaba bien. No tomé sus rostros en mis manos
como piezas frágiles y les besé los ojos.
Los dejé llorar y volverse locos.
Permití que se equivocaran.
Los vi vagar en el abismo de otros corazones
y no hice nada.
No hice nada por ellos.
No levanté mi mano para salvarlos del tiempo.
No busqué secretos, ni poemas para sanar sus
oídos rotos, resquebrajados de llanto.
No sé cómo cuidarlos cuando están ebrios
y se buscan adentro del pecho un recuerdo.
Un pájaro en llamas que les revele
la felicidad, la ternura de saberse destruidos.
No sé cómo cantar para hacerlos olvidar.
No hice nada.

Y ellos me consolaron
me dieron aliento con las palabras
me abrazon y me aseguraron que
todo estaba bien. Tomaron mi rostro
en sus manos como pieza frágil y
besaron mis ojos cerrados.
No dejaron que llorara, reconfortaron mi corazón.
Me volví loco y vagué en el corazón abismal
y ellos gritaron y sacudieron sus cabellos
para rescatarme.
Me salvaron del tiempo y de la soledad.
Me cuidaron ebrio cuando descolgué
los teléfonos de la avenida.
Me llevaron a un sofá y me cubrieron
con una sábana.
Pusieron monedas en mis ojos.
Buscaron todas las aves de mi jaula-pecho
y me revelaron con su canto la felicidad,
la destrucción de mi propio cuerpo.
Ellos cantaron. Me hicieron sentir
que no estaba solo. Que estaba solo
y que podía contar con ellos.
Que podía nunca consolarlos
ni darles palabras de aliento,
que ignorarían mi silencio
y que nunca exigirían mi tacto,
ni mi canto, ni la luz de mis ojos tristes.
No era necesario. Me enseñaron.
Vimos el anochecer juntos.
La luz era de un amarillo intenso.
Llovía inesperadamente.
Pensé que en ese momento
cientos de caballos morían
ahogados en el mar.
Que quizá mis amigos nunca
encontrarían el amor.
Que la vida no debe tratarse de sólo buscar las cosas.
Nada debe encontrarse. Todo debe permanecer
perdido, oculto, sin respuestas.
Me gusta el enigma de la vida.
El caos indescifrable del curso de la existencia.
Me gustan las cosas sencillas.
Como los ojos de mis amigos.
Los ojos anhelantes de Ana.
Los ojos iracundos de Pablo.
Los ojos incansables de Yoko.
Los ojos ciegos de Amaury.
Los ojos imperturbables de Milo.
Los ojos lluvia de todas las mujeres.
La lluvia.
            La mañana sin sol.
El café.
            La luz bañando la fachada de los supermercados.
Las jacarandas dejándose morir en la piel del pavimento.
            Busco a mis amigos todas las tardes en mi recuerdo
como
   los pájaros buscan el centro del mundo en cada árbol.

 

***

 

¿Cuándo me detendré?

Mis pies se repiten sobre el pavimento
y conquistan el día por un segundo.
Mis pies son signo del tiempo
Abajo de mí va la noche parpadeando.
Sobre mi cuerpo: todas las cataratas.
A mi lado: la fugacidad de la vida.
Adentro de mi corazón late la imagen
de mí mismo corriendo sin fin.

 

***

 

Mayéutica

I

Quisiera parir mi alma fuera de este pesimismo,
encontrar la luz en lo terrible
y hallar lo verdadero

II

Me gustaría recordar
la forma de vivir
y conocer la ignorancia
para aceptar la necedad como muerte.

III

Soy angustia.
No vuelco esperanza.
Soy un papel blanco.

IV

Me atrevo a pensar.
Dudo de todo.
Escucho y opino en silencio.

V

No soy todavía.
Nunca seré,
pero estoy seguro de que fui.

 

***

Davo Valdés de la Campa (Cuernavaca, Morelos, 1988). Escritor y crítico de cine. Ha sido Beneficiario del Programa de Estímulos para el desarrollo y la creación artística en 2009 y en 2011 en las áreas de cuento y novela.  A finales de 2011 fue ganador de la convocatoria para publicación de obra inédita del Fondo Editorial del Instituto de Cultura de Morelos con su libro, Ignoto. También ha publicado Relatos de un mundo depravado (EdicioZetina, 2009) y Despertar (Astrolabio, 2014). Colabora como artículista y columnista en Butaca Ancha, Freim, Tierra Adentro, Corre Cámara, Bicaalú, Cuadrivio y Penumbria. Fue fundador y co-director del Festival Grotesco. Jornada de Cultura Horrible. En 2015 fue ganador del Segundo Concurso de Crítica Cinematográfica, convocado por la Cineteca Nacional, la Embajada de Francia, Contra Campo TV y Corre Cámara. En 2015 participó en el programa Talents Critiques en la Semana de la Crítica del Festival Internacional de Cine en Cannes. Actualmente dirige junto a Amaury Colmenares y Fabiola Valdés el proyecto Ruina Tropical.

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