Deisa Tremarias: «Todos le debemos a nuestra infancia algo de lo que somos», por Oriette D’Angelo ~

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Deisa Tremarias / Fotografía por Gabriela Vásquez

Deisa Tremarias (Baruta, Venezuela, 1987) es autora de Casa de viaje, un poemario publicado en el año 2017 con ocasión al Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca (2016). Casa de viaje es un libro que recupera la memoria de su abuela materna y su tránsito por la guerra, la migración y el hambre. Tremarias nombra su casa y se apropia de una idéntidad construida a partir de historias familiares. Casa de viaje fue uno de nuestros libros favoritos publicados durante el año 2017. 

Deisa Tremarias también trabaja como ilustradora, editora, correctora y traductora. Ha traducido para medios digitales poemas de Anne Sexton, Mary Oliver y Louise Glück. En el año 2017, fue finalista del II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas con su poema No todos los ojos caben en una mano.

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En el año 2016 obtuviste el Premio Nacional de Literatura “Stefania Mosca” con tu libro Casa de viaje, un libro que se inserta dentro de lo que es la poesía testimonial y que relata la historia de tu abuela materna, quien fue perseguida en la España de Franco y tuvo que emigrar, primero a Francia y luego a Venezuela. ¿Por qué sentiste la necesidad de contar esta historia a través de la poesía?

—Deisa Tremarias: Decidí contar la historia familiar materna a través de la poesía porque era el género dónde sentía intuitivamente más confianza, lo sentía honesto en lo que era o es mi voz literaria. En la poesía no se dice de más, solo lo justo, lo necesario, y consideré que eso era importante al querer transmitir ese testimonio. Además de ser el único género donde ya había incursionado anteriormente en algunos talleres literarios. Al momento de escribir Casa de viaje experimenté con algunas formas diferentes al verso libre, como la poesía en prosa y algunas otras marcas en el texto, para que se ajustase más a esa concepción no solo de la memoria, si no de la historia ya como un libro.

¿Qué se aprende de las guerras y de los procesos migratorios desde la literatura?

—DT: Primero, se aprende que nunca es un proceso fácil. El horror de la guerra, tan si quiera empatizar con estos eventos, es algo duro, nunca sabes si te tocará algún día. Pero esas heridas —en todo sentido humano— que causan la guerra y la migración son un poco más llevaderas gracias al arte, no solo a la literatura. El arte tiene múltiples y maravillosas cualidades, y una de ellas es la redención a través de la expresión de algo que nos es demasiado pesado para cargar solos. Cuando empiezas a interesarte por algún autor, o movimiento artístico o literario, puedes darte cuenta que muchos de ellos tienen en su creación alguna influencia de esas circunstancias.

Además, me resulta curioso que tu primera obra publicada sea sobre la construcción de la casa y la memoria. Yolanda Pantin publicó su primer libro, Casa o lobo, en 1981. También está el caso de Emira Rodríguez con La casa en alto (1972) y de Antonia Palacios, quien hace referencia a la casa a lo largo de toda su obra poética. Nuestra tradición poética siempre ha sentido la necesidad de nombrar la casa, y muchos de nuestros poetas lo han hecho en sus primeros libros. Julio Miranda afirma que cuando se escribe de la casa, se escribe también sobre la infancia. ¿Consideras que todo poeta tiene cierto «deber» literario con respecto a su infancia? ¿Por qué sentiste que tu primer libro debía hablar sobre ella?

—DT: Creo que hablar de la casa es como un “topos” de la literatura, sobre todo de la poesía y, en cierta medida, de la teoría literaria. Todos hemos hablado alguna vez de la casa porque es, en cierta forma, algo que espacial y emocionalmente asumimos como una “certeza” ante un mundo tan incierto. Ya sea para destruirla o reconstruirla, la casa termina siendo algo que nos convoca.

Digamos que en Casa de viaje no trato directamente mi infancia, aunque yo haya crecido con las historias que allí suceden y que he escuchado desde pequeña, la voz que se presenta en el libro es mucho más antigua. Quizás los poetas la abordan porque a fin de cuentas todos le debemos a nuestra infancia algo de lo que somos.

¿Cómo fue tu infancia? ¿Recuerdas cuál fue tu primer acercamiento con la literatura?

—DT: Mi infancia fue de mucha timidez e introspección. Soy hija única y cuando me quedaba en casa, para no aburrirme, siempre buscaba algo que hacer como pintar, leer, ver comiquitas o hacer alguna manualidad. Mi mamá es lectora frecuente, mis abuelos también lo eran. En mi casa siempre hubo biblioteca y se inculcó la importancia de los libros, del conocimiento como la riqueza más importante de una persona. Mi madre me leía todas las noches antes de dormir. Antes de saber leer y escribir, sabía de memoria mi libro favorito. Los libros me ayudaban a lidiar con un mundo a veces no muy comprensible para mí.

 

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Deisa Tremarias junto a su abuela Lali en 1989

 

¿Por qué decidiste participar en el Premio Nacional de Literatura “Stefania Mosca”?

—DT: Primero, porque me encanta Stefania Mosca como escritora. Después, porque las ediciones de este premio suelen ser de calidad. Nadie quiere ganar un premio para que le salga chueco. Así que esas dos cosas para mí eran de importancia, tanto, que antes de ganar había ya tratado de participar dos veces antes en este mismo concurso. No soy de las que envía a todo concurso que encuentre. Cuando me animo a hacerlo, gane o no, trato de que sea algo cónsono conmigo y con la obra.

Julio Miranda afirma que la escritura literaria sobre la casa está signada, casi siempre, por las imágenes sobre las madres y las abuelas. ¿Cómo fue el proceso de investigación de Casa de viaje? ¿Qué significó para tu abuela el hecho de que quisieras rememorar su historia familiar a través de la poesía?

—DT: El proceso de investigación fue largo, reunir en mi cabeza las historias con las que crecí, luego hacer un pull de preguntas con cierto orden cronológico, grabar a mi abuela mientras respondía, parar a veces cuando las dos nos quebrábamos, seguir a desgrabar y escuchar varias veces y transcribir lo más importante para mí, luego comparar con la línea histórica de los hechos. Después leer muchos escritores de esa época y de allí ver qué resonaba más en mí.

Fueron dos años de dejar y tratar con esto, hasta que se pudo culminar. Mi abuela quedó contenta con el resultado, ella era la que insistía que la historia de nosotros no debía quedar sin escribir, sin recordar; yo quise saldar a todas esas mujeres que me antecedieron, a la pulsión común que nos sigue llamando en el tiempo.

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Fotografía por Gabriela Vásquez

Le dedicas tu libro a dos jóvenes escritores venezolanos: Caneo Arguinzones Herrera y Domingo Michelli. ¿Cuál es el impacto que tienen estos dos escritores tanto en tu obra creativa como en tu vida personal?

—DT: El libro, si te fijas tiene dos páginas de dedicatorias. Uno, más que dedicatoria es un augurio, y es lo primero que se lee al empezar el libro. El segundo es este apartado para Caneo y Domingo, que además de dos escritores que creo que darán mucho de que hablar por su calidad y propuesta literaria, son mis amigos. Ambos fueron personas extraordinarias, de una sensibilidad admirable, aprendí mucho de ellos, compartimos tanto. Es un cariño que se tejió desde los comienzos de toda esta aventura de la carrera de Letras en distintas latitudes. Fueron personas que siempre creyeron en mí como persona y como autora. Me alentaron a seguir, y su decisión me llevó a terminar y cerrar el proceso del libro de Casa de viaje, así que lo más lógico fue dedicárselos, se los debía, son parte de esa casa que me habita desde la amistad.

En uno de tus poemas mencionas lo siguiente: «Asumes el lugar de tu partida. Solo los hombres sin tierra pueden cortar los árboles como alguna vez ellos fueron cortados de la suya.» (p. 46) ¿Es el desarraigo una necesidad? ¿Puede la casa ser siempre un símbolo de nuestra identidad y, por lo tanto, un refugio?

—DT: Desde que la historia del ser humano se conoce, ha existido esa esencia de lo nómada. Moverse de lugar implica siempre un cambio, aunque claro, no es lo mismo viajar por placer que por necesidad. Para quien debe huir de esa casa en contra de su voluntad, dejar ese espacio asociado a una identidad es una herida que debe asumir para poder sobrellevar la pérdida del mismo como un principio de adaptación. Ulises debió aprender a ser “nadie” al salir de Ítaca, su desarraigo le salvo la vida y fue lo que le ayudo a volver a su hogar. Nuestra identidad realmente es la memoria que formamos en un espacio, puede o no estar abierta, a ser de varios lugares y hacer de eso un refugio.

 

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Deisa Tremarias / Fotografía por Gabriela Vásquez

 

Me gustaría saber un poco más sobre el colectivo Las fulanas esas. ¿Qué hacen dentro del colectivo? ¿Quiénes son las integrantes?

—DT: Las fulanas esas no fueron siempre Las fulanas esas, sino La Patuca o Los fulanos esos. El colectivo desde su fundación ha cambiado en varias ocasiones de integrantes. De la alineación original quedábamos Caneo Arguinzones y yo. Sin embargo, lo que motivó la creación del mismo se sigue manteniendo hasta hoy: llevar poesía a las comunidades populares y los espacios no convencionales, mediante recitales, talleres y actividades afines al hecho poético como algo cotidiano en nuestra sensibilidad. Actualmente lo integramos Mariajosé Escobar, Geraldine Jiménez y yo.

¿Cuál ha sido el resultado de esta labor? ¿Por qué sintieron la necesidad de llevar poesía a la comunidad?

—DT: Bueno, en el caso de Las fulanas esas, queríamos tratar de eliminar la concepción de la poesía como algo elitista y académico, precisamente porque entendemos la poesía como algo vivo y cotidiano. Algo que quizá muchas personas sientan como algo ajeno, pero es parte de la memoria poética de otros. Las décimas, los papelitos de amor entre los viejitos y la señora que vende empanadas y va tarareando una canción mientras se ríe con el nieto. Son episodios cotidianos para ellos. Aquiles Nazoa, por ejemplo, es de El Guarataro, y solo desde hace poco es que es reconocido en su propio espacio, que es un barrio peligroso, pero también un espacio que dio cabida a voces tremendas como Nazoa.

Los recitales en los barrios siempre son increíbles. Todo es muy espontáneo, y la gente siempre sale contenta porque sintieron que los escucharon sin demonizarlos, ni a ellos ni a su espacio.

¿Cómo ves el movimiento literario en Venezuela? ¿Crees que quienes organizan encuentros literarios se han olvidado de lo que sucede en la comunidad?

—DT: Suele suceder que la mayoría de las esferas de los encuentros literarios son cerrados en cuanto a la participación activa de las comunidades. Las fulanas esas estuvieron en unos cuantos festivales internacional de poesía donde participaba Venezuela. Se montaban en la tarima donde se llevaba a cabo el acto de clausura y leían un manifiesto reclamando y preguntando por qué las actividades del festival solo se hacían en espacios académicos o institucionales. Fue difícil dar a entender nuestro punto, pero gracias a eso en los años siguientes podíamos ver poetas internacionales recitando en zonas populares. La dinámica siempre fue bonita. De hecho, los poetas agradecían y estaban entusiasmados con poder salir de esos típicos espacios de los encuentros literarios tanto aquí como en el resto del mundo.

¿Cuáles son tus principales influencias literarias? ¿Qué escritores venezolanos contemporáneos recomiendas leer?

—DT: Estas preguntas siempre me son difíciles. A ver, influencias creo que muchas, y supongo que eso no va a parar. Estoy siempre atenta a lo que pueda hacer crecer el proceso creativo. Hay autores clásicos que siempre me encanta leer, aunque no necesariamente me influyan directamente, como Aquiles Nazoa. También me gustan mucho Joao Cabral de Melo Neto, Eliseo Diego, Rafael Cadenas, el “Chino” Valera Mora, Miyó Vestrini, Antonia Palacios, Hanni Ossott y José Ignacio Cabrujas. Últimamente tengo autoras estadounidenses a tope en mis lecturas, Mary Oliver, Louise Glück, Anne Sexton, Sylvia Plath y Denise Levertov.

Con respecto a autores contemporáneas, me gusta mucho la obra de Diana Moncada, Cristina Gálvez, Indira Carpio, César Panza, Valenthina Fuentes, Domingo Michelli, Caneo Arguinzones, Jesús Montoya y Cristina Gutiérrez Leal.

¿En qué proyecto de escritura estás trabajando actualmente?

—DT: Escribir siempre es un proceso de disciplina, leer y ejercitar juntando las palabras. A veces escribo en un blog personal, y de allí nada tiene todavía un propósito fijo. Sé que están pasando cosas en mí que van a dar algo, pero primero hay que dejarlas asentarse un poco para poder saber con más de claridad cómo trabajarlo.

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